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El primer hombre y la primera mujer

El análisis de las versiones del mito destaca una narrativa centrada en la creación y las implicaciones emocionales y sociales de las primeras generaciones.

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Ilustración de El primer hombre y la primera mujer

Antes de que el primer rayo de luz rasgara el firmamento, en un tiempo donde aún el sol y la luna no habían sido concebidos, habitaba Madre Solsewan junto a Padre Sintana y otros ancestros primigenios: Sekukue, Soaluiku, Búnkuase y su fiel cabo Mandalawó Manawi. Este era un mundo habitado por la penumbra, donde el amanecer era un susurro apenas concebido por el imaginario de los ancestros, y donde las esencias de la creación aún no estaban delimitadas.

En este reino preluminoso, Madre Solsewan y Padre Sintana llevaron a cabo el primer acto de unión, un acto cuyos ecos fueron escuchados por Kasaugue y Monsawi, y más tarde, por Sabi y Gulchawi. Se sumaron al corolario de vidas añejas: Napita, Tawatitoná y mucho después, un sinfín de nombres que brotaron como susurros de los árboles, resonando en los claros de la vasta existencia: Natuna, Andoé, Kalawakó, Sangolomená, Salasukwitá, Salase, Mensehele, Seyánkawa, Seiyelenkwe. Todos fueron precedidos por un pregón de oscuridad ancestral antes de que el tan ansiado amanecer iluminara sus rostros.

El dueño de este mundo crepuscular era Búnkuase, quien con la firmeza de un rey, mantenía el orden mediante el consejo de su madre, Sivalikukue, tejedora de sueños y misterios. Antes, el barítono mundo contuvo también a Sintana, Galsowa y el astuto Awision, cada uno jugando su parte en la sinfonía de la creación.

Entre ellos se erguía la figura de la madre Naowa, madre de serpientes, gusanos y lombrices, de criaturas sin hueso, tejidas del aliento mismo de la tierra. Ella, con sus manos llenas de naturaleza ferviente, paría sin esfuerzo multiplicidad de seres, pero no portaba a los hombres en su vientre, un secreto que guardaba con celo. Su progenie de seres sin osamenta plumanaba la tierra, pero ella, poseída por una hambre primigenia, consumía sus propios hijos.

Cansado de la proliferación de tal cría, Sintana, con astucia de un zorro antiguo, tomó una piedra multifacética y otra, horadada, y las adhirió al ombligo de Naowa mientras ella dormía, narcótica de sueños antiguos. Sintana oró a los cielos apagados para que su sueño fuera duradero, y con su toque, convocó un nuevo destino: la gestación de la humanidad. Así, Naowa sintió el latido de lo que sería y no lo que había sido.

Bajo el peso del embarazo, Naowa experimentó el dolor como nunca había sentido, un cúmulo de males y bendiciones que se manifestaban en su abdomen. En el séptimo mes, cuando la luna ocultaba sus secretos tras velos de nubes, Sintana se acercó a la dormida Naowa y acarició su vientre, percibiendo la vida que latía en ella, asegurándose que no despertara a la voracidad que habitaba en su interior.

Los días se transformaron en semanas, y Sintana, junto a Seraira y Búnkuase, vigilaba a Naowa, cuyo dolor era colectiva medida y castigo, una reprenda que traía consigo el peso de la humanidad no concebida. En el umbral del parto, mientras la vigía Bahawé guardaba silencio sobre Naowa, su dolor alcanzó el clímax. Sintana desplegó una caja de paja y en un acto de pura creación, mientras dormía ella, recibió al niño, alejándolo de su hambrienta madre y ocultándolo entre las paredes sagradas de Kansa María, donde lo humano era un susurro que aun debía florecer.

En el despertar, Naowa se encontró sola con restos que devoró sin pensar, mientras Búnkuase, el escriba del mundo, anotaba cada instante de aquella historia no dicha. Mas no satisfechos, los ancestros decidieron continuar con el legado. Nuevamente, Sintana visitó a la dormida Naowa, quienes posó sobre su ombligo dos nuevas piedras, una grande, otra pequeña; cada una depositada con un propósito y un destino: una nueva vida germinando en el silencio sideral de su vientre.

Siete lunas iluminaron las sombras, y en el noveno mes, el dolor de Naowa fue el canto de su castigo. Una nueva vigía, Antwakukwe, reemplazó al anterior, y con ojo perspicaz cuidó del parto que Sintana retornó a guiar. Recurriendo a la letanía del sueño profundo, extrajo a la niña, cortó el lazo de su cuerda vital y la escondió en una casa de mujer, mientras Naowa devoraba nuevamente los despojos de una vida no consumida.

Los niños así criados, bajo la tutela de una sombra silenciosa, crecieron. Y cuando el varón alcanzó el titilante momento de volverse hombre, fue iniciado en las ceremonias ancestrales con el poporo, legado de Padre Sintana. La niña, al cruzar ese umbral temido y venerado de su primer ciclo menstrual, participó de la comuna de mujeres, un eco del primer ritual, una réplica del origen mismo.

En la soledad de un mundo apenas despertado, el joven fue instruido por el anhelo de continuidad de Sintana a amar a su hermana, pues no existían otros, y todas las gentes, los koguis, nacieron de esa unión fraternal.

Naowa, por fin acogida bajo la nueva era de humanidad que había ayudado a concebir, comenzó entonces a parir con jubilación inusitada, generación tras generación de hombres y mujeres, un eco resonante de tribus diseminado por la tierra, cada uno un poema latente de aquellos primeros tiempos, donde las sombras aún custodiaban el amanecer. Así, cada nacimiento, un par de vidas, hombre y mujer, tejían el lienzo del mundo nuevo, danzando continuamente bajo el aura de la prodigiosa madre y los sabios ancestros.

Historia

Este mito narra los orígenes de la creación y reproducción en una cosmogonía particular. Al principio, existen varias entidades antes del amanecer: Sintana, Sekukue, Soaluiku, Búnkuase, junto con su cabo Mandalawó Manawi, y otros que luego se mencionan. Búnkuase se describe como el rey del mundo.

La madre Naowa, que existió antes del amanecer, es responsable de dar a luz a animales sin huesos y, eventualmente, a aves y otros animales. Sin embargo, resistía dar a luz a humanos, ya que a menudo se comía sus crías.

El origen de los humanos inicia con el padre Sintana, quien usa piedras especiales para impregnar a Naowa mientras dormía, ya que los rituales de los padres difieren de las prácticas humanas actuales. Sintana es cuidadoso para evitar que Naowa descubra o se consuma a sus descendientes humanos. Escondidas del conocimiento de Naowa, nacen primero un niño y luego una niña, quienes son enviados secretamente a casas ceremoniales para ser criados. Eventualmente, estos dos niños son instruidos para procrear y así nacen los koguis.

Finalmente, una vez que Naowa empieza a dar a luz a humanos, el mito detalla cómo de ahí provienen las tribus, ya que Naowa comienza a tener descendencia humana en pares, generando así a las diferentes gentes.

Este relato destaca la transición del nacimiento de animales a humanos como un proceso controlado por rituales y entidades superiores, ubicados en el contexto de una narrativa mitológica más amplia.

Versiones

El análisis de las versiones del mito destaca una narrativa muy centrada en la creación y las implicaciones emocionales y sociales de estas primeras generaciones. Un elemento distintivo es el relato del origen a través de figuras parentales (Madre Solsewan y Sintana) que dan paso a una serie de progenitores y seres al borde del amanecer. Se puede identificar un tema recurrente de transformación de lo primigenio a través de la intervención divina o taumaturgica de Sintana: inicialmente, Madre Naowa solo da a luz a criaturas sin huesos y, posteriormente, a algunos animales, antes de que Sintana interviniera para transformar sus partos en humanos usando piedras especiales. Esta narrativa insiste en un parto doloroso basado en la transición de seres a humanos, lo cual sugiere una mezcla de castigo y bendición asociada con la creación de la humanidad.

Se observa una diferencia significativa en el enfoque sobre la perpetuación de la humanidad a través de la intervención de Sintana y Búnkuase, quienes vigilan y controlan los eventos desde el trasfondo, asegurando que Naowa no consuma a sus propias crías. Este control culmina con la separación física y cultural de los nacidos, representando un paso deliberado hacia la civilización a través de rituales y otros homenajes, como el uso del poporo y las menstruaciones iniciales. La narrativa, además, introduce el incesto como un elemento necesario y funcional en la reproducción de las tribus, mostrando así una variación común en los mitos de creación donde los primeros seres humanos emergen de un solo linaje. La idea central es que de la simbiosis entre el caos primigenio y el orden divino emergen formas de vida complejas y tribales, lo cual refleja no solo un acto de creación sino un proceso de civilización.

Lección

La creación de la humanidad es un proceso divino y doloroso.

Similitudes

Se asemeja a mitos de creación como el de Adán y Eva en la mitología judeocristiana y el mito de Pangu en la mitología china.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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