En tiempos remotos, cuando los mundos de los hombres y los dioses se entrelazaban en un solo tapiz de misterio y destino, la vasta llanura se extendía, cuajada de secretos y encantos. Era una tierra antes desconocida, un desierto abrasado por un sol implacable, yermo y silencioso, donde el viento susurraba viejas canciones de tiempos aún por vivir. Allí, bajo la bóveda del firmamento y la centelleante mirada del dios Sol, comenzaría una historia de amor y transformación.
El joven Casanari, un hombre valiente y de corazón noble, como tallado por los mismos dioses en la esencia del antiguo mármol griego, poseía un amor tan profundo que sus raíces se hundían en la misma tierra que pisaba. Su amada, la princesa Pamoare, erguida y majestuosa como las palmas que bordean los ríos, fue su himno matutino y su susurro nocturno. Ella descendía de una línea gloriosa, fecunda con la sangre de dioses, lo cual en sus tierras significaba destino y leyenda.
El romance entre Casanari y Pamoare floreció bajo un cielo celoso, y sus días se envolvieron en un misterioso sortilegio que el gran jefe indio trató de desgarrar, temiendo la unión de su sangre divina con la que él consideraba inferior. Así, deseando prevenir esta consagración de amor, decretó la muerte del audaz mancebo, arrastrando consigo las sombras del odio y el miedo. Sin embargo, los dioses tenían otros designios; la pareja halló refugio en el amparo de sus propios corazones y la mano silente del destino.
En su huida, Casanari y Pamoare cruzaron ríos de anhelos y montañas de esperanzas. Su viaje les guió a las alturas donde las águilas comulgan con el viento, y desde allí admiraron la inmensidad de un desierto, una visión tan desoladora que hizo brotar de sus pechos un grito huérfano de futuro. Fue entonces cuando, en un acto de devoción desesperada, Casanari arrojó la esmeralda que el dios de las alturas les había concedido, dejándola caer como una promesa incumplida sobre las arenas calcinadas.
Al tocar la tierra, la gema estalló en un caleidoscopio de luces que ascendieron en formas espléndidas al firmamento, esculpiendo caminos de esperanza entre las constelaciones. A medida que las destellantes luces descendían, cubrieron las arenas con un manto verde, engendrando de una simple piedra el milagro de la vida. Los ríos brotaron entonces, cintas de plata que serpenteaban por la llanura, donde las palmeras alzaban sus siluetas con orgullo y en sus sombras surgían bosques que cantaban la sinfonía de la creación.
Pamoare, nombre heredado de sus ancestros, y Casanari, no consumaron su amor hasta que ella hubiera pasado por el blanqueo, un rito ancestral de purificación. Así, durante tres lunas completas, Pamoare se recluyó en una choza construida amorosamente por Casanari, mientras el joven amante dejaba cada noche en su puerta ofrendas de frutas y mieles, conjurando a los dioses en plegarias y sahumerios para que vieran con favor su futura unión.
Finalmente, al completarse el tiempo, Pamoare emergió pura e iluminada, y ante su bohío, encontró una llama palpitante, con su amado Casanari cuidándola celosamente. El joven, en su devoción creativa, había reunido las más bellas plumas de las aves del lugar y confeccionado una corona que, como un arco iris, depositó en la cabeza de su prometida, envolviéndola en una túnica de vivos colores que rivalizaban con el amanecer.
Tomados de la mano, se adentraron en las aguas del río, participando de un bautismo de amor y purificación. Surgieron renovados, en un vínculo sellado bajo la mirada de miles de estrellas, y celebraron su unión con una fogata dedicada a los dioses, integrándose a la tierra y al cielo en un acto simbólico de posesión de su nuevo mundo.
Vivieron largo tiempo, mil lunas cuentan las leyendas, y a lo largo de esos años su linaje floreció, engendrando hijos que se convirtieron en los ancestrales troncos de tribus tales como los Achaguas, Amoruas, y Betoyes, entre otros. Ellos poblaban las extensas tierras conocidas hoy por nuevos nombres, pero que entonces eran sinónimo de libertad y comunión con la naturaleza.
Con el tiempo, sus hijos dispersos forjaron una cultura rica en conocimiento y tradición. Pero un año desafortunado, el destino, siempre caprichoso, mostró su otra cara. Casanari, antaño cazador y ahora un sabio jefe, cayó presa de un jaguar, robando a Pamoare un puerto y un pilar de su vida. En su dolor, Pamoare caminó por las llanuras, sus lágrimas fecundas formaron lagunas donde aves de celosos colores acudieron en bandadas, y donde el cielo se compartía con las alas de seres alados que engalanaban su paso.
Finalmente, sus lágrimas fluyeron hasta un río que, tomando su nombre, viajó henchido de la esencia de su tristeza. Pamoare penetró en sus aguas y sus huellas se borraron como un susurro entre los cipreses del olvido. Su esencia, dicen, quedó impregnada en cada brizna de hierba y cada gota de rocío, resistiendo calladamente hasta que algún día su llamado resonara en las generaciones futuras.
Los hijos de Pamoare y Casanari, testigos del cataclismo que sepultó las tierras del Llano en una capa negra semejante al aceite de Seje, guardaron la promesa de su madre. Fue un sacrificio que prometía futuro en medio de la adversidad, asegurando que esas tierras emergerían un día, renacidas, para liberarse de las ataduras de la injusticia.
Así, amparados por la sabiduría de sus progenitores y la bendición de los dioses, los descendientes de esta noble pareja tenderán un puente hacia tiempos nuevos. Tal fue el legado de Casanari y Pamoare, una herencia que prometía libertad bajo el alfarero cuidado de los astros, una libertad que hoy sigue danzando entre las silenciosas y eternas sabanas de la memoria.
Historia
El mito tiene su origen en la creencia de un antiguo relato sobre la familia Chibcha, más específicamente sobre un ancestro que se enamoró de una princesa de su linaje. El gran jefe de su tribu se opuso a esta unión debido a diferencias de clase, ordenando la captura y muerte del joven amante. La leyenda continua diciendo que, antes de la unión de esta pareja, las tierras que hoy son sabanas eran un desierto, y que la princesa Pamoare y su amado Casanari fueron bendecidos con una esmeralda por el dios de las alturas en su huida.
Al parecer, al llegar a una montaña y contemplar el desierto, Pamoare pidió morir, y en un acto de desesperación, el joven lanzó la esmeralda que provocó la transformación del desierto en las verdes sabanas. Este evento mágico también trajo consigo la creación de ríos y la riqueza natural del área. Las rituales nupciales y la posterior vida en las llanuras de la pareja marcaron la fundación mítica de varias tribus de la región. Finalmente, la tragedia llega con la muerte de Casanari, devorado por un jaguar, y Pamoare vagando y formando lagunas con sus lágrimas, llegando a un río donde desaparece, dejando su legado a sus hijos. La leyenda concluye con una profecía sobre el futuro de sus descendientes enfrentando adversidades, pero eventualmente redimiendo sus tierras.
Versiones
En el análisis de la versión presentada del mito de Pamoare y Casanari, se observa una rica narrativa que mezcla elementos míticos y poéticos para describir la creación de las llanuras y la formación de diversas tribus indígenas. En esta versión, el foco central es el amor prohibido entre un joven de la familia Chibcha y una princesa, enfatizando el conflicto con el jefe indio, y el impresionante impacto de su unión en el paisaje.
La narrativa se centra en el poder generador de la esmeralda y en cómo el sacrificio de los amantes no solo transforma el entorno natural de un desierto a una próspera llanura, sino que también introduce elementos de fertilidad y creación, simbolizados por los ríos, sabanas, y la vida que emerge de ellos. Se destaca cómo las tribus se originan como descendientes directos de la unión, entrelazando una historia de génesis tribal con su paisaje épico.
Una diferencia crítica con otros relatos comunes sobre la creación mitológica es la manera específica en que la narrativa integra conceptos de "blanqueo" y la búsqueda de pura unión, tanto en lo espiritual como en lo físico, antes de la consumación del matrimonio. Además, se enfatiza la longevidad de los protagonistas y su procreación como un fundamento para la genealogía de las tribus, subrayando la perdurabilidad en el linaje y un sentido de sufrimiento inevitable antes del renacimiento y la redención de su pueblo.
Este relato, además, introduce una crítica velada sobre la llegada de intrusos que imponen un nuevo orden, sugiriendo un ciclo de sufrimiento y eventual recuperación donde se enmarca la resistencia y la esperanza de liberación. Al integrar elementos simbólicos, como el elemento del "fuego" y las transformaciones catastróficas con visiones de futuro, la versión infunde una interconexión cósmica entre la destrucción, la resiliencia, y el renacimiento.
Lección
El amor verdadero tiene el poder de transformar y crear vida.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de Orfeo y Eurídice por su temática de amor y transformación, y al mito nórdico de la creación del mundo a partir del sacrificio.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



