Dicen que Catalina era ñapanga de las de veras: trenza larga, falda que rozaba el empedrado, y una mirada que no pedía permiso. No era señora de salón, pero tampoco era sombra. Trabajaba donde tocara: bordaba, vendía dulces, ayudaba en pulperías, y cuando había procesión, se arrimaba con su sahumerio como quien sabe hablarle al humo. El cuento empieza una noche de cuaresma, cuando el viento baja frío desde los cerros y la Calle 5 suena como si la ciudad respirara por las rendijas. Catalina iba con un canasto de hierbas: ruda, albahaca, arrayán y una flor blanca que solo abre cuando la campana llama a silencio. La buscaba un muchacho de apellido grande, de esos que creen que el amor es una firma en papel. Llegó con la vergüenza escondida en el sombrero: que una promesa, que un compromiso, que una mujer de su clase. Pero el corazón, ay, el corazón se le había ido detrás de Catalina como perro detrás del olor a carne. Catalina lo oyó y no se rió. Le dijo: 'El amor no se amarra con hilo de oro, se amarra con palabra limpia'. Y ahí mismo lo llevó hasta la esquina donde el convento guarda su sombra más larga. No entraron, no hacía falta. Catalina puso el canasto en el suelo, prendió una brasa y dejó que el humo subiera despacio, como sube una confesión. Con el humo, la calle cambió de cara: las paredes blancas se volvieron espejo y en cada espejo apareció un recuerdo del muchacho, uno por uno, como cuentas de rosario. 'Esto es lo que usted es cuando nadie lo mira', le dijo Catalina. Y el muchacho tembló, porque vio su cobardía con forma de hombre. Entonces Catalina sacó un hilo rojo, finito como vena. No lo ató a la muñeca de él, ni al cuello, ni a nada. Lo ató a una piedra del camino. 'El que quiera amor, que se amarre a la tierra, no a una persona', dijo. Y le hizo caminar tres veces alrededor del humo, sin tocarlo, sin pisarlo, sin mentir. A la tercera vuelta, el humo se abrió como cortina y apareció una mujer vestida de negro, sin cara, solo con un olor a cera apagada. Era la Deuda, mijo: la que cobra lo que uno promete y no cumple. La Deuda le sopló al muchacho en el oído y le dejó la lengua pesada, para que no pudiera decir palabras bonitas si no iban con hechos. Desde esa noche, cuentan, el muchacho cambió. No volvió a buscar a Catalina para esconderse. Volvió para pedir perdón sin teatro. Y Catalina, que no era santa ni demonio, le dio lo único que da una hechicera de amor de las antiguas: una salida digna. Pero también dicen otra cosa: que Catalina no hechizaba para juntar parejas, sino para deshacer engaños. Que su magia era como el sahumerio: limpia, pica, hace llorar, y al final deja la casa respirando. Y cuando alguien en Popayán intenta amarrar el amor con orgullo, todavía se siente, de madrugada, un olor a ruda y jazmín en la Calle Real. No es fantasma. Es Catalina recordándole a la gente que el amor no se obliga: se merece.
Historia
La historia de Catalina la Ñapanga nace del cruce entre la vida popular mestiza de la ciudad colonial y el mundo disciplinado de los apellidos, los claustros y las procesiones. En el imaginario payanés, la calle y el templo se miran de frente: el incienso y el rumor, la devoción y el deseo. En este relato, Catalina encarna a la mujer del pueblo que conoce los ritmos de la ciudad: cuándo la noche se vuelve confesionario, cuándo el silencio pesa, cuándo el humo sirve para decir lo que la boca calla. Su hechicería no se presenta como pacto oscuro, sino como una tecnología moral: un conjunto de gestos, plantas y palabras que obligan a mirar la verdad. El mito se ubica en el centro histórico, donde la vida religiosa y la vida cotidiana se rozan. Catalina actúa en el borde: no entra al claustro, pero su sombra llega hasta sus muros; no predica desde púlpito, pero su lección se repite en voz baja. Así, la ciudad se vuelve escenario y testigo: la piedra guarda memoria, y el olor del sahumerio funciona como firma invisible. Con el tiempo, Catalina deja de ser una persona concreta y se convierte en figura: la que desata amarres injustos, la que devuelve la palabra a su peso, la que castiga la promesa falsa con una lengua incapaz de mentir. Por eso su nombre se invoca no para conquistar, sino para corregir.
Versiones
1) Versión del hilo rojo: Catalina no amarra a nadie; amarra el deseo a una piedra del camino para enseñar que el amor sin responsabilidad se rompe. 2) Versión del sahumerio de tres vueltas: el pretendiente debe rodear el humo sin tocarlo. Si miente, el humo se vuelve espeso y le deja la garganta cerrada. 3) Versión del espejo en las paredes: esa noche, las casas blancas reflejan los recuerdos del enamorado. No es brujería para enamorar, sino para desnudar la cobardía. 4) Versión del pago: Catalina cobra su trabajo no con monedas, sino con un acto público de reparación: reconocer a quien se dañó y devolver lo prometido. 5) Versión de la Deuda sin rostro: aparece una figura oscura que no mata ni persigue; solo deja una marca: la incapacidad de pronunciar palabras dulces si no están respaldadas por hechos.
Lección
El mito enseña que el amor no se fuerza ni se compra: se sostiene con palabra limpia y actos coherentes. También advierte sobre el peligro de usar la diferencia de clase como excusa para la mentira: quien promete por deseo y se retracta por orgullo queda atado a su propia Deuda. Finalmente, propone una ética popular: la verdadera 'hechicería' es la que limpia el engaño, devuelve dignidad y obliga a asumir consecuencias.
Similitudes
Comparte rasgos con relatos colombianos de mujeres seductoras o castigadoras: la belleza como prueba, la noche como tribunal y el castigo dirigido a la falta moral (engaño, abuso, cobardía). Se emparenta con leyendas donde lo sobrenatural no busca destruir, sino corregir conductas: el espanto como pedagogía social. A diferencia de figuras que devoran o persiguen, Catalina opera como mediadora: su poder no es la violencia, sino la revelación. En vez de condenar el deseo, condena la mentira que lo acompaña.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
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