En las tierras antiguas y brumosas del altiplano cundiboyacense, donde los vientos murmuran secretos eternos entre los cerros, vivían los chibchas, un pueblo cuya esencia estaba enraizada en la tierra y gobernada por los códigos invisibles de los astros y los ancestros. El reino de Bacatá, con sus campos verdes y aguas sagradas, era el corazón latente de este mundo. En su espíritu vibraba Bochica, la deidad dorada que había enseñado a los hombres el arte de vivir en armonía con la naturaleza.
El sacerdote, un anciano como de otro tiempo con ojos que reflejaban el brillo de siglos, sostuvo su vara de guayacán, símbolo del poder eterno. En la penumbra del bohío, donde el fuego danzaba en sus leños, retomó la tarea de narrar la historia que uniría a los jóvenes con sus antepasados. Con su voz lenta, cargada de la reverberación del origen, se dispuso a contar cómo el poder del zipa pasaba de manos en manos, de corazones valientes a espíritus justos.
Era una época de cambios en la gélida serenidad de las montañas donde se enraizaba Chía. No hace tanto, quizá solamente un suspiro en el devenir de los tiempos, la sucesión del zipa carecía de orden, y entre los caciques se respiraba un aire de inquietud. Dos hermanos, nacidos de la misma luna, habían dejado florecer la disputa. El cacique de Chía, lleno de desconfianza, acusó a su hermano Tausa de un crimen vil: el robo, temiendo que este conspirara para arrebatarle el cacicazgo. En la cultura chibcha, el robo era un pecado oscuro que rasgaba el tejido del alma y, por temor al castigo, Tausa se vio forzado a huir como el jaguar que busca refugio en la espesura.
Mientras tanto, el zipa de Bacatá, un señor de alma guerrera, se preparaba para enfrentar a las provincias rebeldes de Ubaque, Guatavita y Guasca. Allá, más allá de las cumbres, sus corazones ardían en desobediencia. Armó un gran ejército, donde el sonido de lanzas y flechas se convertía en música de batalla. Sin embargo, carecía de un líder que transformara esa sinfonía en victoria. Fue entonces cuando Tausa apareció ante él, el noble guerrero que el destino había conducido por senderos inesperados hasta el campamento del zipa.
"Permíteme luchar a tu lado", suplicó Tausa con reverencia, la mirada baja y la sincera oferta brillando en sus ojos. El zipa, asombrado al reconocerlo, dudó un instante. Pero las palabras de Tausa, vestidas de verdad y entereza, llegaron al corazón del zipa, y le permitió unirse a sus filas. En la batalla, Tausa demostró su valía con arcos que cantaban certezas de victoria, su mazo danzando con fuerza entre las columnas de guerreros. Así, el zipa, testigo de su fervor invicto, lo nombró capitán general, un honor que convirtió a Tausa en la encarnación del espíritu guerrero de los chibchas.
Apaciguadas las tierras rebeldes con estrategia y arrojo, el zipa enfermó, su cuerpo abatido por fiebres que eran sueños envenenados y dolores que se tornaban susurros de susurros. En su lecho, al filo entre la vida y el ciclo eterno del retorno, el zipa llamó a sus sacerdotes. Con la solemne dignidad de un rey que ve más allá de lo visible, nombró a su sucesor: Tausa, cuya valentía era tan clara como la luz de Bochica, el enviado del sol.
"Él será quien mantenga los dominios intactos frente a los adversarios, quien guarde la paz y la justicia", declaró. Los sacerdotes lo escucharon, sus corazones retumbando al unísono con el viento que presagiaba cambios. Poco tiempo después, el zipa cerró sus ojos, entregándose al ciclo que es y será siempre.
Con el cetro aún caliente en sus manos, el nuevo rey pacificó y gobernó con sabiduría. En Chía, su hermano sentía las garras del miedo cerrar su alma, temiendo venganza. Pero Tausa, en cuyo pecho no cabía el rencor, recibió con abrazos a su madre y hermana, quienes llegaban a interceder. Al encontrarse con su hermano, como dos jaguares que comparten el mismo territorio, hablaron de paz. La discusión sobre quienes habrían de regir el futuro del reino cerró con una solución que impidió que el hilo dorado de la fraternidad se cortase: El heredero del zipa sería el hijo de su hermana mayor.
La sucesión del poder se transformó así en una danza sabia, un himno al equilibrio que resonaría en el alma de cada nieto de Bochica. Con el tiempo, Tisquesusa, el futuro heredero, caminó entre los jóvenes aquella noche, su destino resonando con el eco viejo y eterno de la montaña.
El sacerdote, habiendo concluido su relato, observó a los jóvenes alejarse, llevándose consigo no solo la historia de los ancestros, sino la esencia misma de lo que significa ser chibcha, de formar parte de un todo tejido con los sueños y la firmeza de sus predecesores. Y así, en cada susurro del viento que corre por el altiplano, se preserva para siempre la herencia de los chibchas.
Historia
El mito del origen de la sucesión del poder entre los chibchas relata cómo se estableció el método de heredar el trono al hijo de una hermana del gobernante en funciones. Inicialmente, no existía un orden claro en la sucesión del zipa, lo cual preocupaba a los caciques de las poblaciones del reino de Bacatá. La historia se centra en el Tausa, hermano del cacique de Chía, quien fue acusado injustamente de robo y tuvo que huir de su tierra. Posteriormente, el Tausa demostró su valor y capacidad militar al apoyar al zipa de Bacatá en una campaña militar contra los rebeldes, lo que le valió ser nombrado como capitán general.
Cuando el zipa de Bacatá enfermó y sintió la cercanía de la muerte, decidió nombrar al Tausa como su sucesor. A pesar de la enemistad de Tausa con su hermano, el cacique de Chía, Tausa fue entronizado como nuevo zipa y gobernó de manera benévola. Preocupado por evitar futuras disputas sobre la sucesión, el nuevo zipa acordó con su hermano que el trono sería heredado por el primogénito de la hermana mayor. Este acuerdo puso fin a las disputas entre los hermanos y estableció la tradición de sucesión que se mantuvo entre los chibchas.
Versiones
En el relato presentado, se destaca la transición en la forma de sucesión del zipa entre los chibchas, que evoluciona de un sistema desordenado a uno basado en la herencia matrilineal, específicamente a través del hijo de la hermana del monarca. La narración explora cómo, inicialmente, no existía un orden claro para la sucesión del zipa, lo que generaba tensiones y disputas de poder entre los caciques del reino de Bacatá. Esta falta de estructura se ilustra con el conflicto entre el cacique de Chía y su hermano Tausa, quien es acusado injustamente de robo, marcando la severidad con la que los chibchas trataban estos delitos. La narración avanza mostrando cómo Tausa, pese a su exilio, gana el favor del zipa actual por sus habilidades militares, lo que se convierte en un eje central para enmendar el desorden sucesorio anterior.
El segundo segmento de la narración aborda la transición formal hacia una sucesión más organizada, propuesta por el zipa antes de su muerte. El zipa observa la necesidad de establecer un sucesor que pueda asegurar la estabilidad del reino y, por ello, elige a Tausa, que además de haber demostrado su valentía, enfrenta el reto de reconciliar con su hermano el cacique de Chía. Una vez que Tausa es entronizado, se resuelven las tensiones familiares y políticas mediante el establecimiento de un nuevo sistema de sucesión: el heredero será el primogénito de la hermana mayor del zipa, asegurando así un linaje real menos propenso a conflictos internos y uniendo a los clanes dominantes. A través de este cambio, el mito explica la institucionalización del linaje matrilineal entre los chibchas, estableciendo una narrativa que conecta autoridad, mérito militar y relaciones familiares como fundamento para la legitimidad del liderazgo.
Lección
La legitimidad del liderazgo se basa en el mérito y la reconciliación familiar.
Similitudes
Se asemeja a los mitos nórdicos de sucesión de poder y a las historias griegas de reconciliación familiar.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



