El Cerro de las Tres Cruces no es solo loma: es oreja y es boca. Y si usted sube cuando el sol se va poniendo, va a sentir que el viento no sopla: susurra. Dicen los viejos de Santa Rosa, los que todavía recuerdan el olor de la guadua recién cortada, que antes de que el concreto se volviera costumbre, la ciudad amanecía con un peso en el pecho. No era enfermedad de médico, era enfermedad de ánimo: la gente discutía sin motivo, los animales se espantaban, y en las noches las sombras se quedaban pegadas a las esquinas como si fueran brea. En esos días, cuando Cali era más silencio que ruido, se empezó a nombrar a Buziraco. No lo nombraban como se nombra a un diablo de catecismo, sino como se nombra a un dueño de territorio: con rabia y con respeto. Unos juraban que venía de lejos, de puertos y mareas, y que traía en la espalda el eco de tambores y promesas rotas. Otros decían que no era uno solo, sino un hambre vieja que se metía en la gente y la ponía a elegir lo peor. Entonces subieron los que sabían rezar y los que sabían cargar. Subieron con tres cruces de guadua, livianas como esperanza y tercas como mula. Las clavaron arriba, y el cerro se quedó quieto, como cuando un perro deja de gruñir porque le pusieron la mano firme en el lomo. Pero Buziraco no se fue: se recogió. Se hizo raíz. Se hizo grieta. Pasaron años, y el cerro seguía mirando. Hasta que una noche la tierra se sacudió como si quisiera sacarse una espina. La ciudad sintió el golpe y las cruces cayeron. Ahí fue cuando los mayores entendieron: a Buziraco no se le espanta con madera, porque la madera se pudre y el miedo no. Fue entonces que llegó el padre de voz serena, el que hablaba como quien no pelea con el viento sino que lo endereza. Mandó a levantar cruces de ferroconcreto, pesadas, tercas, hechas para durar más que los chismes y las tormentas. Y cuando las alzaron, mijo, el cerro volvió a callar. Pero no crea que el silencio es paz. El silencio es candado. Desde ese día, dicen que Buziraco quedó entre las cruces, no debajo ni encima, sino en medio: donde el aire se parte. Por eso, cuando la ciudad anda brava, cuando la gente se pierde en su propia rabia, el cerro se pone oscuro antes de tiempo. Y si usted escucha bien, oye una risa que no viene de la boca de nadie. Por eso le digo: suba si quiere, haga deporte, mire la vista, tómese el jugo. Pero no se burle del cerro. Porque el que se burla le afloja el candado al miedo, y el miedo siempre sabe volver a casa.
Historia
El relato de Buziraco en Cali se sostiene sobre una mezcla de memoria urbana, religiosidad popular y paisaje tutelar. En la tradición local, el cerro funciona como un vigía que concentra temores colectivos: pestes, sequías, incendios, violencia y mala fortuna se explican como señales de una presencia que se alimenta del desorden. La historia popular ubica un primer intento de contención con cruces de guadua, asociadas a procesiones y rezos comunitarios. Con el tiempo, el derrumbe de esas cruces se interpreta como ruptura de protección y como aviso de que el mal no se vence con símbolos frágiles. En la versión urbana contemporánea, la construcción de las cruces de material duradero se entiende como un acto de cierre: no solo un monumento religioso, sino una jaula espiritual. En ese marco, el sismo histórico se vuelve un punto de quiebre narrativo: la tierra como juez que sacude lo débil y obliga a reforzar el pacto. El mito nuevo que aquí se propone toma esos elementos y los reordena: Buziraco no es únicamente un demonio externo, sino una fuerza que se instala cuando la ciudad se deshilacha. Las cruces no lo destruyen: lo sujetan. Así, el cerro queda como un candado colectivo que exige cuidado, respeto y memoria.
Versiones
1) Versión del destierro: Buziraco llega desde otros cerros y puertos, perseguido por rezos, y se refugia en la altura de Cali. Las cruces se ponen para expulsarlo del cielo de la ciudad, obligándolo a quedarse sin camino. 2) Versión del encierro: Buziraco ya estaba en la montaña como dueño antiguo del miedo. Las cruces no lo sacan, lo aprietan. Queda atrapado entre ellas, y su influencia se filtra solo cuando la gente se desordena. 3) Versión del trueque: la ciudad no logra vencerlo, negocia. A cambio de peregrinaciones, promesas y respeto al cerro, Buziraco se queda quieto. Si se rompe el respeto (basura, incendios, violencia), el cerro responde con señales. 4) Versión del espejo: Buziraco no tiene forma fija. A veces es murciélago, a veces sombra, a veces simple impulso. Se alimenta de la burla y del abuso. Las cruces funcionan como recordatorio visible de que la ciudad debe vigilarse a sí misma.
Lección
El cerro enseña que el mal no siempre es un enemigo con nombre propio: también puede ser la suma de descuidos, soberbias y violencias que una comunidad normaliza. Las cruces, en la lectura del mito, no son licencia para olvidar, sino un compromiso para sostener el respeto por el territorio, la convivencia y la memoria. Quien sube al cerro con gratitud y cuidado fortalece el candado. Quien sube con burla, daño o desprecio, lo afloja.
Similitudes
Este relato dialoga con leyendas colombianas donde una entidad se asocia a un lugar alto o liminal (cerros tutelares, cuevas, nacimientos de agua) y se controla mediante rituales comunitarios. Se parece a historias de apariciones que castigan la irreverencia (como figuras nocturnas y espantos de camino) y a relatos de sincretismo donde un ser pasa de protector a demonizado según el poder religioso dominante. También comparte estructura con mitos de encierro: no se elimina la fuerza, se la contiene con un símbolo visible que organiza la vida social (procesión, promesa, peregrinación).
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



