En los albores de la existencia, el mundo era un lienzo de oscuridad inquebrantable, una vasta noche que se extendía sin fin. En este universo sombrío, solo habitaban dos seres humanos: el cacique de la Iraca, conocido también como Ráquira, y su sobrino, el cacique de Ramiriquí. Sus dominios, un imperio de verdes extensiones, lagunas plateadas y montañas que enmarcaban la llanura como guardianes de un jardín secreto, estaban sumidos en una inabarcable soledad.
Aplastados por el vacío y la monotonía, los dos caciques decidieron insuflarle vida a la tierra, poblarla con seres humanos hechos a su imagen. Juntos se dedicaron a modelar muñecos de barro, a los que confirieron la figura masculina, mientras que, con el eco hueco de la caña y el junco, dieron forma a la mujer. Fue un trabajo exhaustivo y meticuloso, pero, al final, con el soplo divino del supremo creador, las figuras cobraron vida, y los nuevos habitantes recorrieron con júbilo las campiñas, entre las aguas cristalinas de Hunza, Tincajá y Guatavita.
Sin embargo, pese a la alegría que emanaban estas nuevas vidas, la tierra continuaba vestida de interminables tinieblas, convierten la existencia en una sucesión de noches interminables. Aquellos muñecos animados vivían como ciegos, ajenos al esplendor que podría traer el día. Fue entonces cuando el cacique de la Iraca, apesadumbrado por esa oscuridad persistente, pidió a su sobrino, Ramiriquí, que ascendiera a las alturas en busca de la luz que llevara consuelo al mundo.
Ramiriquí aceptó con determinación y, con un viaje que parecía escalar escaleras invisibles, se encomendó a su destino. Subió con una firmeza inquebrantable, penetrando las espesuras infinitas del cosmos, hasta que su forma se transmutó en un ser radiante, un astro incandescente. Había renacido como el Sol, extendiendo sus brillantes rayos sobre la tierra y bañándola en una luz tan potente que, por primera vez, los chibchas pudieron admirar la hermosura de su mundo: las ondas de las lagunas, las piruetas de las aves, los colores vibrantes de las flores que hasta entonces vivían ocultos.
La humanidad, sorprendida por la magnitud de este regalo, se encontró realizando proezas con la luz del día: cultivar sus alimentos, pescar y acariciar el calor reconfortante que brotaba del astro rey. No obstante, la aparición del Sol trajo consigo la revelación del tiempo y, con ello, la noche, un velo de sombras que regresaba y les recordaba las tinieblas del pasado. Estas sombras, aunque pasajeras, dejaban a los hombres inquietos y sedientos de luz perpetua.
Decidido a llenar de luz incluso las noches, el cacique de la Iraca emprendió la misma senda que su sobrino. Subió lentamente, la penumbra envolvente ocultando su forma mientras se fundía con el firmamento. Aunque no ardía con el fulgor del Sol, alcanzó a brillar como un astro suave, convertido en la Luna. Su resplandor frío pero tranquilizador ofrecía una presencia constante, vigilante, que dotaba de compañía y refugio a los hombres en sus horas de descanso.
Y así, bajo la tutela luminosa del Sol y la Luna, la tierra y la humanidad encontraron un nuevo equilibrio. Estos astros, nacidos del sacrificio de los caciques, fueron venerados como deidades celestiales, un compromiso eterno sellado por la admiración de los chibchas que, en su cosmovisión, reflejaban el orden de sus propias vidas, el destino de su nación y las lecciones grabadas en sus corazones desde la antigüedad.
En medio de esta interminable danza de luz y sombra, el eco de otros mitos resonaba: la historia de Bachué, la diosa del agua, protectora y madre de los chibchas, quien también se le atribuía la creación del género humano. Confluían así narrativas, cada una rica en simbolismo, todas enredadas como juncos a la orilla de las mismas aguas que dieron forma a la existencia. En ocasiones se decía que, antes del ascenso de los caciques, fue el supremo Chiminigagua quien, con la ayuda de las aves, esparció destellos de luz por la tierra, enseñando a los humanos el uso de las hogueras antes de la llegada del día.
El mito de los caciques, del Sol y de la Luna, iluminaba no solo la oscuridad externa sino también las estructuras sociales de su gente, reflejando un matriarcado donde el sobrino tenía una relevancia preponderante sobre el tío. El universo chibcha, en su poesía inimitable, ensamblaba las historias de sus ancestros, las enseñanzas de sus dioses, en una trama de lecciones olvidadas y reencuentros, entretejidas bajo un cielo ahora siempre vigilante por los astros de su creación.
Y así, entre las nieblas de la antigüedad, donde la mitología chibcha se encuentra con las historias de otras culturas, la verdad y la fantasía continúan entrelazadas, creando e iluminando, revelando un mundo en donde la imaginación es tan eterna como la luz del Sol y la Luna que ahora presiden el destino de sus pueblos.
Historia
El mito que describe los orígenes del Sol y la Luna, según las versiones recopiladas, proviene de la mitología chibcha o muisca. En su narrativa, el mito relata que originalmente la Tierra estaba sumida en la oscuridad y habitada solo por dos seres humanos: el cacique de la Iraca y su sobrino, el cacique de Ramiriquí. Estos dos caciques decidieron crear a la humanidad para aliviar su soledad, modelando hombres de arcilla y mujeres de juncos, a quienes el supremo creador dio vida.
Para traer luz a un mundo en sombras, el cacique de Ramiriquí ascendió al cielo y se convirtió en el Sol. Posteriormente, el cacique de Iraca, siguiendo el ejemplo de su sobrino, se transformó en la Luna, proporcionando una luz más tenue para iluminar las noches. Este mito no solo explica la creación de la luz y de la humanidad, sino que también refleja aspectos sociopolíticos y culturales de los chibchas, como el matriarcado y las divisiones entre los cercados del zaque y el zipa, culturas que veneraban al Sol y a la Luna, respectivamente.
El mito también incorpora elementos de contradicción y superposición con otras leyendas chibchas, como la de Chiminigagua, dios supremo que envió aves para esparcir la luz con su aliento incandescente. Estos relatos podrían sugerir posibles influencias externas, considerando que en otras culturas, como la japonesa y sumeria, existen deidades lunares masculinas.
El mito, con sus elementos cosmogónicos y teogónicos, ofrece una visión poética de la creación y un reflejo de la organización chibcha en tiempos antiguos.
Versiones
Las versiones del mito comparten la estructura básica de dos personajes principales, el cacique de Iraca y su sobrino, Ramiriquí, quienes crean la humanidad y traen la luz al mundo convirtiéndose en la Luna y el Sol, respectivamente. Sin embargo, existen diferencias notables en los detalles y en los énfasis culturales que proporciona cada versión. La primera versión presenta un relato detallado con un enfoque en las diferencias socio-políticas de los cercados del zaque y el zipa, destacando el matriarcado y la importancia relativa del Sol y la Luna. También se menciona una posible influencia externa en la representación cultural de estos astros, comparando la mitología chibcha con la japonesa y sumeria. Esta versión también introduce una contradicción interna resaltando otra leyenda chibcha sobre Chiminigagua enviando aves para traer luz, lo cual es diferente del relato principal en el que los caciques se convierten en astros.
La segunda versión simplifica el relato y se centra más en la narrativa poética y menos en las implicaciones sociales y políticas. Mientras que otra variante, la cuarta versión, introduce a Bachué y Chiminigagua como co-creadores del mundo y la humanidad, destacando un enfoque más en la divinidad y su intervención directa para llevar luz al mundo mediante cuervos y lechuzas. Esta versión también resalta que Ramiriquí no logra igualar el resplandor del Sol hasta que es sustituido por orden de Chiminigagua por el cacique de Sogamoso. Finalmente, aunque todas las versiones comparten el mismo tema principal, la variabilidad en los detalles como los procesos de creación, el orden de los eventos, y la asignación de género y roles a los astros indica una rica tradición oral, donde los mitos evolucionan para reflejar valores y conceptos importantes de cada grupo cultural con su contexto histórico.
Lección
El sacrificio personal puede traer luz y equilibrio al mundo.
Similitudes
Se asemeja al mito japonés de Amaterasu y Tsukuyomi, donde el sol y la luna son deidades con roles importantes en la creación del orden cósmico.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



