Cuenta la sabiduría antigua que el Cerro Plateado se yergue como un centinela de historias olvidadas, donde el viento canta secretos al oído de los árboles y el eco de un mito resuena desde tiempos inmemoriales. Una vez, sobre sus laderas, danzó una sombra inquietante: el diablo negro. Conocido también como el ladrón, su figura atravesaba la niebla con una audacia temeraria, robando a los indios de Musinga, sus vecinos en el valle.
En el retumbante silencio de una madrugada, cuando la luna llenaba el cielo de un fulgor misterioso, al diablo negro se le antojó algo más preciado que el oro: dos infantes, un niño y una niña, cuyas risas resonaban como campanillas en la quietud de la noche. Pero las sombras no siempre obedecen a los deseos, y el niño, ágil y astuto, logró escapar de las garras del ladrón. La niña, sin embargo, quedó atrapada en un universo de oscuridad y miedo.
Bajo el ojo vigilante de montañas cómplices, la vida de la niña se inclinó hacia lo insólito. Para someter su espíritu, los diablos, convertidos en jirones de neblina y culebras verdes que chasqueaban como látigos, intentaban quebrantarla. Sin embargo, en su corazón florecían campos de resistencia y esperanza, tejida en cada parpadeo que ofrecía al infinito.
Un día, como una estrella cruzando la bóveda negra, su hermanito regresó a buscarla. Arrastrado por la corriente de una antigua promesa fraternal, llegó al corazón del cerro, envuelto en el tumulto de una fiesta condenada. Allí, danzaban los diablos: figuras con cuernos y colas, a menudo asemejando gavilanes y gallinazos, dibujaban siluetas ominosas en el aire pesado de bruma. La música, alimentada por un furor antiguo, jugueteaba entre los ecos de un pasado inquebrantable.
El niño abrió su boca y gritó con la sinceridad de los inocentes: "¡Ave María Purísima!" De inmediato, las luces titubeantes se apagaron, y el mundo pareció contener el aliento ante la interrupción inesperada. Una mujer, con el gesto de una sombra obediente, retomó la lumbre, sirviendo licores que olían a promesas rotas y sueños embriagados.
De nuevo, el niño clamó: "¡Ave María Purísima!" Otra vez las tinieblas invadieron el espacio, sofocando el aliento del viento y las risas amargas de los diablos. Pero el destino, cual hilo narrado con manos invisibles, entretejió un desenlace distinto. Los diablos, con la furia imperturbable de aquellos que habitan la frontera entre la realidad y el mito, lo apresaron y lo colocaron al borde de un abismo profundo del Cerro.
Allí, la roca se mantuvo brillante, como si el mismísimo sol hubiera besado ese rincón olvidado de la tierra. El niño, colmado de valentía inquebrantable, encontró su equilibrio en el filo de la eternidad, sostenido por una fuerza desconocida que lo mantenía suspendido entre el cielo y la historia.
Aquel pedazo de peña brillaba ahora como plata bajo los reflejos del festejo eterno, y así el Cerro Plateado obtuvo su nombre, una joya natural venerada por las estrellas. Los indios, sabios y eternos caminantes del mundo, comenzaron a trazar caminos subterráneos que desembocaban en Urrau, escapando de los terrores que el cerro resguardaba.
En sus andanzas, aprendieron los secretos de la tierra, extrayendo espinas con la destreza solemne de jaibanáes, pudiendo caminar entre el susurro de los tiempos y los pasos de la tradición. Los Antomiás, antiguos guardianes de los secretos del Cerro, todavía frecuentan las tierras, como sombras mudas que acechan el recuerdo del pasado.
Y el niño, atrapado pero libre, se mantiene en la misma posición, guardián involuntario del mito. El Cerro Plateado, lugar donde la realidad danza con lo sagrado, aún susurra la memoria de aquel tiempo, de aquel coraje, de la resistencia contra el abrazo temible de los diablos. Que nunca se rompa el ciclo de este cuento, que sigue latiendo en las piedras y en el aire de Musinga, donde el tiempo se pliega y la vida cobra un sentido más allá de lo imaginable.
Historia
El mito tiene su origen en el Cerro Plateado, anteriormente llamado el cerro vecino de Frontino, donde habitaba un grupo de ladrones liderados por el llamado "diablo negro". Estos ladrones robaban a los indios que eran sus vecinos en Musinga. Un día, el diablo negro intentó secuestrar a dos niños; sin embargo, solo logró llevarse a una niña, pues el niño se escapó. La niña quedó bajo el control de los diablos y era obligada a obedecer bajo el castigo de ser golpeada con una serpiente verde.
Eventualmente, el hermano de la niña regresó a buscarla y descubrió a los diablos celebrando una fiesta. Ante la visión de seres con cuernos y colas, el niño exclamó "¡Ave María Purísima!", lo cual provocó que todas las luces se apagaran y el lugar quedara en silencio. Al repetir la frase, ocurrió lo mismo, pero finalmente fue capturado y colocado en una posición precaria en el cerro, como si estuviera a punto de caer en un abismo, pero mantenido por una fuerza invisible.
La historia también habla de un fenómeno luminoso en el cerro debido a los reflejos de las luces de la fiesta, lo cual hizo que el lugar pareciera resplandecer como plata. Los indios locales, por temor a los eventos, hicieron un camino subterráneo hacia Urrau y decidieron emigrar. Aprendieron ciertas prácticas como sacar espinas chupando, emulando a los jaibanáes. A pesar de su partida, dicen que aún frecuentan las tierras del Cerro Plateado y que el niño sigue allí sostenido en la misma posición.
Versiones
Aunque solo se proporciona una versión del mito, podemos analizarla para identificar posibles elementos que podrían variar en diferentes versiones de la misma historia. Este relato presenta una narrativa dónde el "diablo negro", representado como un ladrón, y sus colegas, quienes habitan el Cerro Plateado, son antagonistas que roban a los indios vecinos. En esta historia, un niño y una niña son protagonistas involuntarios; el niño logra escapar inicialmente, mientras que la niña permanece con los diablos. A lo largo de la historia, se enfatiza la presencia de una fiesta diabólica, interrumpida por la intervención del niño al exclamar "¡Ave María Purísima!", lo que resalta un fuerte elemento cristiano incorporado como medio de defensa contra las fuerzas oscuras, una integración cultural frecuente en la adaptación de mitos pre-coloniales en contextos cristianos.
En términos de posibles diferencias en otras versiones del mito, algunas variaciones podrían incluir el papel de los elementos cristianos, como la frase exclamada por el niño, que en otras versiones podría ser reemplazada por un conjuro o amuleto indígena. El simbolismo de la culebrita verde puede interpretarse de distintas formas: en una versión puede ser un objeto de control demoníaco, mientras que en otra puede representar una conexión directa con los espíritus ancestrales de la región. Además, el desenlace del mito podría variar, en unas versiones el niño podría liberarse, mientras que en otras, el resultado podría ser más trágico. El contraste entre los indios y los diablos, así como la resolución del conflicto, podrían también diferir para reflejar diferentes perspectivas culturales sobre la resistencia y la asimilación de los colonizadores.
Lección
La valentía y la fe pueden superar las fuerzas oscuras.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de Orfeo y Eurídice, donde un ser querido es rescatado del inframundo, y al mito nórdico de Baldur, donde la luz y la oscuridad están en constante lucha.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



