Por la boca muere el pez

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Por la boca muere el pez

Domingo da Cunha, zapatero portugués de lengua irreverente, enfrenta un proceso inquisitorial después de que bromas y blasfemias atribuidas llegan a sus acusadores.

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El relato

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En la muy noble y leal ciudad de la cruz y los leones vivía, a comienzos del siglo XVII, un zapatero lusitano llamado Domingo da Cunha. Tenía el taller en la calle de El Candilejo, a mano derecha yendo hacia la esquina de El Cañón Verde. Allí se pasaba los días trabajando de sol a sol, canturreando cantigas de Portugal o dándole conversación a los desocupados que iban a matar el tiempo entre las leznas y los cordobanes.

Era un vecino ejemplar por todos los lados menos por el del pico. A lenguaraz y bromista le añadía una devoción muy seria a la bota, que no era permanente aunque sí frecuente.

Un día remataba un par de chapines encargados por la mujer del teniente-gobernador cuando dos alguaciles del Santo Oficio se colaron en la tienda, levantaron las varas y le echaron las zarpas a los hombros.

—Téngase vuesas mercedes. Sin duda es un yerro que se hace con un honrado vecino. Yo soy Domingo da Cunha, zapatero y chapinero de oficio, natural del Obispado de Coimbra, en los reinos de Portugal.

Al mismo que viste y calza, le contestaron, es al que buscamos de parte del señor inquisidor. Y sin más razones, delante de todos los mercaderes de la calle, se lo llevaron a las cárceles secretas.

Los cargos los pusieron sus contertulios, los mismos que se sentaban en su taller a matar la tarde. Ñuño Ximénez declaró que el zapatero se daba a entender judío y que una vez había dicho que se hubiera holgado de estar presente cuando crucificaron a Jesucristo. Un catalán contó que, oyendo a unos soldados del presidio real jurar sin medida, da Cunha había soltado que, pues tanto votan, bótenlo para mi casa, con todos los diablos. La beata Marica de Verdejo se había quedado atrás de una procesión del Santísimo por encender un farol. Contó que el zapatero, que acertó a pasar por allí, le preguntó hacia dónde lo llevaban, y que al oír la respuesta dijo lo suyo: allá va Dios, en casa de todos los diablos. Sin otras muchas herejías y palabras que dijo a este modo, según canta el proceso.

Da Cunha pensó negarlo todo. Lo llevaron a la mancuerda, y antes de que le pusieran la toca y trajeran los jarros de agua confesó a voces y pidió que lo perdonaran. Si algo había dicho en menosprecio de Jesucristo, alegó, era cosa del demonio del mosto, que le traía a la cabeza esa muletilla liviana, y que su alma se fuera con todos los diablos si volvía a besar la bota.

El arrepentimiento no le sirvió de nada. Lo condenaron a cinco años de destierro, cien pesos para gastos del tribunal y abjuración de leví. Cumplió la sentencia con mordaza en la boca, en compañía de otros veintiún penitentes, en un auto de fe celebrado un miércoles de junio en la plaza mayor, presenciado con gran contentamiento por nobles y pecheros.

De camino a la galera que iba a llevarlo al destierro, después de entregar los cien pesos, el zapatero dijo entre dientes que ya se le habían ido los dineros a casa de todos los diablos.

Lo dijo de manera que no lo oyeran. Sabía muy bien lo que costaba decirlo fuerte.

Por la boca muere el pez: lo que quedó del relato

La enseñanza

“La misma frase cuesta cinco años dicha en voz alta y no cuesta nada dicha entre dientes.”

Territorio

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.423° · -75.517°

Ficha del relato

Contexto histórico

La pieza se lee en el segundo volumen de «Mitos y leyendas de Colombia», antología investigada y compilada por Eugenia Villa Posse para el IADAP e impresa en Quito en 1993. Ocupa las páginas 31 a 33, dentro de la sección diecisiete, «Varias regiones · Leyendas», que abarca de la 7 a la 63 del tomo.

Lo que esa sección reproduce es «Leyendas», de Enrique Otero D'Costa, salido en Bogotá en 1936 de la Editorial Minerva, en la Biblioteca Aldeana de Colombia y dentro de la Selección Samper Ortega de Literatura Colombiana que patrocinó el Ministerio de Educación Nacional, páginas 15 a 46. Su nota de cabecera afirma que muchas de esas leyendas fueron «oídas por el autor directamente de narraciones campesinas», que él recuerda y elabora «con el fin de dar una presentación más literaria». La afirmación cubre el conjunto y no señala cuáles; en este caso no aparece narrador, ni lugar de escucha, ni fecha.

Otero D'Costa era santandereano de nacimiento —Bucaramanga, 1883— y cartagenero de oficio. Antes de 1923 gerenció el ferrocarril de Cartagena a Calamar, publicó una guía de la ciudad en 1912, fue concejal y fundó allí la Academia de Historia de Cartagena y su «Boletín Historial». El informe con que la Academia Colombiana de Historia lo hizo miembro de número en abril de 1924, publicado en el Boletín de Historia y Antigüedades número 166, páginas 629 a 631, cuenta esas fundaciones entre sus mayores méritos. La etapa costeña la reconstruyó Daniel Mauricio Preciado Camargo en 2015 a partir del expediente del Archivo General de la Nación.

Importa saberlo porque aquí el autor no escribe como aficionado sino como historiador que dice tener papeles delante. Cita el sumario con su fórmula —«según canta el proceso»—, nombra al inquisidor mayor Agustín de Zárate y Saravia y al contador del tribunal José de Bolívar, y fecha el auto de fe un miércoles diecisiete de junio de 1626. Ese expediente no se ha visto. La única versión legible del caso de Domingo da Cunha es la que él escribió trescientos años después.

Resonancias con otros mitos

El parentesco más cercano está dieciocho páginas más adelante, en el mismo volumen y del mismo autor. En «Genus irritabile vatum», páginas 49 a 53, el soldado Pedro Chiquillo compone unas coplas burlándose de los versos de sus capitanes en plena campaña de la provincia de El Carbón, y lo echan del ejército por eso. Los dos hombres son ingeniosos y pobres, los dos hacen reír a quienes los rodean, y a los dos les cobra el chiste una autoridad que no admite que se rían de ella. Un soldado sin paga pierde el puesto; un zapatero portugués pierde cinco años y la boca.

El segundo parentesco es de forma y recorre la sección entera. Cuatro de sus quince leyendas llevan por título un refrán castellano —«Tal para cual», «No hay deuda que no se pague…», «A Dios rogando y con el mazo dando» y ésta—, y en todas el relato existe para que el refrán se cumpla al pie de la letra. Aquí el procedimiento tiene una vuelta de tuerca: el pez muere por la boca en el cuerpo del cuento, y en la última línea el mismo pez vuelve a abrirla y esta vez no muere, porque aprendió a decirlo sin que lo oigan. El refrán se cumple y luego se desmiente, y esa segunda mitad es lo que distingue la pieza de un simple ejemplo moral.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El relato cambia de registro cada pocos renglones y conviene leerlo sabiéndolo. Hay un tono de expediente, con nombres, oficios, cifras de multa y fecha de auto de fe. Y hay un tono de tertulia, con exclamaciones de asombro, apartes en broma y apodos para los alguaciles, que el narrador llama gavilanes. La tortura queda contada en ese segundo tono, entre chanzas, y el cambio de clave no la vuelve menos precisa: nombra la mancuerda, la toca y los jarros de agua, que son los instrumentos con nombre propio del tormento inquisitorial.

  2. Quien acusa importa tanto como lo acusado. Los tres testigos no son enemigos ni vecinos molestos: son los contertulios del taller, la gente que iba a pasar el rato con el zapatero. El narrador los llama traidores y malos amigos y ahí no hay ironía ninguna.

  3. Un detalle marca el marco ideológico del texto y no se puede leer de paso. Uno de los cargos es haberse dado a entender judío, y el narrador remata la escena lamentando el escándalo de las personas graves «que hasta entonces le habían tenido por cristiano viejo». La expresión pertenece al vocabulario de la limpieza de sangre, y el relato la usa sin distancia, como si fuera un elogio perdido. La víctima, además, es un inmigrante portugués en la plaza donde el Santo Oficio persiguió a los portugueses como judaizantes de manera sistemática; ese contexto no está en la página y hace falta para entenderla.

  4. La muletilla aparece tres veces y cada una vale distinto. En boca de un tercero es blasfemia probada, en boca del reo arrepentido es culpa del vino, y en el camino del destierro es una broma privada que ya no le cuesta nada.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
13
Última revisión
21 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, vol. II, sección 17: «Leyendas», de Enrique Otero D'Costa

    flacso.edu.ec

    Ocupa las páginas 31 a 33 del tomo y es el único texto que cuenta este proceso. De aquí salen el zapatero lusitano Domingo da Cunha y su taller en la calle de El Candilejo, camino de la esquina de El Cañón Verde; los tres testigos —Ñuño Ximénez, el catalán sin nombre y la beata Marica de Verdejo—; la muletilla «allá va Dios, en casa de todos los diablos»; el tormento de la mancuerda con toca y jarros de agua; la sentencia de cinco años de destierro, cien pesos para gastos del tribunal y abjuración de leví; el auto de fe con veintiún penitentes más y la mordaza. De aquí salen también los tres datos que el autor presenta como de archivo y que ninguna otra fuente repite: el inquisidor mayor «Agustín de Zárate y Saravia», el contador del tribunal José de Bolívar y la fecha del miércoles 17 de junio de 1626. El volumen reproduce «Leyendas» (Bogotá, Editorial Minerva, Biblioteca Aldeana de Colombia, Selección Samper Ortega, 1936, pp. 15-46).

  2. Reseña de «Cincuenta años de inquisición en el Tribunal de Cartagena de Indias 1610-1660», de Splendiani, Sánchez Bohórquez y Luque de Salazar, en «Fronteras de la Historia», n.º 3, pp. 275-281

    revistas.icanh.gov.co

    Contesta, sin saberlo, la pregunta que esta ficha deja abierta: dónde habría que ir a buscar el proceso de Domingo da Cunha y qué hay allí. Describe los cuatro tomos de Splendiani y precisa que los volúmenes segundo y tercero «contienen la transcripción de los Libros 1020 y 1021 de la Sección Inquisición del Archivo Histórico Nacional de Madrid, que reúne las relaciones de causas y los autos de fe de la Inquisición de Cartagena de Indias» —el 1020 cubre 1610-1637, justo el tramo del auto de fe que el relato fecha en 1626—. Añade que los autores hallaron 450 procesos frente a los 340 de José Toribio Medina, y que el cuarto tomo trae un índice de reos con «nombre, sexo, edad, nacionalidad, procedencia, raza, profesión u oficio, delito, año en que se llevó a cabo el proceso y la localización de los respectivos documentos (libro y folio)». Es decir: un zapatero portugués penitenciado en 1626 sería, si existió, un registro localizable, y no lo ha localizado nadie.

  3. Judeo-conversos en la Audiencia del Nuevo Reino de Granada. Siglos XVI y XVII, en «Historia Crítica», n.º 23, pp. 73-84

    revistas.uniandes.edu.co

    Pone la fecha del cuento dentro de una campaña documentada y le da oficio al reo. Escribe que «en noviembre de 1626, los inquisidores de Cartagena escribían a las autoridades metropolitanas alarmados por la infestación de herejes, especialmente portugueses», cinco meses después del auto de fe que el relato fecha en junio de ese año: el tribunal estaba, ese mismo año, mirando hacia los portugueses. Y desmiente la imagen del converso rico: citando al visitador Rodríguez de San Isidro Manrique, registra que «la mayor parte era gente miserable […] de oficio pulperos, arráez, marineros, zapateros o sastres», que es exactamente la condición de Domingo da Cunha. Explica además el motor económico del tribunal, sostenido por multas y confiscaciones, que da otra lectura a los cien pesos que el zapatero paga camino del destierro.

Contraste y contexto · 10 referencias
  1. Inquisición. El Tribunal de Cartagena de Indias, en el «Diccionario de Historia Cultural de la Iglesia en América Latina»

    dhial.org

    Da la estadística contra la que puede pesarse la sentencia del zapatero y dice qué quedó del tribunal. Registra que en el siglo XVII se tramitaron unas 731 causas —un 30 % por superstición y brujería, un 11 % por protestantismo, un 11 % por judaizantes— y que las abjuraciones «de levi», la pena exacta que el cuento le impone a da Cunha, suman el 29 % de las sentencias: no es un castigo excepcional sino el más común del tribunal, junto con el destierro y las multas. Sitúa la gran persecución de portugueses entre 1636 y 1642, la «gran complicidad», diez años después del episodio narrado, lo que obliga a leer 1626 como un proceso por palabras y no por criptojudaísmo. Y explica el hueco documental: los archivos originales del tribunal se perdieron en un incendio y sólo subsisten las copias de relaciones de causas enviadas a Madrid.

  2. Pleitos civiles ante el tribunal de la Inquisición: privilegios judiciales y poder local en Cartagena de Indias (s. XVII-XVIII), en «Varia Historia», vol. 37, n.º 74, pp. 361-391

    redalyc.org

    Es lo que permite decir por qué el expediente que Otero invoca puede no existir ya, sin acusarlo de inventarlo. Inventaria lo que se conserva del tribunal cartagenero —ocho legajos con 146 expedientes de pleitos civiles, en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, producidos entre 1610 y 1781— y explica la razón del hueco: «El archivo local de procesos civiles de Cartagena que no llegaron a la instancia superior en Madrid no se conserva». Lo que subió a la Suprema sobrevivió; lo demás, no. Y aporta el ejemplo que cierra el argumento: del comerciante Juan Rodríguez Mesa, reo del tribunal y figura documentada, anota en nota al pie que «el proceso de fe de Juan Rodríguez Mesa no se conserva». Si el sumario de un mercader notable se perdió, el de un zapatero podía perderse sin dejar rastro.

  3. Cartagena de Indias en el siglo XVII: puerto negrero internacional, en «Redescubriendo el Nuevo Mundo. Estudios americanistas en homenaje a Carmen Gómez», pp. 63-74

    digital.csic.es

    Cuenta cómo llegó a Cartagena un hombre como el del cuento y por qué su acento lo volvía sospechoso. Reconstruye la emigración portuguesa al puerto al calor de los asientos de esclavos y sostiene que «la gran emigración de portugueses judaizantes a Cartagena fue aumentando a medida que se fueron desarrollando los asientos», hasta constituir la mayor parte de la población extranjera de la ciudad. Muestra con casos nominados que ser portugués y ser procesado iban juntos —el negrero Luis Gómez Barreto, «portugués judaizante», que «sufrió un duro proceso por parte de la Inquisición»— y que fue «el hecho de ser judíos lo que acabó» con las mayores fortunas lusas del puerto. Es el contexto que la página de Otero no trae y sin el cual el arresto del zapatero parece un capricho: en esa ciudad, un lusitano lenguaraz era material de denuncia.

  4. Una noche de luces y festejo en Cartagena de Indias, 1690, en «Fronteras de la Historia», vol. 22, n.º 1, pp. 136-163

    redalyc.org

    Muestra el mecanismo que destruye al zapatero: cómo una reunión entre conocidos se convierte en causa de fe. Reconstruye, con los papeles del propio tribunal, una fiesta celebrada un viernes por la noche de 1690 cuyos participantes «fueron acusados de reunirse a celebrar prácticas judías», y sigue las biografías de esos tripulantes extranjeros hasta el punto en que alguien de la mesa habla. Es el reverso exacto de la tertulia del taller de El Candilejo: el peligro no venía de un enemigo sino de la compañía, y bastaba una frase oída en confianza. Sirve además para comprobar que las relaciones de causas conservadas permiten reconstruir episodios cartageneros con nombre propio cuando el documento existe, que es justo lo que aquí falta.

  5. Gobierno, comercio y sociedad en Cartagena de Indias en el siglo XVII, en «Cartagena de Indias en el siglo XVII», pp. 353-377

    banrep.gov.co

    Explica por qué el reo del cuento no se defiende ni tiene quien lo defienda. Sostiene que los portugueses de Cartagena «vivieron una situación peculiar no sólo por su nivel económico y profesional bajo, sino también por su ingreso y permanencia en situación irregular porque no habían obtenido la naturaleza española», y que «la implicación de no pocos en causas de inquisición por sus vínculos con el judaísmo» los llevó a rehuir el protagonismo social y quedarse «en un lugar discreto». Un chapinero lusitano que canta cantigas y suelta chistes en la calle está haciendo lo contrario de lo que su colonia había aprendido a hacer, y el relato cobra ahí un filo que su tono festivo esconde. Documenta además, con el caso de Luis Gómez Barreto, que ni el cargo de regidor libraba de ser procesado dos veces.

  6. Vida cotidiana en Cartagena de Indias en el siglo XVII, en «Cartagena de Indias en el siglo XVII», pp. 451-499

    banrep.gov.co

    Sitúa las dos escenas públicas del relato —la procesión del Santísimo y el auto de fe— en el mismo lugar y con la misma función. Describe la Plaza Mayor y sus calles como «espacio de un cierto teatro del poder especialmente visible en las procesiones, las celebraciones y los autos de fe», que es la clave de por qué el castigo del zapatero se cumple en público, con mordaza y ante nobles y pecheros. Y aporta la escena donde el chiste se vuelve delito: el obispo que reprocha que las procesiones fueran «de ordinario a tropas, en confuso, sin distinción de personas», con religiosos, mestizos, negros y mujeres mezclados. En esa confusión encaja la beata rezagada con su farol y el vecino que pasa y suelta una frase.

  7. Leyendas

    revistas.upb.edu.co

    Permite leer en limpio la pieza con la que «Similitudes» empareja ésta. Imprime «Genus irritabile vatum» en las páginas 67 a 69, donde el soldado Pedro Chiquillo remata a sus dos capitanes con una cuarteta —«ni la piedra vale un bledo / ni el verso un maravedí»— y lo expulsan del ejército por el chiste. Puestas al lado, la simetría se comprueba: el mismo autor construye dos veces al ingenioso pobre a quien una autoridad le cobra la lengua, y aquí la factura es de cinco años y una mordaza. Este pliego póstumo de seis piezas confirma además que las leyendas de la Selección Samper Ortega venían de «Historietas» (1934) y seguían reimprimiéndose en 1964.

  8. La selección Samper Ortega, 1926-1937: historia de un gran legado bibliográfico

    banrepcultural.org

    Documenta el vehículo por el que un proceso inquisitorial contado sin expediente pasó a ser lectura escolar. Publica el índice íntegro de la Selección Samper Ortega y allí el número 39 es «Enrique Otero D'costa, Leyendas»; describe el proyecto —cien volúmenes, 18.500 páginas, Editorial Minerva de Bogotá, 1928-1937— como colección barata destinada a bibliotecas de aldea, con proposición de la Academia Colombiana de Historia del 15 de mayo de 1937. Es el dato que convierte el tomo que Villa Posse reprodujo en una referencia numerada dentro de una política editorial del Estado.

  9. Hacia una nueva comprensión de la historiografía colombiana: breve historia intelectual de Enrique Otero D'Costa (1883-1964)

    repository.urosario.edu.co

    Es lo que permite calibrar el «según canta el proceso» con que esta pieza se blinda. Establece que en «Historietas» —matriz de estas leyendas— «Otero no muestra una referencia documental específica sobre el uso de las fuentes con las que trabaja», aunque «en algunas partes del libro el autor advierte la existencia de libros, tratados y documentos»: invocar un documento sin citarlo era su procedimiento habitual, no un descuido de esta página. Añade que su intención era construir conocimiento histórico serio y no costumbrismo, lo que explica que el relato dé nombre de inquisidor, nombre de contador y fecha exacta de auto de fe sin acompañarlos de una sola signatura.

  10. Boletín de Historia y Antigüedades, año XIV, n.º 166

    academiahistoria.org.co

    Acredita que quien escribe sobre el tribunal cartagenero tenía tribuna y oficio en la ciudad. En las páginas 630 y 631, el informe de candidatura de Arturo Quijano y J. D. Monsalve, del 1.º de abril de 1924, lo propone como miembro de número y le reconoce haber fundado dos centros de estudios históricos, el de Cartagena y el de Manizales, con sus órganos, el «Boletín historial» y el «Archivo Historial». Haber dirigido dos años una revista de historia en Cartagena hace verosímil que manejara papeles locales, que es la afirmación implícita del relato: la hace verosímil, no la comprueba.

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«Por la boca muere el pez» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Por la boca muere el pez» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Por la boca muere el pez» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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