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Bochica

Bochica, el anciano sabio, enseñó a los chibchas a cultivar y tejer, transformando su cultura y salvando su tierra de inundaciones.

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Ilustración de Bochica

En alguna región perdida entre los Andes y la vasta llanura que emerge del oriente, el pueblo muisca revelaba una historia donde el tiempo parecía ser una esfera que engullía y sostenía milagros y rutinas. Decorado con el manto de un anciano de barba nívea, largo hasta la cintura, y cabellos disipándose al viento —atados con una cinta que honraba los símbolos divinos—, Nemterequeteba, también denominado como Bochica y otros nombres con sabor a leyenda, emergió del este. Montado en un extraño camello que dejó su espíritu plasmado en uno de sus huesos adorados como relicario, el venerable anciano estableció el ciclo de las edades en la vasta meseta de lo que sería el Imperio Chibcha.

El hombre, hijo de las remotas luces de Oriente, anclaba su sabiduría en la serenidad de lo común; enseñaba a los hombres a cultivar las tierras para que conocieran el rostro del hambre jamás. La tierra, hasta su venida, era un misterio indómito, no arada, no amada. Enseñó a hilar el algodón, a tejer mantas pintadas con la savia de la tierra, a vaciar en la arcilla la forma de cántaros y ollas donde habitaría la historia de los hombres. En su legado estampó también la cruz, enseñanza que resonaba con algún sagrado susurro olvidado.

Con su paso dejó rutas pintadas en piedras, grabados en caminos y leyendas susurradas a las corrientes. Las palabras se transformaban en ecos que desenrollaban los mitos a lo largo y ancho de la región, desde Bacatá hasta Sogamoso, desde los valles hasta las cimas. En Cota, los habitantes, atónitos y emocionados, rodearon la colina donde enseñaba, con un foso para evitar que la multitud lo ahogara en su fervor. Pero el anciano partió, desapareció en la bruma de Sogamoso, dejando tras de sí un suspiro de espera, un eco de su promesa de retorno.

El tiempo se difuminó, y con él la memoria de Nemterequeteba, desdibujándolo en las sombras del olvido. Ante el silencio de su ausencia, surgió Huitaca, una figura de deslumbrante belleza que atraía con sus susurros de placeres y vida fácil. Los hombres, envueltos en sus encantos, seguían seducidos por una doctrina que huía de las viejas enseñanzas. Como castigo, Chiminigagua, la deidad que nunca deja de iluminar, la transformó en lechuza, un pájaro nocturno, que arrastrada por las sombras regresaría a su voluptuosa soledad.

En la vez en que Chibchachum, el dios severo y protector de las cosechas, se encolerizó, las tierras fueron llenas de aguas desbordantes hasta que sus tierras se ahogaban bajo el abrazo de ríos que nacían de la indignación de su diosa madre. Furioso por los murmullos del pueblo a quien había jurado cuidar, decidió inundarlos, pues los hombres habían olvidado sus caminos, entregándose al desenfreno y la riña constante.

Desesperados, clamorosos de arrepentimiento, los hombres alzaron sus ruegos hacia Bochica que desde lo alto del arco iris bienhechor, dio a sus hombres la cura a su penuria. Con una vara de oro que iluminaba la tormenta, abrió la montaña permitiendo al agua su escapatoria por el abismo que hoy llamamos Salto de Tequendama. Fue entonces cuando las aguas rugiendo cayeron al precipicio como las lágrimas de la tierra al recordarle su lección.

Chibchachum, en su penitencia eterna, fue condenado a llevar sobre sus hombros el peso del universo. Así, cuando muda el peso de un hombro al otro, se siente el sismo, el recordatorio perenne de la providencia de Bochica.

Las cosas sagradas sobrevivieron al tiempo: el relato del antiguo diluvio se convirtió en eco entre las montañas, en aliento celeste que recordaba que el sol, Bochica, y el arco iris eran señales del perdón y la reconciliación entre los hombres y la divinidad. El pueblo chibcha, retornado a sus ancestrales labores en prados ya sanados, vivió recordando el esplendor de una era dorada. Restando la amargura del adorado anciano que nunca regresó, aunque lo esperaron a veces en cuerpos que cruzaban el mar montados sobre bestias curiosas, los chibchas quedaron abandonados al pacto de la leyenda.

De esta forma, en diversos tiempos y geografías, entretejiendo historias, los relatos de Bochica, igual que los de Quetzalcóatl en las tierras aztecas, o Viracocha en los Andes peruanos, hablan de un personaje de tiempos antiguos, en cuya llegada y desaparición las ilusiones y las devastaciones se entrelazaban. Todos compartiendo el misterioso manto de un anciano que alguna vez veneraron como si fueran la promesa de una salvación perdida entre mitos, hazañas y naufragios de leyendas recreadas en la nostalgia de quienes nunca lo olvidaron.

Historia

El origen del mito de Nemqueteba, también conocido como Bochica, entre los muiscas o chibchas, está relatado a través de diversas versiones que describen a un personaje venido del Este, un anciano de largos cabellos y barba blanca. Según los relatos, Nemqueteba llegó, aproximadamente, veinte edades de setenta años antes de la conquista española, encontrando a los chibchas sumidos en ignorancia.

Este anciano es recordado por haber enseñado a los muiscas diferentes habilidades prácticas como cultivar la tierra, tejer, hilar, y fabricar utensilios de barro. Además, Nemqueteba impartió enseñanzas sobre el bien y el mal, introduciendo conceptos morales y leyes a los caciques para gobernar a su gente. Su presencia dejó una profunda impresión en el pueblo muisca, que con el tiempo lo divinizó, colocándolo en su panteón junto a otros dioses como Chiminigagua y Bochica.

El mito de Bochica, por otra parte, también se relaciona con el diluvio que asoló las tierras muiscas. Según se dice, Bochica fue quien intervino para salvar al pueblo de una inundación provocada por el dios Chibchacum. Bochica, considerado casi un dios entre los chibchas, abrió las rocas con un cetro de oro creando el Salto del Tequendama, permitiendo que las aguas fluyeran y el valle quedara libre para el cultivo. Además, él sentenció a Chibchacum a cargar la tierra sobre sus hombros, lo que explica el origen de los terremotos, según la leyenda.

Finalmente, las narraciones contemporáneas y las crónicas indican que, tras su desaparición, Bochica fue objeto de culto y su legado fue mantenido por los sacerdotes de Sogamoso, con algunos relatos sugiriendo que pudo ser uno de los apóstoles o un discípulo de estos. En resumen, el mito refleja una mezcla de influencias culturales y religiosas, convirtiendo a Nemqueteba y Bochica en símbolos de civilización y divinidad para los chibchas.

Versiones

Las distintas versiones del mito de Bochica y Nemterequeteba reflejan variaciones en la figura del héroe civilizador de los chibchas, sus enseñanzas y su asociación con eventos naturales. En la versión más antigua, Nemterequeteba es un anciano venerable que llega a la región de los chibchas aproximadamente veinte edades antes de la conquista española, enseñando técnicas de tejido y alfarería, así como virtudes para el buen vivir. Se destaca cómo los chibchas adoptan su modo de vestir y cómo deja su impronta cultural con telares y técnicas. Esta versión también introduce una figura femenina antagonista, a veces asociada a dioses como Bachué, que contradice las enseñanzas morales de Nemterequeteba, lo que causa un declive en su doctrina.

Las versiones más recientes presentan a Bochica con características similares a Nemterequeteba, pero lo identifican también como una figura divina que responde a oráculos y cuya intervención libera el territorio chibcha de una inundación, creando el Salto de Tequendama. En estas narrativas, Bochica es quien introduce la estructura temporal y social, enseñando sobre el calendario y los ciclos astronómicos. Notablemente, en relatos posteriores, Bochica es confundido con figuras similares de otras culturas indígenas americanas. Además, la figura de Huitaca se desarrolla más explícitamente como una metáfora del desequilibrio moral que lleva a las inundaciones. En las interpretaciones del siglo XVIII en adelante, se critica la posible influencia de cronistas españoles, quienes podrían haber incorporado concepciones religiosas europeas en un esfuerzo por encontrar similitudes con la cristiandad, como la vinculación con los apóstoles.

Lección

La sabiduría y la moralidad pueden salvar a la humanidad de la decadencia.

Similitudes

El mito se asemeja a la historia de Quetzalcóatl en la mitología azteca y a la de Viracocha en la mitología inca.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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