Cuando el mundo aún era joven y el horizonte abrazaba lo imposible, Monairue Jitoma, el Sol Viejo, se alzaba en el firmamento con la serenidad de aquellos que han visto nacer y morir a las estrellas. A su lado, Dïbuinaiño, o Rifaniño, la "comedora de gente", habitaba la densa selva, donde el susurro de los ríos narraba antiguos secretos y los árboles soplaban cuentos al viento. Su corazón inquieto anhelaba la dulce inquietud del amor no correspondido.
Monairue Jitoma, un ser de resplandor y calidez, desconocía los anhelos que se anidaban en el pecho de su esposa. Sus rutinas diarias estaban impregnadas de una confianza ciega, mientras Dïbuinaiño, alejada de la luz protectora, dirigía sus intenciones hacia Gaimo, un enigma que se deslizaba misterioso en las profundidades del bañero oculto por la selva. Astuta y escurridiza, ella visitaba estas aguas so pretexto de llenar su tinaja, pero en realidad, regalaba su amor disfrazado de alimento a su amante furtivo.
Curiosidad o quizás un presentimiento turbio, llevaron a Monairue Jitoma a seguir los pasos de su otra mitad. Sus pies lo acercaron lentamente al bañero, donde un árbol magno vigilaba, enraizado como centinela de un pasado lleno de secretos. Un bejuco colgaba, tiernamente sobre el agua, una invitación silente hacia las entrañas de la tierra, y al pisarlo, Jitoma movió las cuerdas invisibles del destino.
Sin advertir el susurro de las hojas que advertían a Rïjimokï, guardián de Gaimo, Monairue Jitoma fue llamado por las fuerzas de un secreto adversario, Gaimo, quien emergió con la furia y el ansia de las tinieblas, abatiendo la luz de Jitoma, engulléndola con gula atemporal. Solo quedaron las voces distantes de los hijos, Nopída Jitoma, prudente y sabio, y Iaijenima, audaz e impetuoso, hijos de la desventurada unión, que, ignorantes del paradero del padre, recibieron mentiras vacías por respuesta de Dïbuinaiño.
—¿Dónde está nuestro padre? —inquirían, surcando lo invisible con sus voces jóvenes.
—Nunca tuvieron padre —respondía ella, hojas caídas en el camino de su respuesta, sobre el suelo de su corazón traicionero.
Los jóvenes, sin embargo, olían la esencia de lo oculto flotando en el aire pesado de la selva, supieron que algo transcendía la apariencia hueca de las palabras. En su búsqueda ansiosa, buscaron incluso en las fauces del gomo intentar transformar la dicha, pero sus marionetas carecían del aliento de la existencia.
Un día, mientras seguían a Dïbuinaiño hacia la chagra, descubrieron un árbol colosal caído sobre el suelo, testimonio mudo de alguna fuerza oculta.
—Madre, ¿quién derribó este árbol? —preguntaron con ojos que buscaban algo más que madera rota.
—Yo lo hice —afirmó ella, pero su voz tropezaba en el enredo de su propia trama.
Pidieron entonces una demostración de tal poder, pero sus manos no encontraron la fortaleza. Los hermanos, sabios más allá de sus años, vislumbraron entonces la figura invisible de su padre en la verdad elusiva que se escapaba del relato materno.
Resueltos, confrontaron su progenitora quien continuó entrelazando hilos de falsedad, narrando cuentos de tragedias ficticias —devoraciones por serpientes, ahogos en las aguas del tiempo. Los hermanos, sin embargo, atravesaron cada escenario con su inmortalidad intacta, sintiendo en cada lesión ficticia la ausencia del dolor verdadero.
En el discurrir de una mañana, en el jadeo de la selva, un lagarto cayó víctima de su bodoquera, su pequeña alma al borde del adiós intentó transmitirles un mensaje con señas desesperadas.
—Escuchemos su secreto —sugirió Nopída Jitoma, sabiduría filtrando entre sus palabras.
Iaijenima, impulsivo, era distinto, pero al final decidieron rendir honor al mensajero moribundo. Más tarde, aprisionaron a un pequeño carpintero alado, quien, herido y cerca del final, ofreció revelar un secreto a cambio de la vida. La compasión de Nopída Jitoma lo salvó, succionando la herida con los labios del perdón.
—Gaimo devoró a su padre; su madre les oculta la verdad —confesó el ave mensajera.
La comprensión los azotó como rayo certero en la noche más oscura. Heridos en el alma, decidieron buscar justicia para el Sol Viejo. Con esta determinación, desenterraron las armas de su padre, una bodoquera que cantaba su poder desde lo profundo de la maloca y un veneno que destilaba muerte.
Armados, Iaijenima, portando el antídoto en los pliegues de hojas de yarumo, retornó al bañero. Volvió a pisar el bejuco, eco de su madre, y así de nuevo fue llamamiento a Rïjimokï. Emergiendo desde lo profundo, Gaimo esperaba su presa usual, pero encontró a los hijos de aquel cuya luz había engullido.
Sin advertencia, Nopída Jitoma lanzó el dardo venenoso, que hincó su verdad en la frente de Gaimo. El gigante bramó, regresando al combate solo para recibir un segundo ataque, ahora certero en la garganta, condenándolo al silencio eterno. Su caída sacudió los cimientos del bosque, arrancando de raíz la armonía de toda la selva.
Dïbuinaiño sintió el golpe y la culpa se anidó en su ser. Corrió al lugar del suceso, pero sólo encontró ecos de lo que había sido. Cayó de nuevo en la soledad de la maloca, enfrentada a sus hijos, sus miradas revelando la traición en lo profundo de su ser.
Apagó las candelas, asfixió la luz con la sombra. En un último acto de desesperación, se transformó en un gran roedor y se entregó a la trampa tendida por sus propios hijos.
Al día siguiente, los hermanos hallaron al animal prisionero, reconocieron marcas familiares —una mancha de achiote y de carbón, el imperecedero recuerdo de su madre.
—Es nuestra madre —murmuró Nopída Jitoma, su voz quebrada por la pena.
Con determinación dolorosa, decidieron cerrar el ciclo eterno. Juntaron palos de uigïkï y encendieron una hoguera cuyos brazos de fuego alcanzaron el cielo. Mientras las llamas silbaban hacia las alturas, Iaijenima entonó un canto de despedida:
—Mi madre es escasez. Después de su muerte, conoceremos el hambre.
Pero Nopída Jitoma lo interrumpió, su voz una luz suave:
—Nuestra madre es abundancia. Tras su partida, llegará la prosperidad.
Las cenizas ascendieron en una danza final, esparciendo los restos de Dïbuinaiño, la ultima brizna de un capítulo velado por la oscuridad.
Los hermanos retomaron su trayecto, los caminos que el destino entretejía ante sus pies. Hallaron un sapo escondido bajo la tierra y Iaijenima insistió que se trataba de su madre, cavando frenético. Mientras él indagaba en la tierra, Nopída Jitoma moldea figuras humanas con barro, insuflándoles vida, y así, en el vientre de la aflicción, dio nacimiento a la humanidad.
Sus nombres resonaron en el aire, llamados en la distancia:
—¡Jitoma y hermano! ¿Dónde están? Aguardamos al pie de Yarokamena.
Siguieron aquellas voces misteriosas, encontrando en su camino a Yore Jobai, el guardián de los sueños. Tras sortear tretas y enigmas, se hicieron con el control del sueño, esta herramienta de poderosa ilusión.
Más adelante, enfrentaron a Améori, señor del relámpago, arrebatándole, no sin astucia, sus armas —el rayo, el variador, el espejo—, y con estas forjaron su destino hacia Yarokamena, donde entidades sombrías devoraban cosidos de humanidad.
La contienda fue salvaje. El rayo brindó justicia a los enemigos oscuros, pero en medio del choque, Iaijenima perdió la vida. Solo su corazón pervivió, transmutado en un huevo de picaflor que colgaba tenue de una hoja de chontilla.
Nopída Jitoma, en su soledad implacable, encontró el diminuto huevo y lo guardó en su talega, infundiendo calor desde su pecho. De aquél calor surgió nuevo el hermano, renacido como Fïzido Jïzuma, el Picaflor.
Juntos reemprendieron su travesía. Al llegar a una maloca tejida con plumas, habitada por cucarrones, descubrieron su entrada invisible y enfrentaron a los moradores, que en vano intentaron tomar sus cuerpos. Nopída Jitoma, en pie sobre la piedra raigambre de Gaimo, aplastó a los invasores, mientras Fïzido, libre de resguardo, sufrió las mordidas.
Decidieron forjar una nueva maloca y celebraron un baile en homenaje a la existencia. Convocaron a todos los seres. Pero los cucarrones, rumiantes en su resentimiento, tramaron venganza. Mientras las celebraciones hervían, provocaron un incendio que redujo a cenizas la maloca y a muchos de sus asistentes. Solo uno emergió ileso, arrastrando el lamento de su gente perdida.
Al epílogo, Nopída Jitoma, cansándose del conflicto eterno entre el alba y el atardecer, ascendió hacia el firmamento, convirtiéndose en el astro rey que ilumina nuestros días. Fïzido Jïzuma, el Picaflor, permaneció en la tierra, rememorando en su giro indómito aquellas historias indelebles de valentía, amor y engaño.
Así, a través de los susurros del viento y el canto eterno de las aves, vive el mito de los hermanos que desafiaron las fuerzas de las sombras para restaurar el equilibrio divino. Sus gestas quedaron talladas en lo profundo de la selva, una enseñanza imperecedera de que la verdad encuentra siempre su sendero y que, tras la noche más desoladora, siempre retoña el día.
Historia
Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.
Versiones
La versión del mito de Monairue Jitoma y Dïbuinaiño presentada aquí se centra en la narrativa compleja y trágica de traición, venganza y redención entre la familia y los seres míticos de la selva. Un elemento distintivo de esta versión es el desarrollo detallado de personajes, particularmente en cómo los hijos, Nopída Jitoma e Iaijenima, crecen a partir de la revelación de la verdad sobre la desaparición de su padre. Esto subraya temas de responsabilidad individual y conciencia del linaje. Además, se explora la dualidad de la madre, Dïbuinaiño, quien pese a su decepción final es mostrada también como una figura que, aunque equivocada, tiene un papel crucial en el camino hacia la verdad de sus hijos. La narrativa culmina con una nota de transformación y esperanza, donde la línea final de los hermanos sugiere un regreso al orden cósmico.
Otra diferencia clave en esta versión es la expansión del mito a través de múltiples eventos secundarios, como el encuentro con Yore Jobai y Améori, que añaden capas a la historia original, mostrando un viaje heroico que incluye el combate con fuerzas oscuras, obtención de objetos mágicos, y la creación del mundo humano. Estos eventos resaltan la capacidad de los héroes de superar pruebas más allá de la venganza personal. Finalmente, el desenlace subraya la permanencia de los hermanos en el cosmos, uno convertido en el Sol y el otro permaneciendo como el Picaflor, representando la interconexión entre el cielo y la tierra, lo cual refuerza el concepto de renovación cíclica y la continuidad de las hazañas heroicas como parte integral de la realidad cultural y natural.
Lección
La verdad siempre encuentra su camino.
Similitudes
El mito se asemeja a la historia de Osiris en la mitología egipcia, donde la traición y la búsqueda de justicia son temas centrales.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



