La transformación del hombre que no podía cazar

Andina · Katíos

La transformación del hombre que no podía cazar

Un hombre incapaz de cazar sigue a los animales y aprende que el monte exige medida, relación y respeto.

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El relato

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Un hombre salía al monte con los demás, pero nunca conseguía una presa. Mientras sus compañeros regresaban con alimento, él volvía sin haber disparado o después de haber perdido el rastro. La dificultad no era simple falta de destreza: el cazador estaba aprendiendo, a través de sus fracasos, que los animales no eran objetos disponibles sin límite.

Un día siguió el camino de los animales monte adentro. Se apartó de las rutas conocidas, cruzó quebradas y llegó a un ámbito en el que la relación entre cazador y presa ya no podía sostenerse como antes. Allí comprendió que los seres del bosque tenían sus propios dueños, familias y lugares. Lo que para la gente podía parecer una jornada improductiva era, desde el otro lado de la relación, una vida que no había sido tomada.

El hombre permaneció con los animales. La separación de su comunidad se volvió transformación: dejó de ocupar el lugar del cazador que no podía matar y pasó al mundo de aquellos a quienes había seguido. No fue que la selva lo premiara por una virtud abstracta, ni que toda cacería quedara prohibida. Lo que quedó dicho es más preciso: cazar exige reconocer límites, pedir y recibir, y no confundir necesidad con persecución.

Cuando la comunidad advirtió que no regresaba, su ausencia quedó unida a los sonidos y movimientos del monte. Ya no podían burlarse del hombre como si el fracaso fuera únicamente suyo. Él había encontrado otra forma de pertenecer, y su partida obligaba a mirar la cacería desde los ojos de los animales.

Desde entonces se hace una advertencia antes de entrar al bosque. La persona que caza no entra a un espacio vacío: cruza un territorio vivo y relacionado. Si olvida esa condición, puede perder el camino humano; si la comprende, sabe que tomar alimento implica responsabilidad, medida y respeto por la continuidad de los seres que sostienen la vida.

La transformación del hombre que no podía cazar: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Volver del monte con las manos vacías puede ser una señal y no una torpeza.”

Territorio

Andina · Katíos

Andina · Katíos

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Katíos
Referencia
6.75611° · -76.18528°

Ficha del relato

Contexto histórico

De esta historia se conserva el nombre de quien la narró, el sitio donde la narró, el nombre de quien la recogió y el libro donde salió; lo que no se conserva, en ningún sitio consultable, es la narración misma. Conviene decirlo sin rodeos: del contenido sólo se conoce un resumen de una línea, y el relato que esta página publica es una reconstrucción editorial anterior, no una transcripción. De la narración documentada sólo procede el arranque, el hombre que sale al monte con los demás y vuelve siempre sin presa; todo lo que sigue es elaboración de quien escribió la ficha y así hay que leerlo.

Lo documentado es esto. La narró Zaquidiama Domicó, cacique principal del Río Verde, Chocó. La recogió Antonio María Cardona. Salió bajo el título El hombre que no podía cazar en Cultura embera. Memorias del simposio sobre cultura embera, V Congreso Colombiano de Antropología, El Peñol, Antioquia, publicado por la Organización Indígena de Antioquia en Medellín, 1990, terminando en la página 168. La constancia está en la Guía bibliográfica sobre pueblos embera y wounaan, de la Biblioteca Luis Ángel Arango y el Banco de la República, que resume el contenido en una sola línea: narra el respeto que los hombres le deben a los animales de la selva. Nada más. La guía se sirve desde dos direcciones distintas, una del sitio de Luis Guillermo Vasco y otra del portal de la Gobernación de Antioquia, pero el archivo es el mismo y está mutilado por el margen derecho: en la entrada de este título se perdieron el año y la página inicial. El año de 1990 se recupera de otras entradas del mismo volumen en esa misma guía; la página inicial, no.

Conviene deshacer dos atribuciones que circulaban. La primera es geográfica: la guía dice Río Verde, Chocó, mientras que la Organización Nacional Indígena de Colombia registra un Río Verde entre los ríos del territorio embera katío de Córdoba, junto al Sinú y al Esmeralda, y la misma guía menciona todavía otro Río Verde en Nutibara, Antioquia. Tres ríos con el mismo nombre en tres departamentos: la localización del narrador no puede darse por resuelta con más precisión que la que da su propia fuente. La segunda atribución que sobraba es la de Dachi Chiuu y el Alto Andágueda, que no tiene ningún respaldo en esta lista y no vuelve a aparecer aquí.

Lo que sí puede sostenerse es el marco. Severino de Santa Teresa registra que entre los katío la aptitud para cazar se decide desde la infancia por prescripciones alimentarias, que sobre el recién nacido se formula el deseo de que salga buen cazador y pescador, y que el canto de cierto pájaro pronostica la suerte al que va a cazar: fallar no es torpeza, es señal. Javier Rosique y sus catorce coautores, entre ellos Nataly, Arnulfo y Justico Domicó, documentan en Chigorodó a Pãkõré, también llamada Imamá-Pãkõré, tigre-suegra, madre o patrona de los animales de presa del mundo de abajo, que según Hernández, 1995, rapta cazadores para unirlos conyugalmente con una hembra, y explican que el apelativo es un término de parentesco: la suegra entrega a su hija y recibe respeto y obediencia del yerno. Ese marco explica de qué habla el título, pero no es este relato y no debe leerse como si lo fuera.

Resonancias con otros mitos

El primer paralelo documentado está en la etnografía del propio noroccidente antioqueño, y es el que hace inteligible el título. En los resguardos de Polines y Yaberaradó, en Chigorodó, la cacería depende de Pãkõré, también llamada Imamá-Pãkõré, tigre-suegra, madre de los animales de presa del mundo de abajo, que rapta cazadores para unirlos conyugalmente con una hembra zaíno o tatabro, precisamente porque son las piezas favoritas de los cazadores; el mismo trabajo recuerda que Nordenskiöld recogió del jaibaná Selimo la idea de que los puercos de monte tienen un capitán, huántra, y los tigres un imamáhuántra. La diferencia con el título de esta página es que allí el cazador se lleva la presa y por eso queda en deuda, mientras que aquí el cazador no se lleva nada.

El segundo paralelo es cosmológico y viene del alto Baudó, emberá dóbida. Mauricio Pardo describe un mundo llamado yhábera, debajo de este, con selvas y ríos, donde moran las madres o dueños de algunas especies, entre ellas la madre de los pecaríes, y precisa que para pasar de un mundo a otro un personaje se sumerge en una quebrada y aflora en una quebrada del otro mundo. Los dos mundos son contiguos y opuestos como las caras de una hoja. Ahí, apartarse de las rutas conocidas y cruzar quebradas deja de ser una metáfora. Pero el material de Pardo es dóbida y lo katío le entra por vía de Severino, así que la correspondencia es de estructura, no de procedencia.

Un tercer contraste, esta vez con cifras, viene del Alto San Jorge cordobés: en las comunidades embera katío de Ybudó, Mogaradó, Narindó y Mejondó se documentó que las presas apreciadas son el saíno y el manao, la guartinaja, el armadillo y el ñeque, y que a los grandes felinos se les tiene temor y respeto por ser competidores por esas mismas especies, con más valor simbólico para el puma que para el jaguar. La caza de la que habla el título no es un paisaje abstracto: tiene especies, nombres en lengua y competidores.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Hay un solo testimonio de esta historia, no está transcrito en ninguna parte accesible, y la única constancia de él es una ficha de catálogo cuya línea de resumen tiene veintiuna palabras. No hay, por tanto, variantes que comparar: no hay un segundo narrador, ni una segunda edición, ni una grafía alternativa del nombre del narrador, ni un episodio que una versión traiga y otra no. Lo que hay es un hueco, y lo que sigue sirve para que no se rellene con material ajeno.

  2. Tres narraciones que se le parecen no son suyas. La primera es el relato de Pãkõré que el jaibaná Arnulfo Domicó contó en Chigorodó y que Rosique y sus coautores publicaron en 2020: allí un joven interroga al sol, a las piedras, a los barrancos y a los árboles durante casi un año sin obtener respuesta, hasta que las plantas pequeñas le contestan en sueños y lo mandan a bañarse con el agua donde se reflejan los árboles, la luna y el arco iris, y luego a bajar donde hay gente para enseñar. Es un relato de origen del jaibanismo, no de cacería.

  3. La segunda es la que Antonio María Cardona y Jairo Miguel Guerra resumieron en 2013 bajo el epígrafe de recompensa al valor: tres hombres y dos mujeres salen a cazar tigres, los rodea de noche una manada, los dos maridos huyen y el tercer cazador pelea toda la noche, mata a muchos y salva a las mujeres, que al llegar a la aldea abandonan públicamente a los cobardes y se van con él. Ahí el buen cazador gana y el mal cazador pierde: es el reverso exacto del título de esta página, y por eso mismo no puede servirle de relleno.

  4. La tercera está en el mundo chamí. En la narración del nacido de la pierna que Reichel-Dolmatoff recogió en Río Frío en 1945, el protagonista es insoportable para su gente, que llega a planear matarlo mientras duerme, y se salva porque era un gran cazador y sólo por eso lo aguantaban. La destreza en la caza aparece ahí como crédito social, no como relación con los dueños del monte.

  5. Ninguna de las tres pertenece a Zaquidiama Domicó ni a Río Verde, y mezclarlas produciría exactamente la historia inventada que esta página tenía antes: una anciana profética, una diosa de cabellos largos, un túnel de siete días y una transformación en manao, ninguna de las cuales tiene respaldo en la lista de fuentes.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Katíos · Andina
Referencias
8
Última revisión
17 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. El hombre que no podía cazar

    luguiva.net

    La guía bibliográfica acredita el relato a Zaquidiama Domicó, principal de Río Verde, y lo resume como una enseñanza sobre el respeto debido a los animales del monte.

  2. Guía bibliográfica sobre pueblos Emberá y Wounaan

    antioquia.gov.co

    Identifica ediciones, autores y localizaciones, incluido El hombre que no podía cazar, narrado por Zaquidiama Domicó de Río Verde.

  3. Embera Katío

    onic.org.co

    Ofrece contexto contemporáneo sobre pueblos, territorios y diversidad Emberá sin reducirlos a una sola tradición.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. «Todos en el mismo pensamiento»: las relaciones del pueblo embera con los sitios sagrados de los resguardos de Polines y Yaberaradó en Chigorodó (Antioquia)

    revistatabularasa.org

    Es la fuente que da nombre y mecanismo a lo que este relato cuenta sin explicar. La cacería, dicen, «depende de Pãkõré también llamada Imamá-Pãkõré (tigre-suegra), madre o patrona de los animales de presa del mundo de abajo», y citando a Hernández (1995:145): «Ella rapta los cazadores para unirlos conyugalmente con una mujer Yambéra, en especial una hembra zaíno o tatabro, dado que corresponden a las piezas favoritas de los cazadores. Por lo tanto, al ser la madre de los animales, bien justifica su apelativo de suegra». El hombre que sigue a los animales y se queda con ellos no está siendo premiado ni castigado: está siendo tomado como yerno por la dueña de la caza. El artículo añade que embera y animales de cacería son «presas recíprocas», que en los mitos del Chocó «hombres solos se convierten en animales con hábitos solitarios y grupos de hombres se convierten en manadas de cerdos salvajes», y que Nordenskiöld recogió del jaibaná Selimo la idea de que los puercos de monte tienen un capitán, huántra, y los tigres un imamáhuántra. Define además drua wãndra (drua: tierra donde no se puede entrar; wãndra: espíritu guardián o dueño del territorio), que es el ámbito al que el cazador entra.

  2. La escalera de cristal: términos y conceptos cosmológicos de los indígenas Emberá

    revistas.unal.edu.co

    Sitúa a los dueños de los animales en un lugar preciso del cosmos, que es adonde va el cazador del relato: «debajo de este mundo hay otro llamado /yhábera/, es similar a éste, con selvas y ríos. Allí moran algunos seres, algo así como espíritus, por ejemplo las 'madres' o 'dueños' de algunas especies (como la madre de los pecarís /idó papa/)». Añade un detalle topográfico que explica cómo se cruza: «para pasar de un mundo a otro un personaje se sumerge en una quebrada y aflora en una quebrada del otro mundo», es decir, los dos mundos son contiguos y opuestos «como las caras de una hoja». Eso convierte el «apartarse de las rutas conocidas y cruzar quebradas» de la ficha en un desplazamiento cosmológico reconocible y no en una metáfora.

  3. Mitología Embera. Principales mitos, características y funciones

    bioetnia.iiap.org.co

    Sostiene explícitamente la lectura ecológica que la ficha propone, y con ejemplos: los mitos «son códigos de normas, tabúes y prescripciones y consejos de lo que no se debe hacer», y bajo el epígrafe «Ecológica» explica cómo la creencia en los nusí de las pozas profundas hace que «se cuidan los pescadores de las áreas de nusí, lo que significa un alivio para los peces». Aporta además la figura de Pakoré wera como creadora de «la Naturaleza, los animales y las plantas», y el mito donde los animales custodios (Genserá del agua, Jimo del fuego, Kumbarrá de las semillas) niegan los bienes a los humanos porque «los hombres no hicieron buen uso de los elementos»: la misma gramática de reciprocidad rota que está detrás del cazador sin presa.

  4. Percepción y patrones de uso de la fauna silvestre por las comunidades indígenas Embera-Katíos en la cuenca del río San Jorge, zona amortiguadora del PNN-Paramillo, Revista de Estudios Sociales 31, pp. 118-131

    scielo.org.co

    Documenta, en comunidades emberá katío de Córdoba (Ybudó, Mogaradó, Narindó y Mejondó) y en talleres con ellas, cuáles son de hecho las presas de la cacería y con qué miedos y respetos se relacionan. Registra que a los felinos «se les tiene temor y respeto, considerándose peligrosas» porque compiten por saínos, ñeques y guartinajas, las mismas «especies valiosas como fuente de alimento» que la etnografía identifica como las piezas favoritas del cazador. Recoge también relatos vivos asociados a animales concretos: la serpiente Porremia que «aparece sólo dos veces al año a recoger los males del pueblo Embera», y los poderes atribuidos a la «gran bestia-Kâyicomia». Sirve para anclar el relato en una cacería real, con especies nombradas, en el territorio katío de hoy.

  5. Creencias, ritos, usos y costumbres de los indios Catíos de la Prefectura Apostólica de Urabá

    archive.org

    Aporta el trasfondo katío de lo que significa ser o no ser buen cazador, que es la premisa del relato. Registra que la aptitud se decide desde la infancia por prescripciones alimentarias («…animales, no sale buen cazador, por eso la primera vez que le…»), que el deseo que se formula sobre el niño es «que salga buen cazador y pescador, y basta», que el canto de cierto pájaro «le pronostica su suerte» al que va a pescar o a cazar, y que «tanto los cazadores como los pescadores tienen cuidado de…» observar restricciones. Es decir: en el registro katío, fallar en la caza no es torpeza sino signo, y eso es exactamente lo que el relato desarrolla.

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Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «La transformación del hombre que no podía cazar» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «La transformación del hombre que no podía cazar» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

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