En los albores del tiempo, cuando las montañas aún se formaban y los ríos esculpían sus cauces en la tierra, el gran Caragabí, soberano de lo visible e invisible, decidió crear algo distinto a lo que hasta entonces habitaba el mundo. Hasta ese momento, todo ser racional gozaba de una chispa divina, pero Caragabí deseó introducir un cambio, una obra que reflejara la imperfección maravillosa de la naturaleza humana. Así, en un recóndito paraje bendecido por la luz dorada del amanecer, modeló de la tierra fértil a un hombre y una mujer, Adoruwá y Tayá.
Ambos fueron ubicados en un territorio que era un susurro del paraíso, donde las flores exhalaban melodías en lugar de perfumes, y los árboles contaban secretos al oído de quienes supieran escuchar. La vasta creación de Caragabí los rodeaba con una belleza que parecía infinita. No obstante, había una advertencia que resonaba con la misma claridad que la luz de las estrellas en la noche: un árbol, único en su especie, se alzaba en el centro de este edén. Caragabí los guió hasta él y, con una voz que parecía surgir de cada rincón del universo, les indicó que no debían saborear su fruto.
El árbol era inconfundible en su aspecto; su tronco estaba adornado con una intrincada espiral de satinares que brillaban a la luz, y sus hojas eran de un verde tan profundo que parecía tocar el alma. "No comáis de este fruto", insistió Caragabí, antes de sumirse nuevamente en el velo del tiempo y el espacio.
Los días transcurrieron en una danza tranquila de luces y sombras, y Adoruwá y Tayá vivieron en una felicidad tan pura que parecía infinita. Hasta el día en que una serpiente, silenciosa como la penumbra y sutil como el viento, se acercó a Tayá mientras ésta recolectaba bayas en el bosque. La serpiente, que conocía las artimañas del mundo, le habló con dulzura, tejiendo palabras con una savia que se filtraba lentamente en la mente de Tayá.
"Caragabí dice que este es el único árbol de su tipo, pero ¿qué ves tú con tus propios ojos?", susurró la serpiente, señalando varios árboles en el horizonte, cada uno rebosante de frutos que parecían joyas bajo el sol. La tierra, rica en misterios, pareció orbitar alrededor de la voluntad de la serpiente, que había sembrado varios de estos árboles, todos nacidos de semillas furtivamente extraídas del árbol prohibido.
Tayá dudó, una duda que creció entre sus pensamientos como una enredadera imparable. Los árboles, idénticos al del que les habían prohibido comer, oscilaban frente a ella con cada movimiento del aire. Cómo podía Caragabí haber limitado la majestuosidad de aquel único árbol, si tantos otros se extendían frente a ella como un horizonte interminable de promesas.
Adoruwá, sintiendo la incertidumbre en el aire, se aproximó a Tayá, y juntos decidieron probar el fruto de uno de aquellos árboles misteriosos. En el instante en que sus labios tocaron la piel dorada del fruto, una realidad diferente se desplegó como un abanico brillante, y el mundo a su alrededor cambió. Puede que fuera el mismo aire quien denunciara la transgresión, o el ruido imperceptible que hicieron las estrellas al apartar la vista.
Caragabí, que había tejido los hilos de su creación con un amor y una regla inquebrantable, sintió vibrar el tejido del universo. Descubriendo la transgresión, se presentó ante ellos no con ira, sino con una tristeza que era como un río profundo y silencioso. Desnudos, porque su inocencia había sido arrancada, Adoruwá y Tayá estaban solos ante él, sin el escudo de la divinidad.
"No os reconozco como míos", anunció Caragabí, aunque en su voz latía una pena infinita por lo que habían perdido y por el largo camino que ahora debían recorrer, despojados de la luz que había sido suya. Desde entonces, el mundo resplandeció con una belleza melancólica, y los hombres y mujeres que vinieron después aprendieron a caminar entre las sombras y las luces, con un alma que, como aquel fruto prohibido, poseía la dulce complejidad de lo efímero y lo eterno.
Historia
Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.
Versiones
En la única versión disponible, Caragabí crea un hombre y una mujer que no son divinos, a diferencia de seres anteriores que sí lo eran. En este relato, Caragabí instruye a la pareja a no comer de un fruto específico, marcando claramente la prohibición y asegurándoles que solo existe un árbol de esa especie. Esto establece un marco de obediencia estricta similar al mito judeocristiano del Génesis, pero con la particularidad de un significado cultural donde los personajes no poseen un origen divino frente a un dios creador omnisciente.
Una diferencia clave en esta historia es la intervención de la serpiente que, desafía a Caragabí al sembrar árboles idénticos al prohibido, utilizando semillas del árbol original. Este acto introduce una dimensión de engaño y creatividad no presente en el mito del Edén, donde el árbol prohibido no se multiplica de manera similar. Este elemento de multiplicación simboliza un desafío directo a la autoridad de Caragabí, sugiriendo que la serpiente es más activa y maliciosa, contrarrestando la narrativa de unicidad divina de la creación original, y llevando a la pareja al castigo de perder su reconocimiento por el creador, una consecuencia que resalta la gravedad de la desobediencia en este contexto cultural particular.
Lección
La desobediencia a lo divino lleva a la pérdida de la inocencia.
Similitudes
Este mito se asemeja al relato del Génesis en la Biblia, donde Adán y Eva son tentados por la serpiente y desobedecen a Dios al comer del árbol prohibido.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



