Venga, siéntese aquí, a la sombra, que el sol de la Mojana no perdona y el agua tampoco. Yo no le voy a decir mentiras: en estas tierras el río San Jorge aprende a caminar como culebra, y la ciénaga aprende a mirar como persona. Dicen los viejos de Torcorá que, cuando la noche está quieta y el viento no se atreve a soplar, aparece una canoa sola, sin boga y sin remo, como si la empujara el recuerdo. No es canoa de pescador, no señor: esa canoa viene cargada de un tesoro que no es para manos apuradas. La madera brilla como si la hubieran untado con luna, y en la proa trae un ojo, un ojo grande, de esos que lo ven a uno por dentro. En ese ojo, clavado como espina, va un limón de acero. Así le dicen: limón, porque es redondo y porque amarga la vida del que lo toca. Y es de acero, porque no se oxida con el agua ni con el pecado. Ese limón es la tapa del mirar. Mientras esté ahí, la canoa no muerde, la ciénaga no se levanta, y el tesoro duerme como niño cansado. Pero siempre hay alguien que cree que la riqueza es un animal manso. Un muchacho una vez, de manos rápidas y corazón sin freno, vio la canoa y pensó que el ojo era candado. Se metió al agua hasta la cintura, y el agua se le volvió fría como si lo estuviera juzgando. Alcanzó el limón de acero y lo giró, apenas un poquito. En ese instante, hijo, el silencio se partió. Desde el fondo, donde el barro guarda secretos, se oyó un suspiro largo, como de mujer que despierta enojada. Y fue cuando la Torcorá se estiró. No es culebra de monte. Es bruja con piel de escama. Dicen que tiene patas para caminar sobre el fango sin hundirse, y plumas en las orejas, como si escuchara el mundo por dos alas. Ella duerme encima del tesoro, enrollada, y sueña con el oro como otros sueñan con pan. Cuando el limón se mueve, la Torcorá abre el ojo que no se ve: el ojo del hambre. El muchacho quiso correr, pero el agua le agarró los tobillos como manos. La canoa se volteó sin voltearse, y el ojo de la proa lo miró fijo. La Torcorá no lo mordió de una vez; primero le sopló encima, y ese soplo le llenó la cabeza de visiones: vio totumos de oro colgando en un cerro que todos miran, vio árboles que desaparecían cuando uno los tocaba, vio monedas que cantaban como grillos. Y ahí entendió tarde: el tesoro no estaba para sacarlo, sino para probarlo. Porque el que arranca lo que brilla sin permiso, se queda sin camino y sin nombre. Al amanecer, la canoa ya no estaba. Solo quedó, flotando, un círculo de agua quieta, como un ojo cerrado. Por eso, cuando usted vea algo raro en la ciénaga, no lo salude con la mano, salúdelo con respeto. Y si ve el ojo de la canoa, ni por curiosidad toque el limón de acero. Que la Torcorá no perdona, y el agua tiene memoria.
Historia
Este relato nace en el paisaje anfibio de La Mojana, donde los ríos y ciénagas hacen del territorio un lugar de señales: apariciones repentinas, objetos que brillan y guardianes que castigan la codicia. La tradición sinuano–sanjorgiana ubica la escena en la ciénaga de La Sierpe, asociando la canoa-tesoro a un guardián antiguo (mocán) y a una entidad serpiente-bruja llamada Torcorá. En esta versión nueva, el elemento central es el ojo de la canoa: un símbolo de vigilancia y de conciencia. El limón de acero funciona como sello ritual: no es una simple pieza metálica, sino la frontera entre el sueño del tesoro y el despertar del castigo. La Torcorá aparece como guardiana del equilibrio: protege la riqueza enterrada (guaca) para que no se convierta en ruina moral. El mito también dialoga con imaginarios zenúes de tesoros escondidos en ríos y ciénagas, y con la idea de frutos de oro que no pueden ser arrancados sin consecuencia. Así, la riqueza se presenta como prueba y no como premio automático.
Versiones
1) Versión de los pescadores: la canoa aparece solo después de lluvias fuertes, cuando el agua cambia de color. El ojo de la proa no mira al que está lejos, sino al que ya decidió robar. 2) Versión de los abuelos curanderos: el limón de acero no se quita con fuerza, se quita con palabra. Si alguien lo toca sin permiso, la Torcorá le mete sueños de oro para enloquecerlo. 3) Versión de los caminantes del playón: la Torcorá no mata siempre; a veces marca al ambicioso con una fiebre que vuelve a la persona ‘pesada’, como si cargara barro en los huesos. 4) Versión zenú: el tesoro no es solo oro; son semillas antiguas y herramientas de tejido. La Torcorá castiga a quien busca riqueza sin comunidad, pero guía al que ofrece primero alimento y respeto al agua. 5) Versión de los jóvenes: el ojo de la canoa es una cámara del agua, y el limón de acero es un ‘botón’. Quien lo toca, queda grabado en la memoria de la ciénaga y se pierde en los caños.
Lección
La riqueza sin permiso ni reciprocidad rompe el vínculo con el territorio. El mito enseña tres reglas: 1) No todo lo que brilla es para llevarse. 2) En tierras de agua, el respeto es la verdadera brújula. 3) La codicia despierta guardianes: a veces con dientes, a veces con sueños que enferman.
Similitudes
Comparte rasgos con relatos caribeños de tesoros encantados y guardianes acuáticos: apariciones en ciénagas, objetos de oro como prueba moral y castigos ligados al agua. Se emparenta con motivos de ‘guacas’ protegidas por entidades no humanas y con historias donde un objeto pequeño (sello, clavo, piedra) mantiene dormido un peligro. También se parece a leyendas de frutos de oro imposibles de arrancar sin consecuencia, y a narraciones donde el ojo simboliza vigilancia espiritual: el territorio observa al visitante y juzga su intención.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.
