A Dios rogando y con el mazo dando

Caribe · Mestizo

A Dios rogando y con el mazo dando

La narración de eventos fantásticos revela una crítica a las tensiones religiosas y comunitarias de la época colonial.

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A Dios rogando y con el mazo dando: la entrada del relato

El relato

En el tiempo en que los vientos del Caribe hablaban en susurros de historias perdidas y tesoros escondidos, vivía un hidalgo llamado Juan Pérez de Luchando y Yurreamendi. Hijo de nobles linajes, su nombre resonaba en las altas esferas de la ciudad de Cartagena de Indias. Juan Pérez, contador de las reales cajas, llevaba en sus venas las memorias de sus ancestros y en su frente, la carga del linaje ilustrado que le precedía. Lector amigo, no distraigáis con larga genealogía; basta saber que naciendo de prestigiosos Pérez de Luchando, iba a vivir, o más bien, a morir dos veces de manera extraordinaria.

La primera muerte de don Juan aconteció en el año cristiano de mil seiscientos veinte, bajo el gobierno del ilustre caballero don Juan de Borja. En uno de esos días en que el sol abrasador y las aguas plácidas del mar Caribe convergen en un tiempo detenido, una inexplicable pataleta se apoderó de Juan. Fue una muerte lenta, como al compás de un reloj de arena, cada grano cayendo hasta el fin inevitable, sin que nadie supiera cuándo ni cómo cruzó al más allá.

¡Ah, qué gran consternación invadió a doña Cristina y doña Mercedes, hermanas del difunto! Los llantos y clamores llenaron el aire espeso de la casa. "¡Que vuelen por el físico!" exclamaban entre sollozos. Llamaron al médico, quien olisqueó y pulsó, murmuró y masculló hasta dictaminar solemnemente: "Mortuus".

El señor cura cumplió sus ritos con lúgubre devoción. Mientras tanto, las vecinas, convertidas en una jaula de grillos, rompían el silencio con un desesperado concierto de lamentos. Un amigo del muerto, sin embargo, irrumpió en la escena preguntando qué hábito usar para amortajar al cadáver. Entre lágrimas y terribles disputas, doña Cristina proclamó el de San Francisco, mientras doña Mercedes insistía en el de Santo Domingo. Las voces se elevaron a gritos y disputas, teniendo preferencia según la simpatía por una u otra orden.

Fue entonces cuando el sacerdote, harto de tal alboroto, ordenó poner una mortaja sencilla de lienzo de Castilla al difunto, cortando de raíz la contienda. No obstante, las hermanas, secundadas por una comitiva de viejas testarudas, irrumpieron en la habitación del muerto, enloquecidas por la devoción y el duelo. "¡San Francisco! ¡Santo Domingo!", gritaban en un coro destemplado de amor y superstición.

Entonces, en un arrebato de cólera santa, el sacerdote alzó el hisopo con vehemente intención de imponer orden, pero en su furia, descargó el simbólico golpe sobre el rostro del finado. Y, ¡milagro entre milagros!, don Juan Pérez de Luchando y Yurreamendi volvió a la vida de golpe, como si hubiera estado sumergido en un sueño fatal; se levantó, conmocionado, gateando como un infante por la sala.

Las viejas cayeron desmayadas como hojas muertas por un viento repentino, el cura se persignó abrumado, y sólo Diego de Cárcamo, viejo soldado que había peleado en Flandes, tuvo el temple para seguir al resucitado hasta la cocina, donde pueblo y repique se reunieron en alabanza a lo divino y lo mundano. "¡Hermano, a quien debemos tan milagroso retorno!", se oía de aquí y de allá.

Ahí, doña Cristina y doña Mercedes, adelantaron la voz cada una en defensa de su devoción particular: una vez más el agradecimiento debiera ser a San Francisco, otra más, a Santo Domingo. Siguió entonces una tremenda refriega de zarandajas y aullidos, bofetadas de chanclas voladoras y amenazas de escobazos, todo mientras una paz insólita y temerosa caía sobre el resucitado Juan.

Fue Diego de Cárcamo quien pidió juicio al resucitado. "Hermanos, hermanas, sedme atentas," comenzó don Juan, con las sombras de aquel largo sueño aún detrás de sus ojos, "os develaré a quién debo mi retorno al mundo de los vivos". Los bandos aguardaban en vilo, unos por San Francisco, otros por Santo Domingo. "Ni al uno ni al otro," proclamó finalmente don Juan. "Después de mi Dios, al hisopazo que con fuerza celestial me arrancó del abismo."

Así, entre escepticismo y fe, entre realidades cruzadas con lo mágico, quedó el pueblo de Cartagena testigo de la única verdad incuestionable: don Juan Pérez de Luchando y Yurreamendi había regresado de la muerte, y con ello, regalado al mundo una historia sin igual, donde lo sagrado y lo absurdo convergían en el mismo reflejo de la eternidad. Y la vida siguió, como río que nunca se detiene, empero, aquella casa jamás volvió a conocer la calma.

La enseñanza

La fe y la superstición pueden ser burladas por lo inesperado.

Territorio

Caribe · Mestizo

Caribe · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.391° · -75.4796°

Contexto histórico

Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales para quien quiera profundizar.

Procedencia

La procedencia cultural de este relato está clasificada y es la que aparece abajo. Lo que todavía no tiene es bibliografía publicada.

Clasificación
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Última revisión
22 de julio de 2026

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Una clasificación no es una cita, y no la presentamos como si lo fuera: mientras no haya una referencia contrastada, este relato se lee como versión editorial de una tradición viva.

Si usted conoce una crónica, un estudio o un registro comunitario que documente este mito, puede proponerlo y lo revisamos.

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Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «A Dios rogando y con el mazo dando» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «A Dios rogando y con el mazo dando» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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