En un rincón apartado de los verdes y extensos Llanos, colmados de leyendas y rumores que se susurraban por las noches vibrantes de grillos y estrellas, aconteció un fulgor que haría temblar hasta al más valiente de los arrieros y jornaleros. David Gamboa, un experimentado vaquero de Todos los Santos, recorría solo la sabana rumbo al Hato Valbuena una noche de fiestas patronales, el ambiente cargado de humedad y sombras. La lluvia amenazaba desde el horizonte con borrar cualquier rastro del camino, y el viento jugaba un ajedrez macabro con las hojas y las ramas de los arbustos, confabulando con la noche una sinfonía de presencias invisibles.
Era al filo de la medianoche, cuando David vio el extraño baile de una luz anaranjada que se encendía y apagaba antes sus ojos. Al principio desestimó lo visto, acusando al guarapo que había bebido en la festividad de confundir sus sentidos, pero pronto la negrura se le apoderó del alma, y lo único en lo que pudo fijar la vista fue en la bola de fuego que danzaba en la distancia.
El tiempo perdió su curso habitual, y el frío que lo habitaba no era de la estación, sino uno atávico, el frío del más allá, como si la sabana misma exhalara un último aliento. Los aullidos de los perros en la lejanía parecían sentir en sus narices la historia que el mismo David ahora vivía, como si supieran que aquel visitante no pertenecía a este mundo terrenal. En el núcleo de aquella bola de fuego vibrante, lo que emergió fue la hermosa figura de una mujer de cabellos dorados, encendida en una efervescencia irreal. Ella le hacía gestos, una danza seductora que lo invitaba a seguir caminos que no conocía.
Sin embargo, David, aferrado a las enseñanzas de su padre, recordaba que las bolas de fuego no se hechizan por rezos ni oraciones, sino que lo único que detenía su malevolencia eran palabras de maldición. Desesperado y tembloroso, con el machete en mano, comenzó a murmurar las palabrotas que su mente aturdida pudo evocar, arrastrando el arma contra la tierra. Fue así que la bola de fuego, detonando un estallido de lenguas chispeantes, se alejó lanzando un lamento que se fundió en la tormenta que se avecinaba.
Las historias que se contaban en las tascas y en torno a las fogatas de los Llanos hablaban del origen tenebroso de aquella aparición, conocida por los lugareños como la Candileja. Era el espíritu de Candelaria, una mujer condenada por su propio destino y las decisiones que había tomado en vida. Pues no era otro que su esposo, Don Esteban, un hombre parrandero, quien con alegre música y coplas solía conquistar las fiestas de San Pascual Bailón. Una noche, cegada por una furia oscura, Candelaria lo había matado con un hacha frente a sus hijos, obligando a estos a ocultar la atrocidad en la arena de la sabana.
Al cruzar al mundo etéreo, Candelaria esperaba encontrar el descanso, pero la justicia divina, viendo su alma en sugehucio frenesí de pasiones desatadas, la rechazó y la descendió nuevamente a la tierra en forma de fuego errante. Las versiones susurradas en los suspiros del viento también hablaban de que había matado a un hijo en camino a ser obispo, lo que había sellado definitivamente su penumbra como una paria de los caminos, destinada a perder a los viajeros y a confundir a los más débiles de corazón.
En los meses acalorados del verano, se decía que la bola de fuego resplandecía con más frecuencia, mezclándose con los espejismos que el sol arrancaba de las sabanas. Para los incrédulos, la aparición no era más que un truco del ojo, quizás el reflejo intenso del sol sobre las secas llanuras que engañaba a los sentidos.
Cuando David Gamboa regresó a su hogar, todas las tropelías y el valor que había conocido quedaron detrás, sepultados en un rincón asustado de su corazón. Era ahora un hombre de silencios, apartado de las tertulias y del bullicio que antaño le eran tan queridos. La noche se había convertido en un tiempo de vigilia, pues los sueños, traidores y huidizos, no garantizaban la seguridad deseada. En aquellos insomnios, conocía bien, la Candileja, eternamente errante, podría regresar en cualquier momento a reclamar un alma distraída.
Historia
El mito de la "Bola de Fuego" o "Candileja" tiene su origen en la región de los Llanos, compartida por Venezuela y algunas zonas de Colombia. Se trata de una aparición luminosa que se manifiesta como una bola de fuego que gira y zumba con violencia en las noches oscuras. Existen varias versiones sobre su origen:
1. **Iniciación del Mito:** Una versión menciona que es el espíritu de una mujer que fue quemada viva en su casa junto con sus dos hijos. Posteriormente, fue condenada a errar por las sabanas convertida en esta figura luminosa que atormenta a los viajeros, especialmente atraída por los rezos, y de quien hay que defenderse con maldiciones.
2. **Historia de Candelaria:** Otra versión relata la historia de una mujer llamada Candelaria, quien mató a su esposo Esteban en un ataque de ira al no ser llevada a las fiestas de San Pascual Bailón. Tras su muerte, fue rechazada por el Supremo y arrojada a las llanuras como un meteorito, convirtiéndose en la bola de fuego que confunde a los caminantes.
3. **Decapitación del Hijo:** Una tercera versión narra que el fenómeno es el resultado del espíritu de una mujer que decapitó a su único hijo destinado a ser obispo. Como castigo, fue condenada a vagar como una bola de fuego que engaña a los viajeros.
Además, hay quienes piensan que la BoleFuego es simplemente una ilusión óptica causada por el reflejo del sol en las secas sabanas durante el verano.
Estas leyendas reflejan la rica tradición oral y las creencias populares de los Llanos, alimentando tanto mitos como interpretaciones racionales sobre el enigma de la “Bola de Fuego”.
Versiones
Las dos versiones del mito de la "Bola de Fuego" o "Candileja" comparten la figura central de un fenómeno sobrenatural que aparece en los Llanos de Colombia y Venezuela, aunque presentan diferencias significativas en el contexto y la interpretación de sus características. En el relato de David Gamboa, la bola de fuego es una experiencia directa y personal que ocurre durante una tormentosa noche tras las festividades; es descrita como una entidad en movimiento que representa un peligro inminente para el narrador. Se enfatiza en la sensación de parálisis y terror que induce, junto con las reacciones físicas del entorno, como ladridos de perros y el temblor del monte.
En contraste, la versión folclórica ofrece un trasfondo narrativo más completo, atribuyendo a la aparición un origen trágico: el espíritu vengativo de una mujer que murió de manera violenta. Además, mientras que la narrativa personal de Gamboa se centra más en la experiencia subjetiva y las acciones instintivas para evitar el peligro, incluidas las maldiciones impulsadas por el recuerdo familiar, el relato folclórico proporciona instrucciones específicas sobre cómo eludir su persecución, como la utilización de una soga o adoptar una postura boca abajo.
Las versiones también se desvían en sus explicaciones sobre el origen del espíritu; una hace referencia a un asesinato doméstico y la otra a la decapitación de un hijo con aspiraciones religiosas. Estos detalles adicionales del mito en la versión folclórica sugieren un castigo divino, que contrasta con la representación más inmediata y sin contexto moral aparente en el relato de Gamboa. Además, la variabilidad en las circunstancias de aparición, tormentas en el relato personal y tormentas de verano en la versión folclórica, también refleja la manera en que se experimentan y racionalizan los fenómenos naturales y sobrenaturales según el contexto cultural particular.
Lección
Las acciones violentas y las pasiones descontroladas tienen consecuencias eternas.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de las Furias, donde las almas atormentadas persiguen a los culpables, y al mito japonés de los Onibi, luces fantasmales que confunden a los viajeros.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



