Ajá, mijo, siéntese aquí cerquita, que el viento del Sinú no perdona a quien lo oye de pie. Yo ya estoy viejo y he visto cómo la noche aprende a caminar por las sabanas, cómo la ciénaga respira como animal dormido y cómo el río San Jorge, cuando crece, habla con voz de tambor. Y también he oído, más de una vez, la risa de Juan Lara, esa risa que no nace de garganta sino del aire mismo, como si el cielo se burlara. Dicen que Juan Lara no es hombre ni sombra: es un antojo del deseo, un espíritu que se enamora sin cuerpo. Pero yo le digo otra cosa: Juan Lara es una trenza suelta del mundo. Porque en estas tierras, desde antes de los abuelos de mis abuelos, la vida se amarra con trenzas: la caña flecha se vuelve sombrero para que el sol no nos parta la frente, y el agua se vuelve canal para que la tierra no se ahogue. Todo se teje. Y cuando algo se teje mal, queda un hilo rebelde que se levanta y hace travesuras. Una vez, en una vereda donde el techo era de palma y el piso de barro, vivía una muchacha de ojos claros y risa tímida. No era de andar buscando miradas, pero el monte la miraba. Una tarde, al volver del río con la totuma llena, encontró en el umbral una flor que no crecía por aquí: roja como brasa, fresca como madrugada. La guardó sin decir nada. Al día siguiente, halló un anillo de alambre fino, y después una piedrita brillante, como si la ciénaga hubiera parido un ojo. La mamá dijo: 'Eso no es regalo de cristiano'. El papá rezó bajito. Pero la muchacha, ay, la muchacha sintió que alguien la nombraba por dentro, como si le soplaran el nombre detrás del oído. Esa noche empezó. Primero fue una pedrada en el techo: tac. Luego otra: tac-tac. Y enseguida, una carcajada que venía de arriba y de lejos, y de ninguna parte. Los perros se escondieron sin ladrar. Las gallinas se apretaron como si fuera aguacero. Y la muchacha, con el corazón en la boca, vio en el patio una sombra con sombrero ancho, pero el sombrero no tenía dueño: flotaba, giraba, y el aire se reía. Juan Lara no entra por la puerta. Juan Lara entra por la rendija del pensamiento. Le trenza a una la cabeza con promesas, le amarra el sueño con dulzura, y cuando una no le responde, se vuelve guerra: piedras en el techo, risas en el aire, pasos que no pisan. Dicen que así lleva a la locura, porque la locura es eso: que el mundo te hable sin mostrar la boca. Pero esa muchacha no se dejó. Al tercer día, buscó a una abuela tejedora, de manos duras y mirada limpia. La abuela le dijo: 'Si es trenza suelta, se amarra con trenza buena'. Y le hizo un amuleto con caña flecha, con una pinta antigua: la del remolino, la que recuerda que todo lo que gira vuelve a su centro. Esa noche, cuando Juan Lara volvió con su risa, la muchacha no lloró. Salió al patio, levantó el amuleto hacia el cielo y dijo: 'Si me quieres, baja a tierra. Si no puedes, vuelve al agua'. El viento se quedó quieto un segundo, como si escuchara. Y entonces, mijo, se oyó una última carcajada, pero ya no burlona: cansada. Las piedras dejaron de caer. Y el aire, por fin, se desenredó. Desde entonces, cuando en el Sinú o el San Jorge se oyen risas sin dueño, los viejos dicen: 'No lo sigas. No le respondas. Amarra tu corazón como se amarra una trenza'. Porque Juan Lara no busca casa: busca cabeza. Y donde encuentra pensamiento suelto, allí se queda.
Historia
En las sabanas y humedales del corredor Sinú–San Jorge, la noche suele narrarse con sonidos: el golpe de una rama, el crujido del techo, el eco de una risa que no se sabe de dónde viene. En ese paisaje de ríos, ciénagas y veredas, surge la figura de Juan Lara como un espíritu errante, burlón y enamorado, que persigue a mujeres con regalos y señales, y que castiga el rechazo con pedradas y risotadas. Este relato nuevo se enraíza en la memoria sinuana y sanjorgiana: una región donde el agua ordena la vida y la artesanía Zenú recuerda que el mundo se sostiene con tejido, paciencia y equilibrio. Juan Lara aparece aquí como una metáfora del deseo desbordado: un hilo suelto que se enreda en la mente de quien lo escucha. La historia también recoge un rasgo común de la tradición oral caribeña: la defensa comunitaria frente a lo sobrenatural. No se vence al espíritu con fuerza, sino con palabra, símbolo y oficio: rezos, amuletos, y el acto de 'amarrar' lo que anda suelto. Por eso, la trenza de caña flecha y la pinta del remolino funcionan como respuesta cultural: un gesto de orden frente al desorden del aire.
Versiones
1) Versión del techo de palma: Juan Lara anuncia su presencia con pedradas secas y risas altas; deja flores y objetos brillantes en el umbral. La víctima empieza a oír su nombre en el viento. 2) Versión de la ciénaga: Juan Lara no lanza piedras, sino que hace sonar el agua como si alguien chapoteara alrededor de la casa. Los regalos aparecen húmedos, con olor a limo, como si vinieran del fondo. 3) Versión del camino real: Juan Lara se muestra como un sombrero que flota o como una sombra elegante que acompaña a la mujer a distancia. Si ella se asusta y corre, la risa la persigue hasta el patio. 4) Versión del amarre: una tejedora Zenú o una abuela sabia entrega una trenza o una pinta específica para 'cerrar' el paso del espíritu. No lo destruye: lo devuelve a su ruta, al río o al monte.
Lección
El deseo sin límite puede volverse persecución, y la persecución puede romper la mente como rompe un techo la piedra. La lección del relato es doble: primero, no confundir insistencia con amor; segundo, cuidar la propia calma y los propios límites. En la tradición, la protección no es solo religiosa: también es comunitaria y simbólica. Amarrar el pensamiento, nombrar el miedo y pedir ayuda a los mayores es una forma de volver al centro cuando el aire se burla.
Similitudes
Este mito dialoga con figuras caribeñas de seducción y extravío: el encantador de río que atrae con música, la presencia que ronda en noches de humedad, y los espíritus que castigan la imprudencia o la vulnerabilidad. Comparte con relatos de aparecidos la idea del sonido sin origen (risas, golpes) y con historias de agua la noción de que el territorio tiene voluntad. También se parece a leyendas donde la artesanía o el oficio tradicional funcionan como defensa: el tejido como orden del mundo, frente a fuerzas que buscan desordenarlo.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



