
Caribe · Mestizo
El auriga a quien mató el pasado
Diego Soria ve desaparecer los coches de alquiler ante el automóvil; un recuerdo no resuelto convierte la modernización del transporte en tragedia personal.
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El relato
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Diego Soria envejeció al mismo tiempo que su coche de alquiler y que su caballo, un jamelgo al que en sus buenos años había puesto Buen mozo. Los tres se gastaron juntos.
Había sido cochero desde muchacho y no supo hacer otra cosa. Llevaba a las familias de casa grande a la misa de la mañana, las dejaba en la puerta del templo y esperaba. Por las tardes tranquilas y en las noches de luna daba los paseos de siempre por el barrio del Cabrero. Al terminar volvía a su casa, en la barriada de la Zerrezuela, a un solar viejo del tiempo de los españoles, donde vivía con su mujer y su hija en una casucha del fondo. Allí daba de comer al caballo, lo bañaba con agua del pozo y le sacaba brillo al coche.
Había tenido también un hijo, Eladio, el muchacho más díscolo del barrio. No cuidaba el caballo ni el coche, y cuando le daba por amargarle la vida al padre desaparecía una semana o dos, metido en el monte o remando por la bahía con otros muchachos. Terminó yéndose a Panamá, y no se supo más de él. Cuando el viejo lo mencionaba era para llamarlo ingrato y calcular en voz alta en qué clase de perdido se habría convertido.
Después llegaron los automóviles, y con ellos el monólogo de todas las noches, dicho con la voz ronca que dejan los años a la intemperie.
—En mis tiempos ninguno de esos aparatos nos quitaba el pan. Yo era el preferido en la Plaza de los Coches. Por algo le decían Buen mozo a mi caballo. Mi coche relucía tanto que llamaba solo a los clientes finos. Llevaba casi todas las tardes a la señora del presidente Núñez del centro a su casa del Cabrero, donde él pasaba las vacaciones lejos de Bogotá. Me llamaba por mi nombre. ¡Diego, llévate esos cocos del patio para tu casa!, me decía. Y qué tiempos aquellos.
Se pasaba el dorso de la mano por los ojos.
—Y ahora estoy viejo yo, mohoso y remendado el coche, flaco el caballo. El mejor día era el de buena lluvia, y ya ni eso, porque el automóvil nos quita el cliente. Si a esto le llaman civilización, es una infamia: deja morir al que gastó la vida trabajando honrado para darle de comer a los suyos.
La mujer y la hija lo oían desde un rincón. Se lo habían oído cientos de veces, con las mismas palabras.
Aquella semana estaba peor que nunca, porque había llegado al circo vecino el diestro Bienvenida con su cuadrilla, y esta vez no podría ofrecerle sus servicios. Antes le bastaba enseñarles el coche y el caballo para tener contrato toda la temporada, y era él quien abría el desfile.
Una mañana, mientras enjaezaba al caballo para irse a la Plaza, entró alguien por el portón del solar. Un joven bien vestido, con un cargador detrás llevándole dos maletas pesadas. Diego Soria pensó en un cliente rico y en el chasco que se iba a llevar al ver aquella mugre.
El joven llegó hasta él, se cruzó de brazos y se plantó. Se miraron un rato.
—¿En qué puedo servirle, señor?
El otro no contestaba. Miró alrededor y hacia dentro de la casucha. En el umbral aparecieron la mujer y la hija, flacas y pálidas, mirándolo sin saber.
—Pero… ¿es que no me conocen ustedes?
—No, señor. No le conozco.
—¡Eso quiere decir que me han olvidado!
Diego Soria bajó la vista al suelo como quien busca algo caído, y lo que buscaba era el recuerdo. Se preguntaba quién podía ser, si algún cliente de los de antes.
Entonces sintió que el visitante lo abrazaba con fuerza.
—¡Pero papá, papacito! ¡Si yo soy Eladio!
En la puerta de la casucha se oyó un grito doble. El de la madre y el de la hermana.

La enseñanza
“Se puede perder el oficio de toda una vida y recuperar en una mañana lo que se creía perdido antes.”
Territorio
Caribe · Mestizo
El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.
- Región
- Caribe
- Comunidad
- Mestizo
- Referencia
- 10.4231° · -75.54925°
Ficha del relato
Fuentes
Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.
- Procedencia
- Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
- Referencias
- 9
- Última revisión
- 21 de septiembre de 2026
Base documental · 3 referencias
- Mitos y leyendas de Colombia, vol. II · sección 18, «Cuentos y leyendas · Cartagena, Departamento de Bolívar», pp. 65-123
flacso.edu.ec
Cierra la selección cartagenera en las páginas 119 a 123 y conserva la única versión conocida de este monólogo. Lo que sólo aquí se lee es el alegato entero del cochero contra una civilización que desecha a quien envejece, sostenido durante páginas sin que el narrador lo contradiga una sola vez; el recuerdo que lo fecha, cuando llevaba a la esposa del presidente Núñez del centro a la residencia del Cabrero; y el desenlace que el título niega, porque no muere nadie: vuelve el hijo, Eladio, y hay abrazo. También aquí consta la nota de la página 65, que declara el material elaborado literariamente y obliga a leer el testimonio como composición de un escritor y no como entrevista recogida.
- «Plaza de los Coches» (serie «cartapedia»)
muhca.gov.co
Documenta el oficio del protagonista en el lugar exacto donde el relato lo pone, y con la frase que lo fija: «En el siglo XX se le dio el nombre de Plaza de los Coches por haber sido estación de los coches de caballos de alquiler». Antes de eso la plaza había sido del Juez, de la Yerba, del Rollo, del Esclavo y de los Mercaderes, de modo que la página deja ver que el nombre de los coches es el último de una serie larga y que se impuso justo cuando el oficio empezaba a extinguirse. Es lo que permite decir que el cochero de la ficha tenía una parada, y no sólo una ruta.
- Plaza de los Coches (Ciudades Patrimonio · Cartagena de Indias, «De paseo», n.º 4)
cvc.cervantes.es
Ninguna otra página localizada emplea la misma palabra del título de la ficha ni la ata a un acto administrativo: «A finales del siglo XIX, el Ayuntamiento autorizó a los aurigas a estacionar sus coches en un costado de la plaza, entonces los cartageneros pasaron a denominarla Plaza de los Coches». Esa autorización municipal de fin de siglo coincide exactamente con la juventud que el personaje recuerda, la de los años de Núñez, y da el punto de partida cronológico de una carrera que el relato muestra ya en su final. Añade que hasta entrado el siglo XX en medio de la plaza seguía en pie la picota, lo que sitúa el oficio en un lugar que venía de otra época.
Contraste y contexto · 6 referencias
- «Circo Teatro» (serie «cartapedia»)
muhca.gov.co
Da cuerpo al único recuerdo taurino del monólogo y al barrio que lo rodea. La plaza de toros de la Serrezuela —la «Zerrezuela» que el cochero nombra— se inauguró en 1930 por Fernando Vélez Daníes, obra del maestro Marcial Calvo Castillo, y con la llegada del cine acabó funcionando también como sala. Esa fecha es útil para situar la vejez del personaje: si recuerda haber llevado toreros, el recuerdo cae en los años treinta o después, décadas después de los viajes al Cabrero, y el arco de su vida queda medido entre dos referencias comprobables.
- Modernización urbana y exclusión social en Cartagena de Indias, una mirada desde la prensa local (Territorios, n.º 36, pp. 159-188)
revistas.urosario.edu.co
Pone nombre al adversario contra el que despotrica el cochero. Reconstruye, a partir de los periódicos cartageneros, cómo se armó en la ciudad un discurso de modernización que clasificaba lo viejo como premoderno y antihigiénico, y cómo ese discurso se tradujo en decisiones que expulsaron gente y formas de vida de los lugares que estorbaban. El personaje no discute con el automóvil: discute con esa idea de progreso, y aquí está documentada en la prensa que él mismo podía leer.
- Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias
banrep.gov.co
Sirve para calibrar de qué ciudad se despide el personaje. Recorre tres siglos de población cartagenera y deja ver que la Cartagena de fin del XIX, la de los viajes al Cabrero, era una plaza pequeña y empobrecida, y que la del segundo cuarto del XX empieza a crecer y a estirarse hacia los bordes. Entre esas dos ciudades cabe entera la carrera del cochero: un oficio que sirvió mientras el centro amurallado fue la ciudad, y que sobra en cuanto la ciudad deja de caber dentro de las murallas.
- El espacio urbano del cine en Cartagena 1936-1957 (Historia y Memoria, n.º 9, pp. 247-272)
scielo.org.co
Es el modelo de cómo se documenta en Cartagena una transformación de este tipo, y por eso mide lo que falta aquí. Reconstruye sala por sala, con los «Anales del Municipio» del Archivo Histórico, «El Universal» y el «Diario de la Costa», cómo una tecnología nueva —el cine— reorganizó el ocio de la ciudad entre 1936 y 1957, con nombres de empresarios, direcciones y fechas. Para el paso del coche de caballos al automóvil no existe nada equivalente: este artículo prueba que el material de archivo está ahí y que el trabajo, sencillamente, no se ha hecho.
- «Fiestas de la Candelaria» (serie «cartapedia»)
muhca.gov.co
Sitúa al oyente del monólogo. Identifica a Martínez Fajardo como el periodista que firmaba «Eumarfa» y describe su obra como recreación fantástica de la imaginación popular de la Cartagena histórica: un cronista urbano de los años cuarenta escuchando a un oficio en extinción. Esa condición explica la forma de la pieza, que es la de un reportaje de calle —dejar hablar, no interrumpir, cerrar con un golpe de efecto— y explica también por qué el personaje habla como habla y el narrador no le pone una sola objeción.
- Archivo Histórico de Cartagena de Indias (página institucional)
muhca.gov.co
Es donde estarían los papeles del oficio y por eso se declara. Sus fondos cubren el siglo XIX y la primera mitad del XX, que es el arco entero de la vida del personaje: licencias de coches de alquiler, acuerdos del cabildo sobre estacionamiento en la plaza, primeras matrículas de automóvil, avisos de prensa. Nada de eso se ha podido mirar, porque la institución no publica inventario y la consulta se hace por correo. Es la razón concreta por la que la transición del coche al motor en Cartagena de Indias sigue sin estudio y esta ficha sin corroboración externa.
Voces de la comunidad
Conversación
¿Así te la contaron?
«El auriga a quien mató el pasado» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.
Versiones de este mito
0Ejemplo
No es realMi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.
Así se ve una versión publicada. De «El auriga a quien mató el pasado» todavía no hay ninguna.
Todavía nadie ha dejado la suya. «El auriga a quien mató el pasado» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.
- Qué cambió
- El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
- Dónde la oíste
- Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
- Quién la contaba
- Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.








