Castellano viejo

Caribe · Mestizo

Castellano viejo

El marqués de Villalta intenta decidir el futuro de Mariana; la pareja altera las apariencias para forzar una boda y el desenlace convierte los celos de Manuel en ruina.

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Castellano viejo: la entrada del relato

El relato

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Una vecina lo vio cruzar la plazuela de El Tejadillo, tieso y ceremonioso, y soltó la pulla que se quedó en el barrio. A fe que don Gonzalo de Herrera se ha comido hoy un espadín.

Y humos no le faltaban. Marqués de Villalta, hábito de Calatrava, patrono de la iglesia de Santo Domingo y dueño de una fortuna que en Cartagena de Indias lo alzaba varios codos por encima de los gobernadores de la provincia. Gobernador lo había sido también él, y al aceptar dijo que el sayo le venía estrecho y que lo tomaba por hacer favor a su majestad.

Esa tarde, al desembocar en la plazuela, se topó con el mozo que rondaba a su hija y le echó una mirada que de cortar habría cortado. El mozo se mordió el bigotillo y tiró hacia el arrabal de La Marina, donde los galeones y los pataches soltaban a la gente de paso que iba y venía entre el Perú, Chile y España.

Se llamaba Manuel de Benavides y Ayala. Se fue a buscar al capitán Hernando de Azcoeta, que lo esperaba con una noticia peor que la suya. El marqués había encerrado a doña Mariana en Santa Clara para acabar con aquellos amores.

Lo que vino después lo ideó el capitán.

Días más tarde sonaron tres aldabonazos en el portalón de los Villalta. Abrió un viejo esclavo mandinga a quien nadie en la casa puso nombre, y entraron dos donados negros del convento cargando una litera. De ella bajó doña Mariana.

Su padre cerró la puerta de la estancia, le mostró un papel y le pidió que declarara allí mismo si su deshonra y la desventura de él eran ciertas. Ella contestó que tal era la verdad.

El papel venía firmado por Benavides. De los hombres es el error y de los malos persistir en él, empezaba. Se declaraba caballero e hijodalgo de solar conocido, aseguraba que doña Mariana había confiado en él y había confiado bien, y remataba con el argumento que lo decidía todo: cojeando así el suceso, ella no podría profesar. El cuándo y el dónde los pondría el marqués.

Esa misma noche, en la capilla del palacio, se casaron en silencio.

No tardó Cartagena en saber lo demás. La carta era una tramoya del capitán Azcoeta, urdida con su amigo y aceptada por Mariana, a quien se lo hicieron llegar por vías ocultas. Conocía a su padre, y aquella treta era la única tabla para salir del claustro y casarse con quien quería. Cuando la mujer lo quiere, dice la copla, ni el mismo Dios, con ser Dios, el brazo le hará torcer.

Al marqués no lo hirió la deshonra. Lo hirió la burla. Habría preferido la primera, decía, antes que aquel baldón sobre sus canas, y dejó la venganza en manos del cielo.

Tardó en llegar. A Benavides lo nombraron gobernador de Antioquia, y allí le vino una dolencia que dio en sospechar infidelidades de su mujer. La servidumbre lo vio perseguirla por las habitaciones con una daga, gritando que su honor pedía la muerte de aquella infeliz. Los señores del cabildo de Santafé de Antioquia resolvieron devolver a los esposos a Cartagena bajo custodia, y por el camino de Cáceres, rumbo a las sabanas de Ayapel, el enfermo perdió el poco juicio que le quedaba. Llegó loco y murió loco en el hospital de los juandedianos, quejándose de traiciones que nadie había cometido.

El día que lo supo, don Gonzalo de Herrera mandó quitar el paño de luto que él mismo había hecho poner sobre el escudo de su portalón.

Castellano viejo: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Un padre humillado puede esperar años y celebrar la desgracia ajena quitando un paño de luto sin decir palabra.”

Territorio

Caribe · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.4236° · -75.5512°

Ficha del relato

Contexto histórico

El texto se lee hoy en el segundo volumen de «Mitos y leyendas de Colombia», la antología que Eugenia Villa Posse investigó y compiló para el IADAP y que se imprimió en Quito en 1993. Está en la sección diecisiete, «Varias regiones · Leyendas», que va de la página 7 a la 63, y arranca en la 21.

Esa sección reproduce un libro anterior. Es «Leyendas», de Enrique Otero D'Costa, publicado en Bogotá en 1936 por la Editorial Minerva dentro de la Biblioteca Aldeana de Colombia, en la Selección Samper Ortega de Literatura Colombiana que patrocinó el Ministerio de Educación Nacional, páginas 15 a 46. La nota que encabeza la sección declara la procedencia del conjunto y lo hace en bloque: muchas de esas leyendas fueron «oídas por el autor directamente de narraciones campesinas», que él recuerda y elabora «con el fin de dar una presentación más literaria». El autor reclama, pues, oído de primera mano para el grupo entero. Para esta pieza en concreto no nombra a nadie, ni dice dónde ni cuándo la escuchó.

Otero D'Costa nació en Bucaramanga en 1883 y murió en Bogotá en 1964, y entre esas dos ciudades hay una década larga de Cartagena. Gerenció el ferrocarril de Cartagena a Calamar, sacó una guía de la ciudad en 1912, se sentó en su concejo y fundó allí, con unos amigos, la Academia de Historia de Cartagena y su «Boletín Historial». Cuando en abril de 1924 la Academia Colombiana de Historia lo hizo miembro de número, el informe de Arturo Quijano y J. D. Monsalve le reconoció el mérito de haber fundado dos centros de estudios históricos, el de Cartagena y el de Manizales; consta en el Boletín de Historia y Antigüedades número 166, páginas 629 a 631. Daniel Mauricio Preciado Camargo reconstruyó esos años cartageneros en 2015, con el expediente del Archivo General de la Nación.

El armazón del cuento está fechado y es comprobable. El título de gobernador de Cartagena lleva data de veinticuatro de marzo de 1637, el hábito de Calatrava y el patronato en Santo Domingo son cargos de registro, el palacio se levantaba en la plazuela de El Tejadillo y lo que quedaba de él se arrasó en 1912 para adaptar el local a un salón de espectáculos llamado Teatro del Virrey. Dentro de ese armazón van los diálogos y la carta, que ningún archivo respalda, y el propio texto los introduce con una fórmula que avisa de lo que viene: «cuenta la tradición».

Resonancias con otros mitos

La leyenda que sigue en el mismo volumen trata del mismo conflicto y lo resuelve al revés. En «In illo tempore», páginas 25 a 27, don Jerónimo de Vezga pretende a la hija de don Diego Gutiérrez de los Ríos y el padre se niega porque el galán milita en el bando contrario; para quitar el estorbo, el pretendiente cambia de bandera, y cuando vuelve a pedirla el viejo le contesta que prefiere a su hija en manos de un enemigo leal antes que en las de un amigo traidor. Allí la maniobra destruye a quien la hace. Aquí sale bien, y la ruina llega mucho después y por otra puerta.

El segundo parentesco está en el mismo tomo y sirve para medir a quién protege el código del honor. «Celos de esclavo», páginas 105 a 107 de la sección cartagenera de Eustorgio Martínez Fajardo, cuenta unos celos que estallan el dos de febrero en la subida a La Popa y acaban en una trifulca general y en un reguero de joyas por el suelo. Su protagonista es Simón Casiano, esclavizado, y no puede casarse con la mujer que pretende porque los amos no lo permiten. Las dos piezas ponen en escena a un hombre que arremete por celos. A uno el cabildo lo devuelve a su ciudad bajo custodia y lo entierra con tratamiento de señor gobernador; al otro, la ley de la casa le había prohibido de antemano hasta el matrimonio.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Dos voces se turnan en estas páginas y no dicen lo mismo. Una es la del historiador que da títulos, fecha de nombramiento y la dirección exacta de una casa. La otra es la del narrador de salón, que se dirige al lector, le pide la mano y lo esconde con él en el zaquizamí del palacio para ver «cosas estupendas». El episodio central —la carta, el interrogatorio de padre a hija, la boda a medianoche— pertenece entero a la segunda.

  2. La nota que encabeza la sección atribuye al conjunto un origen oral campesino, y aquí eso cuesta sostenerlo tal cual. El asunto es urbano, señorial y de papeles. Lo único que suena a repertorio corrido de boca en boca son las dos coplas incrustadas: la pulla del espadín y la que sentencia que a la mujer que quiere ni Dios le tuerce el brazo. Ésas sí circulaban solas, y el cuento las engasta como quien cita un refrán.

  3. El impreso reparte mal el apellido del galán. Lo escribe Benavides casi siempre y Beneavides justo en el pasaje donde se destapa la tramoya, que es defecto de caja y no variante de tradición.

  4. Cambia también el envase. En 1936 la pieza salió en una colección escolar y de divulgación, pensada para bibliotecas de aldea y patrocinada por un ministerio. En 1993 reapareció en una antología de integración cultural andina editada en Quito, entre corpus indígenas y repertorios afrodescendientes de varios países. El texto no se movió; el vecindario en que se lee, sí.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
12
Última revisión
21 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, vol. II, sección 17: «Leyendas», de Enrique Otero D'Costa

    flacso.edu.ec

    Arranca en la página 21 del tomo y es el único sitio donde hoy puede leerse esta pieza. De aquí sale todo lo que la ficha cuenta: la pulla de la vecina en la plazuela de El Tejadillo, el marqués de Villalta con hábito de Calatrava y patronato en la iglesia de Santo Domingo, el encierro de doña Mariana en Santa Clara, la carta que urde el capitán Hernando de Azcoeta y firma Manuel de Benavides y Ayala, el interrogatorio de padre a hija, la boda nocturna en la capilla del palacio, la gobernación de Antioquia, la persecución con daga, el acuerdo del cabildo de Santafé de Antioquia, el camino de Cáceres hacia las sabanas de Ayapel, la muerte en el hospital de los juandedianos y el paño de luto retirado del escudo. El volumen reproduce «Leyendas» (Bogotá, Editorial Minerva, Biblioteca Aldeana de Colombia, Selección Samper Ortega, 1936, pp. 15-46), y la nota de cabecera de la sección declara que muchas de esas piezas fueron «oídas por el autor directamente de narraciones campesinas», que él recuerda y elabora «con el fin de dar una presentación más literaria».

  2. Vida cotidiana en Cartagena de Indias en el siglo XVII, en «Cartagena de Indias en el siglo XVII», pp. 451-499

    banrep.gov.co

    Confirma, fuera de Otero, tres de los escenarios que el relato da por sabidos. Al inventariar los edificios del poder colonial escribe que la ciudad tenía conventos de órdenes masculinas y sólo «dos de monjas (Santa Clara y Santa Teresa)»: encerrar allí a una hija no era una opción entre muchas, era una de dos puertas en toda Cartagena. Enumera después «tres hospitales (San Sebastián, de San Juan de Dios, para la población española, dentro de la ciudad…)», que es la casa donde el relato hace morir loco a Benavides. Y describe la Plaza Mayor y sus calles como el lugar «donde la mirada y el gesto daban el reconocimiento del lugar social de cada quien», que es exactamente el mecanismo de la primera escena: una vecina mira cruzar al marqués y su pulla se queda en el barrio.

  3. De la honra de las vírgenes al honor sexual de las demandantes: el tratamiento del estupro en la Nueva Granada y en la República de Colombia

    dialnet.unirioja.es

    Explica por qué la carta falsa de Benavides funciona y por qué el marqués no tiene salida. Reconstruye el régimen de las Partidas sobre el estupro y llega al punto que el relato convierte en trampa: «aún si el estupro era efectuado contra la voluntad de la mujer, el matrimonio restablecía la situación inicial, es decir, volvía a poner las cosas en su lugar, devolviéndole la honra a la mujer y el honor a la familia agraviada». Y añade la clave de a quién se repara: «La honra se configuraba en este caso como el elemento valioso a cuidarse, esto es, como un bien familiar de importante repercusión social para un grupo, más que como una condición intrínseca de una mujer». Eso es literalmente lo que hacen los tres hombres del cuento: tratar la deshonra de doña Mariana como un bien del padre que sólo la boda repone.

Contraste y contexto · 9 referencias
  1. Cárceles de Mujeres y del Divorcio: diferenciación sexual de las penas en el Virreinato del Nuevo Reino de Granada, siglos XVII a XIX

    dialnet.unirioja.es

    Nombra la institución que el cuento usa sin nombrar: el encierro de una mujer como sanción familiar, no penal. Documenta que el recogimiento, «como práctica institucional, involucraba a un número significativo de mujeres y niñas que vivían voluntaria o involuntariamente en Colegios, Casas de Arrepentidas, Casas de Recogidas, Hospitales, Hospicios, Divorcios, Conventos y Beaterios», y precisa que las mujeres de posición cumplían su reclusión «en casas de familia de reputación intachable, en conventos —para las nobles— o en casas de rehabilitación». Sitúa además esos espacios como herederos de un encierro pensado para «reconducir moralmente a quienes amenazaban el orden social y familiar», que es la razón que el marqués nunca enuncia y que el relato da por evidente.

  2. Gobierno, comercio y sociedad en Cartagena de Indias en el siglo XVII, en «Cartagena de Indias en el siglo XVII», pp. 353-377

    banrep.gov.co

    Da el retrato del grupo al que pertenece el hombre del paño de luto. Responde quién mandaba en Cartagena —«la administración provincial, gobernador y oficiales reales, que eran de nombramiento metropolitano, conformaba la cúspide del poder sociopolítico»— y precisa de qué estaba hecho ese poder además del mando: «el prestigio que conllevaban los hábitos militares que lucían en ocasiones y lugares de festividades religiosas y civiles». La insignia que el relato le cuelga al marqués, el hábito de Calatrava, aparece aquí como moneda corriente de esa élite, repartida entre vecinos con nombre y apellido. Y advierte que esos grupos dominantes «adolecieron de falta de permanencia», lo que explica que un personaje así pueda desaparecer de la memoria y sobrevivir sólo como anécdota.

  3. La fundación del convento de Santa Teresa de Cartagena de Indias

    revistascientificas.us.es

    Permite ver por dentro la otra mitad del par conventual cartagenero y, con ella, lo que costaba meter a una hija en un claustro. Estudia el acta que doña María de Barros y Montalvo firmó el 24 de marzo de 1609 para fundar Santa Teresa, y con ella los medios de financiación de una casa de monjas y el linaje que la sostiene: los Barros, descendientes del portugués Sebastián de Barros, «una de las más influyentes de la ciudad en los siglos XVI y XVII». Sirve a esta ficha para entender que un convento de Cartagena no era un depósito neutro sino una obra de familia poderosa, y que ingresar en él se negociaba entre linajes, tal como el marqués negocia el destino de doña Mariana sin consultarla.

  4. Poblamiento en la provincia de Antioquia (Nueva Granada) en los siglos XVI y XVII, en «Letras Históricas», n.º 4, pp. 15-41

    publicaciones.cucsh.udg.mx

    Da realidad al tramo final del cuento, el que saca a los esposos de Cartagena y los pierde en el camino. Reconstruye el triángulo minero que organizaba la gobernación —«Santafé de Antioquia, Cáceres, Zaragoza y Guamocó»— y sostiene que Santafé de Antioquia «era el principal centro político y económico de la provincia», lo que explica que sea su cabildo, y no otro, el que resuelve devolver a los esposos bajo custodia. Documenta también la decadencia minera del siglo, con la producción de Santafé caída a una tercera parte hacia 1625: la gobernación a la que nombran a Benavides no era un premio próspero. Y sitúa Cáceres y Ayapel en la ruta fluvial hacia el Cauca y el Magdalena, que es por donde el enfermo pierde el juicio.

  5. Más que distinción, en busca de la diferenciación: arqueología histórica de Cartagena de Indias en el siglo XVII, en «Cartagena de Indias en el siglo XVII», pp. 17-67

    banrep.gov.co

    Excava el edificio del que el relato hace patrono al marqués. Presenta los estudios arqueológicos del convento de Santo Domingo y de San Pedro Claver para indagar «las negociaciones de su autoridad religiosa y política, además de las estrategias de producción económica», y muestra cómo esas casas construían identidades que «incidieron y marcaron divisiones» en la sociedad cartagenera. Sirve a esta ficha para pesar lo que significa la línea que presenta a don Gonzalo como patrono de Santo Domingo: no es un adorno devoto sino una posición en una red de poder que el suelo excavado documenta. Y advierte que sobre los grupos subalternos —los esclavizados sin nombre que en el cuento abren la puerta y cargan la litera— «las fuentes documentales son escasas y mediadas por el colonizador», lo que explica su mudez en la página.

  6. Leyendas

    revistas.upb.edu.co

    Da texto legible al primer paralelo de «Similitudes», que en el tomo de Villa Posse queda dentro de un OCR defectuoso. Este pliego póstumo de seis piezas imprime «In illo tempore» en las páginas 58 a 61: la leyenda donde don Jerónimo de Vezga cambia de bando para que le concedan a la hija de don Diego Gutiérrez de los Ríos y el padre se la niega justamente por eso. Puestas una junto a otra se ve que el conflicto de esta ficha —padre poderoso, hija pretendida, maniobra del galán— era un molde que Otero repitió, y que allí lo resolvió al revés: la treta destruye a quien la hace. Confirma además que estas piezas venían de «Historietas» (1934) y seguían reimprimiéndose treinta años después.

  7. La selección Samper Ortega, 1926-1937: historia de un gran legado bibliográfico

    banrepcultural.org

    Fija el escalón bibliográfico que la ficha declara y explica por qué una anécdota de la plazuela de El Tejadillo terminó en las bibliotecas de aldea del país. Reconstruye la colección —cien volúmenes, 18.500 páginas, nueve años de trabajo entre 1928 y 1937, Editorial Minerva de Bogotá— y publica el índice completo, donde el número 39 es «Enrique Otero D'costa, Leyendas». Ése es el tomo que Villa Posse reprodujo en 1993, y el dato convierte una atribución vaga en referencia con número de serie dentro de una política editorial del Ministerio de Educación Nacional.

  8. Hacia una nueva comprensión de la historiografía colombiana: breve historia intelectual de Enrique Otero D'Costa (1883-1964)

    repository.urosario.edu.co

    Explica por qué esta pieza mezcla escritura de archivo con diálogo inventado sin avisar dónde acaba una y empieza el otro. Establece que en «Historietas» —el libro del que salen estas leyendas— «Otero no muestra una referencia documental específica sobre el uso de las fuentes con las que trabaja», aunque a veces advierta que existen documentos, y describe su empeño en interrogar el pasado por lo que sintieron las personas, que es lo que el relato hace con la humillación del marqués y con su venganza diferida. Reconstruye además, en las páginas 16 y 33 y con expediente del Archivo General de la Nación, la década cartagenera del autor: la que autoriza que un santandereano firme un cuento de la plazuela de El Tejadillo.

  9. Boletín de Historia y Antigüedades, año XIV, n.º 166

    academiahistoria.org.co

    Certifica el arraigo cartagenero que esta ficha necesita para sostener que el autor escribía sobre una ciudad que conocía. En las páginas 630 y 631, el informe de candidatura de Arturo Quijano y J. D. Monsalve, fechado el 1.º de abril de 1924, le reconoce «dos títulos que difícilmente pueden ostentar otros colegas: el de fundador de dos importantísimos centros de estudios históricos, el de Cartagena y el de Manizales, y el de sus respectivos órganos, el Boletín historial y el Archivo Historial». Es la Academia Colombiana de Historia diciéndolo por escrito y en documento fechado, once años antes de que la leyenda se imprima.

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«Castellano viejo» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Castellano viejo» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Castellano viejo» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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