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Nofïdeño, La Madre

Nofïdeño, la Madre de todo, sostenía el mundo como una frágil carga, ordenando el caos y renovando lo creado.

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Ilustración de Nofïdeño, La Madre

En el principio, cuando el universo no era más que un susurro en la vastedad del silencio, existía Nofïdeño, la esencia primordial que llevaba en sus entrañas el latido del mundo. En aquella oscuridad tan cerrada que difuminaba los contornos de lo posible, ella sostenía el cosmos como un tesoro frágil, una esfera de cristal suspendida en la sombra. Cada temblor que sacudía la tierra, desde lo más profundo de sus entrañas hasta la cima de las montañas, era un eco del movimiento de Nofïdeño, susurrante, vivo. A través de sus movimientos, marcaba el ritmo del caos primigenio, vertiendo su aliento como un soplo de vida que renovaba y daba forma a lo inexistente.

Conocida también como Buinaiño, Nofïdeño se acurrucó una noche estrellada, en un acto cósmico de creación. En la soledad de su canto, su cuerpo se tensó y la tierra tembló, anunciando el nacimiento. De su vientre brotaron los árboles frutales, el tabaco, la coca, y la humanidad misma, emergentes y jóvenes. Sus manos, fuertes como raíces añejas, desarraigaron lo estéril y lo suplanted con lo fértil, para que el mundo floreciera y las mujeres, bendecidas por su leche sagrada, pudieran dar a luz nuevas vidas. Con el gesto de una madre bondadosa, inclinó su rostro hacia sus hijos, y al exhalar, el viento se llevó los miasmas dejando a su paso los frutos para las bestias que caminaban la tierra.

El río de leche y canciones corría desde el corazón de Nofïdeño, empapando los sueños de sus hijos con melodías que arrullaban la noche. Ella envolvía el mundo mientras dormía, y al despertar, con la ceremonia de la lluvia, lavaba la piel del mundo, impartiéndole la frescura del renacimiento. Era en el invierno cuando lloraba lágrimas de agua, que calaban profundo en la tierra, alimentando los frutos que llenaban nuestras mesas.

Desde el cielo, Juzíñamui, el Padre vigilante, observaba con un amor lleno de reverencia. Abajo, Buinaima resguardaba a los hijos con devoción, mientras Nofïdeño disponía cada rincón de la gran casa de la humanidad. Organizada y diligente, bañaba a cada uno de sus seres para que la enfermedad no los alcanzara, y les enseñaba a aferrarse a la tierra que había moldeado con sus propias manos.

La Madre, dulce y poderosa, entregaba la abundancia de la tierra a sus descendientes: la yuca, la piña, el maní. En sus manos de arcilla, los frutos eran como destellos de luz, promesas de vida eterna que habían sido cultivadas en el horno de su amor inquebrantable. Cada movimiento suyo, un murmullo de la tierra, resonaba como un recuerdo eterno, un recordatorio a sus hijos de quién eran y de dónde venían.

En sus visiones, Nofïdeño vislumbraba el futuro de sus hijos y, aunque nunca podía ser vista en su totalidad, se manifestaba en sueños como un reflejo suave y fugaz. Con estas visiones, se aseguraba de que sus hijos conocieran sus raíces. Al nacer, los amamantó con ternura, y con sabia mano los dividió en tribus entrelazadas por los hilos del tiempo, otorgándoles el don de multiplicarse. Sin embargo, cuando el eco de sus enseñanzas se perdió, y sus cantos se desvanecieron en el olvido, la humanidad comenzó a marchitarse y a perder su fuerza.

Fue entonces que Nofïdeño, la Mujer de Piedra, sacudió el planeta, cambiando de hombro el peso del mundo, provocando terremotos que resonaron con un poder primigenio. Un recuerdo palpable entre sus hijos de que ella aún estaba allí, firme, eterna, inamovible como las montañas que delineaban el horizonte. Ella, la Primigenia, la Generadora infatigable, verificaba cada creación antes de cederlas a la permanencia. Y cuando cada cosa encontró su equilibrio, Nofïdeño dejó su impronta en la tierra, grabando su nombre con autoridad y amor, para que todos sus hijos recordaran su origen y comprendieran que compartían la existencia bajo el manto de una misma Madre generosa, cuya fuerza y compasión seguirían siendo la savia vital de todos los tiempos.

Historia

El mito de Nofïdeño, también conocida como Buinaiño, describe la creación del mundo y la humanidad. En un tiempo de oscuridad primordial, Nofïdeño, la Madre de todo, sostenía el mundo como una frágil carga. A través de sus movimientos y respiros, ella ordenaba el caos, dando vida y renovando lo creado. Del vientre de Nofïdeño nacieron los árboles frutales, el tabaco, la coca y la humanidad.

Nofïdeño, además de ser la generadora de la vida, fue responsable del alimento y la fertilidad. Tras su parto, las impurezas de su cuerpo se transformaron en frutos para las bestias, y su leche, dejada a las mujeres, permitió la crianza de los hijos. Juzíñamui, el Padre vigilante, y Buinaima, que cuidaba de los hijos desde abajo, complementaban su labor.

Ella sostenía el mundo y sus frutos como herencia para sus hijos, asegurándose de que el mundo no se deslizará de su agarre. En sus sueños, Nofïdeño proveía a sus hijos con lo necesario, dividiéndolos en tribus con el don de multiplicarse. Pero cuando fue olvidada, el crecimiento y la prosperidad de la humanidad cesaron, lo que llevó a Nofïdeño a cambiar de hombro el mundo, sacudiéndolo para recordarles su presencia. Firmemente, como una Mujer de Piedra, ella estableció su legado en la tierra, recordándoles que todos eran sus hijos.

Versiones

En la única versión del mito de Nofïdeño presentada, se destaca a Nofïdeño como la figura central y originaria, una deidad femenina de gran poder creador y cuidador. Su papel es dual, tanto creadora del mundo como mantenedora de su equilibrio, y esta dualidad es un tema constante a lo largo del relato. En su acto creativo, Nofïdeño es responsable de no solo dar origen a la humanidad, sino también a elementos fundamentales como los árboles frutales y las plantas de tabaco y coca. La relación entre lo sagrado y la naturaleza es enfatizada por su acción de reemplazar lo estéril con lo fértil, y su conexión directa con el ciclo de vida al proveer leche y alimentos a sus hijos, los humanos.

En términos de interacción con otras deidades, existe una relación jerárquica y complementaria entre Nofïdeño y Juzíñamui, el Padre vigilante, lo que sugiere una estructura dual en el cosmos en donde ambos cumplen roles distintos pero complementarios. Asimismo, el mito abunda en simbolismos de renovación a través de los cambios físicos —como los temblores que recuerda a sus hijos su presencia—, destacando la importancia del recuerdo y el reconocimiento del origen común para el bienestar humano. Se menciona también una interacción directa con la humanidad a través de sueños, simbolizando la importancia de la conexión espiritual con lo divino. El fin del mito se centra en el olvido de la diosa por parte de sus hijos, lo cual resulta en un estancamiento y una necesidad de reacción por parte de Nofïdeño, simbolizada por el cambio de hombro del mundo, reafirmando así su esencia eterna e inmutable como Mujer de Piedra y Generadora.

Lección

La conexión con nuestras raíces es esencial para la prosperidad.

Similitudes

Este mito se asemeja al mito griego de Gaia, la Madre Tierra, y al mito japonés de Izanami, ambos relacionados con la creación y la maternidad.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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