En las tierras de Sitakara, bajo la sombra de la quebrada Huevo-de-Pescado, donde el río cobraba la vida de un sueño interminable, los niños danzaban cada día con una alegría que brillaba como fuego en la noche. La playa, una franja de arena vasta como las promesas de un verano perpetuo, se convertía en el escenario de un rito olvidado, donde el tiempo parecía suspenderse, atrapado en una danza infinita.
Se decía que a esas horas mágicas, cuando el sol comenzaba a ceder ante la luna, seres de agua ascendían por el río para unirse al festín de los jóvenes. Estos niños, muchachitos como cualquier Pai o Yoakai, bailaban despreocupados, al ritmo de una canción ancestral. Sus pasos, acompañados de una melodía que resonaba con el murmullo del río y las risas de otros tiempos, invocaban una presencia más allá de lo visible.
Ellos, los niños, eran los guardianes de un secreto que solo los sabios ríos conocían: el arte de quemar sal en la playa para llamar a las sirenas, criaturas de otro mundo, de cabello largo y sin ataduras de vestimenta. Entre la danza, se deslizaban las sirenas, invisibles hasta que la música del Makoi resonaba en sus almas: "maku kabayuu makui hi, maku kabayu". Entonces, como si el río hubiera soltado su aliento, las figuras del agua se unían a la ronda, llenando de magia la simpleza del juego.
Los padres, vigilantes desde lo seco, escuchaban relatos de esta aparición. "¿Es gente?", inquirían, buscando sentido en lo sobrenatural. Pero los niños, con ojos grandes y sinceridad inquebrantable, insistían, "¡Gente!", aseguraban. Gente que bailaba con ellos, aunque de una especie diferente, sin taparrabos, y con un semblante sereno que no conocía enfermedad.
Una noche, como tantas, mientras las sirenas danzaban, uno de los niños, siguiendo el consejo de sus padres, se escabulló para contar lo que había presenciado. "Ya entró. Ya está bailando con nosotros", aseguró. Y así, con el canto de guerra resonando en sus labios, los padres, armados con flechas, se dirigieron hacia la playa. Un ritual de defensa, una danza de confrontación entre el miedo y lo desconocido.
El que iba a flechar se circundó alrededor de la ronda, cantando su canto que resonaba como una advertencia en la brisa: "esta puntica, esta puntica, a ti paisano en el pecho la voy a quebrar". Y cuando el velo del misterio cayó, se dio cuenta que aquellos danzantes eran, en realidad, de una especie distinta. Sin embargo, cegado por el temor y la confusión, lanzó su flecha.
La sirena, alcanzada por el arpón, cayó silenciosamente. Su cuerpo fue encontrado al día siguiente flotando en la bocana, como si el río hubiera decidido contar su propia historia con los susurros del agua. Mientras tanto, su contraparte, en un atisbo de libertad, huyó hacia el remanso del río Duche, dejando tras de sí un eco, un canto, y un lamento.
Se decía que el macho era el que había sido arponeado, mientras la hembra se había retirado al remanso de Sitakara, lugar sagrado y eterno, donde las historias del río se entrelazaban con las del cielo. Y aunque el canto de los Makoi se disolvió en el aire, jamás causaron daño, sino que caminaron junto a los hombres, en paz. Los tiempos antiguos, cuando el arrojo y la locura caminaban de la mano, habían querido ver monstruos donde solo había compañeros de danza.
Ahora, en el remanso de sirena, el río sigue cantando. Y aquellos que escuchan, acaso con el silencio del corazón, podrían descubrir en el fluir del agua, el susurro de un tiempo donde hombres y sirenas bailaban al unísono, ignorantes de la línea que separa lo real de lo mágico.
Historia
El origen del mito gira en torno a un grupo de niños que solían ir a bailar en una playa. Este lugar era conocido como la quebrada Huevo-de-pescado, ubicada debajo de un chorro y cerca de una cerca. Los niños bailaban diariamente, y durante una de estas ocasiones en la playa, experimentaron una aparición inusual: una sirena se unió a ellos en su danza.
Los padres de los niños, inicialmente ajenos a la naturaleza de las personas que acompañaban a sus hijos, les dieron instrucciones de no soltarlos y de seguir bailando con ellos si aparecían de nuevo. Sin embargo, uno de los niños fue enviado a contar a los adultos cuando las sirenas volvieron a unirse a la danza. Los padres, entonces, acudieron con arcos y flechas para enfrentarse a las criaturas.
Durante el encuentro, observaron que eran personas de otra clase, sin taparrabos y con el cabello largo hasta la cintura. Uno de los padres flechó a la sirena, quien cayó y fue hallada flotando al día siguiente en la bocana del río. El macho fue el que resultó muerto, mientras que la sirena hembra logró huir hacia el remanso de la bocana del río Duche, donde, según algunas versiones, aún permanece.
El mito también menciona una particularidad: el canto de la sirena era "maku kabayuu makui hi, maku kabayu", y se dice que era uno que, a diferencia de otros espíritus, no enfermaba a las personas. Sin embargo, por temor o falta de entendimiento, los humanos decidieron atacar a estas entidades. El lugar donde ocurrió esta historia es llamado Sitakara, conocido también como "el remanso de sirena," y queda en la quebrada Huevo-de-pescado.
Versiones
En el análisis de las dos versiones principales del mito, la primera resalta el encuentro cotidiano y casi ritual entre los niños y las sirenas en una playa específica, enfatizando la interacción lúdica y despreocupada. Los niños son retratados como participantes activos en un baile con las sirenas, que son vagamente descritas pero sugieren una conexión cultural y común entre las entidades humanas y sobrenaturales. La música y el baile forman un vínculo central en esta versión, con las sirenas uniéndose a los niños y cantando una canción particular. La narrativa se centra en el descubrimiento gradual de la naturaleza no humana de las sirenas por parte de los adultos, quienes finalmente intervienen de manera hostil, desencadenando un clímax violento.
Por otro lado, la segunda parte del relato cambia el enfoque hacia las consecuencias de este encuentro al describir la reacción violenta y las acciones posteriores de los adultos. Aquí, se detalla la caza de las sirenas, añadiendo un tono más trágico y reflexivo. La narrativa explora la confusión y malentendidos culturales que llevaron al conflicto, cuestionando la racionalidad detrás de la agresión y sugiriendo que los humanos fallaron en entender la naturaleza benigna de las sirenas. Este componente añade una capa más de crítica social sobre los impulsos violentos de "la gente de antes". Ambas versiones coinciden en el encuentro inicial y el baile, pero divergen significativamente en su desarrollo y resolución, destacando la tensión entre lo lúdico y lo trágico, y entre la aceptación cultural y el temor a lo desconocido.
Lección
El miedo a lo desconocido puede llevar a la violencia innecesaria.
Similitudes
Se asemeja a los mitos griegos sobre las sirenas y los encuentros con lo sobrenatural en la mitología japonesa.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



