El Cerro Plateado de Musinga

Andina · Katíos

El Cerro Plateado de Musinga

Un niño entra al Cerro Plateado de Musinga para buscar a su hermana e interrumpe una fiesta con una frase mariana.

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El relato

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Hay dos clases de Antomiá. El Antomiá torro, el blanco, fue el que enseñó el jaibanismo. El Antomiá paima, el negro, es el ladrón.

Vecino a Frontino hay un cerro que ahora llaman el cerro plateado. Allí vivían el Antomiá negro y varios colegas suyos, y estaba robando sin cesar. Les robaba a los indios, que eran sus vecinos en Musinga.

En cierta ocasión se le antojó robarse un niño y una niña. El primero se le escapó y la segunda quedó con ellos. Para hacerse obedecer de ella le pegaba con una culebrita verde. La niña vivía asustada.

Un día vino su hermanito a buscarla y, al entrar, vio que los Antomiás celebraban una fiesta. Bailaban y tenían cuernos y cola. Muchos eran como gavilanes o como gallinazos. El niño gritó: Ave María purísima. Todas las luces se apagaron y quedó todo en silencio. Una mujer volvió a encender las luces y a brindar licores. El niño repitió lo que antes y tuvo el mismo resultado.

Sólo que al fin el niño fue cogido. Lo pusieron en un lugar del cerro que da al abismo profundo, y allí se sostiene, a punto de caer, pero sin poder caer.

Con los reflejos de esas luces con que celebraban la fiesta, Antomiá iluminó el pedazo de peña pelado en donde está el niño, y por eso refleja como plata. Es lo que se ve desde lejos, y es lo que le dio nombre al cerro.

La niña no salió de allí. Los indios que vivían en el valle hicieron un camino subterráneo que salía por Urrao y se retiraron a otras partes, por miedo. En ese camino aprendieron a sacar espinas chupando, como hacen los jaibanáes.

Todavía frecuentan los Antomiás las tierras del cerro. Y el niño está allí, en la misma posición que antes.

El Cerro Plateado de Musinga: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Quien entra a interrumpir una fiesta ajena puede alterarla dos veces y quedarse atrapado en ella.”

Territorio

Andina · Katíos

Andina · Katíos

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Katíos
Referencia
6.75611° · -76.18528°

Ficha del relato

Contexto histórico

Esta tradición está en las páginas finales del artículo de 1929 del Journal de la Société des Américanistes, entre la pieza de Gioró, donde un hermano y una hermana quedan pegados por castigo de Caragabí y sus forcejeos producen los eclipses, y la del birri. Ocupa poco más de media página y lleva en el impreso el título Tradición del cerro. El cerro está en el distrito de Frontino; Musinga es el valle vecino, el de los robados, no el del cerro.

Quién tomó estas notas importa. La nota inicial del artículo, firmada por Paul Rivet, aclara que Henri Rochereau se limitó a remitir unos apuntes recogidos por las Hermanas misioneras de la Inmaculada Concepción y Santa Catalina de Sena, de Santa Rosa de Osos, y que Rivet decidió publicarlos respetando la forma que les dieron sus autoras. Las autoras son religiosas de la misión. En esta pieza no hay narrador emberá identificado, ni fecha, ni lugar de recolección. Conviene despejar de paso una atribución que circula: el único narrador con nombre que aparece en el material antiguo del occidente antioqueño, un Capitán Domicó de una tribu Catía, es quien le refiere a Severino de Santa Teresa la guerra de los Domicó con los Cunas, no esta tradición del cerro. Aquí nadie firma. Y la misma nota de Rivet advierte que estos apuntes ya se habían usado en parte para el libro de Severino de 1924, de modo que el pasaje paralelo del Libro Primero de la edición de 1959 no corrobora nada: sale del mismo fondo.

El archivo consultable no permite citar ni una palabra literal. El reconocimiento óptico del tomo de la revista se hizo con modelo de francés sobre un texto español y no dejó una sola vocal acentuada correcta; convierte además la o final con tilde en e, lo que cambia la persona del verbo, y escribe Antomiá de varias maneras distintas. Sirve para saber qué dice, nunca para transcribir cómo lo dice.

Dos piezas de la lista alumbran la capa cristiana que el relato trae puesta. Laura Montoya Upegui documentó en 2015, con las crónicas de la propia congregación, que las misioneras del occidente antioqueño identificaron al jaibaná como el doctor y brujo que se comunicaba con Antomiá, dios del río, y lo tradujeron a interlocutor del diablo y a principal enemigo de la misión: la conversión de Antomiá en demonio es una operación fechable, de los mismos años en que se tomaron estos apuntes. Y el Diagnóstico y Plan de Salvaguarda Embera de Antioquia muestra que el cerro no es curiosidad de archivo sino categoría vigente, katuma, con lista nominal de cerros sagrados del occidente antioqueño y con las amenazas que hoy pesan sobre ellos.

Resonancias con otros mitos

El molde de los dos niños robados reaparece en el mismo artículo de 1929, dos páginas más adelante y con desenlace invertido. En Origen de los jaibanáes, una diabla se roba dos indios, niño y niña, se los lleva a los montes y allí, vagando de monte en monte, les enseña a ser jaibanáes sometiéndolos a una vida muy dura. Severino recoge esa misma historia de boca de Donungubi Domicó, bautizado Severiano, y añade el detalle del método: la diabla clavaba una espina a uno de los niños y en seguida, chupando, se la sacaba. Es decir que el rapto que aquí termina en cautiverio sin rescate, allí es el origen de un saber; y la espina chupada, que aquí se aprende huyendo, allí se aprende en cautiverio.

El segundo paralelo es Bibidigomia, relato VIII de los que Rafael Bailarín, katío, le narró a Milcíades Chaves en 1945 y tradujo él mismo. También hay allí una morada de otros peligrosos, un gran árbol hueco con balcón donde viven los que roban gente, guardado por un tigre; también hay una niña cautiva que se llevan a casa. Pero los indios queman ajíes, barbascos y anamú en la raíz del árbol, los de adentro se emborrachan con el humo y van cayendo uno por uno. El asalto funciona: el cerro no.

El tercero es contemporáneo y de otro municipio. Javier Rosique y sus nueve coautores, cuatro de ellos emberá de Chigorodó, describen los drua wãndra, sitios sagrados en cabeceras de montaña habitados por tres pueblos de gente-espíritu, los oangaramia, los yhaberara y los chimorna, con quienes el jaibaná negocia en sueños bajo un principio de reciprocidad, mientras el temido Antumiá viene del mundo de abajo. Es etnografía de 2015 a 2019, en resguardos eyábida y chamí que no son los del expediente misionero, y no autoriza a proyectar hacia atrás. Sirve para otra cosa: para ver que un cerro habitado puede ser vecindario con el que se trata, y no sólo guarida de demonios.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Hay dos versiones publicadas de esta tradición y no cuentan lo mismo, aunque salgan del mismo fondo de apuntes misioneros.

  2. La de 1929, que es la que aquí se sigue por ser la que menos manos tuvo entre el apunte y la imprenta, trae al hermanito que entra a buscar a su hermana, la culebrita verde, la frase gritada dos veces por él, el niño que queda al borde del abismo sin poder caer, el reflejo que Antomiá enciende sobre la peña pelada, el camino subterráneo hasta Urrao y el aprendizaje de sacar espinas chupando.

  3. La de Severino, en el Libro Primero de 1959, cuenta otra cosa con los mismos elementos. Un Antomiá roba a una sola niña y la devuelve a diario cerca de los bohíos para que consiga comida; si empieza a llorar le pega en las piernas con una culebrita azul, no verde. No hay hermano que vaya al rescate: son los indios, cansados de los latrocinios, quienes cuecen raíces de tobo con carne y las dejan cerca de un bohío. Antomiá se ceba en la comida misteriosa, se infla, se pudre, los gavilanes lo dejan en los huesos, una hermana suya se los lleva y al tiempo resucita. Después convida a los indios a una bebezón, mientras los Antomiáes danzan con cuernos, pies torcidos y cola larga por donde echan fuego; dos de ellos se ponen a pelear y quien exclama Ave María Purísima, asustada, es una indiecita. Con esas palabras se apagan todas las luces, quedan todos encerrados con cinco puertas, y Antomiá queda pegado de una de ellas y se vuelve peña. Eso es lo que explica allí la blancura de la roca: no un reflejo, un cuerpo petrificado. No hay precipicio, ni niño suspendido, ni salida hacia Urrao, ni jaibanáes que aprendan nada por el camino.

  4. No se funden. Y conviene ver qué hizo cada quien con las piezas sueltas. El episodio del tobo que mata al glotón es, en el artículo de 1929, un relato aparte y completo: el de Antomiá paima y la india jaibaná que lo envenena con caldo de pescado y raíz de moindú, y de cuyo vientre reventado salen el fuego, el humo y las piedras de los ríos. Severino lo soldó al cerro. Al revés, el sacar espinas chupando, que en 1929 lo aprenden los que huyen por el túnel, en Severino pertenece al origen del jaibanismo, donde una diabla se lo enseña a dos niños robados clavándoselas y sacándoselas.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Katíos · Andina
Referencias
9
Última revisión
17 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Creencias, ritos, usos y costumbres de los indios Catíos de la Prefectura Apostólica de Urabá

    archive.org

    Reúne el corpus histórico más amplio consultado sobre Caragabí, Genené, Antomiá, Séver, los Domicó, la escalera, Herupotoarra, Baha, Aribamia y Dabeiba. La primera edición de 1924 no está en acceso abierto; el Libro Primero de «Los indios catíos, los indios cunas» (Medellín, 1959) es esa obra, según declara el propio autor en su razón de la segunda edición.

  2. Nociones sobre creencias, usos y costumbres de los Catíos del occidente de Antioquia

    persee.fr

    Publica notas reunidas por religiosas entre grupos del occidente antioqueño y conserva variantes de Caragabí, Genené, Antomiá, Costé, Séver, Herupotoarra, la escalera, Aribamia y el cerro Musinga. La nota inicial de Rivet aclara quién recogió el material: Rochereau lo remitió, no lo recogió.

  3. Mitos y leyendas de Colombia, volumen III

    flacso.edu.ec

    Facilita una transcripción consultable de capítulos de Severino 1924 y distingue el relato Chamí de Surranabe del conjunto atribuido a los antiguos Catíos de Urabá.

Contraste y contexto · 6 referencias

  1. Misiones, región y clasificación indígena en Urabá

    biblioteca-repositorio.clacso.edu.ar

    Explica que la categoría regional Catío fue parcialmente consolidada por el proyecto misionero en el occidente de Antioquia, Urabá y Chocó.

  2. Dobaida o Dobaiba: diosa de las tormentas

    revistas.udea.edu.co

    Da a Musinga el espesor que el relato supone. Piazzini muestra que Musinga es a la vez corregimiento, río, valle, vereda y alto dentro de Frontino, uno de los nueve corregimientos junto a El Cerro, Carauta, Murrí, Nutibara, Nobogá, Fuemia, Pontón y Chontaduro; que allí tienen resguardo comunidades emberá-catío, junto a los valles de Río Verde y Murrí; y que en las crestas entre los ríos Sucio, La Herradura, Nore, Musinga, Nobogá, Río Verde, Carauta y Murrí hay "promontorios de tierra localmente conocidos como perúes que corresponden a túmulos funerarios" saqueados desde el siglo XVI, y en El Cerro, Musinga y Carauta "numerosos banqueos o aterrazamientos artificiales" de antiguas viviendas. Rastrea además la toponimia contra fuentes de 1515 (Núñez), 1533 (Heredia) y 1537 (Vadillo), y registra el topónimo "Beiba Viejo". El cerro del relato está, entonces, en un paisaje ocupado, nombrado y disputado durante cinco siglos.

  3. Estrategias de evangelización y catequización de las misioneras Lauritas en el Occidente Antioqueño (1914-1925)

    revistas.uniandes.edu.co

    Documenta exactamente la mediación que la ficha señala pero no puede sustentar: quiénes eran las religiosas del occidente antioqueño y cómo traducían. Muestra que las Lauritas identificaron al jaibaná —"el doctor y brujo que comunicándose con Antomiá, dios del río, marcaba los cambios y las relaciones mágicas de los Catíos"— como "el personaje que se comunicaba con el diablo" y como el principal enemigo de la misión, y que hubo esfuerzos deliberados por hacerlos renunciar a esa relación. Es decir: Antomiá era dios del río antes de ser diablo, y la traducción a "diablo" fue una operación misionera fechable. Documenta también el sincretismo inverso: las misioneras pasaron a ocupar en las comunidades un lugar de poder mágico análogo al del jaibaná.

  4. Hermanas cabras: las misioneras lauritas en el occidente antioqueño (1914-1925)

    revistas.unal.edu.co

    Versión ampliada y más reciente del trabajo anterior, ahora con el fondo de religiosas de la Diócesis de Antioquia. Reconstruye cómo las Lauritas adaptaron la misión a los asentamientos dispersos catíos del occidente antioqueño —Dabeiba entre ellos— sin necesitar edificios, y cómo las mujeres asumieron la evangelización y no sólo la catequesis. Importa aquí porque el aparato que produjo los apuntes de 1929 fue precisamente este: religiosas que vivían en los bohíos, aprendían la lengua a medias y anotaban lo que oían. Permite fechar y situar a los intermediarios del relato del cerro en vez de nombrarlos en abstracto.

  5. «Todos en el mismo pensamiento»: las relaciones del pueblo embera con los sitios sagrados de los resguardos de Polines y Yaberaradó en Chigorodó (Antioquia)

    revistatabularasa.org

    Es la contraparte viva del cerro de la fuente misionera. Describe los drua wãndra —sitios sagrados— de comunidades emberá eyábida y chamí de Chigorodó, situados en cabeceras de montaña, y explica que crestas y cascadas funcionan como tránsitos entre el mundo de arriba, el del medio y el de abajo. Sostiene que esas montañas están habitadas por pueblos de gente-espíritu con personhood plena —oangaramia, yhaberará, chimorna— y presididas por Pãkõré, y que el jaibaná media esa relación por sueños y rituales en clave de reciprocidad, no de sometimiento. Da un marco para leer a los habitantes del cerro de Musinga como vecinos con los que se negocia (de los que incluso se aprende a curar), no como demonios absolutos.

  6. Diagnóstico y Plan de Salvaguarda Embera, capítulo Antioquia

    antioquia.gov.co

    Da la lista, en voz de las autoridades emberá, de los cerros sagrados del occidente antioqueño: "Jai Katuma (Cerro Careperro) en Murindó, Carmen del Darién, Frontino, Dabeiba, Mutatá, Vigía del Fuerte y Urrao, el Katuma Chagerado..., el Katuma Paimadó y Pegadocito límite entre Frontino y Dabeiba, el Katuma Soso só..., Katuma Eburá (Cerro Amor) y Katuma Sobia entre Dabeiba y Frontino, Katuma Chever en Dabeiba, Katuma Tasidó..., Katuma de Dabeiba Viejo..., Katuma Yaberaradó (Serranía de Abibe)...". El cerro no es una curiosidad de un relato antiguo: es una categoría territorial vigente, katuma, y hoy está amenazada por títulos mineros (Mandé Norte, Pantanos-Pegadocito) y por el uso militar de las cimas. Fija además la nomenclatura propia: "el Pueblo Embera de Antioquia... se divide en: Embera Eyabida (katío), Embera Chamí y Embera Dóbida".

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«El Cerro Plateado de Musinga» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El Cerro Plateado de Musinga» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El Cerro Plateado de Musinga» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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