Antes de todo, antes del maíz y del ají, antes del canto del gallo y del golpe del pilón, hubo un tiempo que no era tiempo: la Noche Más Larga. No era noche de estrellas, no. Era una oscuridad espesa, como barro sin agua, y un silencio tan grande que hasta el pensamiento caminaba descalzo para no hacer ruido. En esa oscuridad no se veía el río, pero el río ya soñaba. El Sinú y el San Jorge no corrían todavía por encima de la tierra: estaban guardados, enroscados como culebras dormidas, debajo del mundo.
Y la tierra, que era joven, respiraba lento, esperando que alguien le enseñara por dónde soltar el agua. Fue entonces cuando la Babilla Antigua, la de lomo de oro por dentro y piel de sombra por fuera, se movió en el fondo. No era animal como los de ahora; era guardián y medida, era frontera. Cuando ella abrió un ojo, el silencio se partió en dos, y por esa rajadura se coló el primer sonido: un ‘tac’ suave, como cuando la caña flecha se quiebra si uno la dobla mal.
La Babilla Antigua llamó a la Ceiba Primera. No la llamó con palabras, porque todavía no había palabras; la llamó con hambre de equilibrio. Y la Ceiba, que estaba escondida en una semilla negra, se estiró desde el centro del barro. Subió sin luz, a puro recuerdo, y bajó raíces sin suelo, a puro destino. Cuando su tronco se enderezó, el mundo se ordenó en tres: arriba, el lugar donde algún día viviría la claridad; en medio, el lugar donde la gente aprendería a caminar; y abajo, el lugar donde el agua guarda su fuerza.
Pero seguía la Noche Más Larga, mijo. Y en la oscuridad, los pasos se pierden. Entonces la Ceiba Primera pidió caminos. La Babilla Antigua, que sabía de corrientes y de paciencia, empezó a rasgar la tierra con su cola. Donde pasaba, dejaba zanjas; donde descansaba, levantaba lomos. Así nacieron los primeros camellones, las primeras líneas que enseñaron a la tierra a no ahogarse ni secarse del todo.
Cuando el agua por fin se atrevió a salir, no salió como río bravo, sino como susurro. Se metió por los canales recién abiertos, se quedó en las ciénagas como quien aprende a respirar, y en cada remanso dejó una semilla de vida: un pez pequeño, una rana, un insecto que brillaba por dentro como brasa escondida. Y fue ese brillo, no el sol todavía, el que rompió la Noche Más Larga. Los insectos se juntaron en la copa de la Ceiba Primera y parecían un tejido vivo.
La Ceiba, viendo ese tejido, enseñó a la gente que aún no existía la primera lección: que la luz no llega de golpe, que se trenza. Dicen que cuando nació la primera familia, no nació de una sola parte. Nació del barro del canal, de la sombra de la Babilla Antigua y del aliento de la Ceiba. Por eso el Zenú no le tiene miedo a la creciente ni a la sequía: le tiene respeto. Porque el mundo empezó sin luz, sí, pero no empezó sin agua ni sin memoria.
Y todavía, cuando el cielo se pone pesado y la ciénaga crece, los mayores dicen: ‘No es castigo. Es la Babilla Antigua recordándonos el camino’.
Historia
Este relato se sitúa en la zona Zenú del Sinú–San Jorge, donde el agua define el territorio: ciénagas, humedales, crecientes y veranos. La Noche Más Larga representa un origen sin luz y sin palabra, pero no sin potencia: debajo de la oscuridad ya existen el agua contenida y la tierra esperando orden. La Babilla Antigua funciona como guardián territorial y principio de medida: su movimiento abre los primeros caminos de agua.
La Ceiba Primera aparece como eje de los tres planos del mundo (arriba, medio y abajo), y como soporte del tránsito entre ellos. La creación no ocurre como un acto instantáneo, sino como una ingeniería sagrada: abrir, conducir, retener y soltar; hacer canales y levantar lomos; permitir que la vida brote donde el agua aprende a quedarse. La luz surge al final como un tejido: un brillo colectivo y pequeño que anuncia el amanecer de la vida y del lenguaje. Así, el mito conecta cosmovisión, paisaje anfibio y memoria comunitaria.
Versiones
1) Versión del Cerro: En algunas narraciones, la Ceiba Primera no nace en el llano sino en una altura sagrada. Desde allí mira las ciénagas y enseña a la gente a leer el agua como si fuera un mapa.
2) Versión del Río Subterráneo: Se cuenta que la Babilla Antigua no se fue; quedó acostada bajo el territorio, sosteniendo con su cuerpo los límites del resguardo. Si alguien rompe el equilibrio, el agua busca de nuevo su camino antiguo.
3) Versión del Tejido: En otra variante, la primera luz no viene de insectos sino de una trenza hecha por una abuela sin nombre. Cada hebra es un día futuro; cada nudo, una creciente; cada cambio de color, una estación.
4) Versión del Silencio: Algunos mayores enfatizan que lo primero no fue el agua, sino el silencio. El silencio es la casa del pensamiento; por eso, antes de hablar, se debe escuchar al territorio.
Lección
La lección central es que el origen no es solo luz: es orden y cuidado. El mundo se vuelve habitable cuando se respeta el movimiento del agua y se trabaja con ella, no contra ella. También enseña que la claridad se construye en comunidad: la luz aparece como tejido, no como relámpago. Por eso, la memoria, el trabajo colectivo y la paciencia son formas de creación continua.
Similitudes
Comparte motivos con otras cosmogonías indígenas donde el inicio es oscuridad, agua o silencio, y donde un eje del mundo conecta planos (árbol, montaña o columna). También se parece a relatos de creación por organización del caos: separar, abrir caminos, establecer límites y ritmos. A diferencia de mitos centrados en un solo creador, aquí la creación es relacional: guardián (babilla), eje (ceiba) y territorio (agua y barro) se necesitan mutuamente. La vida nace como resultado de un manejo sagrado del paisaje anfibio.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



