Cuando regalaron San Felipe y La Popa

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Cuando regalaron San Felipe y La Popa

Un título de propiedad supuestamente entrega el Castillo de San Felipe y La Popa a un particular durante una coyuntura política, y el absurdo alimenta la leyenda.

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El relato

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Buscaba unas cabras que se le habían perdido, aquella mañana de 1895, y por eso subió por el costado oriental del cerro. Allí encontró a unos hombres cavando el barro amarillo al pie de la muralla, con el muro del Castillo de San Felipe ya al descubierto sobre sus cabezas.

—¿Y quién los mandó a hacer eso?

—El dueño de este cerro, don Antonio B. Gulfo.

El hombre se quedó mirándolos.

—¿El dueño de este cerro?

—El dueño de este cerro, ya se lo dijimos.

—Entonces también será dueño del Castillo.

—Pues claro. Perteneciéndole el cerro, tiene que pertenecerle el Castillo.

Se fue convencido de que aquellos peones se estaban burlando de él, pero la burla le pareció grave y puso la denuncia en la gobernación. Escribió que unos hombres le habían querido tomar el pelo diciéndole que la fortaleza era de un particular, y que mientras tanto estaban sacando barro del pie mismo del Castillo.

El gobernador leyó el papel y le contestó que no le habían tomado el pelo a nadie. El Castillo de San Felipe y todo lo que lo rodea, incluida La Popa, se le había obsequiado a un antepasado del señor Gulfo. Lo hizo, dijo, un mandatario loco que no supo lo que hacía.

Había ocurrido en las guerras civiles, cuando los títulos de propiedad bailaban al ritmo de los derrumbes. Un gobernante necesitaba fondos para la guerra y se los pidió a un copartidario rico. A cambio le entregó, por arte de birlibirloque, todo el cerro donde lleva tres siglos plantada la fortaleza. Y con el cerro, sus alrededores, buena parte de los barrios vecinos y el terreno que sigue hasta La Popa. El título se fabricó calcando otros títulos viejos, que a su vez alguien se había hecho extender antes sin que nadie inventariara nada.

La Prefectura General tomó el asunto y «El Porvenir», diario de la ciudad, armó el escándalo. Si el Castillo y los terrenos de La Popa se habían regalado, decía la gente, que regalen también las murallas, la bahía y el mar.

El caso subió hasta el gobierno nacional. Don Antonio B. Gulfo presentó su defensa y, con ella, todos los títulos que probaban que la fortaleza era suya; y en el mismo alegato, con gesto de patriota, escribió que cedía al gobierno nacional ese Castillo que le pertenecía. De los terrenos de alrededor no dijo una palabra.

El gobierno nacional aceptó el obsequio y lo calificó de patriótico.

Los abogados pusieron el grito en el cielo. No podía ser que la Nación recibiera de regalo unas reliquias que eran suyas desde hacía siglos; había que declarar nulos esos títulos y recuperar la propiedad por derecho. Pero un pleito largo, en años de revoluciones, era mucho papeleo. El gobierno dejó el obsequio como simple obsequio y se desentendió del resto.

Los títulos deben de seguir guardados en algún archivo. Y quién sabe cuántos más habrá por ahí, de la misma época y la misma mano. Acreditando que otros ciudadanos son dueños de las murallas, o de alguno de los fuertes de la bahía, o de la bahía entera, o de un pedazo del mar que rompe contra la ciudad.

Cuando regalaron San Felipe y La Popa: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Un papel mal firmado puede más que tres siglos de piedra si nadie quiere ir a juicio.”

Territorio

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.422778° · -75.538889°

Ficha del relato

Contexto histórico

La pieza está en las páginas 98 a 100 del tomo segundo de «Mitos y leyendas de Colombia», antología investigada y compilada por Eugenia Villa Posse para el IADAP, impresa en Quito en 1993. Forma parte de la sección decimoctava, que reproduce diecisiete relatos de «Cuentos y leyendas de Cartagena», libro de Eustorgio Martínez Fajardo aparecido en 1948 con el sello de Editorial Nuevo Mundo. La página 65 de la antología es la que da esos datos y la que aclara el procedimiento del autor: recogió narraciones de la tradición popular de su ciudad y las escribió con oficio de escritor, «para una mejor comprensión de la narración».

De los diecisiete textos de la sección, este es el que más se parece a una nota de prensa. No tiene aparecidos, ni santos, ni mar embravecido: tiene un expediente. Y ofrece tres asideros que ninguna otra pieza del conjunto ofrece juntos: un año, 1895; un nombre con inicial de segundo nombre, don Antonio B. Gulfo; y un periódico, «El Porvenir», que según el texto armó el escándalo. Con eso, quien quiera comprobarlo sabe por dónde empezar.

El autor, además, se adelanta a la incredulidad del lector desde la primera página. Escribe que la historia parecería la cabeza de un cuento humorístico y que sin embargo es la realidad, y remata al final con la frase de que la historia es la historia, aunque a veces parezca un cuento. Toda la pieza está construida sobre esa insistencia.

Lo que no ofrece es lo que haría falta para cerrar el caso. No hay nombre ni fecha del gobernante que firmó la cesión, no hay número de escritura ni de decreto, y el propio narrador reconoce al terminar que ignora en qué archivo estarían los papeles. El episodio se cuenta como sucedido y se apoya, sin embargo, en la sola palabra del autor.

Resonancias con otros mitos

El parentesco más claro está quince páginas más adelante, en «Templo de Santo Domingo y el Cristo de la Expiración», páginas 115 a 119. Las dos piezas son, en el fondo, alegatos sobre el patrimonio colonial de la ciudad escritos con forma de relato: aquella defiende los templos de la piqueta, esta denuncia que las fortalezas puedan acabar en manos privadas por un papel mal extendido. El mismo autor, el mismo año y la misma preocupación, resueltos con recursos narrativos opuestos.

El segundo paralelo es de procedimiento y lo comparte con «La abadesa arrodillada», páginas 95 a 97. Las dos empiezan afirmando que lo que viene no es cuento: allí se invoca un debate en academias de historia, aquí se advierte que la anécdota parecería humorística pero es cierta. Tres páginas después, ninguna de las dos ha citado un documento. La declaración de veracidad, puesta antes del relato, funciona en este libro como una fórmula de apertura.

Hay, por último, un tipo de relato al que esta pieza pertenece con toda claridad: la anécdota administrativa urbana, la que se cuenta en las ciudades sobre un papel absurdo que alguien firmó y que nadie se atrevió a anular. Su gracia no está en el prodigio sino en el contraste de escalas, entre la grandeza del objeto —una fortaleza de tres siglos, un cerro entero, una bahía— y la pequeñez del trámite que lo pone en juego. El remate lo confirma: lo memorable no es que regalaran el castillo, sino que el Estado prefiriera recibirlo de vuelta como obsequio antes que reclamarlo como suyo.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Dentro de la pieza discuten dos criterios y ninguno gana del todo. Los abogados sostienen que unos títulos así son nulos y que la Nación debe recuperar por derecho lo que le pertenece desde la Colonia. El gobierno nacional prefiere aceptar el castillo como donación y no abrir pleito. La historia termina en el segundo criterio, no porque se le dé la razón, sino porque un litigio largo resultaba caro en años de revueltas. El relato registra el desacuerdo sin arbitrarlo.

  2. La pieza también reparte de manera desigual sus datos. Fecha con precisión la escena del transeúnte y las cabras, nombra al propietario con su inicial, nombra el diario y nombra la Prefectura General; en cambio deja en el anonimato al gobernante que entregó el cerro, al émulo anterior que se había hecho extender títulos parecidos y a los abogados que protestaron. Los nombres aparecen donde el episodio es anecdótico y desaparecen donde sería comprometido.

  3. Sobre la obra reproducida hay además una diferencia de catálogo que conviene dejar dicha. La Biblioteca Nacional de Colombia registra dos impresiones de «Cuentos y leyendas de Cartagena»: una de 1946, salida de la Tipografía Esfuerzo, con doscientas treinta páginas y fotografías, y otra de 1948, de doscientas veintidós páginas. Las dos se declaran segunda edición y de ninguna se conoce una primera. Villa Posse cita la de 1948, que es la que fija la paginación original de 25 a 177.

  4. Queda una última advertencia de lectura. Un particular identificable aparece aquí como beneficiario de un traspaso de patrimonio público. El relato lo cuenta con simpatía y hasta con gratitud por la devolución, pero la imputación no está probada en ninguna parte fuera de estas tres páginas.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
10
Última revisión
21 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, vol. II · sección 18, «Cuentos y leyendas · Cartagena, Departamento de Bolívar», pp. 65-123

    flacso.edu.ec

    Ocupa las páginas 98 a 100 y es el único ejemplar accesible de la única pieza del conjunto que se presenta como expediente y no como leyenda. Sólo aquí constan los tres asideros que la ficha usa —el año 1895, el nombre de don Antonio B. Gulfo con su inicial de segundo nombre, y el periódico «El Porvenir» que según el texto armó el escándalo— y sólo aquí está el remate que le da sentido: el propietario devuelve el castillo por su voluntad y el Estado prefiere recibirlo como obsequio antes que anular los títulos. La nota de la página 65, que declara el material elaborado literariamente, es lo que impide tomar por documento un relato que insiste dos veces en que no es cuento.

  2. Las fortalezas de San Lázaro (Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 4, n.º 11, pp. 1100-1104)

    publicaciones.banrepcultural.org

    Dice exactamente qué es lo que, según el relato, cabía en una escritura. Aclara que el nombre «Castillo de San Felipe de Barajas» se aplica con holgura a todo el cerro de San Lázaro, y no a un edificio suelto: obras iniciadas en 1630 y rematadas en 1657, con la lápida de mármol que lo data en tiempos de Felipe IV y del gobernador Pedro Zapata, más las obras complementarias de 1762-1769 y el conjunto de baterías —San Lázaro, la Redención, Santa Bárbara, la Cruz, San Carlos y los Apóstoles—. Ese inventario es lo que vuelve enorme el contraste que sostiene la pieza: un trámite de una tarde poniendo en manos privadas un sistema militar de siglo y medio y un cerro entero.

  3. Castillo de San Felipe de Barajas (Ciudades Patrimonio · Cartagena de Indias, «De paseo», n.º 34)

    cvc.cervantes.es

    Da la reputación del objeto regalado, que es la mitad del chiste. Lo presenta como la obra más destacada de la ingeniería militar española en América, promovida por el gobernador Melchor de Aguilera en 1639, bautizada por Pedro Zapata de Mendoza en honor de Felipe IV, terminada en 1657 y probada en 1741 contra Vernon, que llegó con veintiséis mil hombres y más de ciento setenta velas y había acuñado por anticipado medallas que decían «I took Cartagena». Añade que sus bloques se sacaron de los arrecifes y los subieron al cerro personas esclavizadas. Una fortaleza con ese expediente es lo que el relato hace caber en un papel mal extendido.

Contraste y contexto · 7 referencias
  1. Convento de la Popa (Ciudades Patrimonio · Cartagena de Indias, «De paseo», n.º 35)

    cvc.cervantes.es

    Documenta la segunda pieza del lote, que el título anuncia y que suele quedar en la sombra. Describe el convento, el claustro y la capilla de la Candelaria de 1607 en la cima, y —esto es lo que sirve aquí— deja constancia de que el conjunto ya había cambiado de manos y de uso: en la República los agustinos fueron obligados a abandonarlo, quedó abandonado y terminó empleado como cuartel, con Bolívar instalándose allí con su regimiento. Un bien que el Estado había desamortizado y militarizado en el XIX es un bien cuya titularidad podía estar confusa en 1895, que es la premisa del relato.

  2. Historia del Cerro de la Popa (Macroproyecto de Recuperación Integral del Cerro de la Popa, Producto 3)

    observatorio.epacartagena.gov.co

    Es lo más parecido a un expediente de propiedad que existe en abierto sobre el cerro. Recorre su ocupación desde el nombre de 1510 y, con cita del Archivo General de Indias, documenta que ya hacia 1611 estaba «poblado de algunas estancias, texares y pesquerías y otras haciendas de vecinos»: el cerro no era un baldío, era suelo trabajado y repartido mucho antes de que a nadie se le ocurriera regalarlo. Sigue la fundación del convento paso a paso —licencias de diciembre de 1606, formalización en Bogotá en julio de 1607, el napolitano Fabricio Sánchez pagando la obra— y llega a la etapa en que el santuario es sobre todo un lugar de romería. Esa capa documental es la que permite decir que aquí había titularidades cruzadas y no un objeto sin dueño.

  3. «Fortificaciones / Derribo de las murallas» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Prueba que lo que el relato cuenta como absurdo tenía precedentes reales y peores. Documenta que las murallas, terminadas en 1796, fueron efectivamente demolidas en parte por decisión de la propia alcaldía —el tramo entre la Boca del Puente y la India Catalina— y que en 1915 una firma inglesa contratada por la ciudad recomendó seguir derribándolas. Es decir: en la Cartagena de entre siglos el patrimonio militar sí se entregaba y se deshacía por acuerdo administrativo. Con este antecedente, la cesión de un castillo por escritura deja de sonar inverosímil aunque siga sin documento.

  4. Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias

    banrep.gov.co

    Da la razón económica por la que una fortaleza podía valer menos que el suelo que tenía al lado. Reconstruye la decadencia de Cartagena en el siglo XIX —pérdida de población, pérdida de papel portuario, una ciudad muy por debajo de lo que había sido— y esa es la ciudad de 1895 en la que el relato sitúa el trámite: una plaza fuerte sin función militar, cara de mantener y sin nadie interesado en defender su titularidad. También es el trabajo que permite ver, unas décadas más tarde, qué pasó con los terrenos de los alrededores del cerro cuando la ciudad volvió a crecer.

  5. «Títulos de Cartagena» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Vale por el contraste de registros. Recoge cómo la ciudad se nombra a sí misma en clave heroica, empezando por el título ganado en el sitio de 1815, y esa retórica es justo la que el relato pincha: entre los emblemas oficiales y un cerro cedido por un papel mal extendido hay la misma distancia que entre el monumento y el archivo. Ayuda a entender por qué una anécdota administrativa como esta podía contarse en la ciudad con gusto y repetirse sin que nadie fuera a buscar la escritura.

  6. Archivo Histórico de Cartagena de Indias (página institucional)

    muhca.gov.co

    Señala el único sitio donde el caso podría resolverse y explica por qué sigue abierto. El archivo conserva el siglo XIX y la primera mitad del XX, que es exactamente el periodo del supuesto expediente de 1895, y guarda los «Anales del Municipio» con que trabajan los historiadores locales; pero no publica inventario ni instrumento de descripción, y la consulta sólo se hace por correo. El relato admite ignorar en qué archivo estarían los papeles: esta página dice cuál es ese archivo y por qué no se puede mirar desde fuera.

  7. «Fiestas de la Candelaria» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Aporta el oficio del testigo, que en esta pieza es la única garantía que hay. Establece que quien firma era periodista y usaba el seudónimo «Eumarfa», y describe su obra como recreación fantástica de la imaginación popular cartagenera. Un columnista de prensa es alguien que podía haber leído «El Porvenir» y recordar el escándalo de primera mano; y es también alguien acostumbrado a escribir con nombre, año y periódico aunque no aporte el papel. Las dos cosas caben en esta ficha y las dos hay que declararlas.

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«Cuando regalaron San Felipe y La Popa» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Cuando regalaron San Felipe y La Popa» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Cuando regalaron San Felipe y La Popa» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

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