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El bobo del tranvía

Antonín, conocido como "El Bobo del Tranvía", era un personaje querido en Bogotá, famoso por su vestimenta y su papel como agente vial.

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Ilustración de El bobo del tranvía

En el final del siglo XIX, Bogotá vibraba al ritmo de sus tranvías. Eran criaturas de madera y metal, un compendio de rectángulos techados que serpenteaban por la urbe con cadencia de tren lento. Tirados por mulas en un principio, estos carricoches tenían cochero, un auriga que los guiaba por los senderos de acero. Eran tiempos en los que el devenir eléctrico aún aguardaba en las entrañas de una moderna fábrica extranjera.

Conforme el siglo XX deslizaba sus primeros años sobre la ciudad, los tranvías eléctricos se adueñaron de la capital. Cada uno tenía su chofer, su revisor manteniendo el orden y su cobrador que, con semblante inescrutable, recaudaba los preciados cinco centavos. Y en medio de este bullicio, una figura despuntaba entre la bruma de los amaneceres bogotanos: Antonín, conocido por todos como "El Bobo del Tranvía".

Antonín era un gigante entre los hombres, no tanto por su estatura como por su presencia multicolor. Se ataviaba con gorra roja, camisa verde, correa negra, pantalón amarillo y botas azules, su indumentaria una paradoja viviente en los tonos apagados de la ciudad. En una mano llevaba una señal de "Pare", en la otra una de "Siga", y de su cuello pendía un pito que, como las campanas de algún templo indeterminado, resonaba en eco por las calles.

Aunque el apodo de "Bobo" le había sido conferido, no era este un término que reflejara falta de juicio, pues los universitarios de entonces le habían honrado como "Comandante en Jefe de Circulación". Rutinariamente, Antonín adoptaba el papel de un agente de tránsito, amonestando, corregía o aconsejaba a peatones, pasajeros y conductores con igual derecho. Para él, la urbe era su hogar, su dominio.

El vínculo con su hermana era un capítulo aparte en el libro de su vida. Hermosa de una manera casi sobrenatural, ella era una musa a la que los cachacos alababan con exagerado fervor. Pero para Antonín, ella era simplemente su hermanita. A menudo la acompañaba a escuela, un cerrojo de amor sellando su labor diaria. Compréndase que ella, quizás en un deseo de independencia, persuadía a su hermano para que gastara su dinero en bizcochos, asegurándose de que no subiera al tranvía con ella. Así, Antonín corría siempre detrás, sus pasos acompasados al ritmo del vagón, como un guardián que nunca dejaba su puesto.

El destino, sin embargo, es un narrador caprichoso. Un día, la hermana se dejó llevar por el canto de amor de un galante pretendiente y, como un pájaro que concede el cielo a sus alas, escapó con él. La pérdida destrozó el corazón de Antonín, imprimiendo en su espíritu una tristeza que emulsionó su mundo. Desde entonces, vagaba por las calles de la ciudad, su mente perdida entre nubes que él, único mortal, alcanzaba.

Dedicado a su autoimpuesta jornada de agente vial, Antonín actuaba con diligencia, y la gente le observaba con el respeto que se tributa a los héroes invisibles. Unos decían que era un visionario envuelto en la irracionalidad de sus misiones, que veía en los tranvías un desfile de caballos metálicos, en las calles un río de historias que debía ordenar. Otros, más prácticos, simplemente le admiraban por lo que representaba: un ícono de bondad convertida en acto diario.

Trágicamente, fue uno de aquellos prodigios de hierro y electricidad lo que selló su destino. Mientras vagaba, sumido en sus sueños, un tranvía lo atropelló. La acción llenó de lamentos a la comunidad que tanto lo apreciaba. Lo trasladaron al hospital psiquiátrico de Sibaté, un lugar donde las esperanzas se vuelven murmullos y las esperas saben a eternidad.

Allí, en los pliegues de la enfermedad y el delirio, Antonín aguardó la visita de su hermana. Su mente, quizás aún librando batallas de amor en torbellinos de recuerdos, no encontró reposo. Mientras el hilo de su vida se deslizaba hacia la eternidad, sus últimas palabras fueron una plegaria silenciosa, una llamada a aquel día que no llegó. Antonín, "El Bobo del Tranvía", finalmente partió, quizás alcanzar el tranvía celestial que lo llevaría a dirigir el tráfico de los dioses.

Así es como aquel hombre sencillo, cuyo apodo escondía una profundidad incomprendida, dejó un surco en el tejido de la memoria urbana. Los estudiantes, las gentes de alma pura, lloraron su partida, y en la resonancia de sus lágrimas, se oyó el eco de una Bogotá que nunca olvidará a su peculiar héroe.

Historia

El mito de Antonín "El Bobo del Tranvía" se origina en Bogotá a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, durante la época en que la ciudad contaba con tranvías primero tirados por mulas y después eléctricos. Antonín era un personaje conocido por su vistosa vestimenta y su comportamiento peculiar, desempeñándose ad honorem como agente de tránsito. Era un hombre de gran estatura y vestía de manera distintiva, siendo querido por la comunidad y respetado por los estudiantes universitarios. Su historia está marcada por el amor hacia su hermana, cuya fuga con un pretendiente lo sumió en la tristeza, llevando a Antonín a deambular y distraerse, lo que eventualmente provocó que fuera atropellado por un tranvía. Falleció en el hospital de Sibaté, esperando ser visitado por su hermana.

Versiones

Las tres versiones del mito de Antonin "El Bobo del Tranvía" presentan variaciones significativas en el desarrollo de la narrativa y detalles específicos acerca del personaje y su entorno. En la primera versión, se describe a Antonin con un lenguaje rico en detalles y énfasis poético, proporcionando un retrato más idealizado y dramático de su persona y de su papel en la comunidad. Se destaca su interacción con los demás pasajeros del tranvía, así como su terreno emocional, especialmente en relación a su hermana y su trágico final. Esta versión se enfoca en el rol de Antonin como un agente vial ad honorem y explora en profundidad su carácter a través de sus diálogos y pensamientos, mostrando su aceptación filosófica del apodo de "bobo".

La segunda versión simplifica la narrativa al centrarse más en los eventos clave, tales como la transición de los tranvías de mulas a eléctricos y la eventual desaparición de su hermana. Detalla menos acerca de la personalidad y las interacciones de Antonin, enfocándose principalmente en su tristeza y la forma en que fue atropellado. En cambio, la tercera versión proporciona una explicación más estructurada sobre el apego afectivo a su hermana y los trucos que esta empleaba para que él no la acompañase en el tranvía. Aquí, los componentes emocionales se mantienen, pero con más claridad en la secuencia de eventos y una menor carga poética comparada con la primera versión. Las historias convergen en el impacto emocional de su accidente y muerte, aunque cada una aporta un tono y enfoque diferente al carácter de Antonin y su contexto social dentro de Bogotá.

Lección

La bondad y dedicación pueden convertir a una persona en un héroe comunitario.

Similitudes

Se asemeja a mitos nórdicos de personajes como Balder, que son amados por su comunidad y enfrentan un destino trágico.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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