El coco

Andina · Mestizo

El coco

El Coco sin forma definida convivió en Riosucio con calabazos iluminados que algunas personas usaban para asustar caminantes nocturnos.

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El relato

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Al niño que no obedecía le bastaba oír que se lo iba a llevar el Coco para cumplir enseguida lo que le mandaban. Nadie sabía cómo era. No tenía cuerpo ni forma fija: era un espíritu maligno que cada cual se imaginaba a su manera.

En Caldas también lo llamaban el Chucho. El Chucho no vivía en el monte. Vivía en la pieza del rebujo, en el rincón más oscuro del subterráneo, detrás de las puertas, debajo de las camas, en el zarzo y en las casas deshabitadas, y en los desvanes y entre los cielos rasos. Era diminuto e invisible, y podía tomar la figura de cualquier alimaña repugnante. Nadie lo veía, pero ahí estaba. El niño empezaba a andar pegado de las enaguas de la mamá en cuanto alguien le decía: «Hoy sí te va a llevar el Chucho».

En Riosucio el Coco llegó a tener cuerpo. Por los extramuros del pueblo, a altas horas de la noche, se aparecía un calabazo gigante con ojos y boca y una vela encendida por dentro, que alguien llevaba sobre la cabeza para asustar a los trasnochadores ingenuos. Nadie supo con qué fin, hasta que lo descubrieron.

No fue el único. Otro espanto de Riosucio era un calabazo pequeño en forma de calavera, pintado de blanco, clavado en la punta de un palo forrado en tela blanca. La persona que iba adentro lo empujaba hacia arriba y parecía que el fantasma se alargaba. Asustó a más de uno, hasta que lo descubrieron también: su autor era don Rubén Bayer, zapatero y concejal del pueblo.

El coco: lo que quedó del relato

La enseñanza

“El miedo que se usa para hacer obedecer a los niños también lo puede fabricar cualquiera con un calabazo.”

Territorio

Andina · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
5.4216° · -75.7032°

Ficha del relato

Contexto histórico

El Coco está en Mitos, espantos y leyendas de Caldas, de Fabio Vélez Correa (1.ª ed., Imprenta Departamental de Caldas, Manizales, 1997; se lee la edición ampliada, posterior a 2007, en El Libro Total). Vélez lo llama «Mito de la Desobediencia», lo sitúa en el mundo infantil y lo define como un genio maléfico, incorpóreo, sin representación fija. Cita a Julián Bueno Rodríguez (p. 91) para su origen: el culto africano a los antepasados muertos, que pudo afianzarse en la región con las sociedades negras de las minas de Quiebralomo, Supía y Marmato.

A esa definición Vélez añade una «Versión de Tatínez», tomada de Carlos Martínez Marín, cronista de Riosucio, que recuerda el calabazo con vela que aparecía de noche por los extramuros del pueblo. En otros capítulos del mismo libro completan la figura el Chucho, que Vélez toma de Octavio Hernández Jiménez (p. 48) y que éste reclama como personaje propio de Caldas frente al «insulso Coco de otras regiones», y el fantasma de Riosucio de don Rubén Bayer, otra vez según Tatínez. Escobar Uribe, citado por Vélez, pone al chucho, la mano peluda y la vieja Inés entre los «cocos inofensivos», espantos de la infancia que pierden su poder hacia los diez años.

No hay un narrador del caso. Lo que el libro recoge es una práctica —la amenaza de los mayores— y dos recuerdos de pueblo en que alguien fabricó el espanto con un calabazo.

Resonancias con otros mitos

El Coco caldense es pariente directo del coco español de las nanas y las amenazas de crianza. Goya lo grabó en 1799 en el tercero de sus Caprichos, «Que viene el Coco»: una madre ante una figura envuelta en una sábana, con dos niños aterrados abrazados a ella. La Fundación Goya en Aragón lo lee como crítica de una educación que se apoya en el miedo a seres sobrenaturales. Es la misma pedagogía que Vélez atribuye a los abuelos caldenses, y la figura de Goya, una sábana con alguien dentro, se parece al fantasma de palo y tela de Riosucio.

En el propio libro de Vélez, la Mano Peluda cumple el mismo oficio: manazas negras y velludas que se alargan de noche por las ventanas y las troneras de los bahareques para asustar a los niños malcriados, y que viven, como el Chucho, en los subterráneos de las casas. Escobar Uribe los pone juntos entre los cocos inofensivos de la infancia.

El libro de 2004 Cuentos de espantos, que se declara ficción, trae un Coco Pelao de los Llanos, distinto del caldense, prueba de que el nombre se aplicó en cada región a espantos muy diversos con la misma función.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. En el libro de Vélez el Coco tiene tres caras. La primera es abstracta: un espíritu sin forma que existe sólo en la amenaza de los padres. La segunda es doméstica: el Chucho de Hernández Jiménez, que tiene casa, la pieza del rebujo, el zarzo, debajo de la cama, y que se parece al duende pero no chupa sangre. La tercera es teatral: en Riosucio, alguien le da cuerpo con un calabazo iluminado, y el espanto se acaba cuando lo descubren.

  2. Las dos versiones de Tatínez muestran el mismo mecanismo. El calabazo con vela y el calabazo con forma de calavera en la punta de un palo son espantos hechos a mano, y en los dos casos el relato termina con el descubrimiento. El segundo tiene autor con nombre, don Rubén Bayer, zapatero y concejal.

  3. El origen que da Julián Bueno, africano y minero, contrasta con el de la palabra, que es española. El libro de 2004 Cuentos de espantos, que se declara ficción, trae un Coco Pelao llanero que no es este espanto.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Caldas · Andina
Referencias
3
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Mitos, espantos y leyendas de Caldas

    ellibrototal.com

    Capítulo «El Coco» («Mito de la Desobediencia»), con la cita de Julián Bueno (p. 91) sobre su origen africano y minero y la «Versión de Tatínez» del calabazo con vela de Riosucio; en otros capítulos, el Chucho de Octavio Hernández Jiménez (p. 48), el fantasma de Rubén Bayer y la Mano Peluda.

  2. Que viene el coco (Los Caprichos, n.º 3)

    fundaciongoyaenaragon.es

    Ficha del tercer Capricho de Goya, «Que viene el coco» (1799): la madre y los niños aterrados ante una figura envuelta, leída como crítica de la crianza por el miedo, el paralelo de Similitudes.

  3. Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano

    archive.org

    Trae un Coco Pelao llanero (pp. 91-92), distinto del caldense, que Similitudes cita como otro espanto con el mismo nombre.

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«El coco» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El coco» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El coco» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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