Ajá, mijo, siéntese aquí, a la sombrita, que esto no se cuenta de pie. Porque el Corcovao no es cerro cualquiera: es espalda de guardián, joroba de vigía, ojo de nube. Y el que no lo respeta, aprende con agua hasta el pecho. Dicen los viejos de antes, los que sabían leer el barro como se lee una carta, que en la cima del Tofeme hay un árbol que no da totumas de agua sino de oro. No oro de tienda, no: oro vivo, caliente, como si el sol se hubiera quedado colgando en frutos. Pero ese totumo no es para la mano avara. Ese totumo es para la memoria. Allá arriba vive el Mocán, el guerrero viejo, ñato y tuerto de tanto mirar guerra. Lo dejaron de vigía cuando ya no podía correr, y él aceptó, porque el que ha peleado por su gente aprende a pelear también por el agua. Desde entonces, el Mocán no duerme como dormimos nosotros: él duerme con un oído en la ciénaga y el otro en el cielo. Cuando el monte está quieto y el río parece manso, el Mocán suelta un trueno seco, como golpe de tambor en cuero tenso. Y el pueblo entiende la seña: Tronó Corcovao. No es susto, es aviso. Es el cerro diciendo: preparen el camellón, levanten la casa, amarren la canoa, guarden la semilla, porque el agua viene con su costal de limo. Pero ay, mijo, si alguien sube con codicia, si alguien va a arrancar el totumo de oro para venderlo o para mandarlo lejos, el Mocán se fastidia de la soledad y se le revienta el corazón en tormenta. Entonces el cielo se pone morado, las aves se esconden, y la lluvia cae como si el mundo estuviera lavándose una culpa vieja. El agua sube por los caños, se mete por las huertas, y busca su camino como culebra grande. En esos tiempos, cuentan que los antiguos no corrían a cerros altos: corrían a una isla que flotaba sola, una isla que no se deja ver si no es con respeto. La isla aparece cuando el trueno es seña y no castigo. Y aparece solo para el que entiende que el agua no es enemiga: es visita. Por eso el Corcovao vigila. No para asustar, sino para recordar que aquí la vida se teje con agua: si la quieres mandar, te tumba; si la sabes repartir, te alimenta. Y así, cada vez que el cerro truena, el pueblo vuelve a aprender el mismo idioma: el idioma del agua obediente y del oro que no se toca.
Historia
En las sabanas anfibias del Caribe sur, donde el río y la ciénaga cambian de humor con las estaciones, la gente aprendió a vivir con ciclos de abundancia y desborde. En ese paisaje, el cerro Tofeme y la silueta del Corcovao funcionan como hito visual y espiritual: un punto alto que mira la planicie inundable. El relato oral une tres ideas: (1) un guardián-vigía antiguo (Tofeme/Mocán) que protege el territorio, (2) un árbol de totumo de oro como prueba contra la codicia, y (3) el trueno como señal comunitaria para prepararse ante lluvias e inundaciones periódicas. La leyenda dialoga con una memoria técnica del agua: la tradición de canales, camellones y drenajes que permitieron cultivar y habitar en zonas inundables. Así, el mito no solo explica tempestades, también enseña lectura del cielo, del monte y del sonido: el trueno no es ruido, es mensaje. Con el tiempo, el grito 'Tronó Corcovao' dejó de ser solo alarma y se volvió calendario: una forma de ordenar trabajo, siembra, refugio y cuidado del suelo fértil que llega con el limo.
Versiones
1) Versión del vigía bueno: el Mocán truena para avisar y proteger; la inundación es bendición si se atiende la seña. 2) Versión del castigo: el Mocán desata el agua cuando alguien intenta coger el totumo de oro; el cerro castiga la ambición. 3) Versión de la isla flotante: existe un refugio que aparece solo a quienes no maldicen la lluvia y comparten canoa y comida. 4) Versión del trueno seco: cuando el enemigo se acerca, el Corcovao truena sin lluvia; es relámpago de advertencia, no de invierno. 5) Versión del pacto del barro: el guardián permite cosecha abundante si la comunidad mantiene limpios los caños y respeta los pasos del agua.
Lección
El agua no se domina: se entiende y se ordena con respeto. La riqueza fácil (el totumo de oro) pierde a quien la persigue con codicia, mientras que la riqueza verdadera llega en forma de suelo fértil, trabajo comunitario y preparación. Escuchar las señales del territorio salva vidas.
Similitudes
Se emparenta con relatos caribeños de guardianes de cerros y dueños del agua, y con motivos panamericanos donde el oro aparece como prueba moral (como los cuentos de tesoros encantados). También dialoga con mitos de inundación cíclica y con figuras protectoras que anuncian el clima mediante truenos o voces del monte.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



