El castellano de San Juan

Caribe · Mestizo

El castellano de San Juan

Otero D’Costa sitúa en 1629 el ataque de Hanspater al castillo de San Juan; Nufio de los Santos engaña a los sitiadores arrojando comida para fingir abundancia.

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El relato

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En Santa Marta cantaban una copla con los nombres de los cuatro capitanes que guardaban la provincia. Aníbal en Pueblo Nuevo, Azuero en Tamalameque, Caravajal en Mompós. El cuarto se quedaba con la ciudad, y se llamaba Nufio de los Santos y Sandoval.

Con la ciudad le tocaba el castillo, que era el único que había. Lo levantó un gobernador anterior, Juan Giral Valón, a trescientas varas de la boca del Manzanares, aparte de las casas, mirando al agua como un perro atado junto a la puerta.

La mañana en que empezó todo gobernaba Jerónimo de Quero. Alguien vio blanquear el horizonte y se puso a contar. Dos velas. Cuatro. Ocho. Quince. Dieciocho.

Venía Adrián Hanspater, a quien los cronistas de acá llamaban Juanes Pater. Había llegado a esa misma bahía de niño, escapado de sus padres, y un vecino lo recogió, lo mandó catequizar y lo hizo bautizar porque venía hereje. Ahora volvía con dieciocho bajeles y gallardetes negros.

La ciudad no se defendió. Quien pudo se metió en el castillo, y con la prisa nadie se acordó de la comida. Tronaron los cañones de los barcos y contestaron las cuatro culebrinas de San Juan. Pasaron días. Los muros aguantaban; las despensas, no.

Entonces el castellano se asomó a la muralla con el último tasajo que quedaba dentro y se lo tiró al enemigo.

—¡Tomad qué comer, para que mantengáis el sitio!

Sus soldados quisieron detenerlo. Él los miró y dijo que quería morir con hambre y con honra.

Al otro lado del foso hicieron la cuenta que él quería que hicieran: quien regala carne es porque le sobra, y aquello iba para largo. Hanspater ofreció tratos honrosos. El castellano los aceptó y pactó una entrega con partidos honoríficos, que era la manera de decir que salía de pie.

El pirata mandó formar calle de honor a la salida. Quería ver de cerca a los que lo habían tenido parado tantos días. Batió el tambor, lloraron los goznes, bajó el puente.

Salió el castellano. Detrás, uno, dos, seis, diez soldados.

Y no salió nadie más.

Hanspater esperó. Después mandó razón de que el resto de la guarnición desocupara el castillo. El castellano se volvió despacio y le preguntó quién le había dicho que, de tener más gente viva, se lo habría entregado.

El trato estaba hecho en buena lid y se cumplió. Antes de levar anclas, el holandés desvalijó la catedral, San Francisco y Santo Domingo, y se llevó los vasos, los ornamentos y las campanas. Y se llevó también las cuatro culebrinas que le habían respondido desde las almenas, que era, dijo, lo único por lo que había venido.

A los dos hombres los mató lo que andaban buscando. Al pirata, frente al Brasil, la escuadra de Antonio de Oquendo, y el navío con el botín de Santa Marta se fue al fondo sin que se salvara cosa alguna. Al castellano lo mataron los chimilas en el camino del Valle de Upar, con la cota puesta, de un flechazo por debajo del brazal.

El castellano de San Juan: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Una plaza puede rendirse y salvar su nombre si el vencedor nunca llega a saber cuántos quedaban dentro.”

Territorio

Caribe · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
11.247222° · -74.201667°

Ficha del relato

Contexto histórico

El relato ocupa tres páginas de «Leyendas», el conjunto de seis piezas coloniales que la revista de la Universidad Pontificia Bolivariana publicó en su número 95, de julio a diciembre de 1964, pp. 55-73. La revista lo sacó a la muerte del autor, con una nota de redacción que anuncia «algunas de sus deliciosas crónicas sobre temas coloniales». Éste es el tercero del conjunto y va de la página 61 a la 63, entre «In illo tempore» y «Las Clavellinas».

No era la primera vez que se imprimía. Treinta años antes, en 1934, la Casa Editorial y Talleres Gráficos Arturo Zapata sacó en Manizales «Historietas. Leyendas y tradiciones colombianas», y el asedio de Santa Marta está allí, en la página 27, con las mismas frases sobre la flota de velas blancas y gallardetes negros.

Enrique Otero D'Costa nació en Bucaramanga en 1883 y murió en Bogotá en 1964, y esa doble fecha santandereana esconde lo que importa aquí: la mitad de su vida adulta transcurrió en la costa. Gerenció el ferrocarril de Cartagena a Calamar hasta 1916, fue apoderado en Colombia de The Colombia Railway and Navigation hasta 1923, sacó una «Guía de Cartagena» en 1912, se sentó en el concejo de esa ciudad y escribió en «Rigoletto», «El Porvenir» y «La Época». Sobre todo, fundó con unos amigos la Academia de Historia de Cartagena y su «Boletín Historial», que dirigió dos años. Cuando en abril de 1924 la Academia Colombiana de Historia estudió su candidatura a miembro de número, el informe de Arturo Quijano y J. D. Monsalve le reconoció «dos títulos que difícilmente pueden ostentar otros colegas: el de fundador de dos importantísimos centros de estudios históricos, el de Cartagena y el de Manizales». Está en el Boletín de Historia y Antigüedades número 166, páginas 629 a 631. La vida cartagenera la reconstruyó en 2015 Daniel Mauricio Preciado Camargo en su historia intelectual del autor, con el expediente del Archivo General de la Nación.

Para este episodio Otero declara de dónde saca la muerte del protagonista: el tratado del alférez Joseph Nicolás de la Rosa sobre la catedral de Santa Marta, escrito en 1739, libro primero, capítulo octavo. También llama en su apoyo al cronista Alonso de Zamora, para el naufragio del botín, y a una tradición que conservaba Antonio Barranco Manjarrés, deán de Santa Marta, para la infancia del pirata.

Resonancias con otros mitos

El paralelo más cercano está a cuatro páginas de distancia. En «Genus irritabile vatum», páginas 67 a 69 del mismo conjunto, otra operación militar de la provincia de Santa Marta se decide por el estómago: los indios carboneros esconden las provisiones, los doscientos soldados españoles se quedan sin matalotajes y la campaña se deshace sola. Allí el hambre derrota a quien la sufre; aquí el hambre se convierte en arma cuando el que la padece consigue que el otro no la vea. Las dos piezas son del mismo autor, salen del mismo libro y cuentan lo que ocurre en un cerco cuando se acaba la comida.

El segundo parentesco viene de otra isla y de otro siglo, y está impreso. Cuando Henry Morgan tomó Santa Catalina en diciembre de 1670, el gobernador español que la entregaba no quiso hacerlo a secas, y acordó con el asaltante una representación: un ataque nocturno al fuerte de San Jerónimo y una captura simulada suya camino del puente, «using the formality, as if they forced him to deliver the castle», según lo escribió Alexandre Olivier Exquemelin en el capítulo quince de su libro sobre los bucaneros. En el Caribe de esos años una rendición se negociaba con la misma atención que una batalla, porque lo que estaba en juego no era sólo la plaza sino la manera de contarla después.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Lo interesante de esta pieza es que no se presenta como un bloque: el autor va dejando ver de quién tomó cada trozo, y los trozos no vienen del mismo sitio.

  2. La infancia del holandés en Santa Marta —el niño que huye de sus padres, el vecino que lo recoge y lo manda bautizar— viene declarada como «tradición», y Otero la atribuye al deán Antonio Barranco Manjarrés. El hundimiento del navío con el botín se lo carga al cronista Alonso de Zamora, y para él usa cita entrecomillada: «con otros robos, se lo tragó el mar, sin que escapara cosa alguna». La muerte del castellano a manos de los chimilas es la única de la que afirma que no cabe duda, y la respalda con obra, libro y capítulo. El episodio del tasajo y el desfile de los diez soldados, en cambio, no lleva respaldo de nadie: es lo que el relato cuenta por su cuenta.

  3. El nombre del sitiador aparece de dos maneras en la misma página, y el propio texto explica por qué: «Adrián Juanes Pater (como lo apellidaban nuestros cronistas)». Una es la forma neerlandesa y la otra la que le pusieron acá quienes escribieron el siglo XVII. El del castellano también baila en el impreso, entre Nufio y Nunfio, y ahí la culpa es del taller y no de la tradición.

  4. Queda una diferencia de tono entre las dos impresiones. La de 1934 pone el asedio dentro de un libro de historietas, entre estampas de encomenderos y de hidalgos de provincia; la de 1964 lo coloca en una revista universitaria, en un grupo de piezas escogidas a la muerte del autor. El texto es el mismo y el lector que suponen no lo es.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Magdalena · Caribe
Referencias
9
Última revisión
21 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Leyendas

    revistas.upb.edu.co

    Imprime el relato en las páginas 61 a 63 y es el registro que lo fija. Ahí están los dos ardides que la descripción heredada reducía a uno: el tasajo que el sitiado arroja al enemigo para fingir abundancia, y el desfile final del que salen diez soldados y no sale nadie más. También la copla de los cuatro capitanes con que abre, y las cuatro culebrinas que cierran el episodio como prueba material.

  2. La Selección Samper Ortega, 1926-1937: historia de un gran legado

    banrepcultural.org

    Reconstruye la colección en cuyo tomo 39 circularon las leyendas de Otero D'Costa, y con ella la vía por la que este relato llegó a lectores de todo el país en los años treinta. Explica el criterio de selección que lo sacó de la revista regional y lo volvió canon escolar.

  3. Hacia una nueva comprensión de la historiografía de Enrique Otero D'Costa

    repository.urosario.edu.co

    Documenta, con el fondo Otero D'Costa del Archivo General de la Nación, que el autor vivió y trabajó en la costa Caribe: gerente del ferrocarril Cartagena-Calamar hasta 1916, apoderado de la Colombia Railway hasta 1923, concejal de Cartagena. Es lo que responde a la pregunta obvia de qué hace un santandereano contando un sitio de Santa Marta.

Contraste y contexto · 6 referencias

  1. Boletín de Historia y Antigüedades, año XIV, n.º 166

    academiahistoria.org.co

    En las páginas 629 a 631, el informe de candidatura de Otero D'Costa certifica por escrito y en 1924 que fundó con unos amigos la Academia de Historia de Cartagena y dirigió dos años su Boletín Historial. Es la acreditación institucional de su arraigo caribeño y de su autoridad sobre la materia samaria.

  2. Historia Caribe (Universidad del Atlántico)

    revistas.uniatlantico.edu.co

    Aporta el marco de la defensa costera de la provincia de Santa Marta en el siglo XVII: quién guarnecía qué, con qué medios y frente a qué enemigos. Permite situar el castillo de San Juan y los cuatro capitanes de la copla sin tomar el relato por crónica.

  3. Respirando el Caribe. Memorias de la Cátedra del Caribe Colombiano

    biblioteca-repositorio.clacso.edu.ar

    Da el marco de cómo la literatura del Caribe colombiano construyó su propia memoria colonial en el siglo XX, que es la operación que Otero D'Costa hace aquí: convertir un episodio de archivo en leyenda con copla, astucia y objeto testigo.

  4. Cartagena de Indias · Ciudades Patrimonio de la Humanidad

    cvc.cervantes.es

    Documenta el sistema de fortificaciones del Caribe colombiano y el papel de las culebrinas en la artillería de plaza, que es el objeto con el que este relato certifica su propio episodio.

  5. Las fortificaciones de la ciudad de Santa Marta

    academiadehistoriadelmagdalena.org

    Da el nombre y la fecha exactos que el relato usa sin citarlos: «El capitán Juan Guiral Belón construye el Fuerte San Juan de las Matas en 1602, cuya traza corresponde al hábito de la encomienda de San Juan». Y explica la condición que hace verosímil el ardid del tasajo: la ciudad estuvo abrigada a esa fortaleza «por más de treinta años, dotada de una exigua artillería, una munición y armas en mal estado, sumada a la escasa guarnición». El castillo del cuento existió, era pobre, y eso es lo que obliga a su castellano a ganar con un engaño.

  6. Breves anotaciones sobre la historia de la ciudad de Santa Marta

    academiadehistoriadelmagdalena.org

    Sitúa el ataque que el relato cuenta dentro de la serie de asaltos que sufrió la ciudad en el siglo XVII, y le pone una fecha que no coincide con la del cuento: registra al «holandés Adrián Juan Patter» en 1630, mientras el relato transcurre en 1629. La discrepancia es de un año y de una sola fuente contra otra, así que no se resuelve aquí: se declara.

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«El castellano de San Juan» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El castellano de San Juan» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El castellano de San Juan» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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