Vea, mijo, a mí no me lo contaron en libro ni en escuela: me lo cantó el río Sucio cuando yo era muchacho y todavía creía que el mundo cabía en una mula y en una totuma. Dicen los viejos que, antes de que el camino a Urabá se volviera puro ruido de motores, Dabeiba era un silencio caliente, con neblina pegada a las quebradas y un cerro que amanecía con la frente mojada. Allí, donde el monte se abre como puerta, vivía la Señora de las Tempestades. No era bruja ni santa: era maestra. Enseñó a la gente a trenzar canastos, a sembrar y a pintar el cuerpo con tintes que no se borran con la lluvia.
Y cuando ya todo estuvo aprendido, se fue subiendo despacito, como sube el humo, hasta perderse en las nubes. Pero la gratitud pesa, y pesa bonito. Por eso, la gente le dejó un pago: un resplandor guardado. No era solo oro, no señor; era un templo hecho de promesas, de maíz bien nacido, de manos limpias. Lo enterraron donde el monte se vuelve laberinto y el agua se oye por debajo de la tierra. Ahí fue cuando empezó el mal de la codicia. Llegaron forasteros con ojos de pico y uñas de pala. Preguntaban por la guaca como si el suelo fuera alcancía.
Y la Señora, desde arriba, no se enojó: probó. Porque el tesoro, mijo, no se abre con fuerza sino con verdad. En Semana Santa, cuando el aire se queda quieto y hasta los perros caminan despacio, aparece la señal: una luz que no alumbra como vela, sino como luciérnaga grande, una brasa que flota y se posa donde la tierra está hueca. El que la ve siente que le hablan por dentro. Si va con avaricia, la luz se vuelve sombra y lo guía al borde del cañón, donde el río llora como mujer vieja. Si va con respeto, la luz se queda quieta, como esperando.
Yo conocí a un arriero, don Roque, que una vez siguió la brasa. No llevaba pala: llevaba una panela y un puñado de sal para el camino. Cuando llegó al sitio, oyó un tambor lejano, como trueno guardado. Y vio, sentado en una piedra, un niño con dientes negros de huito y ojos de agua. El niño le dijo: 'Si usted abre, no es para usted solo'. Don Roque respondió: 'Si es de la tierra, es de la gente'. Entonces el suelo respiró. Se abrió apenas, como boca que recibe cucharada, y dejó ver un brillo que no era metal: era memoria. Don Roque no sacó nada. Tapó con la mano, rezó sin palabras y se fue.
A la semana, su cafetal dio más grano del que cabía en los costales, y en la vereda nadie pasó hambre ese año. Desde entonces, cuando alguien pregunta por el tesoro, yo digo lo mismo: el Tesoro de Dabeiba existe, sí… pero no se deja cargar. Se deja compartir.
Historia
El relato nace del cruce entre dos memorias que conviven en el occidente antioqueño: la memoria indígena que nombra a Dabeiba como fuerza de lluvia, enseñanza y tempestad; y la memoria campesina de guacas que se anuncian con luces, murmullos y pruebas morales, especialmente en días santos. En esta versión, el tesoro no es solo un entierro de oro: es una deuda de gratitud convertida en 'resplandor guardado'. La geografía es clave: el río Sucio y el cañón de La Llorona funcionan como borde y castigo para el codicioso; la montaña y la neblina como umbral para quien llega con respeto.
La historia también recoge el eco de antiguas búsquedas de conquista: la noticia de un templo rico que atrae expediciones y obsesiones. Sin nombrar crónicas específicas, el mito transforma esa persecución en una lección local: el tesoro no se conquista, se merece.
Versiones
1) Version arriera: la señal del tesoro es una brasa azul que camina delante de la mula. Si el arriero blasfema, la brasa se mete al agua y lo deja perdido entre remolinos. 2) Version emberá: el umbral del tesoro se abre solo cuando alguien llega con ofrenda de trabajo (canasto, semilla, tejido) y no con herramientas de saqueo. La prueba es el silencio: quien no sabe callar no oye el permiso. 3) Version del cañón: la Llorona no es un espanto aparte, sino la voz del río cuando el tesoro es provocado. Por eso el cañón 'llora' más fuerte en noches de búsqueda.
4) Version de Semana Santa: la luz aparece únicamente entre el Jueves y el Viernes Santo. Si alguien cava, encuentra monedas que se vuelven hojas secas al amanecer. 5) Version del niño de huito: el guardián se presenta como niño de ojos de agua y dientes oscuros. No cuida el oro: cuida la palabra dada. Si el buscador promete compartir y no cumple, la lluvia le tumba el techo tres veces.
Lección
La riqueza sin comunidad es un hueco más hondo que cualquier guaca. El mito enseña que el territorio no es una caja fuerte: es un pacto. La Señora de las Tempestades no castiga por capricho; pone pruebas para distinguir entre necesidad y codicia. El 'tesoro' verdadero es la abundancia que se reparte (cosecha, alimento, calma), y la señal sobrenatural existe para frenar el saqueo y recordar que lo sagrado no se compra. También advierte sobre los bordes peligrosos: el cañón, el río crecido, la noche.
El que se deja mandar por la ambición termina siguiendo luces que no son guía sino trampa.
Similitudes
Se parece a relatos de guacas andinas donde el tesoro se anuncia con luces errantes y solo se entrega a quien tiene 'alma limpia' o intención justa. Comparte motivos con historias de templos o ciudades de oro buscadas desde la conquista: un rumor de riqueza que mueve expediciones y termina volviéndose espejismo moral. Se emparenta con mitos de deidades de lluvia y tempestad que enseñan oficios y luego se retiran al cielo, dejando señales en truenos, neblina y aguaceros.
Dialoga con espantos rurales (ánimas, lamentos del río) como guardianes del límite: no para asustar por deporte, sino para proteger lugares y frenar profanaciones.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



