De cuando fue regalado El Castillo de San Felipe y La Popa

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De cuando fue regalado El Castillo de San Felipe y La Popa

En el corazón de Cartagena, la historia del Castillo de San Felipe revela secretos de títulos y propiedad en tiempos de agitación política.

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El relato

En el corazón de Cartagena, donde el aire lleva el peso salobre de historias contadas y no contadas, reposa el inexpugnable Castillo de San Felipe de Barajas, unido a las leyendas de la tierra como un crepúsculo al horizonte. Sus piedras, de un gris gastado, se alzan con una majestad que habla de los días en que España, con el trono ocupado por el severo Felipe II, ordenó su construcción para proteger la joya colonial de los embates piráticos que como sombras acechaban desde el mar.

Era un tiempo de movimientos inquietos, de pulsos guerrilleros que descomponían las certezas como la arena a los castillos en la orilla. En esos días de sangre y pólvora, surgió un gobernante de mirada turbia y manos inquietas, que, por un acto tan caprichoso como impensado, cedió la custodia de esta fortaleza y el cerro que la alienta a un acaudalado simpatizante, a cambio de los recursos necesarios para sus batallas secretas. Nadie sabía a ciencia cierta cómo un título de propiedad se había pergeñado desde el desvarío de viejos documentos, pero así había ocurrido.

Las murmuraciones viajaban ágilmente entre las calles húmedas y sinuosas de la ciudad. Y en una mañana cualquiera del año 1895, un transeúnte, en busca de unas cabras errantes, tropieza con unos hombres que, sudorosos, revuelven la tierra dorada. Pregunta, su voz cargada de incredulidad, quién les ha mandado a tan desmedido emprendimiento, y busca en sus rostros alguna señal de broma cuando le responden que es don Antonio B. Gulfo, el legítimo propietario de aquel cerro y, por su fortuna, del mismo castillo.

"El castillo también", repitió como un eco el hombre, tratando de imponer lógica donde solo existía maravilla y desatino. No obstante, así fue, y en su mente dejó grabado lo que sería una denuncia ante la Gobernación de Cartagena.

La noticia causó revuelo en la Prefectura General, inflamó las páginas del diario "El Porvenir", quiénes apuntaron que, si el castillo podía ser obsequiado a un particular como un capricho discrecional, tal vez la bahía, el mar, e incluso las murallas, que son arterias de la ciudad, también podían venderse como perlas sueltas de un collar ancestral.

Los debates, tensos y acalorados, llegaron hasta los estamentos más altos de la administración nacional, y en un gesto que desbordaba de patriotismo inoculado de altivez, don Antonio B. Gulfo acompañó sus argumentos y registros, devolviendo al gobierno lo que había sido suyo por destino y esencia. Sin embargo, su oferta era tan incompleta como representa aquel que devuelve una joya, pero no su estuche, omitiendo los terrenos circundantes al donativo.

El gobierno, enfrentado al caos de resurgentes revoluciones y el deseo de evitar el tedioso enredo de una disputa prolongada, aceptó el obsequio con un desdén que frustró a los estudiosos leyes de la época, quienes clamaron por la nulidad de aquel título impropio y por la restitución lícita de aquello que ya pertenecía al alma nacional desde épocas olvidadas.

Así, los fragmentos del mito de los dominios de Cartagena se dispersaron como las hojas en el viento, almacenados quién sabe en qué húmedo archivo escondido, esperando tal vez que una mirada curiosa los devuelva a la vida. Y así, entre las líneas amarillentas y las palabras semi-borradas, duermen más historias de títulos vanos y reclamaciones absurdas, secretos tan reales como imposibles en esta ciudad de siglos anclada en la frontera indeleble entre la historia y el sueño.

En un mundo donde las paredes respiran los anhelos de sus constructores, y el mar al entonar sus eternas canciones parece contar cuentos que diluyen los límites de lo factible, Cartagena permanece, como siempre ha estado, enredada en un entramado de mitos que la tornan más tangible y mágica cada día que el sol se posa sobre sus almenas. Así la realidad se entreteje con la ficción, en una danza infinita que solo la tierra de realismo mágico puede concebir.

La enseñanza

Las decisiones caprichosas pueden tener consecuencias duraderas.

Territorio

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.422778° · -75.538889°

Contexto histórico

El mito del Castillo de San Felipe de Barajas en Cartagena se origina de un evento histórico inusual y polémico en el cual esta fortaleza colonial, construida en tiempos de Felipe II de España para proteger la plaza de invasiones piráticas, fue aparentemente otorgada como propiedad privada a un ciudadano llamado Antonio B. Gulfo. Durante una época de inestabilidad política, un gobernante intercambió el terreno del cerro, donde se sitúa el castillo, por fondos para la guerra, entregándolo a un copartidario rico. El hecho se convirtió en un escándalo público cuando en 1895, trabajadores que cavaban en el cerro afirmaron trabajar en propiedad de Gulfo, llevando a un debate sobre la legalidad de los títulos de propiedad.

A pesar de la controversia, Gulfo devolvió el castillo al gobierno nacional en un gesto considerado patriótico, aunque aún persisten dudas sobre la validez de tales títulos y la posibilidad de otros casos similares en la región. Este relato inusual parece haberse integrado a la memoria popular como un mito.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales para quien quiera profundizar.

Procedencia

Recopilado de la tradición oral de Mestizo, Caribe · Caribe > Bolívar > Mestizo.

Cómo documentamos cada relato

Fuentes y revisión editorial

La procedencia cultural está clasificada, pero la referencia bibliográfica primaria aún está pendiente de publicación en esta ficha. No presentamos esa clasificación como si fuera una cita documental.

Última revisión: 22 de julio de 2026Aportar o corregir una fuente

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