La vida de Diego Soria en Cartagena de Indias se desplegaba entre el pasado glorioso que él recordaba y el presente que, implacable, avanzaba sin detenerse a mirar atrás. Con el paso de su juventud, también lo hizo la del coche de alquiler que era su sustento y del jamelgo al que llamaban "Buen Mozo". En la añeja ciudad amurallada, Diego trazaba cada día una ruta familiar, llevando a las familias más prestigiosas a misa y paseándolas por los barrios de Cabrero y Manga. Su vida parecía un antiguo grabado, repitiendo las mismas líneas a través de las estrechas calles vestidas de historia.
En el amplio terreno heredado de la Zerrezuela, Diego vivía con su mujer y su hija en una modesta casucha que se escondía detrás de la grandeza deslucida de tiempos españoles. Cada día, al llegar a casa, alimentaba al "Buen Mozo" y limpiaba el coche con dedicación melancólica, entregado a rituales que mantenían vivo el recuerdo de una época en que los coches de alquiler eran emblemas de la ciudad.
Había tenido un hijo, Eladio, cuya inquieta naturaleza le arrastraba lejos de las paredes encorsetadas de Cartagena. El niño se tornó rapaz, explorando regiones inexploradas como un Corsario solitario, imbuido de la esencia pirata que respiraba por su sangre insurrecta. Eladio partió carente de despedidas hacia Panamá, dejando tras de sí una sombra de rebeldía y un silencio que colapsaba en la monotonía resignada de su padre.
Diego, un filósofo del cotidiano devenir, meditaba sobre el presente que le ignoraba. En la Plaza de los Coches, testigo de sus glorias pasadas, le abrumaba la falta de clientes y el peso creciente de su propia insignificancia. Elzombaba su rutina mientras maldecía los automóviles, invasores de hierro y ruido que a su entender habían robado su lugar en la vida. Durante noches de introspección, su protesta se elevaba como una plegaria: "Ojalá tuviera yo, mi coche nuevo y reluciente y mi caballo fuerte...".
La modernidad se imponía sobre Diego cual marea imparable, una infamia, decía, que ahogaba a los hombres que, como él, habían dado todo al paso del tiempo. No encontrando consuelo, repetía los ecos de su vida a su esposa e hija, quienes, acostumbradas a tales liturgias de aflicción, lo escuchaban con un entendimiento silencioso.
Los días de alegría en la Plaza eran hace tiempo polvo del ayer. La llegada del torero "Bienvenida" avivó en Diego los rescoldos de días brillantes, cuando su coche encabezaba la marcha en las corridas, recibiendo una parte de las ovaciones destinadas a los toreros. En silencio recordaba la cercanía de aquella felicidad ahora inalcanzable.
Una mañana, en la penumbra de su mundo de recuerdos, una figura quebró la repetitiva danza de sus pensamientos. Un joven, gallardo y bien vestido, apareció en su vieja heredad, escoltado por un cargador con equipaje. Diego, perplejo, apenas pudo ofrecer sus servicios cuando el joven se plantó ante él, con una mirada de desafío y una emoción contenida que le arrancaron las palabras como si éstas mismas trajeran la vida.
"¿En qué puedo servirle, señor?", preguntó Diego con humildad, sin darse cuenta de que la historia, caprichosa, estaba trazando un nuevo diagrama de conexiones invisibles.
El joven, luchando contra la turbación de su corazón, logró murmurar entrecortadamente: "Pero... es que... ¿no me conocen ustedes?" Una nube de reconocimiento se agitó en la mente de Diego, buscando en los valles de la memoria hasta que la envoltura del tiempo se descorrió de un tirón.
"¡Pero papá!... ¡papacito!... ¡Si yo soy Eladio!"
El eco de sus palabras hizo un alto en el umbral de la casucha, donde su madre y hermana, con voces quebradas por la emoción, respondieron al amor que nunca había disminuido. La escena de reunión familiar, llena de lágrimas y sollozos, no se puede expresar del todo, pues estaba bordada con hilos esenciales que conectaban sentimientos a través de los tiempos, haciendo olvidar de súbito las fatigas y desdichas del viejo auriga.
En ese instante, la ciudad parecía sostener su aliento, inmersa en el abrazo interminable de una familia que se redescubría. Enredados en una trama que mezclaba lo cotidiano con lo mítico, los Soria llenaron la escena con el palpitar de una humanidad perdurable, tocada por la dulce magia de un reencuentro que convertía lo imposible en una realidad vivida. Así, Diego, el auriga olvidado, halló en el regreso de su hijo la respuesta a las plegarias de sus noches solitarias.
Historia
Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.
Versiones
Este fragmento no presenta múltiples versiones del mismo mito, sino más bien una narrativa única que se centra en la vida de Diego Soria, un auriga en la Cartagena de Indias de antaño, inmerso en un mundo que ha evolucionado más allá de sus hábitos y capacidades. La narrativa ilustra la transición del uso de coches de alquiler y caballos a la incursión del automóvil, reflejando un cambio de época y la obsolescencia de ciertos oficios tradicionales. Diego Soria, quien solía gozar de prestigio gracias a su diligencia y su caballo "Buen mozo", ahora enfrenta un mundo donde la modernidad amenaza su subsistencia y su sentido de identidad. La historia también introduce un componente familiar y emocional con la mención de su hijo Eladio, quien, tras un periodo de rebeldía y alejamiento, regresa al hogar en un momento de aprecio y reconciliación.
El relato pone especial énfasis en la resistencia de Diego Soria a aceptar los cambios tecnológicos y sociales: el advento del automóvil representa una amenaza existencial para su modo de vida y sustento. Este carácter melancólico y nostálgico es un reflejo de muchos mitos y narrativas que exploran los efectos de la modernidad en lo que antes se consideraba estable y duradero. Por otra parte, el regreso de Eladio introduce un giro inesperado y promueve la reconciliación, sugiriendo que, a pesar de las transformaciones externas, las conexiones humanas y familiares pueden ofrecer consuelo y un sentido renovado de pertenencia y continuidad.
Lección
La familia puede ofrecer consuelo en tiempos de cambio.
Similitudes
Se asemeja a mitos de transformación y resistencia al cambio, como los relatos de la mitología griega sobre la llegada de nuevas eras o deidades.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



