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El perro negro

Las historias del perro negro reflejan encuentros sobrenaturales y pactos oscuros, conectando generaciones a través de relatos de miedo y redención.

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Ilustración de El perro negro

En aquella Tunja de noches cargadas de misterio y sombras, Aurora Sierra narraba, entre sahumerios de feijoa encendidos, historias que flotaban en el aire tan pesadas como la oscuridad misma. Era un apagón más, de esos que parecían extender el tiempo, y en esas sombras impuestas, los relatos viejos encontraban un eco fértil para respirar y revivir.

Aurora recordaba aquellas caminatas bajo el manto estrellado con su abuelo, un hombre de sabiduría añosa cuyos cuentos parecían tejerse en el mismo tejido del tiempo. Fue él quien le mostró, con un fervor que sobrepasaba la lógica, el dibujo de un perro enorme, negro, con ojos que chisporroteaban fuego y una mirada que parecía devorar almas. "El diablo, hija", así decía el abuelo, como si aquellas palabras importaran el peso de la eternidad misma.

Una noche, al pasear por la plaza de San Francisco, Aurora escuchó un aullido que cargaba en sus ondas la memoria de tempestades inminentes. Ahí estaba, al pie de una iglesia que parecía susurrar oraciones antiguas en sus piedras, el perro del abuelo. Gigante y mudo, con su cuello atado a un mundo más allá del entendimiento humano. Fue entonces cuando Aurora entendió que las leyendas no son cuentos, sino sombras de verdades olvidadas.

En las plazas de los pueblos aledaños, mientras dormía Tunja, la astucia de la noche traía consigo un rugido temido por todos: el perro negro. Aquella criatura, salida de los mismos huecos de tiempo donde los ecos de los ancianos residen, se deslizaba entre lo mundano, un verdugo de colmillos filosos que arrancaba la vida de los perros del lugar, esparciendo silencio y muerte hasta el amanecer.

A otra parte de este tapiz sin márgenes llegó el rumor de un joven cuyo destino pendía de hilos invisibles. En un encuentro que solo el azar podía haber disponido, el joven tropezó con una calavera en el umbral del cementerio, y en su ligereza, la invitó a su boda. Pero el destino, caprichoso y antiguo, le respondió con la aparición de un perro negro, vigilante, cuyas llamas en los ojos prometían ruina y redención.

Preocupada, la madre del joven lo mandó al amparo de un cura que, comprendiendo el lenguaje oculto de bestias y espíritus, dictó una insólita penitencia: darle de comer al perro bajo la mesa de la boda. Pues bien, en la boda de aquel joven, entre música y risas borrosas, el perro obtuvo lo suyo y, antes de desvanecerse ante la mirada atónita de los comensales, le aseguró haber evitado un sufrimiento inimaginable.

No muy lejos, en la Barranquilla de los sesentas, donde el artificio del canódromo reunía a la alta sociedad en torno a leyendas de velocidad y apuestas, se encendió otra flama en este relato entretejido. En los pasillos de aquella invención humana, Natasha Bohórquez, con un puño tembloroso, escribió una carta que perfumaría de misterio el aire salino de la ciudad. En pocos párrafos sellados por la esperanza y la traición, quebró el corazón de Ariel Rocha, vinculado de forma inevitable a un perro negro llamado 'Hechizo'.

Un pacto sellado bajo la pluma nocturnal prometía a Ariel riqueza a cambio de su alma al final de la decimotercera carrera de galgos. Sin embargo, la tragedia se hizo manifiesta cuando Natasha cruzó el mar hacia Francia, dejando tras de sí un corazón consumido por la misma oscuridad que el perro acariciaba. En el borde de su desesperación, Ariel liberó a su alma y al perro, desatando el viento de una tormenta que todavía murmura entre las sombras de la Costa.

En cada uno de estos fragmentos, el perro negro dejó huellas inusualmente palpables, trazando un hilo invisible a lo largo del tiempo y el espacio, uniendo vidas en un tapiz de fe, miedo y destino. Estos relatos, contados con voz trémula y ojos vigilantes, no eran meros cuentos, sino un recordatorio de que el mundo es un lugar de fuerzas más antiguas que la primera luz del amanecer.

Historia

El origen del mito del perro negro parece estar basado en varias narraciones e historias que confluyen en la figura de un perro negro con características sobrenaturales. La primera versión, narrada por Aurora Sierra, describe cómo se encontró con un perro negro en la plaza de San Francisco en Tunja, el cual estaba atado a una piedra y poseía un aura de oscuridad y poder maligno. Esta historia fue originalmente contada por su abuelo y se considera una experiencia personal relacionada con el diablo que busca almas.

La segunda versión, referenciada por los abuelos locales, describe a un perro negro que aterrorizaba al pueblo con su rugido y mataba a otros perros durante la noche. En esta narrativa, el perro negro es una criatura temida en la comunidad por su ferocidad y poder destructivo.

La tercera versión describe un evento relacionado con un joven que invitó una calavera a su boda, resultando en la aparición de un perro negro que, según la recomendación de un cura, debía ser alimentado antes que los demás para evitar maldiciones. Este perro, al final, desapareció después de anunciar que seguir las instrucciones del muchacho había evitado mucho sufrimiento.

La cuarta versión está vinculada a un canódromo en Barranquilla donde nacieron historias relacionadas con "perros negros diabólicos". Se habla de un pacto con el diablo realizado por un apostador que buscaba recuperar a su amor perdido. En esta historia, el perro negro aparece asociado a un trato con el diablo, prometiendo riqueza a cambio del alma del apostador.

En general, el mito del perro negro parece emerger de una mezcla de historias orales, personales, y leyendas urbanas, en las que se presenta al perro negro como un ser con poderes sobrenaturales y una conexión con el diablo. Su origen abarca elementos de la tradición local tanto en escenarios rurales como urbanos, asociados con advertencias y lecciones morales.

Origen del mito: Relatos orales y leyendas de diversas localidades que describen encuentros con un perro negro asociado con el mal y el diablo.

Versiones

Las versiones del mito del perro negro presentan diferencias significativas en cuanto a su contexto, trama y simbolismo. La primera versión narrada por Aurora Sierra en Tunja se centra en una experiencia personal y familiar. Aquí, el perro negro es una manifestación espectral asociada con historias locales de espantos, en la que la protagonista experimenta tanto terror como una especie de revelación al constatar la veracidad de los relatos de su abuelo. Esta versión tiene un enfoque íntimo y testimonial, sugiriendo una conexión intergeneracional y un mensaje sobre la importancia de las tradiciones orales.

La segunda y tercera versiones amplían el mito hacia dimensiones más narrativas y mitológicas. La segunda versión es una leyenda popular genérica en la que el perro negro actúa de manera más violenta, simbolizando muerte y caos al degollar otros perros. No hay una conexión personal con los personajes, sino una representación más abstracta del miedo colectivo. La última versión implica un relato más elaborado y simbólico, ubicado en Barranquilla, enmarcando la aparición del perro negro en un contexto sobrenatural donde se realizan pactos con el diablo. Esta narrativa introduce elementos de ambición y tragedia humana, reflejando un pacto fáustico con un desenlace más dramático y moralizante. En conjunto, las historias varían de relatos personales a leyendas populares y mitos moralistas, cada una otorgando al perro negro un papel distinto en el espectro de la narrativa mitológica.

Lección

El mal puede ser evitado a través del conocimiento y la tradición.

Similitudes

Se asemeja al mito del perro de Hades en la mitología griega y a los perros infernales en la mitología nórdica.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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