En las tierras donde los cerros se visten de niebla y el viento susurra secretos ancestrales, late el corazón de Mápura, vereda de Quinchía, que guarda las huellas del tiempo y la esencia de dioses olvidados. En medio de la maleza densa y cerca del impetuoso río Quinchía, una roca monumental exhibe las impresiones de pasos descomunales, testimonio mudo de la existencia de Xixaraca, el dios único de los Ansermas y protector de las tribus de Pirsas y Tapascos.
Los niños, con la inocencia aún vibrante en sus almas, se santiguan al acercarse a la roca. Los rumores del río son a menudo opacados por el clamor de tormentas que retumban en el cañón del Riogrande como si los cielos mismos estuvieran llorando a su antiguo defensor. En tales noches, el suelo parece cobrar vida, vibrando al compás de un lamento lejano, el gemido de Xixaraca, que resuena como un eco venido de tiempos pretéritos. Los campesinos, curtidos por el tiempo y las faenas bajo el sol, murmuran oraciones, sintiéndose diminutos y vulnerables ante el recuerdo de su dios.
En las sombras del pasado, Xixaraca velaba desde la cima del mítico cerro Carambá, ahora conocido como Batero. Desde allí, con una mirada que podía abarcar toda la creación, protegía a su pueblo de los temidos tamaracas, espíritus malignos que desataban pestes y calamidades. Con un soplo, podía controlar el curso de las lluvias, desplegar el manto del sol o acunar la luna entre sus dedos, tejiendo un equilibrio sutil que sostenía la prosperidad de los Ansermas.
No estaba solo en su vigilia. Michua, la diosa del valor y de la guerra, compartía su misión desde esas alturas. En épocas de gozo y paz, se veía como una delicada venadita que se deslizaba entre los árboles, infundiendo serenidad y armonía. Pero en tiempos de conflicto, se transformaba en una valerosa guerrera, imponiendo su presencia desde el cerro, lanzando rayos y relámpagos para defender su tierra. El agua se teñía de rojo y los bejucos danzaban al convertirse en serpientes, escudando a su gente con furia maternal.
Sin embargo, llegaron los hombres vestidos con hierro, con sus cruces y sus dogmas, pregonando a un dios de tierras lejanas. La llegada de los conquistadores trajo consigo más que espadas, también el peso del olvido. Aunque Xixaraca y Michua continuaban entre su gente, sintieron el frío de la ingratitud al ver cómo la enfermedad diezmaba a los suyos y como otro dios ofrecía resignación en lugar de esperanza.
Así, en el silencio de un amanecer perdido entre los años, Xixaraca y Michua dejaron su cerro y comenzaron su descenso. Cada uno de sus pasos quedó sellado en las piedras de Mápura, gigantescas huellas humanas que relatan su despedida. Al llegar al pie del cerro, Michua, con el corazón desgarrado por el dolor de la separación, derramó lágrimas que se transformaron en dos cascadas intrépidas. "Las Lágrimas de Michua", las llaman, su caudal eterno es la melodía de una diosa enamorada de su pueblo, de una tierra que nunca dejaría de ser suya en el fondo del alma.
Hoy, los pasos de Xixaraca aún se pueden vislumbrar, aunque amenazados por la erosión del tiempo, las minas de los hombres y los puños de aquellos que buscan borrar lo sagrado. Son, sin embargo, el último vestigio de una presencia divina que regulaba las estaciones, alejaba los azotes de las langostas y frenaba a los temidos Carrapas. Los pasajes que revelan los signos de un mundo donde la magia y la realidad danzaban en armoniosa síncresis, donde cada roca tenía una historia y cada suspiro del viento traía consigo la bendición de Xixaraca.
Y así, en las tierras de los Ansermas, donde las leyendas susurran al oído del que sabe escuchar, las huellas de Xixaraca y las lágrimas de Michua perduran como un símbolo perenne del amor inmortal de los dioses por sus hijos mortales. En un rincón del mundo donde el tiempo parece haberse detenido, ellos continúan su vigilia sobre el paisaje, ahora habitado por la memoria de su bondad y su valentía, tejiendo eternamente la historia de un pueblo que nunca ha dejado de cantar sus nombres al viento.
Historia
El mito de Xixaraca tiene origen en las tierras ancestrales de los Ansermas, donde las historias de dioses y espíritus formaban parte de la cosmogonía de estos pueblos indígenas. Xixaraca era considerado el dios único de los Pirsas y los Tapascos, protegiendo a los Ansermas de seres malignos como Yamaraca y los tamaracas. Residiendo en la cima del cerro Carambá (actualmente conocido como Batero), Xixaraca vigilaba y aseguraba el bienestar de su pueblo, regulando las lluvias, el sol y la luna, manteniendo así el equilibrio de la naturaleza.
El mito relata que, tras la llegada de los conquistadores españoles y la imposición del cristianismo, los dioses como Xixaraca y Michua fueron olvidados por su gente. Xixaraca, entristecido por este olvido, decidió abandonar a los Ansermas, dejando sus pasos esculpidos en las rocas de Mápura como un recuerdo de su presencia divina y protección. Estas marcas, conocidas como "Los Pasos de Xixaraca", son la evidencia del mito tangible en la región.
Versiones
Las dos versiones del mito de Xixaraca ofrecen perspectivas divergentes sobre el contexto y los personajes del relato. En la primera versión, Xixaraca es presentado como el dios único de las tribus Ansermas, que protegía a su gente de las huestes del mal lideradas por Yamaraca. Este relato se enfoca en el impacto de la colonización española, describiendo cómo con el tiempo, Xixaraca fue abandonado a medida que los nuevos dioses cristianos tomaron su lugar, un reflejo de la pérdida cultural sufrida por los nativos de la región. Las huellas de Xixaraca, esculpidas en la roca de Mápura, son vistas como un último recuerdo de una era pasada, amenazadas por la destrucción tanto por parte de mineros como de fanáticos religiosos.
Por otro lado, la segunda versión amplía el panteón, incorporando a Michua, una diosa del valor y la guerra, y enmarca a Xixaraca como parte de una dualidad con ella. Este relato otorga un trasfondo más detallado en relación con Xixaraca, que no solo protege sino que también regula el equilibrio natural desde su morada en el cerro Carambá. Michua es presentada como una protectora transformable que interviene en tiempos de conflicto. Además, se ofrece una narrativa más rica en simbolismo al introducir "Las Lágrimas de Michua", que crea un vínculo emocional y ambiental con la geografía del lugar al originar cascadas. Mientras que ambas versiones concuerdan en la conmemoración de las huellas de Xixaraca en Mápura, la segunda versión integra una mitología más elaborada y abarcadora, reflejando una identidad cultural más completa antes de la llegada española.
Lección
La conexión con la naturaleza y la memoria cultural son esenciales para la identidad de un pueblo.
Similitudes
Se parece al mito de Thor en la mitología nórdica, donde un dios protege a su pueblo de fuerzas malignas, y al mito de Amaterasu en la mitología japonesa, que también involucra el control de elementos naturales.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



