En un rincón del mundo, entre los susurros de la selva y el canto de las aves matutinas, vivía una mujer anciana con dos hijas. Una de ellas había sido bendecida con una belleza tal que los jóvenes del pueblo venían de lejos a pedir su mano. La otra, la anciana la había aprendido a amar de una manera diferente, pues su semblante no atraía a los pretendientes de la misma forma. A través de los años, la anciana había perdido la paciencia y la esperanza, y esa desesperanza se había convertido en una oscura voluntad de elegir al yerno que soportara sus pruebas, y así quedar satisfecha al fin.
Aquellos jóvenes que se aventuraban a pedir la mano de su bella hija no regresaban jamás, pues la primera noche de bodas atraía consigo la sombra de la anciana. Esta, bajo la penumbra de la noche, arrastraba a los pretendientes a un sueño eterno, un pérfido acto cuyas razones permanecían secretas como el río que canta en la distancia, lejos de los oídos distraídos.
Entre los jóvenes alborotados del pueblo, había uno distinto: Jirayauma. Un hombre cuyas palabras eran prácticamente leyenda de boca en boca y quien, cansado de escuchar los murmullos de un misterio sin resolver, decidió enfrentarse a la anciana. "Que me mate a mí", se dijo, "que me mate a mí, y así acabaré con esta bruma de silencio".
Fue Jirayauma, pues, quien se atrevió a visitar a la anciana, con la intención de pedir la mano de su hija. La madre, con una sonrisa pintada con matices de astucia y desconfianza, le concedió la oportunidad bajo sus propios términos oscuros: debía dormir junto a su hija. Sin embargo, la intuición de Jirayauma, aguda como el filo de una hoja, le llevó a no ceder a la tentación del sueño compartido. "¿Por qué has de dormir con mi hija?", preguntaba la anciana, rescatando su voz dulce del abismo de sus intenciones. "Es mi mujer", respondía Jirayauma, evitando el reclamo de la noche.
El joven, en su astucia, decidió alejarse de la casa para irse de cacería. Un pretexto noble para escapar del insomnio predador que sentía cuando la luna alcanzaba el cenit. A cada paso que daba en la selva, la anciana parecía siempre estar allí, siguiendo sus huellas con la paciencia del hambre. Mientras él buscaba el rubor de los animales, la anciana se valía de su mente y construía trampas invisibles entre las sombras de cada árbol, deseando capturarlo en el laberinto de su ira insatisfecha.
Jirayauma, libre de la sombra de la maternidad oscura, resistía, escapando por encima de cada trampa que la anciana dejaba en el suelo. Con cada salto crecía su incertidumbre, y junto a ella las ansias de la anciana, que deseaba con anhelo volver a sentir el crujido del temor ajeno bajo sus manos. "Tengo hambre de mi yerno", se susurraba, como si el aire pudiese congelar aquellas palabras en una memoria eterna.
Una mañana, convenciendo a Jirayauma de que debía tumbar la chagra, le entregó un hacha que había afilado de manera insospechada, incorporando los remanentes de su poder oscuro en la piedra y la cristalina sustancia de su antigua hechicería. Jirayauma, sintiéndose atrapado en aquel juego retorcido, quebró la hacha, rompiendo tanto la maldición como el silencio que lo acompañaba.
A pesar de sus intentos de destrucción, la anciana no cejaba. Despertaba antes que la aurora, y cada día, mientras creaba vaporosos hechizos de ají negro y yuca, exprimía su oscuro secreto sobre la comida que preparaba, esperando debilitar a los hijos de Jirayauma, cuya salud se tornaba tenue como el crepúsculo. Jirayauma, siempre vigilante, tras fingir el sueño, descubrió la trampa en el remanente de la afilada crista que la anciana usaba. Confiando en el sigilo de la noche, la deshizo para siempre.
El juego de sombras había llegado a su final. La anciana, al sentirse derrotada, intentó una última emboscada sin saber que ya su truco había sido desenredado por Jirayauma. En un acto de valor, rompiendo las cadenas del destino que la anciana había construido con tanto esmero, Jirayauma tomó su pucuna y, a medida que la anciana trataba de invocar sus encantamientos una vez más, la suplantó con su propia muerte. El soplo certero del puñal le robó el poder que la sostenía.
El espíritu de la anciana, libre ya de su cuerpo, vagó la selva entonando una canción espectral, avisando a su hija del desenlace: "Mi yerno, Jirayauma, me disparó en mi mismísima sombra. Jamás he de volver a tu lado otra vez".
La hija, arrebatada por el dolor del canto fantasmal, confrontó a Jirayauma. "¿No mataste, Jirayauma, a mi madre?", le preguntó entre sollozos.
Jirayauma, con la calma que otorga la verdad sin mácula, respondió entre brumas de sinceridad: "Jamás, jamás he matado yo a mi suegra". Su voz reverberó en la selva, confundiéndose con el canto de las aves que despertaban al día.
La selva, como testigo mudo de aquellos eventos, cubrió el silencio que dejó la anciana, envolviendo a Jirayauma y a su esposa en una paz inédita, más fértil que la tierra tras las lluvias, más sigilosa que el horizonte en la primera luz del alba.
Historia
Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.
Versiones
En esta versión del mito, la narrativa gira en torno a la relación conflictiva entre el yerno, Jirayauma, y su suegra, con la hija siendo una figura pasiva. Uno de los elementos clave es la caracterización de la suegra como una figura maliciosa que intenta matar a su yerno usando métodos indirectos y sobrenaturales. En lugar de un enfoque visual o simbólico más comúnmente visto en otras variantes del mito, esta narrativa enfatiza los actos concretos del yerno como un mecanismo clave para la supervivencia y subraya su astucia al descubrir los intentos maliciosos de su suegra. El mito aquí parece centrarse particularmente en la idea de la vulnerabilidad del hombre frente a las trampas domésticas planteadas por una figura femenina autoritaria, lo cual contrasta con versiones donde la amenaza puede ser más explícitamente física o externa.
Otra diferencia significativa es la resolución del conflicto, donde Jirayauma toma una acción definitiva y directa al matar a la suegra utilizando una pucuna (cerbatana), marcando un giro final violento pero decisivo. En otros relatos tradicionales, es posible que veamos una resolución más simbólica o una transformación espiritual de los personajes, muchas veces evitando la violencia directa. Además, está presente el elemento sobrenatural en la figura de la suegra que regresa como un espíritu cantante para advertir a su hija, lo cual resalta la culpa y el temor subyacente en la psicología de Jirayauma, incluso después de su victoria. Este tipo de final también puede diferir en otras versiones del mito, donde el enfoque en el perdón o la reconciliación puede ser más prominente, dejando un mensaje final más centrado en la moralidad o la restauración del orden familiar.
Lección
La astucia y la resistencia pueden superar la malicia.
Similitudes
Se asemeja a los mitos griegos de héroes enfrentando pruebas, como las de Ulises, y a los cuentos japoneses de enfrentamientos con figuras sobrenaturales.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



