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Después del sitio

Isabel experimenta un crecimiento personal al idealizar la figura heroica de don Blas para luego enfrentarse a su humanidad.

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Ilustración de Después del sitio

En el corazón de Cartagena de Indias, cuando el tiempo respiraba su dualidad entre lo tangible y lo etéreo, una emoción insondable se deslizaba entre los balcones decorados con perfumes de claveles. Las calles, serpenteando como sueños interrumpidos, se perdían en el abrazo severo de la muralla, y más allá, el bastión de Santa Catalina se erguía como un vigía inalterable del pasado. Allí se observaba aún la gravedad punzante de los cañones, esos guardianes silenciosos que oyeron el fragor de las batallas y contuvieron la respiración durante el sitio que amenazara la mismísima vida de la ciudad.

Isabel, portadora de raíces firmes y etéreas como las nubes que acarician las cimas, regaba con reverencia las flores que alegraban su balcón. Notaba cómo bajo ella se entrelazaban ríos de risas y murmullos de fastuosas multitudes. La fortuna había tejido para ella una trama benevolente, llevándola de regreso a la ciudad justo cuando las sombras inglesas se disipaban, huellas de una flota vencida. Se estremecía al imaginar lo cerca del peligro que estuvieron, al meditar en las aguas de Bocachica, interrogando a las olas sobre la entrada a la bahía. ¿Qué destino habría tejido el cielo si hubiesen sido capturados? La prisión del marino inglés no era sino el presagio oscuro que la acosaba.

Sin embargo, bajo el manto del cielo despejado, Cartagena era una olla a presión de júbilo restaurado. La ciudad entera se despertaba día tras día con el retumbe de lo acontecido, vanagloriándose de los héroes que había parido tan fértil e intrépida tierra. Nombres como los de don Blas de Lezo y el Virrey Eslava eran entonados con el ardor de un himno celeste, y el aire mismo se cargaba de la esperanza de quienes todavía sabían saborear la dulzura del triunfo sin empañarlo con el roce del orgullo.

La celebración que colmaba el palacio del Gobernador Navarrete era canto de gratitud, un banquete del alma que envolvía a ricos y pobres, nobles y plebeyos, agradeciendo el coraje con que la ciudad abrazó el peligro y lo retó a un último baile. Isabel aguardaba su presentación en el magnánimo Sarao del Gobernador, mientras lanzaba claveles a los transeúntes como quien ofrece la esencia misma de su sangre, impetuosa y altanera, amorosa de la tierra que no conocía la rendición.

Esa tarde, condujeron a Isabel en un carruaje, cruzando las calles iluminadas por una alegría que no se apagaba con las sombras de la noche. El palacio, resplandeciente bajo la luz de las lámparas de bacará, brillaba con una intensidad que dejaba huellas cambiadizas sobre los rostros que reían y danzaban en un mosaico interminable. Allí, entre risas y efímeros destellos de cristal, las conversaciones resbalaban hacia el único tema: el sitio, la osadía de Vernon, la gloria colosal de don Blas de Lezo.

Isabel, radiante como una estrella que emerge del océano, bailaba entre los elogios de las fuerzas de la Armada, quienes encontraban en ella un reflejo inesperado del espíritu mismo de la victoria. Sin embargo, su corazón estaba lejano, embriagado de un anhelo que superaba lo temporal. Sus pensamientos viajaban continuamente a la figura del hombre que había logrado lo impensable, defendiendo Bocachica y San Felipe con una valentía que cruzaba los límites de la existencia ordinaria.

Al pronunciar el nombre de don Blas de Lezo, un estremecimiento no comprendido surcaba sus venas, como un presagio de lo inevitable que aún no ha nacido. La imagen de él, un caudillo de los mares y del destino, pulía en su mente una figura más allá de lo humano: un héroe de mil batallas, un faro que iluminaba el futuro con el fuego eterno de las hazañas.

Finalmente, la llegada de los héroes fue anunciada y el salón dirigido por su espíritu se aquietó, como el mar antes de la tormenta. El Virrey saludaba a las damas con el formalismo de la realeza, pero tras él, cojo y mutilado, avanzaba don Blas, un hombre que llevaba en sus cicatrices el mapa de la valentía y el sufrimiento. El aire parecía tensarse al recibir su carácter indomable y su mirada singular, única pero abarcadora, que encuentra en cada instante la eternidad.

Cuando la mano poderosa y marcada de don Blas encontró la de Isabel, una corriente inexorable los unió en un breve pero eterno acuerdo silencioso. Ella descubrió en aquel contacto la vastedad del símbolo, la realidad transformada por la fantasía de los siglos venideros. Sólo después, cuando la noche se disolvió lentamente en la penumbra de la memoria, entendió que algo en aquel momento la había renovado, que el tacto del héroe había despertado en ella un campo secreto donde florecían mil futuros.

El tiempo continuó su camino, pero en las sombras persistía la antigua leyenda que unía pasión y coraje, derrota y victoria, en el tejido interminable del alma humana. Don Blas de Lezo, figura convergente de la historia y lo mítico, desapareció en el abrazo de la muerte, dejando con su partida un susurro de eternidad que todavía canta en el alma vibrante de Cartagena. Y así, su nombre flota aún en las brisas marinas, eternamente joven, siempre resonante, siempre resucitando.

Historia

El mito se origina en el contexto del Sitio de Cartagena de Indias en 1741, durante un enfrentamiento militar entre las fuerzas españolas y británicas. El relato está centrado en la figura del Almirante español Don Blas de Lezo, quien es presentado como un héroe por su papel en la defensa de la ciudad. Se describe cómo defendió el Castillo de San Felipe de Barajas y obstaculizó el avance inglés al sacrificar naves de guerra. El relato también menciona la reacción de la población cartagenera, que celebra la victoria mientras se burla de las monedas acuñadas por los ingleses que, prematuramente, celebraban una derrota española que no ocurrió. Finalmente, Don Blas de Lezo es resaltado como una figura venerable, cuya valentía y sacrificio serán recordados por generaciones futuras.

Versiones

El relato proporcionado es una única versión que describe un evento histórico y su impacto en la sociedad de Cartagena de Indias desde una perspectiva narrativa. Dentro del texto, podemos observar que es entendido como un ejercicio ficticio de un episodio real, en el cual la protagonista, Isabel, interacciona con personajes históricos y trascendentales del momento, como don Blas de Lezo y el Virrey Eslava. Sin embargo, en este único relato, las diferencias internas se presentan a través de la percepción de los eventos desde dos prismas: el colectivo y el individual.

Desde la perspectiva colectiva, el relato destaca el sentimiento de orgullo y triunfo que siente la comunidad después de sobrevivir al sitio de los ingleses, celebrando a los héroes del momento en un ambiente festivo que abarca a todas las clases sociales, desde los nobles hasta los esclavos. En contraste, la perspectiva individual de Isabel introduce una capa emocional más profunda y personal, enfocándose en sus sentimientos de admiración y curiosidad hacia don Blas de Lezo. Isabel experimenta un crecimiento personal y emocional al confrontar sus propias expectativas y realidad, al idealizar la figura heroica de don Blas para luego enfrentarse a su humanidad y vulnerabilidad. Esta dualidad entre la realidad celebrada por el colectivo y el anhelo personal de Isabel refleja la complejidad de la relación entre la historia y las emociones individuales.

Lección

El coraje y la valentía trascienden el tiempo.

Similitudes

Se asemeja a los mitos griegos de héroes como Aquiles, donde la valentía y el sacrificio son centrales.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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