Aribamia

Andina · Katíos

Aribamia

Tras la muerte de un jaibaná, una espuma puede elevarse de la tumba y tomar la forma cambiante de Aribamia.

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Aribamia: la entrada del relato

El relato

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El güibán colorado es una hoja, y quien quiere volverse Aribamia después de muerto la toma mientras todavía está vivo. La toman los jaibanás. La toma también cualquier otro que desee para sí ese destino, porque no hacen falta oficio ni cargo: hacen falta la hoja y la voluntad. Por fuera no se les nota nada. Enferman como enferma cualquiera, mueren como muere cualquiera y los entierran igual que a los demás.

Lo que viene después no se cuenta de una sola manera. Unos cuentan que al poco tiempo la sepultura amanece abierta y sin rastro de cadáver, y que eso basta para saber que el muerto ya se volvió Aribamia. Otros cuentan que a los quince días asoma sobre la sepultura una espumita blanca, que crece despacio y va tomando forma hasta que la forma es el animal. Y otros cuentan que la mudanza empieza antes del entierro, desde la agonía, cuando el cuerpo se va cubriendo de pelo y no para hasta quedar en Aribamia.

Del Aribamia se sabe la figura: un gran cuadrúpedo de cabeza enorme, hecha en forma de cántaro. Vive en los montes sombríos y solitarios, donde no llega nadie. Se alimenta de cangrejos. Y se come a quien encuentra.

Herirlo no sirve de nada. No muere de la herida, y además de cada gota de sangre que le cae al suelo se levanta un Aribamia nuevo, de modo que quien abre uno se queda con muchos delante, y ya con uno solo hay bastante espanto.

Queda una manera, y es el agua caliente. El agua caliente vuelve incapaz de reproducirse la sangre del Aribamia, y sin esa multiplicación el animal por fin se acaba. Pero saberlo no alcanza. Los grandes jaibanás sueñan cómo matarlos, y ese sueño no le llega a cualquiera: hay que ser de los grandes para que el sueño enseñe la regla.

Así están las cosas. La hoja se conoce, la espuma se conoce, el agua caliente se conoce. Lo que todavía no ha pasado es lo otro: al primer Aribamia nadie le ha dado muerte.

Aribamia: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Herir aquello que se multiplica con la herida sólo aumenta lo que se quería acabar.”

Territorio

Andina · Katíos

Andina · Katíos

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Katíos
Referencia
6.75611° · -76.18528°

Ficha del relato

Contexto histórico

El pasaje que sostiene esta entrada es una sección titulada Aribamias, en la página 94 de «Nociones sobre creencias, usos y costumbres de los Catíos del occidente de Antioquia», Journal de la Société des Américanistes, nueva serie, tomo 21, número 1, París, 1929, páginas 71 a 105. La nota inicial, firmada por Paul Rivet, reparte los papeles: las notas las reunieron las Hermanas misioneras de la Inmaculada Concepción y de Santa Catalina de Sena, de Santa Rosa de Osos; Henri Rochereau se las remitió; Rivet las publicó respetando la forma que les dieron sus autoras. No hay narrador con nombre, ni lugar de recolección, ni fecha del testimonio, ni traductor acreditado. Nadie anotó a quién se le estaba oyendo.

Fray Severino de Santa Teresa trae el mismo ser en el Libro Primero de «Los indios catíos, los indios cunas» (Medellín, Imprenta Departamental de Antioquia, 1959), que es la segunda edición de su obra de 1924. Allí el Aribamia tiene «cuerpo de indio y cabeza y garras de tigre», la espuma vaporosa sale del sepulcro a los quince días, el zumo de güibán se toma «en todas las menguantes» y el cadáver puede dejarse «cosido a la tierra con un chuzo de macana». Que los dos textos coincidan no corrobora nada: el propio Rivet advierte que esas notas ya se habían usado en parte para el libro de 1924, de modo que son dos salidas del mismo fondo misionero y no dos testimonios.

Milcíades Chaves Ch. copia entero el pasaje de 1929 en la nota comparativa a su primer relato, en «Mitos, tradiciones y cuentos de los indios Chamí», Boletín de Arqueología I-3, Bogotá, 1945, páginas 141 y 142, citándolo como 8-94. Esa copia importa más de lo que parece: el único ejemplar digitalizado del artículo de 1929 fue reconocido ópticamente con modelo de francés y no conserva una sola vocal acentuada correcta, así que la transcripción de Chaves es hoy la forma legible del texto.

Luis Guillermo Vasco Uribe reúne en «Jaibanás. Los verdaderos hombres» (1985) las lecturas de María de Betania, Cayón, Pinto, Rochereau, Santa Teresa y Loewen en un solo capítulo, y añade dos historias de Pablo Emilio Yagarí sobre Caramanta; su trabajo de campo, sin embargo, es sobre todo chamí y panameño. La cartilla de la Secretaría de Educación del Distrito (2020) publica un relato de aribada narrado por Germán Tamaniza, autoridad tradicional acreditada, pero Tamaniza es emberá chamí del resguardo Dai Drua, en Putumayo.

Queda una corrección sobre lo publicado hasta ahora aquí: el párrafo del peuarata y los haces de hojas de tobo, moindú, no pertenece a este expediente. En Severino está en la página 72, inmediatamente antes del Aribamia, y en el artículo de 1929 está en la página 83, a once páginas de distancia. Trata del alma de cualquier difunto que busca compañero para no andar solo, no del jaibaná que se transforma.

Resonancias con otros mitos

El paralelo más cercano está en el mismo volumen que conserva este pasaje. En «Erubida y Siebida», que Nicolás Henao, chamí de Balboa, narró a Milcíades Chaves, aparece Aribadá: un muchacho a quien un jaibaná devuelve a la vida y bautiza con ese nombre, que crece preñando mujeres casadas y matando gente, y a quien dos mujeres matan echándole encima dos ollas de agua hirviendo mientras duerme junto al fogón. El arma es la misma y la premisa es la contraria: Aribadá es un vivo fabricado por un jaibaná, no un jaibaná muerto que reaparece, y sus hijos Fronchí y Pononó sobreviven cantando de quién son hijos.

El segundo paralelo lo trae el propio Chaves. Entre los uitoto, en el mito «Cómo hubo comida y agua para beber» que recogió Plácido de Calella, el hombre que visita a una muchacha en forma de culebra muere cuando la madre de ella le echa encima una olla de agua bien caliente. Lo compartido es el arma contra aquello que no muere de otro modo; lo distinto es que allí el agua caliente corta un noviazgo y una fuente de comida, y aquí corta una sangre que se reproduce sola.

Dentro del propio corpus katío hay además un competidor directo. Pocas líneas después del Aribamia, Severino registra que algunos opinan que las almas de los jaibanás-brujos se vuelven Nunsí, un pez grande que vive en el fondo de los pozos, se come a quien se baña en ellos y sale de noche con los ojos brillando como fuego. El mismo pueblo y el mismo capítulo dan dos destinos distintos para el mismo muerto, y ninguno anula al otro. Antonio María Cardona y Jairo Miguel Guerra volvieron a registrar los nusí en trabajo de campo de 2012 entre emberá dóbida de Nuquí, como seres del mundo de los yambera que habitan las pozas profundas, y en esa misma lista nombran a la aribada.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Dos cuerpos incompatibles llevan el mismo nombre y no deben fundirse. En las notas de 1929 el Aribamia es un gran cuadrúpedo de cabeza enorme en forma de cántaro. En Severino de Santa Teresa es un ser de cuerpo humano con cabeza y garras de tigre. No es diferencia de matiz: es un cuadrúpedo frente a un bípedo. Aquí se sigue el primero, por estar más cerca del registro y no refundido en tercera persona.

  2. Cambia también el desenlace. El artículo de 1929 sostiene que el agua caliente acaba con él y que los grandes jaibanás sueñan cómo matarlo. Severino sostiene lo contrario, que este animal no puede ser matado de ninguna manera, y ofrece en cambio un recurso preventivo que el otro texto no trae: clavar el cadáver al suelo con un chuzo de macana para que no alcance a transformarse. Son dos respuestas opuestas al mismo miedo.

  3. Cambia el modo de volverse Aribamia. En 1929 se registran tres maneras: la sepultura que amanece vacía, la espumita blanca a los quince días y el cuerpo que se cubre de pelo desde la agonía. Severino conserva sólo la espuma y precisa que el zumo de güibán se toma en menguante.

  4. Cambian los nombres. Aribamia, Aribamiá, Aribadá, Aripadá y, por influencia de colonos antioqueños y caldenses, mohán o mohana. Chaves atribuye a Wassén la noticia de que hay dos clases de Aripadá, unos de cuatro patas parecidos al caballo y otros de dos parecidos al hombre, y añade que también los hombres pueden ser transformados. Loewen, según lo cita Vasco, es el único que separa Aribamiá de Aripada por el momento en que el alma sale del cuerpo; Vasco concluye lo contrario, que Aribamiá, Aribada y Mohana son el mismo ser, y lo liga al jaguar, imamá. La separación de Loewen y la identificación de Vasco no pueden sostenerse a la vez, y ninguna de las dos se decide aquí.

  5. Hay por último un episodio que sólo aparece en el material contemporáneo: en la cartilla de 2020, Germán Tamaniza narra que el nombre no debe pronunciarse en voz alta y que la mujer que lo pronuncia muere degollada. Ese testimonio es chamí, del Putumayo, y no puede leerse como dato katío.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Katíos · Andina
Referencias
8
Última revisión
17 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Creencias, ritos, usos y costumbres de los indios Catíos de la Prefectura Apostólica de Urabá

    archive.org

    Reúne el corpus histórico más amplio consultado sobre Caragabí, Genené, Antomiá, Séver, los Domicó, la escalera, Herupotoarra, Baha, Aribamia y Dabeiba. La primera edición de 1924 no está en acceso abierto; el Libro Primero de «Los indios catíos, los indios cunas» (Medellín, 1959) es esa obra, según declara el propio autor en su razón de la segunda edición.

  2. Nociones sobre creencias, usos y costumbres de los Catíos del occidente de Antioquia

    persee.fr

    Publica notas reunidas por religiosas entre grupos del occidente antioqueño y conserva variantes de Caragabí, Genené, Antomiá, Costé, Séver, Herupotoarra, la escalera, Aribamia y el cerro Musinga. La nota inicial de Rivet aclara quién recogió el material: Rochereau lo remitió, no lo recogió.

  3. Mitos y leyendas de Colombia, volumen III

    flacso.edu.ec

    Facilita una transcripción consultable de capítulos de Severino 1924 y distingue el relato Chamí de Surranabe del conjunto atribuido a los antiguos Catíos de Urabá.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. Diagnóstico unificado de los pueblos Emberá Chamí, Katío, Dóbida y Eperara Siapidara

    mininterior.gov.co

    Documenta diferenciación interna, territorios, memoria y riesgos contemporáneos desde espacios participativos Emberá.

  2. Mitos, tradiciones y cuentos de los indios Chamí

    publicaciones.icanh.gov.co

    En la nota comparativa al relato I, Chaves transcribe entero el pasaje de Rochereau sobre el Aribamia, y esa versión no coincide con la de Santa Teresa: allí es «un gran cuadrúpedo de cabeza enorme, en forma de cántaro», se alimenta de cangrejos, no puede ser herido «porque, a más de no morir, de cada gota de sangre surge otro nuevo Aribamia», y sólo el agua caliente impide que su sangre se reproduzca. Chaves usa ese dato para explicar por qué las dos mujeres del relato de Aribadá ponen a hervir dos ollas antes de matarlo. Además identifica Aribamia con Aribadá y con los Aripadá de Wassén y Nordenskiöld, de los que dice que hay dos clases, «unos de cuatro patas, parecidos al caballo, y otros de dos, que se parecen al hombre». Aporta un arma (el agua hirviendo), una forma zoológica distinta y una red de nombres que la ficha no registra.

  3. Jaibanás. Los verdaderos hombres

    luguiva.net

    Reúne y coteja todas las versiones de Aribamiá en un solo capítulo: la de Rochereau, la de María de Betania (cuerpo mitad indio, cabeza y garras de tigre, alimentación de cangrejos, güibán en menguante), la de Cayón en Villa Claret (güibán más la estaca de macana que clava el cuerpo al suelo), la de Pinto (los colegas del jaibaná cantan pidiéndole que no reencarne y entregan a la viuda los bastones y figuras, que «al pasar a manos extrañas pierden su virtud») y la de Loewen, único que distingue Aribamiá de Aripada según el momento en que el alma sale del cuerpo. Añade dos relatos de Pablo Emilio Yagarí sobre el mohán de Caramanta: el niño de cuatro años que el jaibaná resucita convertido en animal y que degüella con las uñas, y el muerto al que destapan sólo el pecho y clavan un palo labrado en punta. Vasco concluye que Aribamiá, Aribada y Mohana son el mismo ser y lo liga al jaguar (imamá).

  4. ¡Por la cultura emberá! Cartilla para la educación inicial indígena (contiene «Chi Jaibana Aribada Ome / El jaibaná y el mohán»)

    redacademica.edu.co

    Reproduce completo, en emberá y en castellano, un relato de aribada narrado por una autoridad tradicional identificada: dos cuñadas van por plátano y ven al aribada dormido bajo una casa sobre hojas secas; una lo nombra en voz alta, la otra la regaña porque «nunca debes pronunciar ese nombre»; el aribada grita detrás de ellas, la que lo nombró cae desmayada «porque el espíritu del aribada se estaba apoderando de ella» y muere degollada; después los hijos del jaibaná mayor salen con lanzas y flechas y lo matan, y el viudo acusa al jaibaná anciano de haber puesto el mal. El texto emberá usa «aribamia» y «aribada» en la misma narración. Aporta dos cosas que no están ni en Santa Teresa ni en Rochereau: la prohibición de decir el nombre, y un episodio con narrador acreditado.

  5. Cuentos de los Indios Chocós recogidos por Erland Nordenskiöld durante su expedición al istmo de Panamá en 1927 y publicados con notas y observaciones comparativas de Henry Wassén

    persee.fr

    Es la fuente de la que Chaves toma la noción de Aripadá: monstruos de dos clases, unos de cuatro patas parecidos al caballo y otros de dos parecidos al hombre, y la noticia de que también los hombres pueden ser transformados en Aripadá. Permite ver que el ser que la ficha llama Aribamia circula con ese otro nombre entre los emberá del istmo, y que la variación de forma que la ficha atribuye a «las notas de 1929» ya está documentada aquí.

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«Aribamia» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Aribamia» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Aribamia» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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