El fantasma de El Horizonte

Andina · Mestizo

El fantasma de El Horizonte

Un supuesto penitente recorre la calle El Horizonte, hasta que una espera nocturna revela un burro cojo bajo una manta.

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El relato

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La calle de El Horizonte quedaba en el extremo de Piedecuesta, más allá del convento desde donde las monjas rezaban para ahuyentar las sombras. Allí, de noche, rondaba un fantasma. Era una figura envuelta en un manto de penitente que avanzaba en silencio, y los muchachos que tenían que pasar por esa calle se lo encontraban tan de cerca que el sudor frío les calaba los huesos. Juraban que lo oían golpear los muros con un rosario tan pesado que les cortaba el aliento.

Nepito, un joven de lengua suelta y ánimo alegre, pasaba las noches en los barrios de Hoyo Chiquito y Hoyo Grande. Allá vivía una muchacha de mirada hechicera que lo entretenía con promesas hasta el amanecer. Pero el amor y el miedo se le enredaban en el pecho, y al caer la noche el fantasma de El Horizonte nunca se le iba del pensamiento.

Una de esas noches, al despedirse de su dama, Nepito llegó con pasos sigilosos a la esquina temida. De repente tuvo el fantasma delante. Desesperado, trató de encaramarse en una ventana, pero se vino al suelo justo cuando la sombra avanzaba. Echó a correr, y el golpe y el susto lo tuvieron varios días sin sentido.

La noticia llegó a don Vicente, un periodista que no le temía a ningún hombre pero sí a los fantasmas, y a las lloronas que le contaban los viejos en los portales cuando era niño. Aun así decidió acabar con el espanto. No llevó armas. Se cargó de reliquias y oraciones, tomó un lazo, y esa noche se apostó en la esquina de El Horizonte invocando a los santos con los labios temblorosos.

Pasaron las horas. Al fin oyó un ruido extraño y vio acercarse la silueta. La enfrentó, y entonces entendió lo que era: un burro cansado y lastimado, que rengueaba bajo una manta oscura con la que su dueño lo abrigaba del sereno de la madrugada. El animal, adolorido, se dejaba ir contra las paredes, y los golpes sonaban como el rosario de un penitente.

Don Vicente contó en el pueblo lo que había descubierto, pero nadie quiso creerle. Sus palabras cayeron al suelo como hojas secas. Los piedecuestanos prefirieron quedarse con su espanto, y el burro de la manta terminó convertido en otro cuento de aparecidos que asustan a los que andan de noche.

El fantasma de El Horizonte: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Un espanto desenmascarado sigue vivo mientras la gente prefiera seguir temiéndole.”

Territorio

Andina · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
6.98789° · -73.04953°

Ficha del relato

Contexto histórico

El fantasma de El Horizonte no figura en ningún registro publicado que pueda leerse. Lo buscaron sin éxito, entre otros lugares, las leyendas municipales de Germán Valenzuela Sánchez, la compilación quiteña de Eugenia Villa Posse y los periódicos de Piedecuesta y Bucaramanga que se conservan con fecha.

Sus rasgos apuntan a la crónica costumbrista. El protagonista es un periodista llamado don Vicente, Hoyo Chiquito aparece también en el paseo del cronista con que se abre otra leyenda del municipio, la de la Mula del Diablo, y la historia es una burla del miedo más que un cuento de miedo. Vicente Arenas Mantilla escribió justamente esa clase de estampas, en un volumen de 1941 y en otro que la universidad santandereana devolvió a las librerías en 2012 como «humorismo, pintura, retrato o caricatura del alma del pueblo». Ninguno de los quince títulos de este último habla de un penitente ni de un burro, y ningún ejemplar puede abrirse en línea.

El espanto que se describe, en cambio, tiene larga historia andina. Javier Ocampo López, en El pueblo boyacense y su folclor (1977), cuenta los espantos de monjes que en las casonas coloniales de Tunja recorren las piezas y los corredores y se detienen a dar golpes en ciertos sitios, con gran terror para quienes los oyen. Enrique Otero D'Costa, ambientando en Santander un relato de ánimas, pinta una procesión de ánimas envueltas en mortajas blancas, cada una con un grueso rosario en una mano y un cirio en la otra.

La historiadora Ana María Henao Albarracín estudió en 2023 un aparecido de parroquia rural decimonónica y lo leyó como herramienta pastoral para fijar normas. Y el escepticismo de don Vicente tampoco carece de antecedentes santandereanos: el viajero Ancízar ya sospechaba, un siglo antes, de quienes esparcían cuentos de encantamientos.

Resonancias con otros mitos

El paralelo más cercano es el Toque de las Ánimas de Tunja, que Javier Ocampo López registró en 1977. Durante años los legos de San Francisco no se atrevían a tocar las campanas de ánimas porque en el altar aparecía un sacerdote con casulla roja, hasta que uno se armó de valor, se acercó y le ayudó la misa. La estructura es la de El Horizonte: un espanto que paraliza a todos, un hombre que decide enfrentarlo y una revelación. Pero en Tunja la revelación confirma lo sobrenatural, porque el sacerdote era un alma en pena, mientras que en Piedecuesta lo disuelve.

Otra comparación posible es con la Peregrinación de Alpha, en el pasaje que Arias trasladó a su libro de 1954: allí Ancízar escucha en Los Santos la historia de una laguna hechizada y la atribuye, sin ver nada, a la conveniencia de algunos vecinos. Don Vicente hace el mismo trabajo de viajero ilustrado, con una diferencia: no encuentra a ningún interesado, sino a un burro enfermo y a un dueño que sólo quería abrigarlo.

El rosario golpeando la noche resuena, por último, en las páginas de Otero D'Costa, donde las ánimas santandereanas pasan en procesión con un rosario grueso en la mano.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El penitente nocturno que golpea con su rosario aparece en los registros andinos de tres maneras, según quién lo vea y qué se haga con él.

  2. En Tunja, según Ocampo López, los espantos de dominicos y franciscanos son reales y tienen propósito. Recorren las casas, dan golpes, se asoman a las ventanas y a veces piden que los saquen de penas o que alguien descubra un tesoro. El monje del Panóptico, en cambio, arroja al patio a quien se le interpone, y bajo su capucha hay una calavera. Aquí el valiente que se atreve no deshace el espanto: lo confirma.

  3. En el cuento de Otero D'Costa la procesión de ánimas con rosarios también es verdadera. Ña Ulogia, que cosía un domingo por la noche, las ve salir del cacaotal rezando; una de ellas, la difunta Jovita, la castiga con un canillazo, y el cirio resulta ser un hueso. El narrador remata que la vieja le mostró la cicatriz.

  4. El relato de Piedecuesta sigue esos pasos y luego los invierte. Hay manto de penitente, hay rosario contra los muros, hay un joven que cae sin sentido, y hay un hombre que se arma de reliquias para enfrentar al espanto. Pero lo que encuentra al final es un burro con una manta. La inversión tiene un segundo giro: la prueba no sirve de nada, y el pueblo se queda con su fantasma.

  5. Esa última vuelta es la que separa este relato de la simple broma. Ancízar pensaba que bastaba con señalar al hombre detrás de la conseja; el relato de El Horizonte sugiere que la gente no quiere que se la señalen.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Santander · Andina
Referencias
5
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. El pueblo boyacense y su folclor, cap. 8 «Mitos, leyendas y creencias populares en Boyacá», pp. 121-122

    babel.banrepcultural.org

    Registra el espanto de convento que el fantasma de El Horizonte imita: en las casonas coloniales de Tunja, monjes que recorren piezas y corredores y se detienen a dar golpes, con gran terror de quienes los oyen; el monje del Panóptico con la calavera bajo la capucha; y el Toque de las Ánimas, espanto que sólo cede cuando un lego se atreve a acercarse.

  2. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II, sección 17: Enrique Otero D'Costa, «Cuento de ánimas», pp. 56-60 (de Leyendas, Minerva, 1936)

    flacso.edu.ec

    Da la imagen santandereana del penitente con rosario: la procesión de ánimas que ña Ulogia ve salir del cacaotal, envueltas en mortajas blancas, con un grueso rosario en una mano y un cirio en la otra, rezando con mucha pausa. Es el espanto que los muchachos creían oír en El Horizonte cuando el rosario golpeaba los muros.

  3. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II, sección 19: Juan de Dios Arias, «Folclor santandereano» (1954), «Lagunas encantadas», con el diálogo de Manuel Ancízar en Los Santos, folios 137-138

    flacso.edu.ec

    Es el antecedente santandereano del desengaño que hace don Vicente: Ancízar, ante un campesino de Los Santos que atribuye al diablo los prodigios de una laguna, responde que detrás de esas consejas suele haber hombres interesados en propagarlas, y Arias copia el diálogo como parte de las leyendas de la región.

Contraste y contexto · 2 referencias

  1. Un alma en pena aparece entre los vivos: purgatorio y devoción en la segunda mitad del siglo XIX en Colombia (Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, vol. 50, n.º 2)

    revistas.unal.edu.co

    Explica por qué un penitente nocturno podía aterrar a un pueblo entero y sobrevivir a su desmentido: el artículo reconstruye la aparición de un difunto en una parroquia rural del siglo XIX y muestra cómo la devoción por las almas del purgatorio mantenía a los muertos en la vida afectiva de los vivos y servía para inculcar normas.

  2. Crónicas y romances (ficha editorial con sumario)

    ediciones.uis.edu.co

    Es la obra del cronista y periodista piedecuestano que más probablemente está detrás del «don Vicente» del relato. La sinopsis la define como escenas de costumbres y hechos curiosos de Piedecuesta, humorismo y caricatura del alma del pueblo, que es exactamente el registro de este desengaño.

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«El fantasma de El Horizonte» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El fantasma de El Horizonte» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El fantasma de El Horizonte» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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