En el principio de los tiempos, cuando la tierra era oscura y aún no conocía la luz, dos dioses se encontraron en su vasto misterio. Desde arriba, Caragabí, el dios del cielo, divisó algo oscuro en lo que sería nuestra tierra, y descendió para descubrir su naturaleza. Allí se encontró con un ser desconocido, Yábea, el dios del inframundo, no de la tierra misma, sino de un lado opuesto, un concepto más allá de lo que acostumbramos a entender. Caragabí, curioso, preguntó al recién conocido:
—¿Quién eres tú?
—Yo soy Tutruicá, el dios de abajo —contestó el Yábea, con una voz que resonaba con la profundidad de las cuevas.
—¿Naciste? —insistió Caragabí.
—No. Resulté solo. Nadie me hizo. Y tú, ¿cómo naciste?
—Yo nací de un salivazo de uno de mis antepasados.
Así, en medio de la vastedad oscura, los dioses decidieron unirse en desafío para probar cuál era verdadero en su divinidad. Tutruicá eligió el barro, que resonaba con la humedad de las tierras bajas, mientras Caragabí, majestuoso, eligió la piedra, dura y eterna como el firmamento. Con el tiempo, el dios del cielo talló un par de muñecos de piedra, a los que insufló vida con un soplo en la frente; abririeron los ojos, pero sus extremidades permanecían inertes. Tutruicá, sin embargo, había hecho muñecos de barro que no sólo sonreían, sino que hablaban y se movían con vida propia.
La magia de la creación seguía su curso. Aunque Tutruicá se negó a revelar su saber, Caragabí, ingenioso, pidió un pedazo de barro tan pequeño como la lengua de una paloma. En sus manos, el barro se multiplicó, suficiente para esculpir una figura que animó con el soplo de una costilla. La estatua cobró vida, y Caragabí, en su alegría, bendijo a su creación, dándole un nombre, una esencia y un lugar en este mundo aún joven.
Más tarde, Caragabí decidió hacerle compañía a su creación. Envió emisarios para obtener más barro de Tutruicá, el cual, tras ser engañado, concedió otro tanto. Así nació la mujer, insuflada de vida no menos misteriosa, y desde entonces, el mundo conoció la compañía.
En otro rincón de este universo moldeado por caprichos divinos, un ser cuyo poder desbordaba tanto vida como muerte, iba a dejar su huella. Aribamia, ese temible ser a medio camino entre lo humano y lo bestial, esperaba en los bosques sombríos donde pocos se atrevían a deambular. Aribamia, la creación en que se transformaban los jaibanaes, los brujos de la tierra, tras su muerte. Se decía que, tras quince días de enterrado, de la sepultura del brujo emanaba una espuma blanca que, poco a poco, tomaba la forma del temido Aribamia.
El monstruo, con la cabeza de un tigre y garras capaces de desgarrar cualquier recuerdo de humanidad, deambulaba por los montes. Se alimentaba principalmente de cangrejos, pero a menudo buscaba presas de mayor tamaño y significado. Los más sabios jaibanaes apenas pudieron soñar con cómo derrotarlos, puesto que cada gota de su sangre paría otro de estos seres. Sólo el agua caliente hacía imposible que su sangre pudiera multiplicarse, aunque hasta la fecha ninguno de estos brujos había logrado eliminar al primero de su especie.
La tierra de Caragabí aún albergaba secretos que los dioses apenas podían anticipar. Un colibrí, pequeño y astuto, fue enviado a investigar la misteriosa fuente de agua que una india, Gentserá, parecía guardar celosamente. Sus hallazgos revelaron la presencia de un árbol colosal llamado jenené, que escondía un océano dentro. Con herramientas forjadas de hierro y acero, Caragabí y sus criaturas trabajaron sin cesar, hasta que finalmente el árbol cayó, y el agua inundó la tierra, dando forma a océanos, ríos y arroyos.
Para controlar el caos de las aguas, Caragabí moldeó la tierra con peñas colosales, separando inmensidades del mar. El cielo, como un plato cóncavo, adornado por el sol, la luna y estrellas titilantes, completaba la escena. Pero con cada acto de creación, también hubo una sombra de transformación; aquellos que ofendían o desobedecían eran convertidos en animales, así la tierra fue poblándose de nuevas criaturas desde micos hasta majestuosas aves.
El desafío entre Caragabí y Tutruicá proseguía en pruebas de fuego, donde cada uno demostró su habilidad para resistir la ardiente prueba de una olla hirviente, emergiendo sin daño alguno. Sin embargo, un diablo en forma de tigre encontró su fin en este enfrentamiento, desintegrado en lo hirviente del cántaro. Tal era la naturaleza voluble y sorprendente de este mundo tejido por estas deidades.
Mientras el tiempo fluía como los ríos recién nacidos, Caragabí ascendía hacia los cielos, dejando instrucciones y apellidos a sus criaturas terrestres, separando así el linaje y evitando uniones prohibidas. En ese mismo mundo donde los desafíos de los dioses habían dejado huella, los catíos reverenciaban y temían a Aribamia y al Peaurata —espíritu de la otra vida—, cuidándose siempre de seguir las precauciones ancestrales contra estas entidades.
Mientras los elementos danzaban al mando de estos antiguos dioses, el sol y la luna tomaban su lugar, atestiguando el pulso de un mundo que apenas empezaba a comprenderse a sí mismo. Las velas de metal, inmensas y brillantes, esperaban su tiempo de despliegar un incendio apocalíptico que renovaría todo lo que era conocido. Y así, en el entretejido de estas historias, los dioses, los hombres y los monstruos vivían, moldeando y siendo moldeados por la danza eterna del mito y la creación.
Historia
Las versiones del mito proporcionadas se refieren principalmente a la mitología de los Katíos, un pueblo indígena. En ellas centralizan dos grandes historias: la creación del mundo y el origen del Aribamia.
1. **Creación del Mundo:** - En las narraciones de la creación, el dios Caragabí y el dios Tutruicá sostienen un diálogo que revela sus orígenes y sus intentos por demostrar su divinidad y habilidad creativa. Caragabí crea muñecos de piedra que no ganan vida, mientras que Tutruicá logra dar vida a sus creaciones de barro. Tras un intercambio, Caragabí logra dar vida a su creación, usando un trozo de barro otorgado por Tutruicá. - Caragabí continúa creando el sol, la luna, y organiza el mundo, ocupándose del agua y los continentes. Utiliza hachas de hierro y acero para derribar un colosal árbol, el jenene, que guarda el agua que forma los mares y ríos. - Luego, Caragabí realiza una serie de transformaciones que dotan al mundo de vida animal y distribuyen apellidos entre las familias humanas. - Se menciona también un desafío entre Caragabí y Tutruicá, que da lugar al origen de los terremotos y el arco iris.
2. **Origen del Aribamia:** - El Aribamia es una criatura temible y mitológica, producto de la creencia jaibanística de los Katíos. Sus jaibanaes (brujos) después de morir se convierten en Aribamia al tomar el “guibán colorado”. La transformación se manifiesta al aparecer una espumita blanca sobre sus tumbas que se convierte en Aribamia, o durante la agonía cubriéndose de pelo. - Se le describe con el cuerpo de un indio y la cabeza y garras de un tigre, contrario a la Esfinge de Egipto. Vive en lugares oscuros y solitarios, y es indestructible si no se siguen ciertas reglas que solo los grandes jaibanáes conocen. Para evitar su transformación, sus cadáveres son clavados al suelo con una estaca. - La versión menciona también el temor a otros espíritus y ofrendas colocadas para protegerse de ellos.
Estas narraciones reflejan la cosmovisión de los Katíos y sus creencias sobre la transformación espiritual y la divinidad.
Versiones
El análisis de las versiones del mito del Aribamia revela variaciones significativas en los detalles y la simbología del relato, aunque comparten una esencia común en torno al concepto de transformación post-mortem y figuras mitológicas. La primera versión describe al Aribamia como un animal cuadrúpedo de gran tamaño cuyo proceso de metamorfosis puede ocurrir de diversas maneras —desde cabellos que cubren al agonizante hasta espuma que toma forma animal—, aludiendo a un ciclo natural de renacimiento con elementos detallados como la importancia del agua caliente y el temor al descontrolado poder reproductivo de la criatura. La segunda versión, en cambio, antropomorfiza al Aribamia al darle un cuerpo humano con cabeza de tigre, destacando el uso del zumo de güibán para la transformación y una estrategia de contención más mágica y ceremonial, como fijar su cadáver al suelo con una estaca para impedir la metamorfosis.
Además, mientras que la primera versión detalla un paisaje cosmológico y de creación del mundo encabezado por dioses como Caragabí y Tutruicá, centrando el relato en desafíos de creación entre deidades, la segunda versión presenta una narrativa más global sobre los catíos que explora también otros seres sobrenaturales, como el espíritu Peaurata, con rituales de protección específicos. También hay diferentes percepciones del arco iris y fenómenos naturales, señalando distintos roles y simbolismos de los elementos en los relatos: mientras en una versión el arco iris es un burro sediento tirado por un dios, en la otra tiene su origen en un niño gigante que se sepulta a sí mismo. Lo que queda claro es que las versiones reflejan un rico tejido cultural donde se mezclan visiones del mundo, elementos rituales y mitos con significados simbólicos diversos ajustados a contextos comunitarios específicos de los catíos.
Lección
La creación y transformación son procesos divinos que deben ser respetados.
Similitudes
Se asemeja a mitos griegos de transformación como el de Proteo y a mitos nórdicos sobre la creación del mundo.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



