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El castellano de San Juan

Descubre la historia detrás del ataque del pirata Hanspater a la fortaleza de San Juan en 1629 y la astucia de su defensor.

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Ilustración de El castellano de San Juan

En la provincia de Santa Marta, después de las desgarradoras guerras contra los tupes, chimilas y otras tribus andinas, el capitán Juan Martín Hincapié, hijo del conquistador caquetío del mismo nombre, se encontraba vislumbrando un ansiado aunque efímero período de paz bajo el gobierno del noble don Francisco Martínez Ribamontán Santander. Para preservar esta calma tan delicadamente tejida, el gobernador decidió nombrar a ciertos capitanes experimentados como guardianes de aquellas tierras vulnerables a nuevas incursiones. Entre ellos, el adelantado Bartolomé de Aníbal Paleólogo vigilaría el Valle de Upar; el capitán Carvajal protegería la ribera de Mompós; Azuero Fernández de Acebedo salvaguardaría Tamalameque, y en la misma ciudad de Santa Marta, don Núfio de los Santos y Sandoval se alzaría como un baluarte de resistencia.

Este cuadro de férreos defensores causaba orgullo entre los samarios, quienes cantaban coplas en su honor, enviando sus voces al viento como juramentos de esperanza. En el escudo de don Núfio, una banda sable sobre campo de gules hablaba de un linaje ilustre, y su matrimonio con una hija del general Hincapié reforzaba sus vínculos con la nobleza local. Así, por el favor del suegro y sus propios méritos, Núfio recibió el cargo de castellano del castillo de San Juan, una fortaleza que, como un perro guardián, miraba con severidad las aguas del Caribe.

Corría el año del Señor de mil seiscientos veinte y nueve, y la gobernación de Santa Marta sostenía su equilibrio bajo el mandato de Felipe IV —ejemplificado en la persona de Don Jerónimo de Quero, hombre del hábito de Santiago— cuando un día en el horizonte brilló una amenaza inesperada: la escuadra del legendario pirata holandés Adrián Hanspater. Este filibustero, conocido en la crónica como Adrián Juanes Pater, tenía raíces que alcanzaban hasta los bajos del delta del Rin, pero su destino lo había llevado a las costas de Santa Marta en su niñez, donde un vecino y conquistador, don Juan de Riva de Neira Ulloa, lo recogió y lo catequizó antes de que las olas del mar lo arrastraran de nuevo hacia el norte, a su hogar de origen, donde encontró su carácter navegante y se forjó como pirata.

La inminente llegada de la flota holandesa estremeció los corazones pacíficos de Santa Marta. Las almas temblaban y palpitaban en el encierro de sus cuerpos, bajo el asombroso viso de las velas, blancas como fantasmas y negras como presagios de muerte, mientras avanzaban hacia la ensenada. Con la ciudad indefensa ante semejante amenaza, la esperanza residía en el castillo de San Juan, que, erigido sobre su empedrada base, se alzaba para protegerlas como un santo iracundo que iba a la guerra.

El asedio inició con el trueno ensordecedor de los cañones desde las naves de Hanspater, y la respuesta inmediata fueron las culebrinas del castillo, comandadas por don Núfio, quien defendía con firmeza y fe. Días transcurrieron en esta danza mortífera, donde el hambre comenzó a tejer su manto alrededor de los sitiados. En la fortaleza, con las provisiones escasas, cada alma encontraba su coraje donde el miedo mordía más hondo. La resistencia, aunque firme, era como un poema sin final, una sinfonía dedicada a la desesperanza que chocaba contra los acantilados del tiempo.

Fue entonces que don Núfio, en un momento que pareciera arrancado de las páginas de un libro de leyendas, lleno de súbita inspiración, alzó su cuerpo en la muralla y lanzó al enemigo un trozo de carne, proponiendo burlescamente sostener el sitio contra la inanición con lo poco que les quedaba. Este acto de despilfarro irónico resonó en los oídos de los sitiadores como un canto mágico que los llenó de incertidumbre. ¿Cómo podía alguien que estaba al borde de la entrega aún deshacerse de sus escasas vituallas con tal desdén? El gesto lanzó una sombra de duda entre los piratas sobre la verdadera situación dentro del castillo.

Así, en la mente de Hanspater, los pensamientos se aplastaron entre sí como olas impacientes, y la decisión de evitar más sangre llevó a la oferta de tratados honrosos. Don Núfio, con la astucia de un zorro en los matorrales del alma, aceptó entregar la plaza bajo condiciones que dejaban su honor intacto. Los acuerdos se sellaron, y al abrigo de la dignidad, los defensores evacuaron el castillo a través de una calle de honor formada por los piratas mismos, quienes, en un acto de noble reconocimiento, respetaban la valentía de quienes habían hecho frente a la tormenta.

Solo diez soldados desfilaron entre las filas piratas, un número que revelaba más de lo esperado. Hanspater, con el meollo de la astucia entre los labios fruncidos, deseó saber del resto de la guarnición, a lo que don Núfio contestó con una verdad que era como un cuchillo suavemente afilado: “¿Quién te dijo que si tuviera más gente viva os entregaría el castillo?”. El engaño, entendido finalmente, se lo tuvo que tragar el pirata con una mueca torcida de resignación, viendo cumplidas las condiciones tan hábilmente manipuladas.

En la amargura de su derrota no física, pero sí mental, Hanspater robó cuanto pudo de Santa Marta, despojando templos e iglesias de sus ornamentos sagrados y campanas, y levantó dentro de sus barcos las culebrinas del castillo, las cuales apreciaba como reliquias tomadas a sangre y fuego. Su huida llevó a la escuadra rumbo al oeste, hasta que, cerca de las costas del Brasil, el destino lo encontró una vez más; esta vez el destino llevaba el nombre del almirante español Antonio de Oquendo. En la batalla final, Hanspater enfrentó a sus iguales en número para no disminuir la valentía de su desafío, pero en el ardor del encuentro, cayó, y sus naves, con todo su botín, se hundieron en el abrazo impiadoso del mar, dejando tras de sí solo sal y espuma en la memoria de las aguas.

El bravo contendor de Hanspater, don Núfio, no tuvo final menos trágico. En su incesante andar entre Santa Marta y el Valle de Upar, su camino lo atrapó como una red invisible hilada por los indios chimilas, quienes lo emboscaron, y aunque la cota de malla era su compañera de viaje, una flecha encontró el vulnerable espacio bajo su brazo, robándole la vida.

En el silencio solemne que siguió a tales tempestades, el mito de don Núfio de los Santos y Sandoval permaneció en la memoria de los relatos y en la textura de los cantos, un ciclo sin fin en una tapicería de gloria y tragedia, entretejiendo el destino de hombres y fantasmas en la tierra mágica de Santa Marta. La historia se disipó en susurros sobre las olas, dejándose llevar hacia el horizonte donde el sol besaba el mar, transformando sombras en mitos eternos.

Historia

El origen del mito proviene de una leyenda sobre el ataque del pirata holandés Adrián Hanspater a la fortaleza de San Juan en Santa Marta durante el año 1629. Se describe a Hanspater como un niño de padres holandeses que fue acogido y bautizado en Santa Marta, pero que eventualmente regresó a su tierra natal y se convirtió en pirata. En el ataque, el castellano de San Juan, don Nufio de los Santos y Sandoval, logra mediante una estratagema que el pirata ofrezca honrosos términos de rendición, salvaguardando así la reputación de las armas españolas. El mito también relata el origen y el fin de ambos personajes, siendo el de Hanspater trágico al morir en un enfrentamiento naval y el de Sandoval igualmente trágico bajo el ataque de los indios chimilas.

Versiones

El mito presentado narra la historia de un ataque pirata en Santa Marta por parte de Adrían Hanspater y la defensa liderada por el capitán Nuño de los Santos y Sandoval del castillo de San Juan. Sin embargo, se observa una única versión del mito, lo que sugiere que el análisis se centrará en los detalles internos del relato que funcionan como diferentes perspectivas o matices dentro del mismo. Inicialmente, la historia presenta a los distintos capitanes que protegen la región después de las guerras contra las tribus indígenas. Este contexto histórico prepara el terreno para la defensa heroica de Sandoval frente a la flota pirata. El relato enriquece el mito a través del linaje y las alianzas políticas, como el matrimonio de Sandoval con una hija del general Hincapié, lo cual le otorga su posición defensiva y prestigio en el castillo.

El conflicto central se desenvuelve en la astucia y el ingenio de Sandoval durante el sitio del castillo de San Juan. La acción clave se centra en su estrategia de engañar a Hanspater haciendo parecer que las defensas del castillo eran mucho más preparadas de lo que realmente eran, mediante la táctica de arrojar un trozo de carne al enemigo, sugiriendo que sus suministros eran suficientes. La respuesta del pirata, al quedar desconcertado y aceptar una capitulación supuestamente honrosa, añade dimensión humana al conflicto. Esta astucia permitió que el honor de los españoles quedara intacto, a pesar de la posterior incursión de saqueo del pirata. El desenlace trágico, con la muerte de ambos protagonistas —Sandoval a manos de los indígenas y Hanspater en batalla naval—, cierra el mito conectando consecuencias históricas con acciones individuales heroicas o villanas, dependiendo de la perspectiva cultural del narrador.

Lección

La astucia y el ingenio pueden superar la fuerza bruta.

Similitudes

Se asemeja a mitos griegos donde la astucia es clave, como el de Ulises en la Odisea.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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