Antes de que hubiera carreteras y mojones, el territorio se acomodaba como se acomoda un animal cuando va a dormir: buscando el fresquito. Y así fue que el Gran Caimán de Oro se echó a lo largo de las sabanas y las ciénagas, con la cabeza hacia Momil, donde el cerro habla cuando el viento se enoja, y la cola perdiéndose por Lorica, donde el río se vuelve mercado y canto. No era un caimán de esos que muerden por hambre. Este era de oro por dentro, no por fuera. Por fuera era barro, junco y lirio; por dentro, un resplandor como pepita recién lavada.
Cuando el invierno se soltaba y el agua se subía a las casas, el Caimán de Oro abría sus ojos bajo la superficie y movía apenas el lomo. Ese movimiento era un mandato: los caños se despertaban, los canales antiguos recordaban su camino, y el agua dejaba de ser enemiga para volverse visita. Pero la gente, ay, la gente… siempre hay quien confunda brillo con permiso. Un año de sequía dura, cuando la tierra se cuarteó como totuma vieja, un hombre de Chinú juró que el oro del Caimán estaba enterrado en el contorno mismo: que cada curva del cuerpo marcaba un asentamiento, una zona de riqueza.
Y se fue regando el rumor por Sahagún, por Ciénaga de Oro, por Lorica: que si uno seguía el contorno del animal, encontraba guacas, joyas, fortuna. Entonces llegaron con palas y ambición, y empezaron a herir la orilla, a abrirle tajos al humedal como si el agua fuera una bolsa. Y el Caimán de Oro, que no habla con lengua sino con corriente, respondió: no con muerte, sino con extravío. A los codiciosos les cambiaba el camino. Los hacía caminar en círculo, como si el mundo fuera una rueda de barro.
Los hacía oír tambor donde no había fiesta. Les ponía en los ojos una luz errante, como candela sobre el playón, y cuando corrían detrás de ella, terminaban de rodillas en el borde de Betancí, mirando su reflejo: no el oro, sino su propia cara partida. Fue una anciana de caña flecha, de manos sabias, la que entendió. Dijo: ‘El contorno del caimán no es para encontrar tesoros, es para no perderse. Es el dibujo de cómo se sostiene la vida: agua, tierra, gente’.
Y esa noche, en silencio, dejó una totuma con agua limpia y un puñado de maíz en la orilla. Al amanecer, el humedal amaneció quieto, como si alguien hubiera puesto orden. Desde entonces, cuando llueve fuerte y dicen que bajan pepitas por los cerros, yo no me voy detrás del brillo. Yo miro el agua y le pido permiso. Porque el Caimán de Oro sigue ahí, mijo: acostado, marcando con su cuerpo el camino de los pueblos. Y el que no respeta el contorno, termina tragándose su propia ambición.
Historia
Este relato nace del cruce entre memoria Zenú y paisaje sinuano–sanjorgiano: una región donde el agua organiza la vida (ciénagas, caños, crecientes y veranos). En la tradición local, el río y los humedales no son solo geografía: son carácter, advertencia y sustento. El mito nuevo toma como eje la idea del contorno del caimán como mapa vivo: un cuerpo que, al acostarse sobre el territorio, sugiere rutas, asentamientos y zonas de intercambio entre municipios del departamento de Córdoba.
La figura del caimán se enlaza con imaginarios caribeños de guardianes de agua (Mohán, Mojana) y con relatos de transformación y castigo asociados a reptiles. El oro aparece no como premio sino como prueba: remite a la toponimia y a la obsesión histórica por el metal, pero se resignifica como luz interior, equivalente a equilibrio y memoria. Así, el mito explica por qué el territorio se entiende mejor siguiendo el agua que siguiendo la codicia.
Versiones
1) Versión de Betancí: el Caimán de Oro se mueve solo en invierno; su lomo activa caños antiguos y evita que la creciente se lleve las casas. 2) Versión de Ciénaga de Oro: el brillo del caimán se confunde con pepitas; quien sale a ‘recoger oro’ sin permiso regresa desorientado, como si el pueblo cambiara de lugar. 3) Versión de Momil: la cabeza del caimán duerme junto al cerro; cuando alguien intenta secar ciénagas o cerrar caños, el cerro ‘habla’ con bramidos de viento y el agua vuelve por donde era.
4) Versión de Lorica: la cola del caimán se vuelve luz sobre el playón; guía a pescadores responsables y enreda a quienes pescan con abuso. 5) Versión de Chinú y Sahagún: una tejedora de caña flecha ‘lee’ el contorno del caimán como si fuera un trenzado; enseña que el mapa correcto es el de la comunidad, no el del saqueo.
Lección
El agua no es botín: es pariente. El territorio no se entiende por lo que brilla, sino por lo que sostiene. Seguir el contorno del Caimán de Oro significa respetar humedales, caños y saberes comunitarios; quien rompe ese contorno rompe su propio camino y termina perdido en su ambición.
Similitudes
Comparte rasgos con relatos caribeños de guardianes acuáticos: el Mohán como presencia poderosa ligada a ciénagas y cerros, y la Mojana como dueña de aguas que castiga el irrespeto. También dialoga con el motivo del caimán como frontera moral (transformación, advertencia) presente en historias del Hombre Caimán, aunque aquí no hay castigo sexual sino territorial: el extravío como sanción a la codicia y al daño ambiental.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



