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El bermejo aspira a ser rey

El conflicto sobre la sucesión al trono del rey de Hunsa desata una guerra entre los chibchas, resaltando la importancia de tradición y justicia.

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Ilustración de El bermejo aspira a ser rey

En aquella noche de resonancias antiquísimas, cuando el viento arrastraba consigo secretos de eras remotas, se congregaron alrededor del fuego los hombres de Hunsa, guiados por el viejo sacerdote Chypuy, quien traía en sus ojos el destello de sabidurías ancestrales. El aire, espeso de misterio, envolvía a Sesquilé y sus amigos, mientras la tierra misma pareciera gemir, como si en aquella penumbra etérea los vestigios de un tiempo olvidado buscaran voz.

En el centro de aquel círculo de sombras danzantes, Chypuy, con su voz temblorosa pero firme, comenzó a relatar una historia tejida en las fibras de la memoria, una historia de elección y destino. "Ocurrió en tiempos de los antiguos", empezó, con cada palabra tejiendo un puente entre el presente y el pasado, "que la elección del rey de Hunsa recaía alternadamente en el más valiente de los guerreros de Tobaza y en el más decidido de Firavitoba. Los sucesores del zaque debían ser justos y buenos, pues así lo enseñaba Idacansas, el descendiente del sol."

Los ojos de Timagate, joven y ávido de conocimiento, destellaron con impaciencia al interrumpir: "¿Qué fue lo inesperado?" Pero el anciano sacerdote, con la sabiduría de los troncos que soportan siglos, le pidió paciencia, prometiéndole que toda verdad sería revelada a su tiempo.

Hubo una época en que el zaque mismo lideró a su pueblo al campo de batalla contra los muzos, los enemigos que buscaban devorar su carne y beber su sangre. La fortuna les fue esquiva, pues una flecha envenenada encontró su marca en el brazo del zaque, sellando su destino con la firma oscura de la muerte. Y así, con el rey caído, se hacía necesaria la elección de un sucesor.

Fue en este vacío de poder que se hizo presente el bermejo, un guerrero cuya ambición ardía como ídolo en un altar oculto. Sostenía que él, también hijo del pueblo chibcha, tenía derecho a la corona. "Soy valiente y justo," afirmó ante sus hermanos, pero su linaje, no ligado ni a Tobaza ni a Firavitoba, se convirtió en un muro entre sus deseos y la realidad.

Hisca, su hermano, bromeó con gravedad: "Renuncia, bermejo. No tienes ningún derecho, ni cielo ni tierra te apoyan." Pero el pelirrojo, en su impetuoso deseo, no escuchó la advertencia y se sumió en reflexiones profundas, buscando un camino hacia el poder.

Decidido a torcer su destino, convocó a los caciques electores, ofreciendo sus palabras primero al cacique de Pesca, quien, cautivado por el brillo del oro futuro, accedió. Luego envió un emisario al cacique de Gámeza, sin embargo, las estrellas rectificaron su curso cuando Gámeza, con voz firme, refutó su candidatura, acusándolo de ser un forastero.

Con cada oferta que extendía, el bermejo escuchaba la negativa que retumbaba como una campana de condena. "¿Qué dices, Gámeza?" exclamó el bermejo, como si las palabras pudieran disolver el destino ya tejido. Gámeza, imperturbable, le contestó: "No votaré por ti, ni eres de Tobaza ni de Firavitoba. No cuentas con mi voto, ni lo tendrás."

La ira del bermejo consumió su corazón y, al cegar su razón, ordenó a Mayhica que atara al Gámeza a un árbol. Hisca, consciente del abismo ante ellos, intentó detenerlo, advirtiendo del peligro que traería la venganza de los hombres de Gámeza. Pero el juicio fue lejano y, por mandato del bermejo, Gámeza fue colgado.

El sacudimiento de la muerte del cacique resonó por las tierras Chibchas, donde la justicia se clamó con un bramido que hizo eco en las montañas y los valles. La guerra fue declarada por las aldeas de Hunsa, quienes no reconocerían a un asesino como su soberano. El enjuiciamiento se llevó a los campos de batalla, donde el bermejo, acompañado por cinco mil hombres, se enfrentó al destino que él mismo había forjado.

La naturaleza acompañaba los acontecimientos, dejando a cada soldado un hueco en la valentía del bermejo. Abandonado por las corrientes de la fortuna, llegó a la llanura de Sogamoso con apenas un puñado de fieles. El sacrificio del bermejo, empecinado en su lucha, se tornó épico al enfrentar a los ejércitos enemigos, lanzando su lanza en un último acto de desafío.

Herido de muerte por un dardo enemigo, fue susurrado entre los hermanos mientras lo llevaban hacia un lugar seguro. Sin embargo, la vida le dejó en el silencio del camino. Su tumba se hizo en un bosque apartado, donde la tierra susurró leyendas en el susurro del viento entre los árboles.

Y así, la sucesión del zaque de Hunsa encontró su curso natural, enraizada en tradición y justicia, mientras el anciano Chypuy sellaba la narración con su voz impregnada de siglos, entregando a los oyentes un saber olvidado pero eternamente presente. Con ese cierre, la noche respiró y el mito perduró en el aire, listo para fluir desde los labios de aquellos que lo heredarían.

Historia

El mito relata un conflicto sobre la sucesión al trono del rey de Hunsa entre los chibchas. Tradicionalmente, el sucesor del zaque debía ser el guerrero más valiente de ciertos cacicazgos: Tobaza o Firavitoba, y la elección recaía en los caciques de Burbazá, Gámeza, Toca y Pesca. El bermejo, un chibcha ambicioso y pelirrojo, aspiraba a ser el sucesor a pesar de no pertenecer a los cacicazgos requeridos. Intentó persuadir a los caciques electores, sobornándolos, pero no tuvo éxito, especialmente con el cacique de Gámeza. Ante la negativa de éste, el bermejo lo mandó colgar, lo que causó indignación y provocó una guerra en la que fue derrotado y muerto. La historia concluye con el restablecimiento del orden tradicional en la sucesión del zaque de Hunsa.

Versiones

La versión proporcionada narra un relato rico en intriga política y conflicto militar, centrado en el proceso de sucesión al trono de los hunsas dentro del contexto histórico de los chibchas. En esta narrativa, la elección del sucesor es un proceso meticulosamente organizado, reservado a los guerreros más valientes de Tobaza y Firavitoba, cuyo objetivo es preservar tradición y justicia. Los sucesores deben no solo ser guerreros excepcionales, sino también hombres justos, en línea con las enseñanzas de Idacansas. Sin embargo, se presenta una crisis cuando un individuo conocido como el bermejo desafía esta normativa establecida, buscando romper las restricciones de origen geográfico al justificar su candidatura con argumentos de valentía y justicia personal. Este intento de usurpación desata conflictos internos y provoca la unión de los caciques para preservar el orden tradicional.

El interés del bermejo por el poder y su completo desprecio por las normas de sucesión manifestados a través de intentos de soborno y violencia retratan una grave transgresión en la estructura sociopolítica de los chibchas. Mientras que inicialmente tiene cierta influencia y persuasión como recurso, el rechazo por parte de los caciques, especialmente tras el asesinato del cacique de Gámeza, hunde sus aspiraciones. El relato culmina en una revuelta armada organizada por las fuerzas chibchas líderes para restaurar el orden sucesorio, lo que refuerza la moral colectiva y legitima el marco de sucesión previamente aceptado. Este enfrentamiento violento no solo refleja la estabilidad precaria basada en las normas ancestrales amenazadas por ambiciones individuales, sino también subraya la importancia de la unidad y el rechazo al tirano para garantizar el bienestar comunitario.

Lección

La ambición desmedida y el desprecio por las normas llevan a la destrucción.

Similitudes

Se asemeja a los mitos griegos de usurpación del trono, como el de Edipo, y a las leyendas nórdicas de luchas por el poder.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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