En los albores del tiempo, cuando el mundo todavía bostezaba en su sopor de recién creado, Susabanka emergió de un susurro incandescente, un hijo del encuentro ardiente entre el resplandeciente Mama, el Sol, y el susurro de la tierra fértil. No fue parido como los hombres comunes, sino que apareció del abrazo fulgente de su padre celeste y el cariz entrañable de la tierra. Aquel ser no conoció jamás a la muerte que regresa a los hombres al polvo, pues su destino fue convertirse en piedra, una piedra que latía con la llama secreta de la vida inmortal.
En el cielo, Mama se erguía con su manto de fuego, mandando hilos brillantes que tejían el telar del día y a veces, en el deslumbre callado del mediodía, su hambre despertaba, una sed que no podía saciarse solo con el calor. Así, enviaba a Susabanka a descender a la tierra, como un enviado de luz, un recolector de dones. Bajo el amoroso solaz de los árboles y las sombras, Susabanka recolectaba el alimento que deleitaba a su padre: el plátano, la yuca, la malanga, esos frutos fermentados en la calidez del suelo. Pero en su recolección, algo más profundo que el hambre física lo movía, un misterio susurrante que lo conectaba a la vida misma.
El hambre del Sol era también un hambre de la carne y sangre humanas, un deseo que vibraba en la danza del universo. Desde el cielo, con el tahalí de estrellas ceñido a la cintura, Mama miraba las vidas de los hombres. Con una mirada que podía ser tan tierna como despiadada, tomaba a las mujeres que Susabanka engatusaba con su voz de bruma y hojas secas. Ellas daban a luz hijos que llevaban en su alma el fulgor prestado de su abuelo celeste.
Allá, en el firmamento, el Sol caminaba cada noche de menguante con su acompañante estrella por el arco oscuro del horizonte, rodeado de una multitud de esposas etéreas, cada una un vislumbre de brillo, un eco de la luz primera. Con ellas, engendraba y reengendraba las historias que tejían los sueños de los hombres. Sin embargo, no todo era bondad en su reino de luz.
Mama, con su rostro indiferente desde las alturas, decidía también las pruebas a las que sometería a los habitantes de la tierra. Cuando descendía la enfermedad, era como una sombra que caía sobre las aldeas, anunciando aquella hambre voraz e invisible que desataría el desasosiego entre los indígenas. Mama, en su soberanía de luz y destino, devoraba a aquellos que caían, transformando sus suspiros en brisas que acariciaban la piel de la esfera celeste.
Así lo había contado Mama Julián, uno de los ancianos del pueblo, su voz arrastrada por el tiempo, testigo de aquello que habitaba en la frontera entre los sueños y la vigilia. Mama, el Sol omnipresente, tejía cada hilo de vida con sus hebras doradas, dejándolas caer hasta que se desvanecían en el ciclo eterno de la existencia y la obliteración.
En la encrucijada entre el cielo y la tierra, Susabanka permanecía como piedra, como eterno guardián de secretos, un vigilante que, aún en su forma petrificada, retenía el cálido abrazo de la energía viva. Él era el puente y el eco de un tiempo en el que el mundo y sus historias eran un murmullo que cruzaba desde el corazón de las estrellas hasta el polvo bajo los pies de los hombres. Un rumor perpetuo que aún resuena entre los murmullos de la selva y el cálido cantar del día.
Historia
El origen del mito de Susabanka, según la versión proporcionada, se basa en la concepción de Susabanka como un ser nacido de Mama, que representa al Sol. En lugar de morir, Susabanka se transforma en piedra. El Sol, personificado como una entidad hambrienta, envía a Susabanka a pedir comida, mostrando una preferencia por alimentos como el plátano, la yuca y la malanga, y también por mujeres, con quienes tiene hijos. Además, el mito sugiere que el Sol camina junto a la luna menguante y una estrella, y tiene múltiples mujeres en el cielo. Este Sol es responsable de enviar enfermedades, y se dice que devora a los indígenas tras su muerte, convirtiéndose en un devorador de gente. Esta narrativa es compartida por una figura llamada mama Julián.
Versiones
La versión disponible del mito de Susabanka presenta una narrativa centrada en la relación entre el Sol y Susabanka, destacando el origen y los roles dentro de un contexto mitológico. En esta narrativa, Susabanka es una figura que trasciende la muerte convirtiéndose en piedra, lo cual puede simbolizar una transformación y una permanencia en el mundo físico. Aquí, el Sol no solo actúa como creador sino también como un ente que interactúa activamente con el mundo, enviando a Susabanka a buscar alimentos, lo cual incluye alimentos humanos, subrayando un vínculo profundo y complejo entre los componentes celestiales y terrenales. Esta dinámica se amplifica al describir al Sol como un ser con muchas mujeres y con la capacidad de enviar enfermedades, manifestando un control sobre la vida y la muerte humana.
En ausencia de otras versiones del mito en el material proporcionado, el análisis se limita a identificar los temas y las funciones dentro de esta sola narrativa. Un enfoque relevante es la percepción del Sol como una deidad dual, dadora y destructora, que no solo anima el entorno con Susabanka como intermediario, sino que también tiene un papel devastador al enviar enfermedades y consumir a las personas. Este mito resalta la cosmovisión donde las fuerzas naturales poseen un carácter divino y donde lo cíclico -como el hambre del Sol y el nacimiento de enfermedades- puede reflejarse en los ciclos humanos de vida, muerte y renacimiento.
Lección
La vida es un ciclo eterno de transformación y permanencia.
Similitudes
Se asemeja a mitos griegos como el de Helios, donde el Sol tiene un rol activo en la vida humana, y a mitos japoneses como el de Amaterasu, que también personifica al Sol.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



