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Las Huellas de Mápura

Las dos versiones del mito de Mápura reflejan el choque cultural y la pérdida de identidad.

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Ilustración de Las Huellas de Mápura

En las honduras de la memoria ancestral de los Ansermas, donde el viento cargado de susurros recorre los valles y las cumbres, brotan leyendas de dioses y espíritus que, con manos invisibles, moldearon el destino de quienes los habitaron. Uno podría pensar que allí, en aquel mundo donde el sol acaricia los picos de las montañas y el río Mápura se enrolla con suavidad en el verdor, la realidad se encuentra teñida de las maravillas del mito.

Xixaraca, el Genio del Bien, es una de esas figuras que resplandece en las narraciones como el astro mayor que él mismo regula. En la cima del cerro Carambá —una altura con semblante de águila vigilante—, vivía este dios protector, cuya mirada abarcaba los confines de las tierras fértiles de los Ansermas. Desde allí, con la serenidad de un guardián ancestral, Xixaraca mantenía a raya a los Tamaracas, aquellos oscuros espíritus de tormenta que a veces se asomaban en busca de tribulaciones para infligir al pueblo.

No muy lejos, Michua, la Señora del Valor y de la Guerra, aguardaba con una majestad imperturbable, lista para convertir en llanto de fuego la serenidad de cualquier invasor. Se la representaba, en la imaginería de las noches claras, como una figura esbelta y poderosa, una guerrera con el don de metamorfosearse de un atisbo de ternura a un ciclón indómito. En tiempos de paz, se dice que Michua tomaba la forma de una venadita que danzaba al crepitar del río, símbolo de la quietud y la armonía. Pero en las batallas, su rabia se desencadenaba como rayo en el cielo oscuro, infundiendo valor y audacia en el corazón de los suyos.

Con la llegada de los conquistadores españoles, aquellos hombres con ropajes distintos y caballos que rozaban el suelo como criaturas mitológicas, el tiempo comenzó a desmoronarse como la arena ante la marea creciente. Traían consigo su fe inconmovible, su afán de construir un orden nuevo encima de las huellas de lo sagrado. Así, la mano del olvido, con su manto frío, se posó sobre la memoria viva de aquellos dioses antiguos. Los conquistadores, en su fervor de hallar proezas sagradas en cada rastro tallado sobre la tierra, veían en las huellas de Mápura marcas del cristianismo primigenio, deduciendo que las pictografías indígenas eran vestigios de los apóstoles en su supuesta gesta evangelizadora por las tierras de América.

Pero no fue hasta que Xixaraca y Michua, entristecidos por la infidelidad de sus adoradores, decidieron abandonar su santuario celeste. Al bajar del Carambá, sus pisadas, grandes y prodigiosas, quedaron impresas en la roca como testimonio de su presencia y de ese momento de despedida. Ahí, en las piedras de Mápura, infinitamente calladas pero profundas en resonancia, se delinean los ecos del paso divino. Las huellas permanecen ajenas a los tiempos y a los hombres, despertando en aquellos que las han visto un sentido de sobrecogimiento ante lo eternamente inexplicado.

Cuenta la historia, no en sus códices escritos sino en el murmullo del río y el suspiro de las hojas, que Michua al descender lloró. De sus ojos, cual don de la desgracia, brotaron lágrimas que la tierra recogió para transformarlas en cascadas perpetuas que aún descienden del cerro, hoy conocido como Batero. Ellas, "Las Lágrimas de Michua", testimonian para siempre el dolor de la diosa al ver su mundo tambalearse bajo el peso del olvido y la fe extranjera.

Con el tiempo, los habitantes locales acogieron estas señales según el color de sus propias creencias. Unos, presos de superstición, veían en las huellas la conspiración del diablo, marcándolas con la cruz para exorcizar lo profano. Otros, tal vez cercanos a la verdad del espíritu de Michua, prendían velas alrededor de las marcas, reverberándose su luz titilante en la oscura faz de la roca, buscando quizás conjurar la esperanza de redescubrir aquellas viejas y contundentes protecciones.

De generación en generación, la memoria de Xixaraca y de Michua, como un río subterráneo, prolonga su curso a través de palabras y silencios. Así, más allá de los tiempos y las fronteras, en el corazón vivo de las montañas y del barro que aún moldea a los hijos de los Ansermas, persiste la impronta eterna de lo divino, recordándoles la esencia indeleble de su historia, la interpenetración entre los mundos y la necesidad de honrar la tierra que es su herencia.

Historia

El origen del mito de las huellas en Mápura se sitúa en las tierras ancestrales de los Ansermas, en Colombia, donde la mitología local cuenta con las figuras de Xixaraca y Michua como deidades centrales. Xixaraca, el dios del bien, residía en el cerro Carambá (ahora conocido como Batero) y protegía a su pueblo de espíritus malignos como los tamaracas. Mientras, Michua era la diosa del valor y la guerra, que en tiempos de conflicto se transformaba en una guerrera imponente para defender su territorio.

Con la llegada de los conquistadores españoles y la imposición del cristianismo, las deidades decidieron abandonar sus dominios, dejando sus huellas impresas en las rocas de Mápura mientras descendían. Estas huellas descomunales sirven como testimonio de su existencia y partida. Adicionalmente, las lágrimas de Michua por dejar su tierra dieron lugar a dos cascadas conocidas como "Las Lágrimas de Michua". Este mito refleja la conexión perdida con las deidades precolombinas debido a la influencia de los conquistadores y el cambio en las creencias locales.

Versiones

Las dos versiones del mito sobre las huellas de Mápura presentan notables diferencias en su enfoque y contexto cultural. La primera versión se centra más en la interacción entre las creencias indígenas y las interpretaciones españolas durante la colonización. Aquí, los conquistadores intentan explicar fenómenos culturales a través del prisma del cristianismo, atribuyendo rasgos de familiaridad e identificación con apóstoles europeos y figuras religiosas. Las huellas son vistas como manifestaciones de santos y se entrelazan con las leyendas cristianas de milagros. Además, esta versión destaca la imposición cultural y religiosa de los colonizadores, que intentan erradicar las supersticiones indígenas, etiquetando las prácticas y creencias ancestrales como demoníacas, y señala la resistencia y transformación de dichas tradiciones bajo ese nuevo contexto.

En contraste, la segunda versión se centra en un relato más romántico y solemne sobre los dioses indígenas Xixaraca y Michua y su impacto en el mundo natural. Esta interpretación es menos histórica en su tratamiento del choque cultural y más enfocada en mitificar la tristeza y el abandono de los dioses debido a la pérdida de fe de su pueblo tras la llegada de los españoles. Las huellas en las rocas se describen como una evidencia tangible de la existencia y partida de dichas deidades. Además, el simbolismo se expande para incluir las "Lágrimas de Michua", cascadas que representan la pena de la diosa. Esta versión promueve un sentido de conexión profunda con la tierra y un llamado a la memoria cultural, convirtiendo el mito en una alegoría sobre el dolor de la pérdida de identidad cultural frente al cambio impuesto.

Lección

La importancia de recordar y honrar las raíces culturales.

Similitudes

Se asemeja a mitos de la mitología griega como el de Orfeo y Eurídice, donde la pérdida y el dolor son temas centrales.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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