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Los gigantes

La estructura narrativa enfatiza el acto de nombrar elementos naturales, resaltando su significado cultural y espiritual.

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Ilustración de Los gigantes

En un tiempo lejano, cuando los ríos aún no poseían nombres y el mundo emergía lentamente de la niebla del olvido, un ser ancestral se desplazaba desde la bocana de lo desconocido, uniendo en su travesía el misterio y la claridad de los nombres. Este ser, venido del tronco del árbol madi y del cerro de la palma de milpeso, se encargó de moldear la realidad a través del poder de nombrar. Con cada palabra pronunciada, un río nacía, desplegándose en el tapiz del mundo con una identidad propia, un reflejo de lo sagrado y lo mundano que lo rodeaba.

Al llegar al cerro de milpeso, el trueno resonó en la distancia, profundo y rabioso. Impávido, con una voz que añadía forma a su entorno, llamó al río que nacía de allí, río de Trueno, capturando en su nombre el rugido celestial que había escuchado en la bocana. Más adelante, donde las palmas de canangucho se inclinaban reverentes al paso del viento, surgió el río de Canangucho, y más allá, al ver la delicada forma de un dedo entre la vegetación, nombró el río de Dedo. Así continuaba su viaje, bautizando estas venas serpentinas de la tierra con un lenguaje antiguo que nosotros apenas intuimos.

Por donde caminaba, dejaba tras de sí un rastro de nombres y dibujos. En las bocanas, en piedras dispuestas aleatoriamente como palabras olvidadas, inscribía las imágenes del río Azul, con su pajarito azul adornando la ribera, y del río Dibujo, cargado de representaciones incisas en la piedra misma. Este lenguaje de signos y nombres se extendía como un mapa secreto, visible solo para aquellos que los seguían, los gigantes de antaño que entendían las señales dejadas por el primero.

El río de Hierba y el río Pokadé recibieron sus nombres al pasar él por sus bocanas, observando la mata pokadé y la abundancia de hierba que crecía en sus alrededores. Más arriba, en la bocana del río Yarí, contempló al lobo de agua, un ser que parecía danzar entre reflejos y sombras. Para los antiguos carijonas, aquel entonces sería río Yarí, pero para él y su legado, aquel curso de agua siempre sería el río de Lobo.

Continuando cual sombra danzante entre los siglos, llegó a un lugar en la bocana donde un guacamayo rojo, incendiando la vista con su plumaje, le inspiró el río Guacamayo. Prosiguió el ser, e incluso cuando los detalles de su travesía se desdibujan, sabemos que llegó a la bocana del río Huevo-de-pescado, donde vio y nombró al río por los huevos que allí abarrotaban los recodos.

Cada nombramiento no era meramente un sonido, una vibración del aire, sino un acto de creación, una chispa que encendía la esencia del río que bautizaba. Los dibujos que dejaba esculpidos en la roca, como huellas petrificadas de su andar, daban vida a historias que convirtieron el lenguaje de los antiguos en un canto mudo. Los que venían detrás podían reconocer, en ese código arcano de líneas y formas, lo que cada río significaba.

Nosotros, los hijos de estos gigantes, no comprendemos del todo este idioma impreciso que ellos hablaban, ese lenguaje que resonaba brillante y resplandeciente durante el baile de frutas. Eran palabras cargadas con el poder de invocar la esencia de las cosas mismas, como aquel diálogo inquisitivo entre seres que se decían: "¿Qué soy yo que me vengo a donde ti? Dime mi nombre." Y entre preguntas y respuestas, un ser se convertía en coca, otro en tabaco, uno más en yuca brava, y así hasta poblar el mundo de identidades que se entrelazaban con la esencia de los gigantes que éramos.

Así como todo fue nombrado, el bautismo de las cosas trajo consigo también el fin de los gigantes. Se dice que al final, cuando habían nombrado la charapa y muchos otros lugares y seres, cometieron errores fatales. La boa y el tiburón, en una danza mortal, acabaron con ellos, dejando un legado fragmentado e incomprensible para nosotros.

Los nombres persisten, como sombras persistentes que nos envuelven, susurrándonos historias de tiempos en que la lengua era un puente que unía las dimensiones visibles e invisibles del mundo. Aún hoy, nombramos por tradición, por costumbre, sin comprender del todo el poder escondido detrás de estas palabras rituales dejadas por aquellos que nos precedieron, sabiendo que en cada río y bosque, las sombras de esos gigantes todavía aguardan, en los pliegues del tiempo, para contarnos las historias que se dibujaron en piedra y agua.

Historia

El mito se centra en la figura de un ser que va nombrando diferentes elementos de la naturaleza, especialmente ríos, durante un recorrido. Este ser comienza desde un tronco de un árbol madi, en un lugar llamado cerro de la palma de milpeso, y sigue avanzando a lo largo de su camino, nombrando ríos según lo que observa en cada locación. Algunos ejemplos incluyen el río de Trueno, el río de Canangucho, el río Azul, el río Dibujo, y el río de Lobo.

Además, el mito menciona que el ser dibujaba lo que nombraba, haciendo representaciones en la piedra, y esto permitía a otros (en este caso, gigantes) comprender y reconocer los nombres de los lugares. Este fenómeno es descrito en el contexto de los gigantes y su lenguaje especial, que los contemporáneos ya no comprenden. El relato sugiere que estos gigantes podían interactuar con la naturaleza de manera sobrenatural, pasando a través de árboles y piedras.

Finalmente, el mito discute la práctica del nombramiento, donde se daba un nombre a diferentes elementos, y se resalta la dificultad de entender los significados y pronunciaciones antiguos. Aunque los detalles concretos de cómo comenzaron estas prácticas no se explican claramente, queda evidente que hay un valor significativo atribuido al acto de nombrar y dibujar como forma de conocimiento y comunicación entre seres de poderes extraordinarios.

Versiones

Las variaciones entre las versiones del mito se centran principalmente en la estructura narrativa y el énfasis en ciertos elementos simbólicos y culturales. En la versión presentada, el proceso de nombrar los elementos del paisaje se desarrolla a través de un viaje que sigue un orden geográfico desde la bocana de un río hacia arriba, mencionando distintas características naturales que determinan los nombres asignados a los ríos. Este relato también enfatiza el aspecto visual y simbólico del acto de nombrar, con el protagonista dibujando representaciones que sirven como guías o registros para los que siguen su camino, reforzando una conexión mítica entre el lenguaje, la naturaleza y una cierta forma de escritura pictórica. Este elemento destaca la visión indígena del territorio como un espacio cargado de significados culturales y espirituales, donde cada nombre es más que una simple etiqueta, sino una manifestación de observación directa e interpretación simbólica.

Otra diferencia notable en esta versión es el diálogo entre los personajes sobre el acto de nombrar, extendiéndolo a personas, y objetos que se asemejan a prácticas ceremoniales de identificación. Aquí, hay una ritualización del lenguaje donde cada interacción busca determinar identidades basadas en la relevancia de los elementos comunes del entorno (coca, tabaco, yuca, etc.), conectando la identidad personal a esos elementos y su significado cultural. Estos pasajes revelan un enfoque más animista, donde todo en el entorno incluido cada ser humano es visto como parte de una compleja red de significados. Además, la versión incluye reflexiones sobre la pérdida de comprensión de los registros culturales antiguos, destacados como inscripciones o dibujos de los "gigantes", y el dilema contemporáneo de no poder descifrar estos lenguajes simbólicos ancestrales, lo cual añade una capa de comentario sobre la transformación y pérdida cultural a lo largo del tiempo.

Lección

El poder de nombrar da forma a la realidad.

Similitudes

Se asemeja a mitos de creación del mundo a través del lenguaje, como en la mitología egipcia donde Ptah crea mediante la palabra.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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