En el principio de los tiempos, cuando sólo había anocheceres eternos y la voz del silencio gobernaba lo que aún no existía, el padre Jutíñamuy, cuyos pensamientos eran como semillas dispersas en el viento, emergió del misterio de lo no existente. Era una figura etérea, suspendida en un sueño que tejía con hilos oscuros su hálito, anclando en el vacío una sustancia mágica que se apegaba a su voluntad. Palpó el fondo de su propia imaginación y, al hacerlo, se desplegó frente a él un mundo que hasta entonces sólo había sido susurros en su mente, un mundo que llamó anadiko, el mundo debajo del cielo.
Sobre este territorio nuevo, Jutíñamuy separó el cielo de la tierra, formando dos cielos, uno azul y otro blanco. Ziinamo, un enigma que moraba en el cielo más alto, y del que nada sabemos, contemplaba en silencio. Por debajo, dos inframundos se extendían como la raíz de todas las sombras; el primero era Okinuema, hogar de los antepasados; el segundo, Juyarai o Igori, ardía con llamas eternas.
Al dejar caer agua de su boca para que la vegetación floreciera, surgieron los árboles y las lianas, y el padre creó los animales: el grillo, las fieras de la selva, las aves del aire, y en los espejos acuáticos, los sapos, uno pequeño y otro grande. Una vez, todos poseían cola, que la avispa impaciente cortó primero al sapo y después a los hombres, dejando al cansarse un trozo de su creación que se convirtió en micos churucos, testimonio del entrelazado destino entre hombre y bestia.
Vivieron los hombres, sus nombres todavía un secreto entre el cielo y la tierra, hasta que Jutíñamuy decidió darles identidad. Entre las largas raíces del universo, en un rincón remoto, un susurro se convirtió en una boa brillante al tocar las aguas de una laguna. Los espíritus de los primeros padres, Yinaca Puinaño la primera madre y Yinaca Coinuya Puinoima el primer padre, que vagaban descarnados por el universo, se acercaron a este prodigio, transformándose en portadores de susurradas palabras y secretos de nombres, que sólo el Padre conocía.
Pero el tiempo de los hombres no fue de eterno bienestar. La tierra, un día, se inundó, ahogando los suspiros de generaciones, borrando a todos con un manto de agua caliente. De este cataclismo solo quedó Buynaima, el Hombre del Agua, que vagó por un paisaje desolado, buscando voces, buscando recuerdos en las sombras acuáticas de los ríos y la espesura.
Cuando su esperanza flaqueaba, escuchó un canto que el viento traía, un eco que provenía del otro lado de las aguas. Era Gerofaicoño, la Mujer de los Sapos, la única que también había sobrevivido. Buynaima la llamó, sus voces entrelazándose a través del aire cargado de vapor antiguo. El destino quiso que ella viniese a su lado, y juntos comenzaron la tarea de revivir lo que los dioses habían iniciado.
Jutíñamuy, en respuesta a las plegarias de Buynaima, le entregó semillas de achiote, diciéndole que las plantara donde las voces de su gente respondieran desde debajo de la tierra. A cada llamada, a cada susurro de la tierra que contestaba, Buynaima dejó caer una semilla como un pacto renovado. Pero cuando las voces vinieron, una sombra maligna, Jana, se interpuso, y todo volvió a refugiarse en las entrañas de la tierra.
El Padre eterno aconsejó entonces utilizar semillas de tabaco. Esta vez, las voces ascendieron como vientos danzarines, y la gente llegó, resucitada a través del humo antiguo. Pero estaban mojados, tiritando, incapaces de pronunciar palabra, sin fuego para encender su espíritu.
Para remedio, el mundo mandó al picaflor Fisido a robar la candela del rincón del mundo, donde Muinágema celosamente la guardaba. Una proeza en que el picaflor devoró las brasas, desafió maldiciones y regresó con la llama oculta en su pecho.
Así, Buynaima pudo calentar a su gente, restregando ají en sus labios para que hablaran lenguas olvidadas y sus voces inundaron el aire, cada tribu con su habla, dispersándose como hojas en un viento recién nacido.
Con el fuego y el ají, celebraron un banquete bajo la luz de la esperanza. No obstante, la cauana de Gerofaicoño, elaborada con veneno sacado de su espalda de los sapos, enfermó a los hombres. Los engaños de una buena vida revelaron su oscuridad, y Buynaima, con el espíritu del Padre, expulsó a Gerofaicoño, buscando una esposa cuyo aliento no fuera mortífero, sino vida.
Entonces apareció Comulla Buynaiña, su nueva aliada, embrujando la tierra con frutos que llenaban de júbilo los corazones. Sin embargo, el eco de la envidia aún resonaba y en una traición, Gerofaicoño tragó a Buynaiña. Pero Buynaima, astuto, hizo que la vomitara; Buynaiña renació como charapa, la tortuga de ríos alegres, mientras Gerofaicoño se convirtió en un sapo desterrado por siempre, habitante de charcas y de las sombras de los recuerdos.
La figura del agua lloró por su amada. La semilla de su amor, nacida después como planta de yuca dulce, se esparció por el mundo, dándose a conocer a los hombres como la descendencia de un amor que había vencido las aguas de la soledad. Buynaima desapareció un día, llevado por los vientos jóvenes del este, para habitar al lado del Padre Jutíñamuy, dejando a su pueblo el legado de un mundo renacido, guías en el lenguaje de las plantas y del cielo.
Así, incluso cuando las lunas cambian de ropaje en el cielo, los hombres recuerdan las enseñanzas del Padre Creador, el que moldeó la existencia desde el susurro de lo no visible, perdurando en los ciclos de la yuca y la sombra de la charapa. Cada fiesta y cada canto, resonancias de las palabras que un día dieron forma y alma a un mundo que florece bajo un cielo con nombre.
Historia
Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.
Versiones
Las versiones del mito sobre la creación y la historia de Buynaima en la tradición Huitoto presentan diferentes enfoques y detalles en la narrativa, lo que refleja tanto las variaciones culturales como las perspectivas sobre el rol de lo divino y lo humano en la cosmología indígena. En la primera versión, se enfatiza la figura de Jutsiñamuy como creador, quien establece un mundo compuesto por cielos e inframundos y crea la humanidad y la naturaleza con un proceso de transformación y destrucción, evidenciado por la inundación que sólo deja a Buynaima y una mujer como sobrevivientes. Esta versión subraya un ciclo de creación, destrucción, y restauración, donde Buynaima busca revivir a su gente con la instrucción de usar semillas, primero de achiote y luego de tabaco, para resucitar a la humanidad desde el inframundo, sugiriendo un proceso de revitalización ligado a elementos naturales y simbolismos.
En contraste, las otras versiones, como la segunda versión, simplifican la creación enfocándose en las acciones de Buynaima tras la inundación, y ponen un mayor énfasis en la interacción directa entre Buynaima y Gérofaicoño, una figura central que aparece en lugar de Rafuema de otras narrativas, simbolizando la renovación y posiblemente la reconciliación entre fuerzas opuestas. Estas versiones tienden a reducir la complejidad de los elementos cósmicos presentados inicialmente, en su lugar destacan la interacción entre los sobrevivientes y su rol en reorganizar el mundo. Además, el énfasis en la preparación de cauana y el papel de la danza y festividades en la restauración del ciclo social y natural resalta la dimensión humana y comunitaria del mito, algo que se diversifica entre las versiones, evidenciando un tránsito de una narrativa de creación centrada en lo divino hacia un énfasis en la agencia humana y comunitaria.
Lección
La creación y renovación son ciclos eternos guiados por la naturaleza.
Similitudes
Se asemeja al mito nórdico del diluvio y la creación, así como al mito griego de Deucalión y Pirra, donde la humanidad se renueva tras una catástrofe.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



