Al convento

Caribe · Mestizo

Al convento

En la Cartagena de 1811, una joven enfrenta la imposición del convento mientras afecto, honor familiar y causa política compiten por decidir su vida.

Leer el relato
Al convento: la entrada del relato

El relato

Escuchar el relato · 4 min

Sonaban los cascos del caballo en las calles vacías, y de vez en cuando las herraduras sacaban chispas del adoquín. Era una noche de octubre de 1811, sin estrellas, y en Cartagena de Indias no traficaba un alma. El coche se detuvo frente a un portón severo. Bajó un caballero de capa y sombrero negros, se atusó el bigote y golpeó el aldabón sin ninguna consideración por la hora.

—¡Sor Angélica! Abrid. Es el castellano del fuerte de San Sebastián del Pastelillo. Don Álvaro de Enciso y Fuenmayor. ¡Abrid!

En las casas vecinas se corrieron pestillos para averiguar quién armaba ese escándalo a la puerta de las monjas. Al fin cedió un cerrojo. Entró el caballero, y detrás su hija, envuelta en un mantón que le tapaba media cara.

—Aquí os la traigo, y no hay remedio. Prefiere la toca y el claustro a obedecer. Otra vez asida a la reja con ese traidor. Es de los que se reunían el año pasado en casa de García de Toledo. De los que traman contra el gobierno de España.

—No es traidor —contestó ella, de espaldas—. Bien sabéis cómo tratan a los nacidos en el país. Los tenéis por esclavos. Apenas se les concede ir al Cabildo, y en las cortes ya se han burlado de ellos.

—¡Callad! Os la dejo, sor Angélica. Ya dije la semana pasada que, si volvía a sorprenderla, la recluiría aquí para siempre. Es preferible entregarla a Dios que a los traidores.

—¿Y él?

—He ordenado aprehenderlo. Si se le comprueba algo en el juicio, a Cádiz.

—Nada le encontraréis —dijo ella—. A menos que inventéis.

—¡Ah, si su madre viviera!

—¿Mi madre? Era una Rodríguez Torices, prima de don Manuel. De mi lado estaría.

El padre se abalanzó sobre ella y la monja se metió en medio.

María del Pilar quedó bajo la custodia de la monja más recta de la orden. Sor Fernanda era alta, de porte glacial, y no le dejaba pasar una falta a ninguna postulante. Las otras cuchicheaban que a ella la había traído su padre quince años atrás, por enamorarse de alguien de rango inferior al suyo.

En el jardincillo de granadas y cerezos, entre puntada y puntada, la monja quiso oírla, y la muchacha acabó llorando.

—¿Cómo se llama él?

—Henrique de Ayos y Lozano.

La monja aspiró hondo y miró al cielo.

—Cuando me trajeron aquí, por un caso igual al vuestro, lo que más me dolió fue dejar a un niño de ojos azules agarrado a mis faldas. Sus gritos me alcanzaron hasta el final de la cuadra. Era mi hermano menor. Mi madre tenía seis más y me lo entregó al nacer. Yo tenía trece años.

A mediodía las campanas de la iglesia contigua doblaron a muerto. Una postulante se había ido casi de repente, contaba la tornera.

—¿Se puede morir de amor, sor Clara? —preguntó otra.

—Ya veis que ha sucedido. Esa doncella no quiso comer más. Le bastaron treinta días para consumirse.

Cuatro cirios velaban el ataúd. Las monjas cantaban el Réquiem por turnos de seis. Sor Fernanda había pedido ser la veladora mayor, cargo que tocaba a las profesas, y de vez en cuando alzaba la mirada hacia la tribuna abierta, donde un almendro tapaba el muro.

Cambió el turno. Salieron las monjas por el corredor.

—¡Apresuraos! No hay tiempo que perder.

Se levantó la muerta. Por la tribuna entró una figura desde las ramas del almendro y le besó las manos a la monja. La muchacha metió en el ataúd la almohada, encima el hábito y la toca, y les dio forma de cuerpo.

—Recordad: en la iglesia de la Trinidad os espera fray Pedro. Tiene las dispensas para casar allí.

Los bendijo. Luego tomó la tapa y cerró el ataúd, deprisa. En el umbral aparecía ya el siguiente grupo de monjas, con los libros abiertos para el Réquiem.

Al convento: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Quien guarda una puerta puede ser la única persona capaz de abrirla.”

Territorio

Caribe · Mestizo

Caribe · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.4236° · -75.5483°

Ficha del relato

Contexto histórico

Del conjunto de leyendas cartageneras que Judith Porto de González reunió bajo el título «Al filo de la leyenda» —libro de 1962, salido de los Talleres El Marinero, reeditado por Colgráficas en 1979 y por Plaza & Janés en 1989, y reimpreso entre medias, en 1982, por la Imprenta Departamental de Cartagena, que es la tirada de la que se sirvió la antología—, ésta es la que se fecha con más precisión: el texto dice «esa noche sin estrellas de octubre de 1811», y de ahí no se mueve. Se lee hoy en el segundo tomo de «Mitos y leyendas de Colombia», la antología de Eugenia Villa Posse editada por el IADAP en Quito en 1993, folios 363 a 368, dentro de una sección que reproduce aquel libro de la Imprenta Departamental de Cartagena —páginas 29 a 199 del original— y que declara su procedencia en el folio 359.

Lo que esa declaración dice importa aquí más que en otras piezas. Por un lado sostiene que el material proviene de la tradición oral de la población negra de la ciudad. Por otro advierte que lo impreso es una redacción literaria del habla popular, es decir prosa trabajada y no toma directa. La advertencia viene al caso porque el relato pone en escena apellidos que existieron y que cualquiera puede rastrear fuera del cuento: García de Toledo, Rodríguez Torices, Ayos. Nada de lo que aquí ocurre entre ellos es un episodio documentado, y la pieza no debe leerse como crónica de una noche que pasó.

En cuanto a lo primero, hay una distancia que conviene señalar. El cuento entero sucede entre un castellano del rey, un convento de clausura y unas familias criollas de la ciudad amurallada, y no aparece en él ninguna persona negra. Lo anuncia la antología y no lo sostiene el texto, y las dos cosas se dicen aquí sin elegir entre ellas.

Del encierro, en cambio, el relato no deja dudas sobre lo que es. No lo presenta como vocación ni como refugio: lo dice el propio padre al entregarla, cuando anuncia que ya la había amenazado con recluirla para siempre y que prefiere entregarla a Dios antes que a los traidores. Y lo duplica poniendo al frente de la vigilancia a una monja que llegó allí quince años antes por la misma causa.

Resonancias con otros mitos

La muerte fingida con ataúd de por medio es uno de los recursos más viajados de la narrativa europea, y llega a Cartagena por vía culta antes que por vía oral. El esquema —la joven a quien impiden casarse, el sueño que pasa por muerte, el velatorio, el cómplice que conoce el secreto y la fuga— está en la novela italiana del siglo XVI de Luigi da Porto y Matteo Bandello, y de allí pasa al teatro isabelino con «Romeo y Julieta». La diferencia, y es grande, está en el resultado: aquí el ardid funciona y el cuento termina en boda.

El segundo paralelo no es literario sino institucional, y es lo que le da verosimilitud a la escena inicial. El convento como lugar donde las familias coloniales depositaban a las hijas que habían elegido mal está documentado en toda la América española, y con él la figura de la profesión forzada, que el derecho canónico trató de combatir precisamente porque ocurría. El relato no inventa el dispositivo: lo usa, y además lo muestra funcionando dos veces sobre dos generaciones de mujeres distintas.

El tercer parentesco está en el mismo conjunto de leyendas cartageneras. «La imagen de San Antonio» y «La clave de la felicidad» también se resuelven en matrimonio contra una prohibición de la casa, y también recurren a una trampa para lograrlo. Puestas en fila, las tres dibujan una comedia de costumbres sobre el mercado matrimonial de la ciudad, con la autoridad familiar como obstáculo y el ingenio ajeno como solución.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El texto trabaja en dos capas que la lectura no debería fundir. Una es verificable por fuera: noviembre de 1811 está a la vuelta de la esquina en la ciudad donde ocurre, las tertulias en casa de José María García de Toledo son un hecho de la historiografía de la Independencia de Cartagena, Manuel Rodríguez Torices existió y los Ayos también. La otra capa es de la autora: don Álvaro de Enciso y Fuenmayor, María del Pilar, sor Angélica, sor Fernanda y fray Pedro no aparecen en ningún registro fuera de estas páginas. Villa Posse avisa de esa mezcla al declarar que los textos de la sección están redactados literariamente, y esa advertencia es la única salvaguarda que el lector tiene.

  2. Hay además un cruce que conviene deshacer, porque el mismo tomo lo propicia. El volumen incluye dos secciones de Cartagena escritas por autores distintos, y la otra —la dieciocho, que reproduce «Cuentos y leyendas de Cartagena» de Eustorgio Martínez Fajardo, de 1948— trae en su página 111 otra historia de convento, monja y política de aquellos años: «¡Maldito sea Napoleón!…». Coinciden en la materia y se oponen en todo lo demás. Allí una madre mete y saca a su hija del claustro para casarla por poder; aquí un padre la encierra precisamente para impedir que se case, y el desenlace va en dirección contraria. Son dos relatos, dos libros, dos autores y dos décadas, y llamarlos versiones de lo mismo sería un error de catálogo.

  3. Queda una diferencia de voz. La fecha, el clima político y los apellidos los pone el relato; la clasificación del conjunto como tradición oral afrocartagenera la pone la compiladora en su nota de procedencia. La autora no reclama nada de eso dentro del cuento, ni nombra informante alguno.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
8
Última revisión
21 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Al filo de la leyenda (Cartagena, Talleres El Marinero, 1962; impresión de la Imprenta Departamental, 1982, pp. 29-199), reproducida en la sección 28 del tomo II de «Mitos y leyendas de Colombia»

    flacso.edu.ec

    Se extiende de los folios 363 a 368 y es la única fuente del relato, además de la pieza que se fecha con más precisión de todo el libro: el texto dice «esa noche sin estrellas de octubre de 1811» y de ahí no se mueve. Sólo aquí constan las tres cuartas partes que el resumen heredado omitía: no únicamente la joven entregada al claustro por un padre que prefiere darla a Dios antes que a los traidores, sino la monja carcelera que resulta ser la hermana mayor del pretendiente y que quince años antes entró allí por la misma causa, la muerte fingida, el ataúd relleno con el hábito, la fuga por el almendro y la boda con dispensa en la iglesia de la Trinidad. El nombre del convento no lo dice: sólo que está en la ciudad amurallada.

  2. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II: «Leyendas y cuentos del folclor»

    flacso.edu.ec

    Justifica que esta ficha separe lo comprobable de lo compuesto, porque es la antología —y no la autora— quien avisa de la mezcla. La nota del folio 359 declara que la sección reproduce las páginas 29 a 199 de «Al filo de la leyenda» y que sus textos «ofrecen una redacción literaria del lenguaje popular», advertencia que aquí hace falta más que en ninguna otra pieza, porque el cuento pone nombres de próceres en una escena inventada. El mismo tomo permite además deshacer un cruce que el catálogo heredado había hecho: la otra sección de Cartagena, la dieciocho, reproduce a Eustorgio Martínez Fajardo, y en su página 111 trae otra historia de convento y política —«¡Maldito sea Napoleón!…»— con el desenlace exactamente contrario. Son dos libros, dos autores y dos décadas.

  3. Once de noviembre (Enciclopedia del Banco de la República)

    enciclopedia.banrepcultural.org

    Fija por fuera del cuento el mes en que la autora lo sitúa. La entrada reconstruye la Cartagena de 1808 a 1815 y narra la deposición del gobernador Montes por un grupo de hombres de Getsemaní, Santo Toribio y Santa Catalina que se congregó armado ante el palacio donde sesionaba el cabildo, y el papel del Regimiento de Pardos Patriotas de Getsemaní bajo Pedro Romero. Ese es el clima de octubre de 1811 que el relato aprovecha para que un castellano del rey pueda llamar traidores a sus vecinos y encerrar a su hija antes que emparentar con ellos: el conflicto entre peninsulares y criollos no es adorno de la trama, es su motor.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. Escritura, creatividad e historia de Cartagena: vida cotidiana y popular a través de la obra de Judith Porto de González

    iniciacioncientifica.com

    Sitúa el encierro de esta muchacha dentro del lugar que la iglesia ocupa en toda la obra de la autora, que es mucho más que un decorado. La investigación, financiada por el Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena, dedica un apartado —«La iglesia como segundo hogar»— a mostrar que en sus cuentos el ritmo de la vida cartagenera lo marcan las campanas, que la misa convoca sobre todo a mujeres y que para ellas la oración era una obligación diaria y la vía por la que la institución les enseñaba a administrar la casa, a los sirvientes y el matrimonio. Recoge además el juicio de Juan Zapata Olivella sobre este mismo libro: sus cuentos evocan sucesos «que más tienen de tradición y de embrujo maravilloso, que de acontecimientos históricos verdaderos». Es la advertencia exacta que necesita un relato lleno de apellidos reales.

  2. Fiestas de la Independencia (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Documenta el acontecimiento hacia el que el relato mira sin llegar a contarlo. El artículo narra la irrupción de Pedro Romero al frente de los Lanceros de Getsemaní en la sala donde sesionaba la junta el 11 de noviembre, con el pliego completo de exigencias, y registra que la primera conmemoración se celebró el 11 de noviembre de 1812 y que las fiestas se suspendieron durante el sitio de Morillo. La leyenda está escrita en la víspera de esa jornada —octubre de 1811— y el encierro de la muchacha se explica por lo que su padre ve venir.

  3. Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias

    banrep.gov.co

    Mide en cifras la ciudad amurallada donde cabe todo el relato: la casa del castellano, el convento de clausura y la iglesia de la boda, a pocas calles unos de otros. El estudio reconstruye la población de Cartagena sobre el censo de 1777 y sigue su curva hasta la Independencia, y describe la escala de una ciudad en la que las familias de la élite se conocían entre sí y en la que una noticia —quién entró al claustro y quién se casó con quién— circulaba en horas. También fecha en 1815 la catástrofe que cerró ese mundo, con la que la autora remata varias piezas vecinas del mismo libro.

  4. Ingresos forzados, vocaciones incentivadas y voces desesperadas en el Monasterio de Nuestra Señora de los Remedios de la ciudad de La Plata, Charcas 1574-1640 (Autoctonía. Revista de Ciencias Sociales e Historia, vol. IV, n.º 2, pp. 142-164)

    dialnet.unirioja.es

    Acredita en papeles de archivo el dispositivo que el cuento pone en marcha en su primera página. El artículo estudia el primer monasterio femenino de la Audiencia de Charcas y muestra que la élite lo creó, entre otras cosas, para depositar allí a las hijas que había decidido no casar y a las jóvenes «a quienes sus padres, maridos, hermanos o tutores forzaban o incentivaban a convertirse en esposas de Cristo»; y recupera las voces de las que entraron por mandato patriarcal y dejaron rastro de disconformidad, abandono y esperanza de volver al siglo. La profesión forzada no es un recurso de comedia: es una práctica registrada, y el relato la muestra funcionando dos veces sobre dos generaciones de mujeres.

  5. Lo «afro» en el discurso turístico de Cartagena: subexposición y sobreexposición, en «Circulaciones culturales. Lo afrocaribeño entre Cartagena, Veracruz y La Habana»

    books.openedition.org

    Nombra la operación que esta ficha deja declarada sin resolver: un conjunto presentado como tradición oral de la población negra de Cartagena cuyo relato transcurre entero entre un castellano del rey, unas familias criollas y un convento de clausura. El capítulo estudia cómo la imagen de Cartagena se construye sobre una ciudad doble —la zona monumental y rica frente a los barrios marginados— y sobre un doble régimen de visibilidad que sobreexpone unas pocas figuras afro convertidas en espectáculo y deja fuera del cuadro la vida real y la tradición oral de esa población. La ciudad amurallada del cuento es precisamente la mitad que sí se muestra.

Voces de la comunidad

Conversación

¿Así te la contaron?

0 publicadas0 en revisión

«Al convento» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Al convento» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Al convento» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

Deja tu versión

Desde 10 caracteres. Sin enlaces: los descartamos.

No se publica. Sólo lo usamos si necesitamos preguntarte algo.

Cada versión la lee una persona antes de publicarse. Verás la tuya aquí mismo mientras esperas.