En el principio de todo, antes de que hubiera siquiera un susurro de existencia, estaba el mar. El mar era vasto y lo abarcaba todo, envolvía con su manto de aguas oscuras a un mundo aún no nacido. La profundidad infinita del mar era la Madre, Gaulchováng, quien al ser ella misma agua, era vida potencial, Aluna, el espíritu de lo que aún estaba por ser. En la espesura de esta Aluna, se formaban los mundos, una serie de nueve realidades superpuestas desde el abismo hasta el confín de lo que sería nuestro cosmos.
En este primer mundo, la Madre, en su manifestación primera llamada Se-ne-nu-láng, estaba acompañada de un padre, Katakéne-ne-nuláng, y juntos concibieron a Búnkua-sé. Pero en el reino del Aluna, las formas no tenían fijeza ni concreción, los padres y el hijo no eran seres, sino esencias, pensamientos en la vastedad marina. Sobre estas aguas, con el tiempo, comenzaron a emerger las tierras formando gruesas capas de realidad.
El segundo mundo vio surgir un padre en forma de tigre, no un tigre de carne y hueso, sino un espíritu de fuerza primordial que habitaba el reino de Aluna. Le siguió el tercer mundo donde aparecieron los primeros seres de carne blanda, sin esqueleto ni fuerza: las primeras muestras de humanidad naciendo de la madre sin la rigidez de lo completo.
Así fue que, mientras el cuarto mundo se alzaba, tomaron forma nuevas madres: Sáyagaueya-yumang y Disi-se-yun-taná, acompañadas de un padre, Sai-taná. Este padre ya vislumbraba el destino de la humanidad futura: cuerpos completos, vigorosos, conocedores de su forma definitiva. Una nueva madre, Auine-nuláng, compartía el amanecer de su comprensión.
En el quinto mundo, Enkuáne-ne-nuláng presidía el nacimiento del primer refugio humano, no una casa de ramas y bejucos, sino una concepción en Aluna, en el espíritu puro. La humanidad había adquirido las extremidades para moverse, y la Madre les confería la capacidad de hablar, aunque en las primeras exclamaciones solo conocían la palabra para la noche: "sai-sai-sai".
El sexto mundo reveló a Bunkuáne-ne-nuláng junto a Sai-chaká, creando formas humanas más completas, naciendo con fuerza y estructura. Así nacieron por primera vez los dueños del mundo, figuras geminales: el Búnkua-sé Azul y el Búnkua-sé Negro, quienes dividieron el mundo en mitades de tonos profundos, cada uno habitado por nueve seres de cada color.
Ya en el séptimo mundo, Ahún-yiká vio nacer la sangre, palpitante y viva, en cuerpos aún faltos de firmeza, gusanos convertidos en entidades que experimentarían la plenitud de la vida en el mundo venidero. El octavo mundo, presidido por Ken-yajé y Ahuínakatana, completó parcialmente estas expectativas: treinta y seis guardianes y padres del mundo nacían, precursores del vigor que regiría a los humanos.
El noveno mundo ofreció nueve Búnkua-sé Blancos y la creación de una gran casa sobre el mar, un Alnáua hecha de materiales etéreos en la que aún seguía reinando la oscuridad, donde todo esperaba por el amanecer. Allí, en el seno de esta casa llamada Nyídulúma, la Madre arrancó un pelo mago de sus entrañas, manchado con la marea y carmesí de su tiempo, soplando vida a través de él para formar a Sintána, el primer hombre entero, vestido con carne y alma.
Este hombre pionero, junto a sus ocho hermanos y nacidos de un bastón que la Madre bendijo en su solitud, se alzaba en el nuevo mundo. Sintána, Seihukúkui, Seyánkua, Kímaku, Kunchavitauéya, Aldauhuíku, Jantána y Duesángui fueron los padres y dueños iniciales del mundo. Al principio se burlaron de la Madre, la confundieron con un hombre en su indumentaria y apariencia, sin embargo, cuando ella les entregó sus herramientas de masculinidad y asumió su papel creador, infundiéndoles su propia esencia, encontraron el respeto.
Aunque conocieron el mundo, en él no había mujeres, y cada uno se casaba con un objeto, desconociendo la cálida compañía femenina. La Madre, al sentir la necesidad del equilibrio, parió nueve hijas, cada una representando un tipo de tierra: la Tierra Blanca, la Tierra Roja, la Tierra Amarilla, la Tierra Azul, la Tierra Arenosa, la Tierra Quemada, la Tierra de Ceniza, la Tierra Rocosa y la más deseada, la Tierra Negra. Sin embargo, en su vasto juego de protecciones y deseos, ocultó la última detrás de siete puertas, desafiando a Sintána a descubrir su par verdadero.
No fue hasta que el canto y el sonido acordes de los hermanos Sintána y Seihunkúkui rasgaron las paredes de Aluna que la Tierra Negra sintió el llamado. En su elegancia y fertilidad se liberó del cuarto oculto, un movimiento que fue tan liberador como la misma tierra desprendiéndose lentamente del abrazo del mar con cada nota del viento. A pesar de la persecución y los engaños, esta tierra valiosa se llevó lejos y se extendió generosamente, haciendo posible una vigorosa prosperidad.
Mientras el destino se desenredaba, con humor y mitigas simbólicas, los hombres y mujeres encontraron alimentos, llevados a ellos por Nyíueldue, que transformó partes de cuerpo en cosechas: de la anilla de una mujer la yuca, de su muslo el ñame, de sus entrañas los frijoles; del hombre florecieron el maíz y el ñame de bejuco. Con sus corazones nació más gente, sus espíritus transformados en alimento y fuerza vital para los futuros habitantes.
Con el tiempo, el agua dulce irrumpió a través de los páramos, formando ríos que fluían hacia el vasto mar, mientras la Madre confería nuevas vidas, como Auitsáma, la progenitora de culebras, que pobló las lagunas y dejó su aura latente a través de las generaciones. Estas acciones eran testimonio de la lucha primordial entre las fuerzas creadoras y destructoras del mundo, reflejadas en los conflictos de los Mámas Buenos y Malos, guardianes y antítesis de la creación.
Así, en un entretejido donde cada hilo de espíritu, criatura y elemento era fundamental, el mundo alcanzó su forma presente. La creación, perpetua en su danza bajo el cielo, hizo resonar que en cada rincón de este mundo, en cada cerro, cada gota de agua y en cada palabra pronunciada, existía un fragmento profundo de este relato que comenzaba y terminaba en el susurro del mar, y en la voz inabarcable de la Madre Aluna.
Historia
El origen del mito se centra en la creación del mundo a partir de una entidad primordial conocida como la madre, quien estaba relacionada con el mar y el espíritu llamado Aluna. En cada una de las versiones, el mito describe un estado inicial de oscuridad y agua omnipresente, donde no existían aún la tierra, los vegetales, los animales ni los humanos.
Con el tiempo, se fueron formando múltiples mundos o tierras (aunque de carácter espiritual o no tangible inicialmente), bajo la influencia de diversas madres y padres. En las narraciones, se mencionan figuras importantes como Sintána, Sekukue, Seraira, y Kimaku, quienes jugarían roles cruciales en la creación del mundo físico, como secar el agua y traer el lenguaje.
En las versiones, se repite la historia de una madre con múltiples hijas representando tierras que originalmente no podían sustentar vida hasta que Seraira y Kimaku consiguieron la Tierra Negra, esencial para los cultivos y para la vida humana. La famosa lucha por adquirir esta tierra fértil ilustra la importancia de obtener recursos básicos para el surgimiento de la civilización.
Varios de los personajes del mito son responsables de dividir la tierra, crear ríos y modelos de conducta para los primeros habitantes, representando una construcción colectiva del mundo actual. Aunque con variaciones, el mito refleja una cosmogonía en la que el mundo fue hecho por entidades superiores quienes otorgaron dones de lenguaje, tierra fértil y alimentos para el sustento humano.
Este mito pertenece a la tradición oral de los pueblos indígenas del norte de Colombia y está profundamente arraigado en su visión del mundo y sus orígenes espirituales.
Versiones
En la primera versión del mito, se observa un relato detallado de la creación que implica una secuencia de nueve mundos, cada uno con sus propios seres espirituales y aspectos evolutivos hacia la humanidad actual. El relato destaca la existencia inicial del mar y una entidad madre, llamada Gaulchováng, que junto con un padre espiritual desarrolla estos mundos progresivamente desde estados de existencia más abstractos hacia formas más concretas y funcionales. El mito también detalla la creación de la primera humanidad a través de un proceso simbólico de formación corporal y de la obtención de tierras adecuadas para la agricultura, específicamente la Tierra Negra, destacando el papel de entidades como Sintána y la importancia de la música y el engaño para conseguir la tierra fértil. La narrativa es rica en nombres específicos para entidades, mundos y atributos de cada fase de la creación, subrayando una compleja estructura cosmológica.
En contraste, la segunda y tercera versiones del mito presentan una narrativa simplificada en la que las tierras y humanidad surgen a partir de menos generaciones y procesos. Aquí, la figura de Sekukue y Kimaku aparece rápidamente en la creación del mundo, participando directamente en desecar el agua primordial para crear tierra habitable. Hay una percepción más práctica y funcional de las acciones de estos seres, como el uso de tecnología avanzada para secar la tierra o la invención del lenguaje por aspectos culturales importantes como la vida social. Notablemente, la lucha por la Tierra Negra es resuelta a través de música y canto en un contexto más simplista donde las hijas de la tierra son proporcionadas por la madre al ritmo de esta armonía. Las figuras principales como Luitsama y Seyuko, en una de las versiones, impulsan un acto creador que incorpora tanto la formación de las tierras como la provisión de sustento para los humanos, subrayando un foco más directo en la función social y la supervivencia. En conjunto, estas versiones demuestran una divergencia significativa en la complejidad y los elementos rituales del mito de creación, respectivamente.
Lección
La creación y la vida dependen del equilibrio y la armonía entre los elementos naturales y espirituales.
Similitudes
Se asemeja a mitos de creación como el de Gaia en la mitología griega, donde una entidad primordial da forma al mundo.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



