Los yaedé y el origen del ñame

Andina · Katíos

Los yaedé y el origen del ñame

Un padre vence con una macana al gigante yaedé y su cuerpo se transforma en los primeros ñames.

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El relato

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Había antes unos diablos gigantes llamados Yaedé, y esos diablos se comían a los niños huérfanos. No a cualquier niño: a los que habían quedado sin madre. Venían por ellos y se los llevaban, y la cosa se repetía de tal modo que llegó a saberse cuándo iban a volver.

Un indio se preparó para vengarse. Armó una trampa con un lazo y puso en ella a su propio hijo, que era lo único que podía traer al Yaedé hasta donde él quería. Después se apartó y se quedó atisbando desde lejos, con una barra en la mano, esperando.

El Yaedé vino como venía siempre. Cayó en la trampa y quedó preso en el lazo, y apenas el padre de la criatura vio que estaba cogido salió de donde estaba y le dio un golpe con la barra. Fue un solo golpe y fue tan fuerte que lo despedazó allí mismo.

Y en seguida, sobre los pedazos, ocurrió lo otro. El Yaedé quedó convertido en Yame. De sus despojos se formó el ñame, y de ahí procede el ñame que se come ahora.

Los yaedé y el origen del ñame: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Un alimento puede quedarse con el nombre de aquello que antes se comía a la gente.”

Territorio

Andina · Katíos

Andina · Katíos

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Katíos
Referencia
6.75611° · -76.18528°

Ficha del relato

Contexto histórico

Este episodio no tiene narrador conocido, ni lugar, ni fecha, y en ninguno de los dos textos que lo registran es un capítulo propio.

En fray Severino de Santa Teresa es un párrafo suelto dentro de la serie de Antomiá, en el Libro Primero de «Los indios catíos, los indios cunas» (Medellín, Imprenta Departamental de Antioquia, 1959), que es la segunda edición de su obra de 1924. Va justo después de la derrota de Antomiá y justo antes de los Nunsí, y dice así: «Otra leyenda habla de unos diablos gigantes (Yeadé), que comían los niños huérfanos. Una vez un indio puso su niño en trampa y se preparó para vengarse de él. Vino como de costumbre el Yaedé, y el padre de la criatura le dio tan fuerte golpe con una barra, que lo despedazó y en seguida Yeadé se convirtió en Yame. De ahí procede el ñame actual». Severino no nombra a nadie, no dice dónde lo oyó y no traduce: sus relatos llegan ya refundidos por él en tercera persona.

En el artículo de 1929 sí tiene título propio, «Icané (Ñame)», en la página 95, entre los Aribamias y los Costé. Sus autoras son las Hermanas misioneras de la Inmaculada Concepción y de Santa Catalina de Sena, de Santa Rosa de Osos; Henri Rochereau remitió las notas y Paul Rivet las publicó. Rivet advierte en su nota inicial que esas notas ya se habían usado en parte para el libro de 1924, de manera que la coincidencia entre los dos textos no corrobora nada: es un solo fondo saliendo dos veces.

De ese texto salen las tres correcciones que esta reescritura aplica. Primera: los niños comidos son los huérfanos, y la versión de 1929 precisa todavía más, son los que han quedado sin madre. Segunda: el arma es una barra —en 1929, una barra de hierro—, no una macana; ningún texto consultado menciona macana en este episodio. Tercera, y es la que cambia el sentido del final: el nombre del tubérculo está dentro del propio relato. Severino escribe que Yeadé se convirtió en Yame, y Yame es el ñame. El desenlace no es sólo una metamorfosis, es una etimología: el alimento se queda con el nombre del que se comía a los niños.

Queda decir de dónde salió el nombre falso. La dirección de esta entrada reproduce el encabezado de la sección de 1929, que nombra el tubérculo y no a ningún personaje. La ficha publicada lo convirtió en nombre propio. Y hay un añadido que tampoco es relato: las notas de 1929 cierran con una conjetura de quien escribía, que a toda planta de la familia, yuca y arracacha, le darían la misma procedencia.

Las otras fuentes de la lista no traen el episodio. Aída Gálvez (1997) no nombra al yaedé y sólo sitúa el ñame entre los recursos del tiempo antiguo, junto al táparo y el milpesos; lo que aporta es la tesis. Cardona y Guerra (2013) tampoco lo traen, pero dan la categoría del ser y una advertencia sobre el encuadre. Racero-Casarrubia y sus colegas (2008) no mencionan ni el yaedé ni el ñame.

Resonancias con otros mitos

El paralelo exacto está en el mismo artículo de 1929, tres páginas más allá. Antomiá paima, el diablo negro, le roba sistemáticamente la comida a una india jaibaná que sale a pasear; ella le prepara una gran olla de caldo de pescado y en lugar de plátano y yuca le pone raíz de moindú, que ensancha los intestinos, y lo espía desde fuera. El diablo come, se para junto a la escalera con el estómago inflado, cae del tablado y revienta con una explosión grandísima, y de su vientre salen fuego, humo y piedras. Antes de eso no había nada de eso, y los ríos habrían quedado lisos, sin piedras. La forma es la misma: un devorador liquidado con una trampa doméstica y unos restos que se vuelven algo permanente del mundo. Lo que cambia es qué queda: allí las piedras de los ríos, aquí un alimento que se siembra.

El segundo paralelo está en el propio pueblo katío y es el reverso del mecanismo. En «Cómo consiguieron los indios el maíz y el chonta-duro», que Rafael Bailarín narró a Milcíades Chaves en 1945, los dos cultivos no salen de ningún cuerpo: dos mujeres suben al Bajía llevadas por un ave, ven allí a sus muertos y bajan el maíz escondido en la boca y el chontaduro en la mano. Un mismo pueblo cuenta dos orígenes de alimento con procedimientos opuestos, el viaje con una semilla robada y el cadáver que se vuelve comida.

Aída Gálvez da el marco que hace legible esa pareja: sostiene que en los mitos sobre el proceso de humanización de los emberá la asunción de un patrón alimenticio es lo que establece la ruptura con los grupos considerados salvajes y antropófagos, y que los cultivos llegan por mediación de dioses, héroes u hombres que los obtienen mediante estratagemas. Que un devorador de niños se vuelva comida no es entonces una casualidad macabra.

Queda un correlato vivo que conviene marcar como comparación mía y no de la fuente: entre emberá katío del San Jorge cordobés, Javier Racero-Casarrubia y sus colegas registraron en talleres de 2007 y 2008 que el águila arpía es tenida por un peligro para los niños porque puede cargarlos y llevárselos en vuelo. No hay transformación ni alimento al final, pero el miedo del que el yaedé es la forma mítica tiene especie nombrada y fecha reciente.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Los dos registros difieren en quién muere, no en lo que pasa.

  2. Severino nombra a los devoradores Yaedé —lo escribe Yeadé y Yaedé en el mismo párrafo— y cierra con el nombre del tubérculo. Las notas de 1929 dejan a los gigantes sin nombre y llaman Antomiá al que queda despedazado, de cuyos despojos se forma el ñame. Es una diferencia de peso: en un texto muere una especie de seres, en el otro muere el diablo mayor del corpus. La secuencia, en cambio, es idéntica en ambos, y por eso esta reescritura la sigue entera: niños huérfanos, trampa con el hijo propio, padre que atisba desde lejos, golpe de barra, despedazamiento, transformación en alimento.

  3. Se sigue a Severino para la columna del relato porque es el único de los dos que nombra a los devoradores y el único que conserva la etimología final. Es una decisión discutible, porque las notas de 1929 están más cerca del registro que la refundición de Severino, y porque ambas salen del mismo fondo: ninguna corrobora a la otra.

  4. Hay un tercer nombre en juego y conviene no confundirlo con los otros dos. Icané, que da título a la sección de 1929, nombra el ñame, no a un personaje ni a un héroe.

  5. Un silencio que ninguna de las dos versiones llena: qué pasó con el niño. Ni Severino ni las notas de 1929 dicen si alcanzó a ser herido, si fue devuelto o si simplemente estaba ahí. La ficha anterior resolvía el silencio hablando de niños futuros salvados; eso no está en ningún texto.

  6. Antonio María Cardona y Jairo Miguel Guerra permiten leer al yaedé sin convertirlo en gigante genérico: describen a los yamberas como seres que pueden transformarse en lo que deseen, en diminutos, en gigantes, en humanos normales para engañar, o en monstruos que combinan partes de animales feroces, y anotan que están regidos por Antomiá. Eso explicaría por qué un texto nombra Yaedé donde el otro nombra Antomiá, pero es una lectura de 2013 y hay que atribuirla a ellos. Los mismos autores advierten que entre los emberá del río Sinú, es decir entre los katío, Antomiá se aparece en forma de un niño tierno sentado entre las aguas jugueteando con los peces, y que para los antiguos es el espíritu del río, no el diablo del encuadre misionero.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Katíos · Andina
Referencias
7
Última revisión
17 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Creencias, ritos, usos y costumbres de los indios Catíos de la Prefectura Apostólica de Urabá

    archive.org

    Reúne el corpus histórico más amplio consultado sobre Caragabí, Genené, Antomiá, Séver, los Domicó, la escalera, Herupotoarra, Baha, Aribamia y Dabeiba. La primera edición de 1924 no está en acceso abierto; el Libro Primero de «Los indios catíos, los indios cunas» (Medellín, 1959) es esa obra, según declara el propio autor en su razón de la segunda edición.

  2. Nociones sobre creencias, usos y costumbres de los Catíos del occidente de Antioquia

    persee.fr

    Publica notas reunidas por religiosas entre grupos del occidente antioqueño y conserva variantes de Caragabí, Genené, Antomiá, Costé, Séver, Herupotoarra, la escalera, Aribamia y el cerro Musinga. La nota inicial de Rivet aclara quién recogió el material: Rochereau lo remitió, no lo recogió.

  3. Mitos y leyendas de Colombia, volumen III

    flacso.edu.ec

    Facilita una transcripción consultable de capítulos de Severino 1924 y distingue el relato Chamí de Surranabe del conjunto atribuido a los antiguos Catíos de Urabá.

Contraste y contexto · 4 referencias

  1. Diagnóstico unificado de los pueblos Emberá Chamí, Katío, Dóbida y Eperara Siapidara

    mininterior.gov.co

    Documenta diferenciación interna, territorios, memoria y riesgos contemporáneos desde espacios participativos Emberá.

  2. El binomio maíz-plátano: alimentación y símbolos en la cultura emberá (Boletín de Antropología, vol. 11, n.º 27)

    revistas.udea.edu.co

    Es el estudio que explica por qué un alimento tiene mito de origen y qué clase de mito le corresponde. Sostiene que los alimentos de base «son objeto de una evaluación polivalente en las culturas que los han acogido» y que «su condición de bienes culturales altamente apreciados se rastrea en los mitos». Sitúa el ñame entre los recursos del tiempo antiguo junto al táparo y el milpesos, y formula la tesis directamente aplicable a esta ficha: «en los mitos sobre el proceso de humanización de los emberá, la asunción de un patrón alimenticio contribuye a establecer la ruptura con los grupos ya mencionados, considerados salvajes y antropófagos en el imaginario indígena». Es decir, que un devorador de niños se convierta en comida no es una casualidad macabra: es la operación misma con la que el relato separa lo humano de lo antropófago. Añade que los cultivos llegan «por mediación de los dioses, de héroes o de hombres, quienes mediante estratagemas los obtienen» de quienes los poseían, que es exactamente la estructura del relato del yaedé.

  3. Mitología Embera. Principales mitos, características y funciones

    bioetnia.iiap.org.co

    Aporta la categoría a la que pertenece el yaedé y evita que se lo lea como «gigante» genérico: los yamberas «tienen el poder de transformarse en lo que ellos deseen: en seres diminutos, gigantes, humanos normales para engañar a los hombres y hacer sus fechorías, pueden adoptar la forma de grotescos monstruos generalmente con forma de animal feroz, pero combinando partes de estos», y están regidos por Antomiá. Eso importa para esta ficha porque el registro de 1924-1959 coloca el relato del yaedé justo en la serie de Antomiá. Documenta además que entre los emberá del río Sinú —es decir, entre los katío— Antomiá se aparece «en la forma de un niño tierno, hombre o mujer, sentado entre las aguas jugueteando con los peces», y que «para los antiguos, Antomiá es el espíritu del río», no el diablo: una advertencia directa contra el encuadre misionero del que procede el texto fuente.

  4. Percepción y patrones de uso de la fauna silvestre por las comunidades indígenas Embera-Katíos en la cuenca del río San Jorge, zona amortiguadora del PNN-Paramillo, Revista de Estudios Sociales 31, pp. 118-131

    scielo.org.co

    Documenta entre emberá katío de Córdoba el miedo concreto del que el relato del yaedé es la forma mítica: sobre el águila arpía (Harpia harpyja) registra que «presenta mitos e historias en los cuales los indígenas estiman que es un peligro para los niños, puesto que fácilmente puede cargarlos y llevárselos en vuelo». El motivo del ser que entra en la casa y se lleva a los niños desprotegidos no es entonces un tópico literario importado: tiene correlato vivo, con especie nombrada, en el mismo pueblo. Sirve también para fechar la vigencia de esas historias, recogidas en talleres de 2007-2008.

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«Los yaedé y el origen del ñame» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Los yaedé y el origen del ñame» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Los yaedé y el origen del ñame» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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