Al principio no había ni camino ni fogón. No había canto de pájaro, ni brillo de estrella. Todo era una sola oscuridad apretada, y un frío que se metía hasta en los huesos de la tierra. La humedad dormía sin moverse, como si el mundo fuera una totuma vacía, sin agua y sin boca. En esa noche larga caminaban dos sombras que no eran sombras: Mexión, el padre, y Manexca, la madre. Mexión era como el sol que todavía no salía, pero ya calentaba por dentro; Manexca era como la luna que todavía no se veía, pero ya sabía cuidar. Ella tenía un solo seno, y por eso su leche no era para uno ni para otro, sino para todos por igual.
Cuando el frío se puso soberbio y quiso quedarse dueño del mundo, Mexión clavó su bastón en la tierra y dijo: ‘Aquí será mi nombre y será nuestro suelo’. Y donde el bastón tocó, la oscuridad se abrió como una manta vieja. Manexca sopló despacio, y ese soplo se volvió brisa tibia. Así nació el primer aliento. Pero el mundo seguía desordenado, como trenza sin mano. Entonces Manexca arrancó una hebra de caña flecha del corazón del monte, la mojó con saliva de palabra antigua y empezó a trenzar. Trenzó una línea y fue camino. Trenzó otra y fue río. Trenzó otra y fue pensamiento.
Mexión, mirando el tejido, aprendió la forma: con su mano grande abrió canales para que el agua no se volviera rabia en invierno ni se volviera ausencia en verano. Donde el agua corría mansa, la tierra se levantó en lomos, como camellones, para que la semilla no se ahogara. Y allí, en ese primer orden, Mexión sembró el maíz. No lo sembró como siembra cualquiera: lo sembró con nombres. Cada grano tenía un nombre de familia, un nombre de vereda, un nombre de sueño. Manexca lo cubrió con su canto, y cuando el maíz brotó, brotó gente. Gente de barro tibio, gente de agua y de sol escondido.
Los primeros zenúes nacieron con los pies atentos al barro, porque el barro era casa y era mapa. Dicen que Mexión les enseñó a leer el cielo por las crecientes, y Manexca les enseñó a leer el corazón por el trenzado. Y así quedó el mundo: no hecho de una sola cosa, sino de muchas hebras amarradas. Por eso, cuando usted vea un sombrero bien trenzado, no diga que es solo adorno. Ahí está el recuerdo del primer amanecer: la oscuridad vencida por una pareja que supo ordenar el agua y repartir la leche del mundo.
Historia
El relato se ubica en el territorio zenú del Caribe colombiano, en la zona de sabanas y valles asociados a los ríos Sinú y San Jorge, donde el agua marca los ritmos de vida. La historia integra dos ideas centrales de la memoria regional: la pareja creadora Mexión y Manexca como origen de la naturaleza y de la gente, y el acto de ordenar el mundo mediante el manejo del agua. En esta versión editorial, el trenzado de caña flecha aparece como metáfora de cosmovisión: trenzar es unir relaciones, organizar el pensamiento y sostener la vida cotidiana.
El sistema de canales y camellones se presenta como una enseñanza sagrada de Mexión, que transforma la inundación en fertilidad y camino. El maíz funciona como semilla de humanidad: la gente nace de la tierra, pero también de los nombres y del cuidado. La narración está pensada para ser contada por un mayor, con tono oral, y para anclar el mito a lugares reconocibles del resguardo y la zona Sinú–San Jorge sin fijar un punto único, porque el mito viaja con las familias y con el tejido.
Versiones
1) Versión del frío primero: algunos mayores dicen que el enemigo inicial no fue la oscuridad sino el frío, un frío que endurecía el barro y no dejaba nacer nada. En esa versión, Manexca vence el frío amamantando la tierra con su leche, y la primera hierba nace donde cae una gota. 2) Versión del tejido primero: otros cuentan que antes de los ríos existía una sola hebra de caña flecha colgando del cielo. Manexca la trenzó hacia abajo y al tocar el suelo se volvió red de caminos y canales. 3) Versión del maíz primero: en algunas familias se dice que Mexión no creó a la gente directamente, sino que creó primero el maíz para que el maíz soñara a los humanos. Por eso se habla de ‘hijos del maíz’.
4) Versión del territorio-nombre: también se oye que Mexión no es solo un ser, sino el nombre antiguo del país zenú. En esa versión, decir Mexión es nombrar el suelo completo, como si el territorio fuera el cuerpo del creador.
Lección
La enseñanza principal es la del equilibrio: el mundo no se domina a la fuerza, se ordena con cuidado. El agua no se pelea, se guía; la tierra no se explota, se levanta y se protege; la comunidad no se divide, se trenza. Manexca recuerda la igualdad: un solo seno para todos significa que nadie debe quedar por fuera del alimento, del respeto y de la palabra.
Mexión recuerda la responsabilidad: abrir canales y sostener camellones es pensar en el mañana, en la cosecha y en la vida compartida. El mito enseña que la identidad se hace con trabajo cotidiano: sembrar, tejer, cuidar el agua y nombrar el territorio son actos sagrados.
Similitudes
Comparte rasgos con mitos de creación donde el mundo inicia en oscuridad y silencio y una pareja o dualidad ordena el caos. Se parece a relatos indígenas y campesinos del Caribe en los que el agua es entidad viva y el territorio se entiende como cuerpo. También dialoga con cosmogonías donde la humanidad nace de una planta sagrada (como el maíz) y con tradiciones donde el tejido es una tecnología espiritual: tejer no es solo fabricar, sino conectar mundo, memoria y comunidad.
Finalmente, se emparenta con relatos anfibios de regiones inundables: la creación no es levantar montañas, sino aprender a habitar el agua sin perder la tierra.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



