
Orinoquía · Mestizo
Los delfines dorados
Un amor perseguido termina convertido en dos delfines dorados, dentro de un melodrama literario sobre racismo y violencia.
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Antes de que la Nueva Granada gritara su independencia, el hato más grande de Casanare era La Rubiera, a orillas del Pauto, cerca de donde ese río se junta con el Meta. Su dueño, don Antonio Heredia, vendía el ganado a morrocota por cabeza y enterraba el oro en sitios secretos; a quien le ayudaba a esconderlo lo mandaba matar. Tenía una sola hija, María de los Ángeles, educada en Bogotá, y pensaba mandarla a España para casarla con alguien de su rango.
Por las playas del Meta vagaban los sálivas, echados de sus tierras. Su cacique era el Catire José Amalio, alto, rubio y de ojos claros, hijo de la violencia de un blanco sobre una mujer de su pueblo. Nadie en la región sabía tanto de plantas.
Una tarde, en el hato, una cuatronarices mordió a Andrés, un caballicero. No sirvieron los rezos ni los frascos de Curarina y de Caribe, y el patrón mandó alistar un cuero para enterrarlo. José Amalio pidió permiso a doña Juana, la señora de la casa, y a los pocos días Andrés estaba sano.
Llegó el verano y con él la muchacha. En el estero de La Perra, persiguiendo unos patos carreteros que no podían volar, metió la mano en el pajonal y una rabo de ají le mordió el pulgar. Llegó a la casa sangrando por la boca. Ni el ensalmo de un viejo ni los remedios traídos por un propio la despertaron. Don Antonio prefería verla muerta antes que dejar que un indio la tocara. Entonces doña Juana, a escondidas, mandó a Andrés a buscarlo, y lo halló pescando con arco en las Bocas del Pauto.
José Amalio no dudó: a él no le importaba el color sino el dolor de los enfermos. Tres noches entró a la casa mientras el patrón dormía la borrachera. Quemó ramas secas, cantó en su lengua, hizo un corte en cruz sobre la herida y le dio a beber sus pócimas. La tercera noche ella lo miró despierta. Doña Juana le ofreció un cofre de monedas y él lo rechazó ofendido.
No pudo olvidarla. Volvió desde el caño de El Duya, la vio bañarse desde la ribera opuesta, fingió un encuentro, y desde entonces se vieron cada tarde. Los peones lo descubrieron en la platanera y el patrón salió a cazarlo.
Esos mismos días, los dueños de La Atravesada organizaron una cacería que mató a centenares de guahíbos. Llegó la represalia: un grupo asaltó La Rubiera en ausencia de los dueños, mató a las sirvientas, quemó la casa y se llevó a la heredera. José Amalio siguió el rastro, peleó, quedó herido en una pierna y la trajo cargada. Al verlo llegar con ella en brazos, don Antonio le disparó cerca del corazón.
Ella huyó tras él con Andrés y lo encontró en el caño Cepilla, donde cae al Meta. Se casaron ante la tribu. El anciano que los unió abrió un venado pequeño, leyó sus vísceras y se le llenaron los ojos de lágrimas; después juntó la sangre de los dos sobre la tierra.
Al final del verano, parados en el barranco, miraban llegar las primeras nubes cuando apareció don Antonio con el revólver. Ella cubrió a su marido con el cuerpo. Sonaron tres disparos y cayó al remolino del Arrecifral; él se lanzó detrás. Saúl, el Niño Mentiroso, asegura que de aquel amor fueron naciendo los delfines dorados que poblaron todos los ríos de la Orinoquía.

La enseñanza
“Un amor negado por la sangre y la tierra deja en el río una descendencia que nadie puede cercar.”
Territorio
Orinoquía · Mestizo
El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.
- Región
- Orinoquía
- Comunidad
- Mestizo
- Referencia
- 5.68224° · -71.36621°
Ficha del relato
Fuentes
Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.
- Procedencia
- Tradición oral · Mestizo · Orinoquía
- Referencias
- 9
- Última revisión
- 22 de septiembre de 2026
Base documental · 3 referencias
- Cuentos, mitos y leyendas del llano
babel.banrepcultural.org
Trae «Los delfines dorados» completo en las pp. 22-32 de la edición digital: el hato La Rubiera en el Pauto, el Catire José Amalio, cacique sáliva y sanador, las dos curaciones de mordedura de serpiente, el romance con María de los Ángeles, la cacería de guahíbos y la represalia, la boda en la tribu, los disparos de don Antonio en el barranco y el remate de Saúl, el Niño Mentiroso: de aquel amor se fue poblando de delfines dorados el sistema fluvial de la Orinoquía. El glosario (p. 122) define «catire».
- Del folclor llanero
bffrepositorio.unal.edu.co
Registra entre las creencias llaneras que la persona de ojos claros, la catira, corta el ponche y hace sangrar al mordido por culebra: la creencia sobre la que parece construido el Catire sanador de mordeduras. Enumera la tonina entre la fauna del llano y la cuatronarices entre las serpientes venenosas, las dos presentes en el relato, y trae la copla «Yo soy como la tonina».
- Noticias Culturales n.º 179 (El Cotomachaco y El Bufeo, Leticia)
bibliotecadigital.caroycuervo.gov.co
Publica testimonios de informantes de Leticia sobre el bufeo o boto, que según una de ellas «se aparece en forma del enamorao» y se lleva a la gente al agua. Es el registro de campo colombiano del delfín como amante, el motivo que el relato de Vargas invierte: allí el delfín seduce en forma humana; aquí dos humanos enamorados engendran delfines.
Contraste y contexto · 6 referencias
- El bufeo: muestra de literatura oral en Leticia
lenguasyliteraturasnativas.caroycuervo.gov.co
Presenta la muestra de María Luisa Rodríguez de Montes y resume la leyenda del Hombre Bufeo, el delfín rosado que de noche se transforma en hombre, seduce a las mujeres y se las lleva a su reino acuático. Sostiene el paralelo de «similitudes» con el relato de Vargas.
- Anotações sobre a lenda da Cobra Norato
periodicos.uepa.br
Recoge, a partir de Câmara Cascudo, que la madre de Norato habría sido embarazada por el boto, el delfín seductor de los ríos amazónicos: el delfín como origen de un linaje acuático, paralelo del remate de Vargas, donde los delfines dorados nacen de un amor humano.
- La guerra de exterminio contra los grupos indígenas cazadores-recolectores de los llanos orientales (siglos XIX y XX)
revistas.unal.edu.co
Documenta las cacerías de indígenas de la familia guahibo por vaqueros y hacendados de los llanos, y abre con la masacre del hato La Rubiera (26 de diciembre de 1967), donde vaqueros invitaron a comer a un grupo cuiba y mataron a dieciséis. Da contexto histórico a la «expedición punitiva» contra los guahíbos que el relato pone en boca de los hacendados, y a la coincidencia del nombre del hato.
- La reconstrucción del espejo: 1969 ¿el indígena como persona?
scielo.org.co
Reconstruye el juicio por la masacre de La Rubiera (Prolegómenos, vol. 16, n.º 31) y cómo la prensa y el derecho de 1969-1970 discutieron si el indígena tenía personalidad jurídica: el trasfondo real del desprecio que el hacendado del cuento expresa al preferir ver muerta a su hija antes que tocada por «un salvaje».
- Las toninas de Arauca, Casanare y Vichada
omacha.org
Describe la tonina (Inia geoffrensis) de los ríos Arauca, Meta y Orinoco, que nace grisácea y puede volverse rosada con el tiempo: los delfines reales de los ríos donde transcurre el relato, frente al color dorado que el cuento inventa.
- La memoria biocultural de la etnia sáliba, resguardo El Suspiro, municipio de Orocué, Casanare
revistasojs.ucaldas.edu.co
Investigación participativa con los sáliba de Orocué, a orillas del Meta, sobre su espiritualidad, su producción y la erosión de su memoria por el contacto con la sociedad no indígena. Sirve para situar al pueblo real al que el cuento adscribe a José Amalio, y para medir la distancia entre ese pueblo y el personaje.
Voces de la comunidad
Conversación
¿Así te la contaron?
«Los delfines dorados» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.
Versiones de este mito
0Ejemplo
No es realMi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.
Así se ve una versión publicada. De «Los delfines dorados» todavía no hay ninguna.
Todavía nadie ha dejado la suya. «Los delfines dorados» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.
- Qué cambió
- El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
- Dónde la oíste
- Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
- Quién la contaba
- Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.








