El bus fantasma

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El bus fantasma

Un bus accidentado vuelve por carreteras montañosas; décadas después, la ruta inexistente G66 adapta el viaje de los muertos al TransMilenio.

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El bus fantasma: la entrada del relato

El relato

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Un bus viejo cruza de noche las carreteras del país, a gran velocidad y en contravía. Nadie lo maneja. Va pintado con símbolos y dibujos demoníacos, y por sus ventanas se asoman los rostros de los pasajeros: almas en pena que todavía no han llegado al infierno. Aparece de repente en medio de la vía, sobre todo en las rutas oscuras o rápidas que bordean abismos, y el conductor que se lo encuentra de frente se aterra, se sale del camino o se estrella. Quien muere así, de golpe y sin confesión, sube a bordo y se vuelve un pasajero más.

Una noche, cuando pasaba junto al automóvil de un demonólogo, algo salió disparado por una de sus ventanas: un pedazo de papel en muy mal estado. El hombre lo recogió y lo copió con mucho trabajo. Era una carta.

«Estoy pidiendo ayuda. Aún hay esperanza», empezaba. Quien escribía era uno de los pasajeros. Contaba que, después de muchos años de viaje, a su lado habían aparecido una hoja en blanco y un esfero brillante y plateado, y que entendió el encargo: tenía que escribirle al mundo de afuera. Lo difícil era saber qué decir. Cómo narrarles a los vivos lo que nunca han visto, cómo prevenirlos contra algo más poderoso que todos ellos juntos.

Decidió contar por qué estaba ahí. Se había equivocado. Había actuado mal y había olvidado la bondad. Construyó castillos de cosas que se derrumbaron con su muerte, y gastó más tiempo destruyendo a quienes lo rodeaban que ayudándolos o dándoles amor. Creyó que el dinero podía comprarle alegría. Ahora era un fantasma rodeado de fantasmas, y escribía de noche, a escondidas de los otros engendros, para que alguien a quien no conocía no cometiera sus mismos errores.

Adentro del bus, decía, no entra el amor. Tampoco la inocencia ni la risa. Se oyen carcajadas de hiena; se ríen los dientes filudos, no el alma.

Pero la carta traía un segundo mensaje, una clave para acabar con esa maldición rodante: el bus no tiene conductor. No lo guía nada invisible; sencillamente, nadie va al volante. Hace falta que un vivo se atreva a subir, que pase la barrera de huesos con colgajos de carne podrida y empuje a un lado el montón de despojos. Si luego toma el timón, conduce despacio hasta el primer cementerio, estaciona en la entrada y se baja, las puertas del camposanto se abrirán solas. El bus entrará mientras los demonios se quejan en la oscuridad, y al día siguiente no quedará huella de él. Las almas que lo habitan encontrarán entonces la paz, o el infierno definitivo.

La carta terminaba con un ruego: que llegara a manos justas, a manos sabias.

El bus fantasma: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Quien vive destruyendo a los demás termina viajando sin rumbo entre los que hicieron lo mismo.”

Territorio

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Varios
Comunidad
Mestizo
Referencia
4.570868° · -74.297333°

Ficha del relato

Contexto histórico

El bus fantasma es ficción de autor. Sale de Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano, un libro ilustrado que la Casa Editorial El Tiempo y la Universidad Autónoma de Colombia publicaron en Bogotá en 2004, y que se presenta a sí mismo como una colección de «documentos imaginarios sobre espantos y apariciones en Colombia»; al pie de cada relato advierte que se trata de «material de ficción». Allí, junto a espantos de larga tradición como la Llorona o el Mohán, sus autores inventaron también seres nuevos, y el bus es uno de ellos.

La entrada ocupa las páginas 73 y 74. La primera es una lámina con una «ficha técnica» a la manera de un bestiario: clase, «aparición colectiva» y «objeto fantasmagórico»; hábitat, la noche y las carreteras bordeadas de abismos; alimentación, las almas de los que mueren por su culpa sin estar confesados. Dice que se lo ha visto sobre todo en Cundinamarca, Antioquia, Tolima y Risaralda. La segunda página es la carta: una entradilla explica que el papel salió disparado por una ventana del bus cuando pasaba junto al vehículo de un demonólogo, Marcial Lafonte, que lo donó a la investigación. En los márgenes, dos dibujos completan el juego documental: un llavero de pata de gallina que habría recogido un campesino y el pomo de la palanca de cambios, decorado con un escorpión.

El libro es un artefacto literario, y así hay que leerlo. La carta no recoge la voz de ningún narrador ni de ningún lugar; es un sermón escrito en primera persona por un condenado que hace examen de conciencia, con la vieja forma del ejemplo moral: el alma que vuelve para advertir a los vivos. Lo que sí pertenece a una tradición es el motivo del vehículo cargado de almas en pena, que en la costa pacífica tiene su versión marinera en el barco de demonios llamado Maravelí, y el de la muerte en la vía, que acompaña a las carreteras colombianas desde que existen.

Resonancias con otros mitos

El pariente más cercano en Colombia viaja por mar. En el Pacífico se cuenta la historia del Maravelí, un barco que se aparece a los navegantes. Alfredo Vanín, en el folleto de una antología de tradición oral publicado por el Banco de la República en 2016, recoge el recuerdo de María Raquel Riascos, de López de Micay, que de niña oía «la del Maravelí, un barco de demonios». Un trabajo de la Universidad del Valle sobre Buenaventura (2015) describe su tripulación como marinos endeudados con el diablo. Bus y barco comparten lo esencial: un vehículo que no se detiene, cargado de condenados, cuya aparición trae la desgracia a quien se cruza con él.

En Europa, el mismo motivo tiene su forma clásica en el Holandés Errante, el buque condenado a navegar sin llegar nunca a puerto, que Frederick Marryat convirtió en novela en The Phantom Ship (1839). También allí la condena tiene salida: el barco puede descansar si alguien rompe la maldición, igual que el bus puede entrar al cementerio si un vivo se atreve a manejarlo. En los tres casos el vehículo es una cárcel en movimiento, y la liberación depende de alguien de afuera.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El bus del libro de 2004 y el bus que hoy circula por internet en Bogotá no son el mismo. El primero es un vehículo de carretera, antiguo, pintado con figuras demoníacas, que corre en contravía por las rutas de montaña y provoca accidentes. Tiene una salida: si un vivo lo conduce hasta un cementerio, las almas quedan libres.

  2. El segundo es la ruta G66 de TransMilenio, una leyenda urbana que la prensa bogotana ha documentado como fenómeno de redes. El Tiempo, en una nota de Valeria Castro Valencia de marzo de 2023, cuenta que la historia empezó a circular entre 2014 y 2017, que creció en YouTube y después en TikTok, y que habla de un bus articulado de color morado, distinto del rojo del sistema, que aparece entre las dos y las tres de la mañana, cuando las estaciones están cerradas. Quien lo aborda desaparece. Semana recogió ese mismo mes dos variantes: la de una pareja que se despide en el centro, uno en taxi y el otro en el G66, y la de un grupo de amigos del que uno sube y no vuelve; en ambas el bus se detiene en la avenida Jiménez y se pierde en la niebla.

  3. Las diferencias son de fondo. En el bus de carretera los pasajeros son pecadores condenados y el relato tiene moraleja: la carta explica las culpas y ofrece un remedio. En el G66 las víctimas no han hecho nada; el bus se lleva a cualquiera que se equivoque de estación a la hora equivocada, y no hay forma de liberarlas. El primero es un ejemplo moral con decorado de terror; el segundo es un relato de desaparición urbana, sin culpa y sin explicación.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo
Referencias
6
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano

    archive.org

    «El Bus Fantasma», pp. 73-74: lámina técnica (bus antiguo sin conductor, en contravía; carreteras de Cundinamarca, Antioquia, Tolima y Risaralda) y la carta del pasajero condenado con la clave del cementerio.

  2. G66 de TransMilenio: mito del misterioso bus fantasma en Bogotá

    eltiempo.com

    La leyenda de la ruta G66: bus morado que pasa entre las dos y las tres de la mañana; quien sube desaparece. Circula desde 2014-2017 en YouTube y TikTok.

  3. Ruta G66: ¿cuál es el origen de la leyenda urbana de TransMilenio? Esta es la historia del bus fantasma

    semana.com

    Dos variantes del G66 (la pareja que se separa en el centro y el grupo de amigos) y la parada en la avenida Jiménez antes de perderse en la niebla.

Contraste y contexto · 3 referencias

  1. Una mirada a la tradición oral del Pacífico

    babel.banrepcultural.org

    María Raquel Riascos (López de Micay) recuerda «la del Maravelí, un barco de demonios»: el vehículo de condenados que sirve de paralelo en Similitudes.

  2. Análisis del entorno de una organización del sector portuario de Buenaventura

    bibliotecadigital.univalle.edu.co

    «El Barco Fantasma» (Maravelly) de Buenaventura, con su tripulación de marinos endeudados con el diablo: la tripulación condenada que el bus replica en tierra.

  3. The Phantom Ship

    gutenberg.org

    La novela del Holandés Errante: el buque condenado a no llegar nunca a puerto hasta que alguien rompa la maldición, paralelo europeo de Similitudes.

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¿Así te la contaron?

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«El bus fantasma» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El bus fantasma» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El bus fantasma» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

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