El Hombre del Farol

Andina · Mestizo

El Hombre del Farol

Un farol visto durante la Conspiración Septembrina hace caer una acusación sobre Manuelito, hasta que otro hombre declara haberlo llevado.

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El relato

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Manué Llanos tuvo la desgracia de ser el único hombre vestido de blanco en una ciudad gris. Había subido de San Juan de la Ciénaga como paje de don José Agapito de Labarcés, un joven samario que llegó a Santa Fe en 1828 por el Magdalena y por Honda, y traía puesto su país entero: pantalón planchado, camisa blanca, ruana listada, sombrero alón de caña, alpargatas de fique y un pañuelo de seda rojo al cuello. Los santafereños se volteaban a mirarlo por la calle. Él se dejaba mirar.

La noche del 25 de septiembre un grupo de conjurados entró al palacio de gobierno. Al frente marchaba alguien de blanco con un farol descolgado del cuerpo de guardia, y esa luz corta les sirvió de guía a los asaltantes. Nadie supo decir quién era. Durante días el asunto se volvió cosa de espantos, y hubo quien jurara que se trataba de un aparecido de ultratumba.

El razonamiento que lo hundió cabe en una línea: si en toda la altiplanicie no andaba nadie más de blanco, el del farol tenía que ser él. Fueron a buscarlo.

En el interrogatorio dio tres respuestas y ninguna coincidía con las otras. A su patrón le contó que lo habían detenido en el cuartel de Granaderos. Al Libertador le dijo que se quedó en la casa del señor Castillo. En su declaración sostuvo que anduvo la noche entera por la calle del Árbol. Cuando le pusieron las tres delante, respondió que con el susto no sabía lo que le había contestado a su Excelencia. Firmó con una cruz, porque no sabía escribir.

Trajeron entonces a dos testigos que habían visto de cerca al del farol. Ramón Martínez miró al muchacho y dijo que no era. Trinidad Duarte lo miró y dijo que le parecía que sí. Ese empate fue toda la identificación que hubo.

El 31 de octubre, el auditor de guerra Tomás Barriga y Brito escribió que contra Llanos no aparecía una prueba convincente de haber estado esa noche en la casa de Gobierno, y pidió de todos modos ocho años de servicio en un cuerpo de la Costa. Por sospechas. La pieza iba fechada y firmada.

Lo salvó una boca ajena. El 3 de noviembre, con el proceso en ese punto, el paisano Juan Miguel Acevedo declaró que el hombre del farol había sido él: él lo descolgó y él alumbró la escalera. Tenía veinte años y era el más joven de cuantos se reunieron esa noche. El auto que siguió no se conformó con abrir la puerta de la cárcel: mandó soltar a Llanos de inmediato y publicar su inocencia.

El muchacho salió a la calle con la misma ropa con que lo habían señalado.

El Hombre del Farol: lo que quedó del relato

La enseñanza

“A un hombre lo condenó su ropa forastera y lo salvó la confesión de otro.”

Territorio

Andina · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
4.570868° · -74.297333°

Ficha del relato

Contexto histórico

El texto que sostiene este relato se titula «El hombre del farol» y lo firmó Enrique Otero D'Costa en «Leyendas», volumen publicado en 1936 dentro de la Biblioteca Aldeana de Colombia, la colección escolar que dirigió Daniel Samper Ortega para el Ministerio de Educación. Ocupa allí las páginas 15 a 46. Se lee hoy reproducido íntegro en el tomo II de «Mitos y leyendas de Colombia», investigado y compilado por Eugenia Villa Posse y editado por el IADAP en Quito en 1993: está en la sección 17, «Varias regiones – Leyendas», entre «Las clavelinas» y «Genus irritabili vatum», de la página 44 a la 49.

Otero D'Costa no recogió nada de boca de nadie. Lo que hizo fue reelaborar literariamente un expediente judicial abierto en Santa Fe después del asalto del 25 de septiembre de 1828, y de él transcribe piezas con fecha y firma: la declaración de Manuel Llanos del 30 de septiembre, el concepto del auditor de guerra Tomás Barriga y Brito del 31 de octubre y el auto de libertad del 3 de noviembre. Ese esqueleto documental es lo que separa esta pieza de un espanto: hay diligencias, hay careo y hay una orden de publicar la inocencia de un acusado. El autor, en cambio, no da la signatura del archivo donde consultó esos papeles.

La colección de 1936 advierte, en la nota que encabeza la sección, que muchas de las leyendas reunidas fueron oídas por el autor directamente de narraciones campesinas. Es una declaración cómoda: no distingue cuáles, y convive con piezas como ésta, que claramente salen de papel y no de conversación.

Queda un límite que pesa sobre cada página. El texto de 1936 trata al protagonista con el paternalismo racista de su época, se burla de su habla costeña y lo exhibe como curiosidad exótica para diversión de los santafereños. Ese prejuicio no es decorado: es el mecanismo del error judicial. A un muchacho negro y costeño lo acusaron por llevar la ropa de su tierra en una ciudad que vestía de oscuro, y la acusación se armó por descarte de vestuario, sin un solo testigo firme.

Resonancias con otros mitos

El movimiento que organiza esta historia —un ruido o una luz sin dueño, una explicación sobrenatural que llega antes que la investigación, y al final un cuerpo concreto al que amarrar el asunto— se repite en la Mula Herrada. Cordovez Moure la registra en la serie tercera de sus «Reminiscencias», página 313, como el espanto de la mula que recorría las calles en altas horas de la noche y que nadie veía; ochenta años después, la versión que Stella Monsalve Gaitán transcribe en «Fantasmas en La Candelaria» (2008, página 18) cierra el hueco con el cadáver de una mujer que aparece con herraduras clavadas. Primero falta el autor del ruido, después sobra un culpable.

El segundo parentesco es de tribunal y no de espanto. La causa contra José Raimundo Russi y sus compañeros, que Pedro María Ibáñez estudió sobre los originales del proceso en 1894 y que Cordovez Moure narra en la serie primera de las «Reminiscencias», es el otro gran caso bogotano donde la condena se apoyó en la reputación del acusado antes que en la prueba, y donde el proceso judicial acabó generando su propio aparecido. Los dos expedientes comparten el procedimiento: la ciudad decide primero quién encaja en el papel y después busca cómo sostenerlo.

La diferencia entre ambos es el desenlace, y es toda la diferencia. A Russi lo fusilaron. A Llanos lo soltaron, y el auto que ordenó soltarlo añadió algo que casi ningún expediente concede: que su inocencia se publicara.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El mismo episodio tiene un segundo registro impreso, ajeno a la leyenda y anterior en propósito: las «Reminiscencias de Santafé y Bogotá» de José María Cordovez Moure, en la serie cuarta dedicada a la conspiración del 25 de septiembre de 1828. Allí el farol aparece como dato de la noche y no como enigma. En la página 56 dice que, salvo la escalera alumbrada con una vela en un farol que descolgó Juan Miguel Acebedo para guiar a sus compañeros, no había en los patios y corredores de palacio más luz que la de la luna.

  2. La diferencia entre los dos textos no está en los hechos sino en el orden en que los sirven. Cordovez Moure nombra al portador desde el principio, porque escribe sobre los conjurados y los tiene contados: en la página 50 lista a los que se reunieron esa noche en casa de Luis Vargas Tejada, y entre ellos anota «Juan Miguel Acebedo, 20 años, de Bogotá», el más joven del grupo. Otero D'Costa, en cambio, retiene el nombre hasta la última página, porque lo que está contando es cómo se fabrica un culpable mientras el culpable verdadero no aparece.

  3. Hay además una discrepancia menor de grafía que conviene no corregir en silencio: el auto de libertad, tal como lo transcribe Otero D'Costa, escribe «Acevedo» con uve; Cordovez Moure escribe «Acebedo» con be, en las dos páginas. No hay modo de saber cuál reproduce el papel original mientras el expediente no se localice.

  4. Del portador del farol circulan, por tanto, dos figuras distintas según quién cuente. En la crónica costumbrista es un muchacho bogotano de veinte años con nombre y apellido, uno más en una lista. En la leyenda es primero un aparecido, después un paje costeño detenido por el color de su ropa, y sólo al final el mismo muchacho de la lista. Las dos versiones terminan en el mismo sitio, y ninguna de las dos se contradice: se reparten el mismo farol.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bogotá · Andina
Referencias
8
Última revisión
22 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. «El hombre del farol», en Leyendas (Biblioteca Aldeana de Colombia, Selección Samper Ortega, Minerva, 1936), reproducido en Mitos y leyendas de Colombia, tomo II, sección 17 «Varias regiones – Leyendas»

    flacso.edu.ec

    Es el registro de esta ficha y está entero en las pp. 44-49 del tomo II, entre «Las clavelinas» y «Genus irritabili vatum». Cuenta el viaje y la pareja amo-criado: un joven samario llega a Santafé en 1828 con un paje costeño, Manuelito Llanos, natural de San Juan de la Ciénaga. Inventaría pieza por pieza el vestido blanco como indumentaria costeña, que es lo que lo hace visible —y luego identificable— en una ciudad gris. Y precisa que el objeto del relato no es un espanto sino un dato del asalto al palacio: alguien de blanco iba al frente con un farol descolgado del cuerpo de guardia, y nadie sabía quién era; la propia fuente cuenta que, antes de que hubiera sospechoso, ya se hablaba de un aparecido. Sigue la acusación construida por eliminación de vestuario, las tres coartadas distintas dadas a tres interlocutores, el careo que termina en empate —uno dice que no y otro que le parece que sí—, y transcribe las piezas fechadas: la declaración de Llanos del 30 de septiembre de 1828, el concepto del auditor de guerra Tomás Barriga y Brito del 31 de octubre, que admite por escrito que no hay prueba y pide ocho años de destino militar en la Costa por sospechas, y el auto del 3 de noviembre que, tras confesar otro conjurado que el del farol era él, no sólo ordena soltarlo sino publicar su inocencia.

  2. Reminiscencias de Santafé y Bogotá, Serie cuarta (1.ª ed. corregida y aumentada)

    babel.banrepcultural.org

    Saca el farol de la leyenda y lo pone en el relato histórico del asalto. Su capítulo «La conspiración del 25 de septiembre de 1828», que ocupa las pp. 1-180, describe en la p. 56 el interior del palacio esa noche: «la escalera, iluminada con una vela en un farol que descolgó D. Juan Miguel Acebedo para guiar á sus compañeros, no había otra luz en el patio y corredores de palacio, que la de la luna». Es decir, el farol existió, fue la única luz de la escena y lo llevó alguien con nombre. Y en la p. 50, la lista nominal de los reunidos esa noche en casa de Luis Vargas Tejada registra a «Juan Miguel Acebedo, 20 años, de Bogotá»: el más joven de todos. Con eso el hueco de identidad que la leyenda llena con un aparecido y la justicia con un costeño de blanco queda cerrado por una tercera vía, la del propio expediente de los conjurados.

  3. Reminiscencias de Santafé y Bogotá, Serie tercera (1.ª ed. corregida y aumentada)

    babel.banrepcultural.org

    Sostiene el primer paralelo con su registro más antiguo. Dentro del catálogo de conversaciones de atrio de la Santafé colonial, en la p. 313, aparece «el espanto de la mula herrada que recorría las calles en altas horas de la noche y nadie veía». La frase es breve y es exactamente lo que la ficha necesita: un ruido sin dueño, una explicación sobrenatural ya formada y ningún cuerpo al que atribuirlo. Es el mismo movimiento que organiza esta historia —primero falta el autor del ruido y después sobra un culpable—, y esta obra documenta la primera mitad de ese movimiento en el siglo XIX, ochenta años antes de que otra fuente le ponga cuerpo a la mula.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. Fantasmas de ciudad: fantasmas en La Candelaria (colección «Memorias de la Ciudad», n.º 1)

    repositorio.biblored.gov.co

    Cierra el paralelo por el otro extremo, y muestra qué le pasa a un ruido sin dueño cuando la ciudad lo deja correr ochenta años. En las pp. 30-31 la Mula Herrada ya no es un espanto que nadie ve: tiene dueño con nombre y un recorrido fijo entre dos barrios, y el relato acaba con el cadáver de una mujer marcado por las herraduras, aunque la propia narradora desmienta la lectura de bruja. Es decir, el hueco se llenó con un cuerpo, y el cuerpo es el de alguien a quien se castiga. Ese es el mismo procedimiento que en 1828 convirtió una luz sin identificar en un muchacho costeño vestido de blanco: la ciudad decide primero quién encaja en el papel y después busca cómo sostenerlo.

  2. Reminiscencias de Santafé y Bogotá, Serie primera (3.ª ed. corregida y aumentada)

    babel.banrepcultural.org

    Aporta el contraste judicial que la ficha necesita, y lo aporta del mismo autor y sobre la misma ciudad. Sus capítulos de «Crímenes célebres» narran el otro gran caso bogotano en que la condena se apoyó en la reputación del acusado antes que en la prueba: el juicio y la ejecución de José Raimundo Russi (pp. 173-203), con el asalto a San Agustín (123-130) y el asesinato de Manuel Ferro (154-172) como antecedentes. Y contiene la frase que hace el paralelo exacto: «si no se obtuvo la plena prueba exigida en Derecho respecto de Russi, fue tal el cúmulo de indicios, coincidencias y sospechas que recayeron sobre ese hombre, que el Jurado no pudo menos de condenarlo». Es el mismo razonamiento que el auditor de guerra de 1828 pone por escrito al pedir ocho años de destino sin prueba, y es lo que permite decir que en Bogotá ese procedimiento no fue una excepción. La diferencia es el desenlace: a Russi lo fusilaron y a Llanos lo soltaron.

  3. El abogado de la criminalidad: José Raimundo Russi

    sociales.uexternado.edu.co

    Es lo que convierte el paralelo con el caso de 1851 en algo más que una impresión. Vuelve sobre aquel proceso con fuentes primarias —el juicio, el escrito de defensa y las notas de prensa— y muestra cómo se construyó la culpabilidad con indicios, coincidencias y objetos interpretados en contra del acusado. Documenta además que el escrito de defensa sólo circuló impreso después de la ejecución, es decir, que la palabra del condenado llegó tarde: lo contrario de lo que le pasó a Llanos, cuya inocencia un auto mandó publicar a tiempo. La comparación entre ambos deja de ser retórica y pasa a ser de procedimiento probatorio, que es como la ficha la plantea.

  4. Calles de Santafé de Bogotá: homenaje en su IV centenario, 1938

    babel.banrepcultural.org

    Permite comprobar que los lugares del relato existen y dónde están. La leyenda se mueve por un puñado de sitios muy concretos —la calle de la Carrera y la casa de José María del Castillo y Rada, el palacio de gobierno, la calle del Árbol, el cuartel de Granaderos y la cárcel—, y esta obra es la que traduce esos nombres viejos a la trama de la ciudad, barrio por barrio: Catedral p. 33, Palacio 137, Las Nieves oriental 163 y occidental 211. Con ella se ve que el trayecto de la noche del 25 de septiembre de 1828 cabe en unas pocas cuadras, y que un hombre vestido de blanco era, en esa escala, un objeto imposible de no ver. Es el mismo instrumento que sitúa la Calle de Russi del otro caso.

  5. Pieza del mes, octubre de 2005: cráneo del «doctor Russi», registro 942

    museonacional.gov.co

    Da la medida material de la diferencia entre los dos casos, que es lo que la ficha usa para cerrar. Del acusado de 1828 quedó un auto que ordenó publicar su inocencia y ningún resto; del condenado de 1851 quedó un cráneo con el agujero del tiro, registro 942 de la colección de Historia del Museo Nacional, área de objetos testimoniales, exhibido en la sala Federalismo y centralismo (1830-1886). La ficha oficial precisa que el hueso ingresó en algún momento del siglo XX y desde entonces permanece en reserva. Dos hombres juzgados por indicios en la misma ciudad: al que soltaron lo devolvió un papel y al que fusilaron lo conserva un inventario.

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«El Hombre del Farol» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El Hombre del Farol» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El Hombre del Farol» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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