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El cacique Salomón

Sugamuxi y Guatesique enfrentan la injusticia colonial con sabiduría y resistencia, mostrando diferentes estrategias ante la opresión de los conquistadores.

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Ilustración de El cacique Salomón

En tiempos de silencios susurrantes y vientos que ondeaban con historias olvidadas, las tierras de Iraca y Dubigara se mecían bajo la mirada vigilante de sus ancianos caciques. Sugamuxi, cuya voz parecía entrelazarse con la brisa, era un sacerdote de ojos profundos que, al caminar, traía consigo el aroma de la sabiduría antigua. Con el tiempo, Sugamuxi tomó la fe cristiana como un manto nuevo, transformándose en don Alonso, aunque en su alma latían todavía los cantos y las plegarias de sus ancestros.

Con la llegada de los conquistadores, aquellos hombres de hierro y avaricia, los caminos del poder se mostraban tortuosos y las leyes, como aguas en un río, corrían hacia donde les dictaba la inexorable gravedad de la injusticia. Críticos, como Simón, hilaban dudas sobre la esencia del indio, cuestionando incluso si poseían alma. Pero Sugamuxi sabía que las raíces de su pueblo se hundían más allá de las palabras de los hombres de más allá del mar.

Frustrado por la constante danza de jueces y corregidores que servían solo a los intereses ajenos, Sugamuxi una tarde se volvió hacia su pueblo y con un suspiro lleno de presagio pidió: "Id, hijos míos, y ved si las aguas del río corren hacia arriba". Los fieles labios de su pueblo regresaron pronunciando una desoladora verdad: las aguas viajaban irrevocablemente hacia pabajo. Con una sonrisa amarga, Sugamuxi sentenció que nada cambiaría con el nuevo juez enviado, y desde entonces, los hijos de los zaques al mirar los ríos lo hacen siempre con la eterna esperanza de que alguna vez podrían ver las aguas desafiar su destino.

No muy lejos, en la tierra de Dubigara, andaba el cacique Andrés Guatesique, personaje hábil y astuto, al que los rumores le atribuían sanguíneos lazos con aquellos comuneros indomables que retumbaban con el eco de futuras rebeliones. Guatesique, apegado a tierra bendecida y codiciada, tejía intrigas entre dominios y tributos bajo la tutela vigilante de don Juan Bautista de Olarte. Así, historias de deuda y oro se entrelazaban cual hilos de un cuento sin fin.

Un día, un mestizo de lengua afilada y moral cuestionable compró un labrantío de maíz a un indio de Dubigara, llamado Pirinoche, prometiendo veinte pesos de oro para la próxima pascua. Sin embargo, el mestizo vivía bajo la sombra de un credo peligroso: "el peor negocio es el de pagar". Como las pascuas, el tiempo pasaba, y el oro se desvanecía en el viento del olvido. Pirinoche, resignado pero perseverante, interpelaba al mestizo cada vez que encontraban sus caminos en Vélez, solo para recibir evasivas y falsas promesas de viajes a la imaginaria ciudad de Paga, donde los paganos aún soñaban con riquezas nunca entregadas.

El destino, sin embargo, había tejido otro desenlace. Don Juan Bautista envió al mestizo a Dubigara para recolectar tributo, y el cacique Guatesique, de mirada firme y palabra sabia, sutilmente recordó que había una deuda que pagar antes de su partida. Desdén y mofas brotaron de los labios mestizos, pero el cacique, envuelto en una justicia tan justa como la tierra misma, ordenó que lo apresaran.

Aquí las leyendas tejieron su magia. Los hombres de Dubigara, ávidos de equidad, extendieron la voz del cacique con azotes que contaban veinte al compás del latir de la justicia. Desesperado ante aquellas veras que la sangre denunció, el mestizo abrió su bolsa y devolvió diez de los veinte pesos. Así fue que la otra mitad quedaba en el juicio de los suyos.

Al enterarse de los acontecimientos, la ciudad de Vélez se alzó en clamor. "¿Cómo es posible?", clamaban las voces escandalizadas, "que estos indios juzguen y castiguen a los nuestros?". Pero la respuesta de don Guatesique, al pie del llamado de Olarte, llegó acompañada de risas: "Solamente juzgué al mestizo como la mitad de lo que él es; que la otra mitad aguarde el castigo que vosotros, los blancos, tengáis a bien dispensar". Con esto, trasladaron la otra parte del juicio al encomendero, quien, queriendo igualar el equilibrio sideral, hizo pagar al mestizo los diez pesos restantes junto a veinte azotes, ahora en la esfera no tocada por la justicia indígena.

Y así fue, con el equilibrio restablecido, que el mito hiló sus redes de justicia en el corazón de los que escuchaban. Los ríos continuaron su curso hacia pabajo, y las historias, como las aguas, siguieron fluyendo, enhebrándose, en la trama mágica y realista de la memoria del tiempo. Los hombres de entonces y de ahora, aunque distintos en piel, son iguales en espíritu, siempre anhelantes de que la justicia fluya, alguna vez, en dirección de esperanza y redención.

Historia

Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.

Versiones

El texto proporcionado no parece estar compuesto por diferentes versiones de un mismo mito, sino más bien se trata de una única narrativa que cuenta una historia situada en el contexto de la conquista y la administración colonial española, haciendo referencia a la injusticia persistente en el trato hacia los indígenas por parte de los colonizadores y sus representantes. La narrativa pivota alrededor de dos figuras principales: Sugamuxi, un sacerdote indígena convertido al cristianismo, y el cacique Andrés Guatesique de Dubigara, mostrando sus diferentes experiencias y respuestas ante la injusticia colonial. Sugamuxi se muestra desilusionado y resignado frente a las repetidas promesas de justicia que nunca se cumplen, lo que refleja una crítica a la inefectividad y corrupción de los sistemas legales establecidos por los colonizadores. Por otro lado, el relato de Guatesique ofrece una contranarrativa donde se evidencia una forma activa de resistencia al ordenar castigos específicos para un mestizo que no paga su deuda a un indígena. Esto muestra una respuesta proactiva e inteligente dentro de las limitaciones impuestas, revelando una agudeza y autoridad que desafía la narrativa de la sumisión indígena.

Mientras Sugamuxi representa la frustración y el escepticismo hacia un cambio que nunca llega, Guatesique simboliza una resistencia efectiva y pragmática, aún cuando funcionaba dentro del marco de la autoridad colonial. Esto no solo diferencia sus respuestas individuales ante la opresión, sino que también refleja una crítica sociopolítica hacia las estructuras de poder vigentes tanto desde una perspectiva pasiva como activa. En este sentido, el relato del cacique de Dubigara no solo articula un acto de justicia local, sino que también pone de manifiesto la astucia y la eficacia del liderazgo indígena, incluso en un contexto dominado por leyes impuestas desde el exterior. Esta presentación dual en la narrativa resalta las diferentes experiencias y estrategias de los indígenas durante el periodo colonial, aportando una visión más compleja de la resistencia y la adaptación cultural.

Lección

La justicia debe fluir en todas las direcciones.

Similitudes

Se asemeja a mitos griegos donde los héroes desafían a las autoridades injustas, como Prometeo enfrentándose a Zeus.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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