
Caribe · Mestizo
A Dios rogando y con el mazo dando
Juan Pérez parece morir y revive cuando el hisopo de una disputa devocional lo golpea, en una sátira de rivalidades religiosas y explicaciones milagrosas.
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El relato
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Don Juan Pérez de Luchando y Yurreamendi, contador de las reales cajas de Cartagena de Indias, se murió dos veces. La primera en mil seiscientos veinte y la segunda en mil seiscientos cincuenta. Así empieza la historia, después de perderse en un rosario de genealogías: hijo de, nieto de, y a su turno hijo de. De ahí lo saca un lector impaciente, que le pide dejar en paz a los linajes e ir al hecho y al derecho.
La primera fue así. Gobernaba el Nuevo Reino de Granada don Juan de Borja cuando al contador le sobrevino una pataleta y se fue muriendo sin que nadie supiera cómo. Llegó el médico, olió, pulsó, auscultó, sangró, se afianzó los anteojos en la nariz y dictaminó en latín: ¡Mortuus! El cura aplicó los últimos auxilios. Las dos autoridades que podían decirlo lo habían dicho.
El hidalgo tenía dos hermanas, doña Cristina y doña Mercedes, y no tenía más familia. Cuando un amigo asomó a la puerta a preguntar con qué hábito se amortajaba el cuerpo, la casa se partió en dos.
—¡El de San Francisco! —pidió una.
—El de Santo Domingo —respondió la otra, porque su hermano lo había dispuesto así en vida.
Los visitantes tomaron partido según con qué comunidad tuvieran trato, que en esos siglos los bandos existían y se notaban. El sacerdote llegó con cruz y ciriales, vio el pleito y cortó por lo sano: mortaja de lienzo de Castilla, que era el uso. Las hermanas subieron el tono, se colaron en la habitación del difunto y pasaron a tirar cada una de la tela, invocando una al de Asís y otra al de Guzmán.
El sacerdote alzó el hisopo y les mandó respetar al muerto y respetar sus hábitos. Para dar fuerza a la intimación bajó el brazo, quiso golpear el ataúd y erró. El hisopazo cayó en la cara del difunto.
Lo que siguió no fue una aparición. El muerto dio al aire una zapateta descomunal, cayó al pavimento y echó a gatear por los suelos con una ligereza que no le habría igualado un gamo. El cura se santiguó, los monaguillos lloraron, los hombres se quedaron en suspensión. Sólo Diego de Cárcamo, que había sido soldado en Flandes, salió detrás y le puso la mano encima en la cocina.
Don Juan estaba más vivo que un veneno. Había sufrido un ataque de catalepsia, y el hisopazo lo devolvió al mundo de los vivos.
Entonces empezó de nuevo el pleito, porque ahora había un milagro que repartir. Doña Cristina se colgó del cuello de su hermano gritando que se lo debían a San Francisco, y doña Mercedes contestó que a Santo Domingo. La casa volvió a llenarse de gritos, de escobas y de chancletas, y el sacerdote huyó persignándose.
Por encima del ruido se oyó a Cárcamo pedir juicio y sosiego, que allí estaba quien podía ser juez de la controversia. Le preguntaron al resucitado a quién debía el milagro.
—¡Ni al uno ni al otro!
—¿Entonces?
—¡Después de mi Dios, al hisopazo!

La enseñanza
“Dos devociones que se disputan un milagro suelen olvidar que lo hizo un golpe mal dado.”
Territorio
Caribe · Mestizo
El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.
- Región
- Caribe
- Comunidad
- Mestizo
- Referencia
- 10.391° · -75.4796°
Ficha del relato
Fuentes
Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.
- Procedencia
- Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
- Referencias
- 12
- Última revisión
- 21 de septiembre de 2026
Base documental · 3 referencias
- Mitos y leyendas de Colombia, vol. II, sección 17: «Leyendas», de Enrique Otero D'Costa
flacso.edu.ec
Empieza en la página 60 y cierra en la 63 la sección entera, y es el único testimonio del caso. De aquí salen el nombre y el cargo del protagonista —don Juan Pérez de Luchando y Yurreamendi, contador de las reales cajas de Cartagena de Indias—, las dos muertes anunciadas de 1620 y 1650, el gobierno de don Juan de Borja en el Nuevo Reino, el médico que ausculta, sangra y dictamina «¡Mortuus!», el pleito de las hermanas doña Cristina y doña Mercedes por la mortaja franciscana o dominica, el lienzo de Castilla que ordena el cura, el hisopazo errado en la cara del difunto, la zapateta, Diego de Cárcamo el soldado de Flandes que lo atrapa en la cocina, la palabra «catalepsia» dicha en el cuerpo del relato y el remate: «¡Después de mi Dios, al hisopazo!». El volumen reproduce «Leyendas» (Bogotá, Editorial Minerva, Biblioteca Aldeana de Colombia, Selección Samper Ortega, 1936, pp. 15-46).
- El convento de San José, huella dominica en el periodo colonial, en «Cartagena de Indias en el siglo XVII», pp. 73-121
banrep.gov.co
Documenta, con papeles del Archivo General de Indias, que la pelea del cuento era un pleito real y que tenía causa económica. Escribe que «la falta de personas con patrimonio cuantioso que ayudaran a acrecentar los ingresos de los monasterios hizo que se suscitaran agrias disputas, en ocasiones entre las propias órdenes e incluso con el cabildo catedralicio, sobre el lugar sagrado donde debían reposar al morir los restos de estos pocos acaudalados». Eso es exactamente lo que ocurre alrededor del contador difunto. Y explica por qué había tan poco que repartir: en Cartagena los dominicos «nunca recibieron donaciones de tierras» y dependieron «exclusivamente de las limosnas» y de las capellanías, mientras los jesuitas se quedaban con los grandes comerciantes. Un hidalgo con caudal, muerto en su casa, era para las dos órdenes del relato una de las pocas presas disponibles.
- Vida cotidiana en Cartagena de Indias en el siglo XVII, en «Cartagena de Indias en el siglo XVII», pp. 451-499
banrep.gov.co
Sostiene la frase del relato que más parece adorno: que en esos siglos los bandos existían y se notaban. Reconstruye el conflicto de 1683, cuando las monjas clarisas pidieron pasar de la potestad de los franciscanos a la del obispo Miguel Antonio Benavides, «con ello se formaron dos bandos», hubo asedio armado del convento, expulsión del obispo por la Audiencia y se llegó a hablar de cisma. Y trae el arma que se usaba en esas peleas, que es la del cuento: el obispo ordenó a sus feligreses «de ninguna manera fuesen a misa a sus conventos, se enterraren en ellos, ni con sus hábitos». El hábito con que se amortaja un muerto era una posición en una guerra de jurisdicciones. Añade la consecuencia para los vecinos, que «debieron decidir con qué facción se alineaban, y parecía que en ello iba la salvación de su alma»: los visitantes que en la casa toman partido no están haciendo teatro.
Contraste y contexto · 9 referencias
- Gobierno, comercio y sociedad en Cartagena de Indias en el siglo XVII, en «Cartagena de Indias en el siglo XVII», pp. 353-377
banrep.gov.co
Dice qué era, en esa ciudad, ser contador de las reales cajas, que es el dato del que depende el cuento entero. Sostiene que la administración provincial —gobernador y oficiales reales de nombramiento metropolitano— «conformaba la cúspide del poder sociopolítico», y sentencia que «los cargos de carácter económico, tesorero y contador, proporcionaban un trampolín casi automático para el enriquecimiento», hasta el punto de que «las personas más influyentes del siglo XVII no procedían del sector comercial, sino de la administración». Lo demuestra con los Rebolledo, familia de tesorero y regidores cuyos fraudes y caudales documenta con cédulas y cartas al rey. El muerto del relato no es un vecino cualquiera al que dos órdenes disputan por devoción: es uno de los hombres con más dinero de Cartagena, y por eso hay pelea.
- Gasto militar y situados en Cartagena de Indias, 1645-1699, en «Cartagena de Indias en el siglo XVII», pp. 249-343
banrep.gov.co
Muestra qué pasaba por las manos del oficio que el relato menciona de pasada. Reconstruye, cuenta por cuenta, las entradas y salidas de la caja real de Cartagena en la segunda mitad del siglo y establece que «la Caja Real era con mucho la más importante y la que centralizaba la gran mayoría de los ingresos y salidas» de la plaza, alimentada por rentas, situados y préstamos. Documenta también su disfunción crónica: los situados «se retrasaban mucho en su llegada» y la guarnición vivía de empréstitos que se devolvían con el primer envío que llegara. Contar y pagar en esas condiciones era el trabajo diario del difunto, y explica por qué su casa tenía caudal y por qué su muerte convocaba visitas.
- Juan Méndez Nieto y Pedro López de León: el arte de curar en la Cartagena del siglo XVII, en «Cartagena de Indias en el siglo XVII», pp. 385-443
banrep.gov.co
Da verosimilitud al personaje del que depende toda la broma: el médico que se equivoca. A partir de los «Discursos medicinales» de Méndez Nieto y de la obra de López de León reconstruye la práctica médica cartagenera y registra que «era tal la incertidumbre y el temor ante la muerte que los poderosos gobernadores podían sucumbir en cuestión de horas por un diagnóstico errado y el extravío de los tratamientos», hasta el punto de que personas cultas acudían a curanderos porque sus remedios eran «menos lesivos que los médicos y sangradores ineptos que llevaban hasta extremos casi criminales la sangría». El facultativo del relato hace precisamente eso —huele, pulsa, ausculta, sangra— antes de certificar una muerte que no ocurrió. Documenta además que los médicos con nombre eran los de los gobernantes, el clero y los acaudalados: la clase del difunto.
- Actos devocionales y enfermedad: encarnación del milagro en el Nuevo Reino de Granada durante el siglo XVIII, en «Diálogo Andino», n.º 54, pp. 113-125
dialogoandino.uta.cl
Reconstruye la competencia que el remate del cuento resuelve de un portazo: quién se lleva el crédito cuando un enfermo se recupera. Estudia los actos devocionales alrededor de la enfermedad y el proceso por el que la Iglesia fue fijando «la definición de los límites y clasificación de los milagros», con el cuerpo del enfermo como «territorio privilegiado del milagro». Documenta las disposiciones que ordenaban a los médicos atender primero el alma y recoge la instrucción de que la confianza no debía ponerse en los médicos que curan sino en los santos médicos, a quienes había que pedir «que den luz al Médico para que conozca» el mal. Contra ese fondo, la respuesta del resucitado —ni a San Francisco ni a Santo Domingo, sino al hisopazo— no es una ocurrencia: es una insolencia contra un reparto establecido.
- Más que distinción, en busca de la diferenciación: arqueología histórica de Cartagena de Indias en el siglo XVII, en «Cartagena de Indias en el siglo XVII», pp. 17-67
banrep.gov.co
Excava una de las dos casas que en el cuento se disputan el cadáver. Presenta los estudios arqueológicos del convento de Santo Domingo y del claustro de San Pedro Claver con el propósito de indagar «las negociaciones de su autoridad religiosa y política, además de las estrategias de producción económica» de esas instituciones, y muestra cómo construyeron identidades que «incidieron y marcaron divisiones en la estructuración de un segmento de la población cartagenera colonial». Es la prueba material de que la rivalidad entre comunidades religiosas no era un chiste de sacristía: se leía en la cerámica, en la mesa y en la obra de sus edificios. El análisis del material del Colegio de Santo Domingo, frente al de la Compañía, deja ver hasta qué punto cada casa se diferenciaba también en lo que comía y en cómo lo cocinaba.
- Leyendas
revistas.upb.edu.co
Trae en limpio la otra muerte que no lo era, la que «Similitudes» pone al lado de ésta. En las páginas 64 a 66 imprime «Las Clavellinas», donde una niña esclavizada aparece sin pulso y se incorpora al ser llamada por Pedro Claver, y donde el propio Otero se adelanta al escéptico admitiendo que «bien pudo la muchacha haber padecido un accidente cataléptico» antes de dejar el milagro en pie. Leídas juntas se ve la decisión: allí el diagnóstico se menciona para descartarlo y aquí se escribe en el cuerpo del relato y el milagro se le adjudica a un objeto. La misma trampa clínica, dos salidas opuestas y el mismo autor.
- La selección Samper Ortega, 1926-1937: historia de un gran legado bibliográfico
banrepcultural.org
Pone nombre y número al tomo que cierra con este chiste. Publica el índice completo de la Selección Samper Ortega, donde el 39 es «Enrique Otero D'costa, Leyendas», y reconstruye la empresa: cien volúmenes, 18.500 páginas, nueve años entre 1928 y 1937, Editorial Minerva de Bogotá, con proposición de la Academia Colombiana de Historia del 15 de mayo de 1937. Importa a esta pieza porque una burla sobre dos órdenes religiosas peleando por un milagro se publicó, en 1936, dentro de una colección patrocinada por el Ministerio de Educación Nacional y destinada a bibliotecas de aldea.
- Hacia una nueva comprensión de la historiografía colombiana: breve historia intelectual de Enrique Otero D'Costa (1883-1964)
repository.urosario.edu.co
Da la clave del diálogo con el lector impaciente que sostiene esta pieza de principio a fin. Documenta el empeño del autor por «dar cuenta de las mentalidades de las personas que vivían dentro de la rígida estructura social colonial, desde los notables hasta aquellos pertenecientes a los sectores populares» —que es el reparto exacto del cuento: un contador de las reales cajas, sus hermanas, las vecinas con escobas y un soldado viejo— y establece que en «Historietas» no hay «una referencia documental específica sobre el uso de las fuentes», que es lo que aquí confiesa el propio narrador al reconocer que no dio con el día ni la hora.
- Boletín de Historia y Antigüedades, año XIV, n.º 166
academiahistoria.org.co
Sostiene, con documento fechado, la adscripción cartagenera de un autor nacido en Bucaramanga. En las páginas 630 y 631, el informe de candidatura firmado por Arturo Quijano y J. D. Monsalve el 1.º de abril de 1924 le reconoce el mérito de ser «fundador de dos importantísimos centros de estudios históricos, el de Cartagena y el de Manizales, y el de sus respectivos órganos, el Boletín historial y el Archivo Historial». Sin ese dato, un cuento sobre el contador de las reales cajas de Cartagena firmado por un santandereano quedaría sin explicación; con él, la ciudad del relato es la ciudad donde el autor trabajó y escribió historia local.
Voces de la comunidad
Conversación
¿Así te la contaron?
«A Dios rogando y con el mazo dando» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.
Versiones de este mito
0Ejemplo
No es realMi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.
Así se ve una versión publicada. De «A Dios rogando y con el mazo dando» todavía no hay ninguna.
Todavía nadie ha dejado la suya. «A Dios rogando y con el mazo dando» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.
- Qué cambió
- El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
- Dónde la oíste
- Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
- Quién la contaba
- Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.








