El Bobo del Tranvía

Andina · Mestizo

El Bobo del Tranvía

Con pito y señales regula gratis el tránsito bogotano; cuando pierde a su hermana, los rieles que amaba conducen su historia al dolor.

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El relato

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Bogotá estrenó tranvía en 1884 con dieciséis coches comprados a una casa estadounidense: ocho abiertos, en los que se subía por cualquiera de los dos costados, y ocho cerrados, con una sola puerta. Los coches de mulas eran vagones de madera con cinco bancas largas de cinco puestos cada una, tirados por caballos o por mulas. Después vino la electricidad, con carros fabricados en Estados Unidos entre 1910 y 1949, un chofer, un supervisor que imponía el orden y un cobrador que pasaba puesto por puesto pidiendo cinco centavos. El sistema anduvo así, de tracción animal a cable, desde 1884 hasta 1951.

El centro se movía a ese paso. Entre riel y riel cabían las bestias de carga, los carros, los aguateros y la gente que cruzaba donde podía, y la mañana era un cálculo de quién pasaba primero.

En esas esquinas trabajaba gratis un hombre enorme al que la ciudad llamó Antonín, el Bobo del Tranvía. Se vestía de policía a su manera: gorra roja, camisa verde, correa negra, pantalón amarillo, botas azules, una señal de Pare en una mano y otra que decía Siga. Con eso paraba el tránsito. Y multaba: a los peatones, a los pasajeros y a los conductores por igual, sin cobrar un peso y sin que nadie lo hubiera nombrado. Los universitarios le dieron el nombramiento que le faltaba y lo llamaron comandante en jefe de circulación. Lo tenían por inteligente, buen ciudadano, honorable, respetable, sociable y excelente hermano.

Lo de hermano venía de una hermana muy hermosa. Cuando ella subía al tranvía, el coche entero silbaba y le echaba piropos. Él corría al lado del vagón, la saludaba y le iba diciendo que la quería mucho y que Dios la bendijera.

Un día ella se escapó de la casa para irse con un hombre. La ciudad siguió con sus rieles y sus cinco centavos; él no. Se deprimió, se apartó de la gente y empezó a trotar distraído, como perdido en las nubes. Por andar así, un día lo atropelló el tranvía al que le había dedicado los años.

Lo llevaron al hospital de Sibaté. Allá murió, esperando que su hermana lo fuera a visitar.

El Bobo del Tranvía: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Una ciudad inventa el cargo que necesita, lo ocupa quien puede, y después olvida a los dos.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
4.570868° · -74.297333°

Ficha del relato

Contexto histórico

El territorio de este relato está mejor documentado que su protagonista. Una tesis de maestría de la Universidad Nacional sobre el tranvía municipal de Bogotá, defendida en 2009, reconstruye el sistema en doscientas veintiséis páginas: los dieciséis coches adquiridos en 1884 a la J. G. Brill Company, ocho abiertos y ocho cerrados; el vagón de madera con cinco bancas de cinco puestos, tirado por caballos o mulas; y el arco completo de operación, de tracción animal y eléctrica, entre 1884 y 1951, con el paso posterior al sistema municipal de buses. Ese es el escenario, y es verificable calle por calle.

El relato del hombre uniformado circula por otra vía. Lo fija hoy una ficha de divulgación infantil de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte, de unas cuatrocientas palabras, sin firma, sin fecha y sin bibliografía, y es ahí donde aparecen el nombre con que se lo conoce, el uniforme pieza por pieza, las dos señales, el nombramiento de los universitarios, la hermana, la fuga y el hospital de Sibaté. La misma ficha data los tranvías eléctricos entre 1910 y 1949 y fija el pasaje en cinco centavos, datos que coinciden con lo que la investigación académica describe.

Conviene separar las dos capas al leer. Una describe una empresa de transporte con inventario, tarifas y fechas de cierre; la otra, una figura de calle que esa empresa hizo posible y que se transmitió de boca en boca antes de llegar a una página web. La segunda se sostiene, por ahora, en ese único texto.

Resonancias con otros mitos

El nombramiento honorario de una figura de calle tiene un caso documentado con expediente propio en San Francisco. Entre 1859 y 1880, un comerciante arruinado que se proclamó emperador por un aviso de prensa fue tratado por la ciudad como una autoridad: los periódicos publicaban sus decretos, los restaurantes le reservaban mesa y sus billetes de fantasía se aceptaban en algunos comercios del barrio. La mecánica es la misma que en el cruce bogotano: la ciudad reconoce un cargo que no existe, lo respeta mientras dura y lo convierte en parte del paisaje. Los dos murieron sin bienes y los dos tuvieron entierro concurrido.

El segundo paralelo es de lengua y no de biografía. El bobo de Coria, fijado en refranes y en textos españoles del Siglo de Oro, nombra al tonto del pueblo que todos conocen y que sirve para medir a los demás: en el dicho, el bobo resulta menos bobo que quienes se ríen de él. La coincidencia con el caso bogotano está en el apodo, que designa por el defecto y termina designando por el oficio, y en la ambivalencia del afecto: la misma ciudad que lo llama bobo le entrega el tránsito de sus esquinas. La diferencia es que el refrán español no tiene cuerpo ni hospital, y el relato bogotano termina en una cama y en una espera.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El final es lo que más cambia de una versión a otra. La que hoy difunde el Distrito cierra con la muerte en el hospital de Sibaté, esperando una visita que no llega. En los recuentos que circulan por blogs y recorridos de ciudad el cierre se suaviza: allí el hombre sigue preguntando por su hermana, sin morirse, y la historia queda abierta como si fuera un final feliz aplazado.

  2. También cambia quién lo nombra y por qué. En la versión distrital son los universitarios, y lo nombran porque lo tienen por inteligente, honorable y buen ciudadano. En otros recuentos son estudiantes en general y el nombramiento es una broma que premia su constancia, lo que convierte el reconocimiento en burla y cambia la relación entre la ciudad y el personaje.

  3. Una tercera variante le pone fecha al hombre. La ficha distrital dice que hacia 1900 Bogotá tenía tranvía, y algunos recuentos trasladan ese año de la ciudad a la biografía, como si fuera su época de trabajo. El dato pertenece al transporte y no al uniforme.

  4. Hay además un desenlace añadido que reaparece cada tanto: el de un tranvía celestial que se lo lleva. No figura en la versión distrital ni en la historia del sistema, y pertenece a la capa más reciente, la de los recorridos nocturnos que buscan cerrar cada parada con una aparición.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bogotá · Andina
Referencias
8
Última revisión
22 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. El bobo del tranvía (Bogotanitos · Cuenta la leyenda)

    culturarecreacionydeporte.gov.co

    Es el texto más antiguo localizado que fija el relato completo, y por eso se cita primero aunque no sea un registro. Trae el uniforme pieza por pieza —gorra roja, camisa verde, correa negra, pantalón amarillo, botas azules— con las dos señales, «Pare» y «Siga», y el pito. Dice que quienes lo nombraron «jefe comandante de la circulación» fueron universitarios, no estudiantes en general, y que lo tenían por «inteligente, buen ciudadano, honorable, respetable, sociable y excelente hermano»: no hay burla en el nombramiento. Precisa que el trabajo era gratuito y que multaba por igual a peatones, pasajeros y conductores. Da causa a la escena de la hermana —los silbidos y los piropos de los pasajeros cuando ella subía—, y da la pérdida como fuga y no como muerte, con el aislamiento y la distracción del duelo como explicación del atropello. Y cierra donde la ficha heredada se había ablandado: «lo llevaron al hospital de Sibaté, donde murió esperando que su hermana lo fuera a visitar». Fecha además el tranvía eléctrico, pone precio al pasaje y describe la tripulación de tres.

  2. Tranvía municipal de Bogotá. Desarrollo y transición al sistema de buses municipal, 1884-1951

    bffrepositorio.unal.edu.co

    Es la máquina del relato, documentada. Fecha el arranque del sistema en 1884 con dieciséis coches de tracción animal comprados a una casa estadounidense, la mitad abiertos y la mitad cerrados, y describe el coche de mulas como un vagón de madera abierto con cinco bancas de cinco plazas: eso es lo que atropella a un hombre distraído, y es una escala distinta de la que sugiere la palabra tranvía. Sigue el sistema por sus dos tracciones hasta 1951, con los planos de las rutas de 1940 a abril de 1948 y la superposición de tranvías y buses de ese año, y cierra con la quema de vehículos del 9 de abril de 1948 y el desmonte posterior. Da, en suma, el escenario entero con fechas: cuándo había cruces que dirigir, por dónde pasaban y cuándo dejó de haberlos.

  3. El tranvía de Bogotá, 1882-1951

    scielo.org.co

    Da la cronología empresarial que permite fechar el relato sin depender de la divulgación. Sigue el negocio del tranvía desde la concesión de los años ochenta del siglo XIX hasta el cierre de 1951: la propiedad extranjera y después municipal, la electrificación, la expansión de líneas, las tarifas y los conflictos con el Concejo. Con eso se puede decir en qué décadas el tranvía era efectivamente el organizador del tránsito del centro, y por tanto en qué ventana cabe un hombre dirigiendo cruces con dos paletas y un pito. Corrige además el arranque del sistema a 1882 frente al 1884 de la tesis, discrepancia que conviene nombrar y no ocultar.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. Historia de cuatro locos que hacen parte de la historia de los años 40 en Bogotá

    eltiempo.com

    Es la aparición impresa más antigua que se ha podido localizar del personaje, y por eso importa aunque sea tardía: del 6 de agosto de 2007. Reúne a los cuatro personajes de calle con los que el ciclo bogotano lo agrupa —la Loca Margarita, Pomponio, el Negro Chivas y el bobo del tranvía—, y es aquí donde el nombre «Antonín» empieza a circular con su mínima ficha biográfica. Sirve para lo contrario de lo que suele usarse: no para probar nada, sino para fechar el origen de lo que hoy se repite, y para mostrar que la única fuente que la nota invoca son «relatos de la época», sin citar ninguno. Registra además la vacilación sobre el apellido del Negro Chivas, que muestra el estado real del expediente de estos cuatro.

  2. Locotá, años 40

    bogota.gov.co

    Muestra cómo se consolidó el conjunto y con qué clave se lee. Publicada el 24 de noviembre de 2012, agrupa a los mismos cuatro —Loca Margarita, Negro Chivas, Pomponio y el bobo del tranvía— bajo una fórmula que la ficha tiene que discutir y no repetir: todos «enloquecidos por amor». Los presenta como personalidades respetadas por todos los estratos y verdaderas estrellas de la calle, y los enlaza con otras figuras urbanas como el conde de Cuchicute y la aguatera Petrolina. Es el eslabón que convierte cuatro biografías sueltas en un repertorio cerrado de la ciudad, y el que explica por qué la explicación sentimental —la hermana que huye— ocupa en el relato el lugar que en otras versiones tendría la enfermedad o la pobreza.

  3. The Unselfish Ruler: Norton I, Emperor of the United States

    historians.org

    Sostiene el paralelo del cargo que no existe y lo hace con expediente. Documenta que el 17 de septiembre de 1859 Joshua Norton envió una carta al San Francisco Daily Evening Bulletin declarándose emperador, que emitió más de quinientos decretos publicados sobre todo en el Pacific Appeal —un periódico de propiedad afroamericana—, y que la ciudad lo trató con familiaridad: uniforme, inspecciones a las obras públicas y moneda propia aceptada en los comercios del barrio. Registra el episodio que más se parece al caso bogotano: cuando lo detuvieron por demencia, la reacción pública obligó a soltarlo. Y da el final: murió el 8 de enero de 1880 y a su entierro fueron más de diez mil personas. La mecánica es idéntica —una ciudad reconoce un cargo inexistente, lo respeta mientras dura y lo incorpora al paisaje—, con la diferencia de que allá los decretos quedaron impresos y aquí no quedó nada.

  4. «Con notable daño del buen servicio»: sobre la locura femenina en la primera mitad del siglo XX en Bogotá

    scielo.org.co

    Documenta el destino institucional con que el relato termina y que suele leerse como un detalle de color. Reconstruye, sobre documentos institucionales e informes médicos, el sistema asilar del centro del país administrado por la Junta General de la Beneficencia de Cundinamarca desde 1870, y muestra que el internamiento por decisión administrativa —no judicial ni médica— era el procedimiento ordinario para las personas que estorbaban en la vía pública. Eso convierte el final del relato, el traslado a un hospital de Sibaté y la espera de una visita que no llega, en algo verificable como práctica aunque el caso concreto no lo sea: los establecimientos de la Beneficencia se construyeron fuera de la ciudad, y salir de ellos dependía de que alguien viniera a reclamarte.

  5. Calles de Santafé de Bogotá: homenaje en su IV centenario, 1938

    babel.banrepcultural.org

    Da los cruces. Recorre el casco donde el relato transcurre —Catedral p. 33, Palacio 137, Las Nieves oriental 163 y occidental 211, San Victorino 245— con los nombres viejos de las calles por las que corrían los rieles, y permite ver la dimensión real del centro que un solo hombre podía cubrir a pie en una jornada. Publicado en el mismo decenio en que la versión distrital sitúa al personaje, es el documento contemporáneo que describe ese espacio sin mitificarlo: esquinas estrechas, tráfico mezclado de peatones, coches y tranvías, y una cuadrícula lo bastante pequeña para que la misma gente pasara todos los días por el mismo cruce.

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«El Bobo del Tranvía» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El Bobo del Tranvía» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El Bobo del Tranvía» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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