Doce en punto de la noche

Caribe · Mestizo

Doce en punto de la noche

A medianoche, ruidos y apariciones en la casa de Roberto conducen a un tesoro y enfrentan la interpretación sobrenatural con explicaciones interesadas.

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Doce en punto de la noche: la entrada del relato

El relato

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Al llegar al portón de la casa de la calle de Santo Domingo, Roberto metió la llave enorme en la cerradura antigua, pasó el umbral y cerró tras de sí. Iba un poco nervioso. Subió como sonámbulo la escalera que arranca a la derecha del zaguán.

Venía de un velorio donde los asistentes se habían pasado la noche contando historias de aparecidos, y cada uno había acabado recordando el muerto de su casa. Uno dijo que en la suya la aparecida era una mujer que se detenía delante del peinador de sus hermanas y parecía sacudir el mueble: había sido criada y no perdía la costumbre. Otro contó que por su corredor se paseaba la sombra de un condenado que arrastraba cadenas y dejaba olor a azufre. Un tercero dijo que el marqués dueño de su casa un siglo atrás iba a la caballeriza a asustar a los caballos, y hasta enjaezaba alguno y lo sacaba por la cuadra.

Roberto acababa de volver después de seis años de estudios en Londres, al cuidado de unos tíos. Llegaba con veinte años, listo para ayudarle a su padre en la ferretería de la calle del Porvenir. Aquellos cuentos le despertaron otros mil, los que había oído antes del viaje y a media voz, de labios de su nodriza, de sus hermanas y de su madre. Decían que por el portón entraba don Manuel de la Roca todas las noches, al dar las doce; que llegaba al comedor por el corredor del patio del aljibe; que abría la gaveta de los cubiertos de plata, y que después subía al altillo y se esfumaba por la ventana.

Don Manuel había sido el dueño, y los entendidos decían que volvía porque quería comunicarle a alguien dónde estaba el resto del entierro. Los cubiertos, por cierto, ya habían aparecido: los encontraron los padres de Roberto limpiando el aljibe, junto con otras joyas que quizá fueran fruto del asalto de algún pirata.

El altillo era el mirador que tenían todas las casas de Cartagena de Indias, con el horizonte del mar Caribe al fondo. Roberto lo había escogido al volver de Europa para estar más independiente y poder leer tranquilo.

Ahora, subiendo, lo invadía una sensación nueva: mil alfileres por la espina dorsal, un frío raro, las manos crispadas. Aquello no podía ser miedo. ¿No se había reído siempre de las historias del pobre don Manuel, a quien decían haber visto una noche con aspecto de mono peludo, caminando despacio y con los brazos por delante?

Miró el reloj. Las doce menos veinte.

Avanzó por el corredor de arriba y entró al comedor. Tuvo ganas de beber agua de la tinaja, pero algo lo hacía andar deprisa. Empezó a subir la escalerilla y se le atravesó entre los pies un ratón. Terminó los escalones de dos en dos.

En su cuarto, a la luz de la lámpara de kerosene, le subió la mecha y sintió alivio. Se sonrió de su miedo y se acostó. Iba a abrir el libro y se le ocurrió mirar la hora: las doce menos diez. Mejor dormirse pronto.

Estaba cansado y se durmió enseguida, sin apagar la lámpara.

Algo frío le cayó en la cara y le agarró la boca, la nariz y un ojo. Comprendió que no estaba dormido y no se atrevió a abrir los ojos. Mandó la mano derecha a sujetar aquel brazo. Agarrarlo y sentir que era peludo fue todo uno. Lo tiró lejos y saltó de la cama.

Con los ojos ya abiertos, a la luz de la lámpara, vio lo que había pasado. Se había dormido sobre el brazo izquierdo. Al cambiar de postura, la mano, pesada e inerte, sin circulación, le había caído en la cara, y el adormecimiento le impedía reconocerla como suya.

Pálido y con la garganta seca, miró de todos modos el reloj: eran las doce y tres minutos de la noche.

Doce en punto de la noche: lo que quedó del relato

La enseñanza

“El susto llega puntual a la hora prometida, y muchas veces lo trae uno mismo.”

Territorio

Caribe · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.39817° · -75.49328°

Ficha del relato

Contexto histórico

Pocas páginas hacen tanto con tan poco. Este relato ocupa apenas los folios 384 a 386 del segundo tomo de «Mitos y leyendas de Colombia», la antología que Eugenia Villa Posse investigó y compiló para el IADAP y que se imprimió en Quito en 1993, dentro de la sección veintiocho, que reproduce «Al filo de la leyenda», de Judith Porto de González, por las páginas 29 a 199 de la tirada que la Imprenta Departamental de Cartagena hizo en 1982. El libro es bastante más viejo que esa tirada: apareció en 1962 en los Talleres El Marinero y volvió a imprimirse dos veces más, con Colgráficas en 1979 y con Plaza & Janés en 1989.

Al abrir esa sección, la compiladora anota dos cosas: que el conjunto recoge leyendas de la tradición oral de la población negra de Cartagena, y que los textos «ofrecen una redacción literaria del lenguaje popular». La segunda afirmación explica el acabado de la prosa. La primera choca de frente con esta pieza, que transcurre entera en una casa criolla acomodada de la calle de Santo Domingo, con seis años de estudios en Londres, tíos que cuidan al muchacho allá, ferretería propia y nodriza en casa. No hay en ella ni un personaje negro. Es lo que dice la antología frente a lo que hace el texto, y las dos cosas quedan aquí escritas.

Lo que la obra sí aporta sobre este cuento en concreto es un inventario de aparecidos domésticos. Antes de que empiece la acción, la autora hace que los asistentes a un velorio enumeren tres fantasmas de casa —la criada que sacude el peinador, el condenado de las cadenas y el azufre, el marqués que enjaeza caballos— y sólo después presenta el propio. Queda así retratada una costumbre: en esa Cartagena, cada casa tenía su muerto y se hablaba de él a media voz.

Y hay un detalle que conviene no perder, porque la autora lo despacha entre paréntesis y cambia el género del relato. El tesoro de don Manuel de la Roca ya había aparecido antes de que el cuento empiece: los padres del muchacho encontraron los cubiertos de plata y unas joyas limpiando el aljibe. En el relato no se busca ni se halla nada. El fantasma se ha quedado sin motivo y sólo queda el miedo.

Resonancias con otros mitos

El primer paralelo es el mecanismo del chiste, y tiene nombre fuera de la literatura: la parestesia del miembro comprimido, esa mano que se duerme y deja de sentirse como propia. El repertorio cómico la ha usado siempre —el durmiente que se asusta de su propia pierna, el borracho que pelea con su mano— y la tradición médica la describe desde antiguo. Aquí el gag funciona porque la casa lleva años preparando al lector para que el brazo frío sea de otro.

El segundo parentesco es de escuela narrativa. La aparición que se explica al final por causas naturales es un procedimiento con historia propia: la novela gótica inglesa lo convirtió en marca de fábrica a finales del siglo XVIII, con Ann Radcliffe a la cabeza, y consiste precisamente en administrar el terror durante todo el trayecto para retirarlo en la última página. Esta leyenda cartagenera hace lo mismo en cuatro páginas y con un remate de reloj.

El tercero es el que la pieza desarma. En la tradición hispanoamericana del entierro, el muerto vuelve porque no puede descansar mientras el tesoro siga bajo tierra, y busca a quien contárselo. Ese es el motivo que la casa le atribuye a don Manuel de la Roca. Pero el tesoro ya se encontró limpiando el aljibe, de modo que el fantasma sigue viniendo sin tener nada que decir. Es una broma sobre el propio género: la leyenda continúa por inercia después de haber perdido su razón de ser.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El propio texto es un pequeño catálogo de variantes y conviene leerlo como tal. En el velorio circulan tres versiones del muerto de la casa, y cada una encaja con el oficio y el rango de quien la sufre: la criada sigue sirviendo después de muerta, el condenado arrastra cadenas y huele a azufre, el marqués se entretiene con los caballos. Ninguna se atribuye a un informante nombrado; todas se dan como lo que en esas reuniones se contaba.

  2. La versión de esta casa también tiene sus voces distintas. Quienes sostienen que don Manuel de la Roca entra cada noche y cuenta los cubiertos son la nodriza, las hermanas y la madre del muchacho. Quienes explican el porqué —que el muerto quiere comunicar dónde está el resto del entierro— son los que el texto llama, con ironía, «los entendidos». El muchacho, que se ha criado con eso, se reía. Y sobre el origen del tesoro la autora no se compromete: dice que fue «quizá» fruto del asalto de algún pirata, y ahí deja el asunto.

  3. La explicación final no compite con ninguna de esas versiones, porque nadie más se entera. Es privada y es fisiológica: el muchacho se durmió sobre su propio brazo. No hay disputa, no hay engaño, no hay nadie interesado en desmentir el fantasma de la casa, y el texto no dice si al día siguiente lo contó, si se rió o si volvió a pasarle. Se cierra en el instante en que mira el reloj.

  4. Dentro del mismo conjunto de leyendas cartageneras, la autora repite el procedimiento con otros aparatos. En «La sombra» el espectro resulta ser un montaje de dos personas vivas; en «Un quejido… una luz» el gemido es una rama de guayabo y el resplandor un candil que se llevó un mono. Tres piezas, tres desactivaciones. Presentarlas como leyendas de aparecidos invierte lo que su autora hizo con ellas.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
8
Última revisión
21 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Al filo de la leyenda (Cartagena, Talleres El Marinero, 1962; impresión de la Imprenta Departamental, 1982, pp. 29-199), reproducida en la sección 28 del tomo II de «Mitos y leyendas de Colombia»

    flacso.edu.ec

    Cabe en los folios 384 a 386 y es la única fuente del relato, incluido el paréntesis que le cambia el género y que el resumen heredado había borrado: el tesoro de don Manuel de la Roca ya había aparecido antes de que el cuento empiece, porque los padres del muchacho encontraron los cubiertos de plata y unas joyas limpiando el aljibe. Sólo aquí constan también el inventario de aparecidos domésticos que los asistentes a un velorio enumeran antes de la acción —la criada que sacude el peinador, el condenado de las cadenas y el azufre, el marqués que enjaeza caballos—, el reparto de quién sostiene cada versión, y la explicación final, privada y fisiológica: el muchacho se durmió sobre su propio brazo. El texto se cierra en el instante en que mira el reloj.

  2. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II: «Leyendas y cuentos del folclor»

    flacso.edu.ec

    Marca el desajuste que esta ficha tiene que declarar, porque en esta pieza es el mayor de todo el conjunto. La nota del folio 359 afirma que la sección veintiocho reúne leyendas de la tradición oral de la población negra de Cartagena y que los textos «ofrecen una redacción literaria del lenguaje popular»; lo que sigue transcurre entero en una casa criolla acomodada de la calle de Santo Domingo, con seis años de estudios en Londres, tíos que cuidan al muchacho allá, ferretería propia y nodriza en casa, y sin un solo personaje negro. La segunda mitad de la nota, en cambio, se cumple al pie de la letra: la prosa es de escritora. La antología es además el soporte que permite retirar la atribución a Martínez Fajardo.

  3. Escritura, creatividad e historia de Cartagena: vida cotidiana y popular a través de la obra de Judith Porto de González

    iniciacioncientifica.com

    Aporta el juicio de un lector de excepción sobre lo que hacen exactamente estos cuentos con la ciudad, y describe esta casa sin nombrarla. La investigación patrimonial cita a Manuel Zapata Olivella en 1990 diciendo que en la prosa de Porto de González «se asoman personajes que existieron, plazas abiertas a los mercados públicos, calles que conservan aún sus primitivos nombres, y zaguanes de ensueños con el hermetismo de los secretos inviolables». Es la fórmula precisa de esta pieza: una calle que conserva su nombre —Santo Domingo—, un zaguán, un aljibe con un tesoro ya encontrado y un secreto que no se cuenta a nadie porque el que lo descubre no se lo dice a nadie.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. Iglesia de Santo Domingo (Cartagena de Indias · Paseo)

    cvc.cervantes.es

    Comprueba la calle en que la casa del cuento está puesta y le da su antigüedad. La ficha describe la iglesia de Santo Domingo como el templo más antiguo de la ciudad, terminado hacia 1559 bajo fray Jerónimo de Loayza, y explica los estribos tendidos sobre la vía que dieron nombre al callejón vecino. La leyenda sitúa en esa misma calle una casa con aljibe y tesoro enterrado, y el dato importa porque es el sector más viejo de la ciudad amurallada: es donde un entierro antiguo resulta verosímil para el vecindario que lo cuenta.

  2. Ghosts: Folktales of Aarne-Thompson-Uther Types 1676 and 1676B («Real Ghosts and Fake Ghosts»)

    sites.pitt.edu

    Pone a esta broma dentro de una familia que la tradición conoce y cataloga. La antología reúne relatos de los tipos 1676 y 1676B, donde el asunto es la frontera entre el espectro y el susto fabricado: el burlón que se disfraza de aparecido, el que se ríe de los muertos y cree recibir respuesta, el miedo que se produce a sí mismo. El muchacho que se duerme sobre su propio brazo y toma su mano fría por la de don Manuel de la Roca pertenece a esa rama, con la particularidad de que aquí el fingidor y el asustado son la misma persona y nadie más se entera nunca.

  3. Judith Porto de González, la dama cartagenera que se halla «Al filo de la Leyenda»

    revistametro.co

    Explica el tono con que está escrita una casa espantada, que es de afecto y no de terror. La semblanza recoge el juicio de Alberto Montezuma Hurtado sobre «Al filo de la leyenda» —un libro lleno de gracia, escrito amorosamente, con visible propósito de homenaje filial y emoción sostenida— y acredita a la autora como miembro de varias academias de historia y la única mujer que presidió la de Cartagena de Indias. Un relato que enumera con cariño los fantasmas de las casas del vecindario antes de desactivar el propio responde a ese propósito: el miedo es aquí una forma de inventario doméstico.

  4. Lo «afro» en el discurso turístico de Cartagena: subexposición y sobreexposición, en «Circulaciones culturales. Lo afrocaribeño entre Cartagena, Veracruz y La Habana»

    books.openedition.org

    Sirve para nombrar lo que falta en la página, que en esta pieza es todo. El capítulo estudia cómo la representación de Cartagena reparte visibilidad a su población afrodescendiente —sobreexponiendo unas pocas figuras convertidas en imagen consumible y subexponiendo su vida real, su lengua y su tradición oral— y describe una ciudad doble en la que el centro histórico se estetiza para el visitante. Un cuento de casa criolla en la calle de Santo Domingo, con estudios en Londres, ferretería y nodriza, y sin un solo personaje negro, es esa operación hecha narración, y la antología que lo publica lo presenta sin embargo como tradición oral de la población negra.

  5. Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias

    banrep.gov.co

    Fecha, por fuera del cuento, el mundo material que permite datarlo a grandes rasgos. El libro sigue la población y la economía de Cartagena hasta el censo de 1875 y describe la ciudad decimonónica posterior a la catástrofe de 1815: una plaza empobrecida y vaciada, con un comercio menor que se rehace despacio dentro de las murallas. Ese es el escenario del muchacho que vuelve de seis años en Londres a una casa con ferretería propia, lámparas de aceite y servicio doméstico, y es lo que sostiene la inferencia —no el dato— de que la escena es del XIX o posterior.

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«Doce en punto de la noche» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Doce en punto de la noche» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Doce en punto de la noche» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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