En los albores de todo lo que es conocido y lo que permanece oculto, en el tiempo antes del tiempo, existía el grandioso Tatzitzetze, el Primer Padre, cuya esencia carecía de principio y carecería de final. De Él, en un momento suspendido entre el aliento y el soplo, nació de su propia saliva un ser espectacular: Caragabí, el dios sobre la tierra. Así, el mundo comenzó a transformarse, delineándose con la voluntad sublime de Tatzitzetze.
Caragabí, joven dios, era una mezcla de vibrante sabiduría natural y reconocía en su interior las chispas del poder de su progenitor. Creó un mundo majestuoso, de suelos fértiles y montañas que parecían tocar los cielos, pero un vacío persistía: el agua, la esencia fluida que permitiría que todo floreciera, estaba ausente. Caragabí soñaba con tres sueños recurrentes, visiones de un mundo colmado de aguas que él no podía encontrar.
En sus visiones, el agua pertenecía a otro dominio, gobernado por un soberano llamado Orré. Sin embargo, Caragabí sentía, latente en su pecho, que las aguas también podrían pertenecer a su mundo. Encargó a su mensajera, una paloma incansable, que encontrara el agua; pero no fue en su mundo donde halló rastros de su existencia.
Resuelto a obtener lo que había visto en sueños, Caragabí dirigió sus esfuerzos hacia la ruptura de secretos enigmáticos. El pájaro mosca, conocido como domineju, fue enviado a internarse en las alturas de una peña concéntrica, donde finalmente encontró a Getzerá. Esta guardaba las aguas dentro de una monumental caverna de cristalinas ondas, rodeada de peces resplandecientes con los que se alimentaba. Sin embargo, Getzerá, mezquina en su codicia, negó la súplica de Caragabí y refugió el agua detrás de impenetrables puertas de piedra.
Tres veces acudió Caragabí en súplica; tres veces fue su ruego recibido con silencio. En una explosión de ira divina, Caragabí derrumbó la entrada sellada, arrancando el agua de Getzerá, condenándola en su desenfreno a vivir como una hormiga negra y grande, penada en cargar agua siempre en su boca.
En otra versión de los sueños del dios, el agua se hallaba contenida en el corazón de otro guardián natural: el gigantesco árbol sagrado Genené, cuya vida dormía vigilada por la noche y la magia que siempre embellece la carne de la madre tierra. Caragabí, junto con su gente, forjó hachas de piedra y emprendieron la tarea de cortar el Genené, pero cada día se levantaban para encontrar el árbol como si su labor del día anterior hubiese sido disuelta por la noche.
Necesitado de proseguir durante las horas de la oscuridad, Caragabí generó una intensa luz frotando sus manos, amparados por la cual trabajaban incansables. Al tercer día, lograron cortar el árbol, mas este permanecía firme, abrazado por las enredaderas y los bejucos que lo sostenían.
Las criaturas que aún hablaban en su forma actual fueron convocadas por Caragabí: micos, monos, y audaces ardillas compitieron para desenredar los bejucos. Entre ellas, Chidima, una ardilla pequeña, logró el cometido; su caída y la del árbol signaron el verdadero inicio del tiempo de las aguas.
El Genené, al caer, prohijó una inundación que devoró la tierra y todo ser viviente salvo a Caragabí y diez almas piadosas que se refugiaron en una elevada peña, a salvo de las aguas incesantes. Durante un año, se desplomaron torrentes que ahogaron las memorias de la antigua tierra. Al fin, una paloma blanca, nacida del aliento de Caragabí, voló y retornó con el destino vibrante de nuevas costas y vida renovada.
Así, el inmenso árbol diluvió hasta llenar el mundo: su concavidad originó los mares; de sus ramas surgieron ríos; sus brotes dieron a luz riachuelos, y sus retoños más pequeños, poblaron de charcos las quebradas. Su tronco, sin embargo, quedó como un pilar misterioso entre tiempos, vigilado por cirios de piedra que arderán hasta el fin de los días.
En los confines del cielo, Caragabí había una vez conocido al enigmático Tutruicá, dios del mundo Armucurá, que poblaba el reino subterráneo con sus habitantes inmortales. En su encuentro, ambos dioses, como el eco reflejado en un espejo de las ansias de la creación, compitieron: barro contra piedra, soplo contra aliento; donde los muñecos de Tutruicá caminaron como hombres y mujeres asalariadas de inmortalidad, Caragabí fracasó, y la mortalidad devino en rasgo de su gran obra sobre la tierra. Humillado en un momento de creación, Caragabí recibió un pequeño guijarro de la tierra de Tutruicá, un barro que hablaba de vida, en dirección a convertir polvo en carne palpitante.
Curvado pero nunca vencido, Caragabí reformó su creación, insuflando aliento de sus propias costillas, imbuyendo humanidad en los seres con que poblaría entonces las tierras que reclamó de las aguas. En cada ser, Caragabí insertó la promesa de un ciclo, la esperanza de elevar un día sus formas al firmamento sagrado de un cielo encantado.
Se dice que en tiempos antiguos, los catíos visitaban el cielo como quien roza la familiaridad de una casa ancestral. Podían sentarse a escuchar los cánticos de los ángeles en las alturas, pero esa conexión, ese flujo constante entre mundos, se había alterado en los ciclos de la existencia misma. En el fuego de aquella vida antigua, Caragabí también encontró su desafío: el secreto del fuego, custodiado por la iguana Himo, vigilante del calor y del sabor que avivaría la vida humana. Solo al recurrir al ingenio de metamorfosis divina, Caragabí robó un rayo del fuego mismo, compartiéndolo por siempre entre las criaturas de la eternidad efímera.
En esta tela de sueños, encuentros y creación, Caragabí dejó huellas imperturbables en las fibras del propio cosmos, sus ecos revoloteando en las canciones de los catíos. Así, los hombres de la tierra, con sus almas escapadas de la piedra, celebraron el agua, la lucha, y la vida eterna prometida por la voluntad del dios moldeador. Y en el horizonte perpetuo que separa el cielo de la tierra, las esperanzas de Caragabí lo guiaban, siempre hacia arriba, donde el árbol Ntré cantaba canciones de una época donde la muerte no era más que un faquin de tránsito hacia lo divino.
Historia
El mito tiene origen en la cosmología de los catíos, un pueblo indígena de la región del golfo de Urabá, al noroeste de Colombia. En sus creencias, el dios supremo es Tatzitzetze, quien creó a Caragabí de su saliva. Este último fue responsable de la creación del mundo y el trabajo de organización de los elementos y seres que lo pueblan. Caragabí desempeña un papel crucial en su cosmología, lidiando con la falta de agua y utilizando su sabiduría y poder para resolver este problema. Las narraciones describen un mundo compuesto por múltiples capas con dioses correspondientes, y un conflicto notable entre Caragabí y el dios inferior Tutruicá. El mito también aborda temas de creación, transformación, y la lucha continua entre diferentes deidades.
Versiones
Las versiones del mito que involucran a los dioses Tatzitzetze, Caragabí, y Tutruicá presentan varias diferencias significativas, especialmente en la cosmogonía y en el carácter de los dioses. En la primera versión, Tatzitzetze es el dios preexistente que origina a Caragabí de su saliva, creando una jerarquía de mundos con el nuestro siendo uno de los superiores. Caragabí, a pesar de ser sabio, enfrenta desafíos como la búsqueda del agua, la cual finalmente obtiene tras un esfuerzo concertado con otros seres. En contraste, en otra versión, el énfasis se pone en un conflicto entre Caragabí y Tutruicá, los dioses de arriba y abajo, respectivamente. Aquí, el mito se centra en sus intentos de crear vida humana, donde Tutruicá logra moldear seres perfectos de barro, mientras Caragabí tiene que aprender a hacerlo, inicialmente fracasando antes de recibir una lección de su competidor, destacando así una narrativa de desarrollo de habilidades y conocimiento.
Otra diferencia relevante yace en la observación de las estructuras mitológicas y los roles en la creación y ordenación del mundo. En las versiones con una influencia cristiana y etnológica, como se ve en la segunda y tercera versiones, hay una tendencia a interpretar las acciones de los dioses con tintes que sugieren un monoteísmo subyacente, presentando a Tatzitzetze como una figura similar a un "Dios Supremo". Aquí, la narrativa coloca un poco más de énfasis en la moral y la religión comparativa, sugiriendo una conexión espiritual más elevada que distinción entre buenos y malos actos, con ciertas influencias coloniales evidentes. Además, la narrativa difiere en el detalle sobre la creación de los humanos, donde Caragabí finalmente se somete a aprender de Tutruicá después de varios intentos fallidos, un elemento ausente en las narraciones más aparentemente autóctonas que destacan la autodependencia cultural sin competencia explícita entre las divinidades.
Lección
El poder de la creación reside en la perseverancia y el ingenio.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de Prometeo por el robo del fuego y al mito nórdico de Yggdrasil por la importancia del árbol sagrado.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



