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Todos los mitos, organizados por territorio y tema.
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Mostrando 12 de 97 mitos

A Dios rogando y con el mazo dando
La narración de eventos fantásticos revela una crítica a las tensiones religiosas y comunitarias de la época colonial.

Al convento
Explora cómo Cartagena de Indias en 1811 se convierte en el escenario de un conflicto entre deber y amor personal.

Buziraco
En Cali, el Cerro de las Tres Cruces no solo vigila: guarda un candado. Un anciano cuenta cómo Buziraco, fuerza del miedo y del desorden, fue sujetado entre tres cruces para que la ciudad no se rompiera por dentro.

Castellano viejo
El marqués de Villalta y su hija doña Mariana protagonizan una historia de amor y desvaríos en la antigua Cartagena de Indias.

Catalina la Ñapanga
En una noche de cuaresma, Catalina la Ñapanga enciende un sahumerio en la Calle Real y obliga a un enamorado de apellido grande a ver su propia cobardía. Su hechicería no amarra corazones: desata engaños y cobra con verdad.

De cuando fue regalado El Castillo de San Felipe y La Popa
En el corazón de Cartagena, la historia del Castillo de San Felipe revela secretos de títulos y propiedad en tiempos de agitación política.

Después del sitio
Isabel experimenta un crecimiento personal al idealizar la figura heroica de don Blas para luego enfrentarse a su humanidad.

Doce en punto de la noche
Las historias de fantasmas y apariciones en la casa de Roberto revelan un tesoro oculto, entre la superstición y la racionalidad.

EL hombre del farol
La historia de Manuelito Llanos revela un caso de identidad equivocada en una trama política en Bogotá.

El Caballo del Morro
En noches de neblina, el Morro de Tulcán respira como si guardara un caballo vivo bajo el pedestal. Dicen que no es una montura cualquiera: es el juez silencioso de la memoria de Popayán.

El Dorado
El Dorado, una historia de rituales indígenas, riqueza y la búsqueda de un reino dorado por los conquistadores.

El Roble del Caballero
Dicen los viejos que una noche de lluvia fina llegó al Parque Caldas una carabela sin mar. Traía un ataúd sellado y una promesa: que Popayán no dejara morir la palabra. Lo enterraron bajo un roble, y desde entonces el árbol cruje cuando la ciudad olvida soñar lo imposible.